Juan Calero Rodríguez
De padre canario y madre cubana, nace en Guanajay, La Habana, Cuba. Aunque su formación educacional ha corrido por las ramas técnicas como estudiar hasta el quinto año de Ingeniería Industrial, y ser graduado de Delineación Mecánica y Delineación Arquitectónica; su verdadera vocación ha estado, por una parte, la literaria habiendo desarrollado los géneros de poesía, cuento y novela; y por otra parte entre la pintura, caricatura y el diseño gráfico, llegando a exponer en algunas salas de la capital cubana.
Ha obtenido varios reconocimientos en diversos concursos literarios como el Vicente Silveira y Arjona, 1991; el Premio de Poesía de Amor, de Varadero, 1990; el III Concurso Provincial de Ciudad de La Habana Luis Rogelio Nogueras, 1990; el XVIII Encuentro Provincial de Talleres Literarios de La Habana, 1991, en Cuba. En España, fue el ganador en la última edición del Premio Uni-Verso celebrado en Tenerife, España, 1993; el Tercer Premio de la XVII Edición de las Jornadas de la Viña y el Vino, 2012, La Palma, España; Primer Accésit en el I Certamen de Poesía Erótica Canaria, Las Palmas, España, 2013; Finalista en el Concurso de Poesía Homenaje a Federico García Lorca, Madrid, 2013; y Primer Premio en la Quinta convocatoria al Concurso Internacional de Poesía El mundo lleva alas, Miami, USA, 2013.
Ha publicado los poemarios PALABRAS DEL BALSERO, 2007 y PASAJERO SIN OFICIO, 2010, en Canarias, España y BAJO LOS PORTALES DEL NIÁGARA, 2013, en Miami, USA.
Está incluido en las ANTOLOGÍA DE POESÍA ERÓTICA CANARIA, Las Palmas, 2013; ANTOLOGÍA LOS 200 POEMAS. HOMENAJE A FEDERICO GARCÍA LORCA, Madrid, 2013, LA LUNA EN VERSO, Granada, 2013; BOULEVARD LITERARIO, Argentina, 2013; 20 POEMAS A BACO, Las Palmas, 2013; EL MUNDO LLEVA ALAS, 2013, Miami, USA; De próxima aparición ANTOLOGÍA NACE, Las Palmas, 2013 y ANTOLOGÍA DACAPO, Texas, USA, 2013. Tiene otros libros inéditos de cuento y poesía.
Actualmente vive en San Andrés y Sauces, La Palma. Canarias.
Una larga travesía hasta el último poema de este siglo
Náyade, cabalga sobre mí dueña de la vida
no necesitas montura, trampas, ni milagro.
Córtate cualquier prejuicio.
No soy labrador de otro mundo
ni hablo desde profundidades antiguas.
Vengo de un pueblo tímido de mapas
olvido del viento rasante y fiebres de ciudad.
En mi casa no existen leyes,
esas desprecian a los hombres.
De la niñez,
conservo desordenados tatuajes por las paredes
porque colgar un cuadro es aburrir el tiempo,
capítulos impublicables –entre otros escritos-
que no pagaré derechos de autor
y ciento dos naves fenicias defendiéndome de dioses,
por suerte mortales.
Puedo asegurarte que soltar amarras
es naufragar sin revanchas.
Cada despedida un destierro
como irse a empujones
a peregrinar promesas
cuando todos los rumbos agoten sus caminos
plagados de esperanzas.
Juntos aprenderemos
que la mejor oportunidad es perfilar un camino
porque el amor vuela a corto plazo
y nos deja las venas llenas de sed.
Que emigrar es nacer un poco más tarde.
Un epitafio, una prórroga al recuerdo.
Y como sabe más el que habla a sus silencios
mientras vence
quien sabe hablar a los demás.
Cuando tenga barca y naufragio
llevaremos la vida para no esperar
por ningún boleto del pasado, que es el olvido.
Una mezcolanza de acontecimientos casuales.
La oreja degollada de Van Gogh.
Algunos libros de poemas
y cosas imprescindibles,
como incienso por quemar.
Dejaremos intactos los domingos
y la agenda vacía de teléfonos;
porque la amistad navega en velero frágil
con sueños ortodoxos y vanidad de profetas.
Libera cintas, cuelga la vergüenza y el asombro,
ya no quedan pudores inútiles
por tantos siglos de impotencia.
Luego, déjame llorar sobre tu vientre
los demás días no importan,
todos se fabrican iguales.
Ven, no temas, la realidad es mágica
y cabe en gotas de agua.
Mañanero
En amor, uno y uno son uno.
Jean Paul Sartre.
Despertar con tu piel es un paseo por los campos de mi país
dulzura de maíz tierno tejido entre guayabos perfumados.
La humedad de tu ciénaga evoca los exordios mejor guardados
y absorbo toda la frescura de la mañana que penetra
entre los balaustres de la ventana
envuelta con el ir y venir de locos retozos al viento.
Ráfagas desvelando versos saltos de agua
colores de lo que doy lo que queda
de aquel muchachito buscador de aventuras.
Los rizos de la piel toda enajenada por el huracán de mis labios
luce su cadencia de carnaval mestizo por el malecón habanero.
Sudor y ritmo de conga callejera. Ritmo y sudor contagioso.
Lujuria voraz. Desorden. Espiral de frenesí.
Explosión de fuegos de artificio sobre El Morro
erguido en la boca estrecha de la bahía.
Apagar esta hoguera es todo un pecado mortal
delirio negando los roces del infierno
no importa si a fuego lento, muy lento
exhausta, apenas, sin nada más volver
a descansar la coda sobre las cenizas del fuego
sediento como baños al sol por los campos de mi país
que penetra entre los balaustres de la ventana.
Confesiones del balsero
1
Yo, no más que el balsero
hijo de mi padre,
hijo también de estas islas
acostumbradas a la emigración
donde unos piensan sólo en trabajar
mientras para otros no existe la razón suficiente.
Confieso que todo depende de repicar campanas por el pecho,
el repicar de campanas y los dedos largos de la noche
que se afanan por desconocerlo.
He aquí el reverso del agua, la corriente.
He aquí la oscuridad murmurante
encharcada, inconmensurable, inconmovible.
El grito extenso y lleno de sed viaja por ciudades remotas,
la hoguera de párpados tremendos confiesa tener dudas
y el canto que no ha existido jamás
apenas un dedo de nada
vuelve lleno de miedo
sin entender
el extremo más ecuatorial del destino.
El inmigrante no vuelve. No es ventura
resucitar con los bolsillos manchados de humedad.
Emigrar es nacer un poco más tarde
y todos estamos dispuestos a ser otro
por dejar de ser inmigrante
hasta romper los nuncas
con la urgencia del que no quiere morirse.
2
Destino, perro mío
por qué quieres salirte del pecho
si afuera todo es mortal.
Ábreme las puertas, soy el campanario,
me quedo sin palomas.
He hablado de ti, pidiendo mordidas de peces.
Muchas veces hablo, como ahora,
las campanas suenan tan dentro, oh alcatraz, que he rezado
por la raza de los martes.
Escoge una larga pausa donde ahogar la rabia
invita a la lluvia por los charcos de la ciudad.
Desata remolinos, furias o caracolas.
Es la hora de levantar los oficios.
Bien sabes que el día con sus límites
se esconde por tus cabellos encendidos.
Perdona tal vez esta flaqueza si digo
“vuélvete, toma tu migaja
y sálvame de estas cuatro auroras boreales
pariendo en el ala del sombrero”.
Poco importa ya la tibieza de alguna máscara
si canto sobre las paredes del silencio.
Seas tú, el mundo no es quemarse los dedos
improvisando un himno condenado
que dispersa sus cenizas
sin volcarse en otro nuevo testimonio.