23 Jun 2026 Por momentos parecía un sueño improbable.
Un poeta africano conversando sobre la memoria y el exilio con un repentista brasileño. Una poeta tunecina compartiendo versos con escritores colombianos. Españolas, italianos, chilenos, salvadoreños y noruegos sentados alrededor de una misma mesa, intercambiando libros, experiencias y visiones del mundo.
Sin embargo, ocurrió.
Durante nueve días, entre el 12 y el 20 de junio de 2026, una pequeña caravana humana atravesó Italia siguiendo una ruta que unió Roma, Florencia, Bolonia, Ferrara, Rovigo, Mestre y Venecia. No se trataba de turistas ni de una delegación oficial. Eran poetas.
Poetas que llegaron desde distintos rincones del planeta para participar en el II Encuentro Internacional de Poetas del Mundo, una experiencia que fue mucho más que una sucesión de lecturas literarias.
La historia comenzó en Roma.
Allí, bajo el calor del verano italiano y la sombra de una ciudad que lleva siglos dialogando con la historia, comenzaron a llegar los participantes. Algunos se conocían desde hacía años a través de encuentros virtuales o proyectos comunes. Otros se encontraban por primera vez.
Pronto las diferencias de idioma dejaron de importar.
La poesía encontró sus propios caminos.
En las horas siguientes comenzaron las presentaciones, los intercambios de libros, las conversaciones sobre literatura, sobre política, sobre el estado del mundo y sobre esa pregunta que parece acompañar siempre a los creadores: ¿qué papel puede desempeñar el arte en tiempos de crisis?
La respuesta no apareció en un discurso.
Apareció en el propio viaje.
Cada ciudad ofreció un escenario distinto.
Florencia recibió a la delegación con la belleza silenciosa de sus calles renacentistas y con la sensación permanente de estar caminando dentro de un museo abierto.
Bolonia aportó la cercanía de quienes creen que la cultura sigue siendo un espacio de encuentro necesario.
Ferrara abrió sus puertas en uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, donde la poesía pareció dialogar naturalmente con siglos de historia acumulada entre muros y jardines.
Rovigo sorprendió por la calidez de una acogida que convirtió a visitantes y anfitriones en una sola comunidad.
Y finalmente llegó Venecia.
O quizá sería más justo decir que llegó el momento en que todos comprendieron que el viaje estaba llegando a su fin.
Porque en encuentros como este las ciudades terminan siendo algo más que lugares geográficos.
Se transforman en estaciones emocionales.
Lo que permanece no son únicamente los monumentos visitados o las fotografías tomadas.
Permanecen las personas.
Los participantes procedían de contextos profundamente distintos.
Luis Arias Manzo, fundador de Poetas del Mundo, llegó desde Chile con la serenidad de quien lleva más de dos décadas impulsando una idea que muchos consideraron imposible cuando nació en 2005: unir a los poetas del planeta alrededor de una causa común.
A su lado, Maggy Gómez Sepúlveda aportó su experiencia como poeta, psicóloga y facilitadora de procesos humanos.
Desde Colombia llegaron Julio César Medina Hernández y Édgar Páramo Blanquicett.
Brasil estuvo representado por Chico de Assis y João Santana, herederos de la tradición oral del nordeste brasileño.
España aportó las voces de Cristina Galán Rubio y Teresa Sánchez Laguna.
Óscar René Benítez representó a El Salvador.
Raïs Neza Boneza llevó hasta Italia la experiencia de África, el exilio y la reconciliación.
Rajaa Gharbi aportó la riqueza cultural del mundo árabe y mediterráneo.
Cada uno traía consigo una historia.
Cada historia encontraba eco en otra.
Y poco a poco el encuentro dejó de ser una reunión de poetas para convertirse en una comunidad temporal donde las diferencias culturales ya no separaban a nadie.
Detrás de todo ello existía un trabajo silencioso que pocas veces aparece en las fotografías.
Meses antes de que comenzara el encuentro, Stefano Caranti había iniciado una intensa labor de coordinación para articular la participación de asociaciones culturales, poetas y organizaciones italianas.
Gracias a ese esfuerzo, cada ciudad ofreció una acogida distinta y cada etapa adquirió una personalidad propia.
Junto a él estuvieron Elisabetta Biondi Della Sdriscia en Roma, Carmelo Consoli en Florencia, Claudia Piccinno en Bolonia, Athos Tromboni en Ferrara, Stefano Siviero en Rovigo e Isabella Sordi en Mestre.
Cada uno aportó tiempo, trabajo y entusiasmo para hacer posible una travesía que difícilmente podría haberse construido desde una sola voluntad.
Mientras tanto, las cámaras de Lucio Russo registraban discretamente escenas que tal vez definan mejor el espíritu del encuentro que cualquier discurso oficial.
Un abrazo.
Una conversación improvisada.
Una lectura espontánea.
Una sonrisa compartida después de escuchar un poema en un idioma desconocido.
Instantes sencillos.
Instantes humanos.
Porque quizá eso fue lo más importante de estos nueve días.
No los actos.
No los diplomas.
No las fotografías.
Sino la demostración de que todavía existen espacios donde las personas pueden encontrarse sin competir, escucharse sin prejuicios y reconocerse mutuamente a través de la palabra.
Cuando llegó el momento de las despedidas en Mestre y Venecia, nadie parecía tener demasiada prisa por marcharse.
Los abrazos se prolongaban más de lo habitual.
Las promesas de futuros encuentros se repetían.
Las fotografías finales intentaban capturar algo que resulta imposible fijar completamente: la emoción de haber compartido una experiencia irrepetible.
Después vendrían los regresos.
Los aeropuertos.
Los trenes.
Las largas distancias.
Pero algo había cambiado.
Porque cada participante regresaba a su país llevando consigo mucho más que recuerdos.
Llevaba la certeza de que, en un mundo que parece empeñado en fragmentarse, todavía es posible construir comunidad.
Y que la poesía, lejos de ser un lujo o una nostalgia del pasado, continúa siendo una de las formas más profundas de encuentro entre los seres humanos.
Quizá por eso, cuando el último acto concluyó y las luces comenzaron a apagarse, nadie sintió que el encuentro había terminado.
Todos comprendieron que apenas había comenzado una nueva etapa de la misma travesía.
La que continúa ahora en cada país, en cada ciudad y en cada poeta que sigue creyendo que las palabras pueden ayudar a cambiar el mundo.
Porque la poesía no conoce fronteras.