Delia Esther Fernández Cabo
Nació en la República Oriental del Uruguay el 25 de octubre de 1941. Egresó del Instituto Nacional de Docencia como Profesora de Derecho, Sociología y Cultura Cívica. Comenzó a escribir en el año 2005 tras acogerse a la jubilación, adhiriendo a las formas clásicas de la poesía. Participó con éxito en numerosos certámenes literarios nacionales e internacionales. En los últimos años incursionó en la temática ciudadana y lunfarda, sin abandonar las estructuras clásicas
Libros: Sólo Sonetos; Desde el Café de los Yuyos, Corona de Sonetos Lunfardos; Juntos (acompañada por su esposo José Antonio Hernández Milán). Integra varias antologías.
LEON FELIPE CAMINO.
Romero transeúnte de caminos.
Poeta audaz, imagen taciturna.
Grita potente, cálida, soturna.
Quijote de utopías y molinos.
Marinero de mundos peregrinos
bohemio de la plática nocturna.
Libérrima y tenaz pasión diuturna
te enfrentó a fariseos y asesinos.
En tus páginas férvidas habita
la postura del ser cosmopolita
y el vigía avizor que da la alarma.
Zamorano rebelde, “gran blasfemo”
te alzaste sin temor frente al Supremo,
esgrimiendo tu cántico por arma.
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AMAZONAS, AMANTES Y CENTAUROS.
Atronador rugir del río arisco
desmelenando espumas hacia el claro.
Rebelde, rumoroso, recio, ronco,
cayendo con furor piedras abajo.
Las chinas llevan leña a los fogones
de talas y de molles y quebrachos;
y acompañando las huestes patriotas,
son como un hombre más entre sus cuadros.
Las hieren las espinas de la cruz
pero nada detiene su entusiasmo.
Es la mujer – dragón, la de Acevedo,
de “greñas recogidas”, rostro aindiado;
chambergo, chiripá, botas de potro,
y de puñal al cinto, siempre a mano.
El monte les ofrece su cobijo…
Mezclados con el trino de los pájaros,
el arrullo del viento silbador
y el arrayán que se abre en frutos blandos,
se encienden los recónditos sentidos
de hembras que palpitan palmo a palmo.
Y cuando la contienda lo permite,
su fiereza se vuelve gesto cálido.
Hasta que el chapoteo de carpinchos
y el graznido de cuervos y caranchos,
el griterío alerta de los teros,
el maullido erizado de los gatos,
el retumbar de cascos en el suelo
y el relincho avizor de los caballos,
las vuelve a la más cruda realidad
y montan a los potros como machos.
Se deslizan, felinas y bravías,
por sierras y senderos escarpados.
Y a machete, o puñal, o lanza, o sable,
peleando juntos, compartiendo tragos,
son un soldado más del escuadrón
y son un bravo más entre los bravos.
Mujeres varoniles y valientes.
Amazonas, amantes y centauros.
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YO SOY EL TANGO
Soy esquina de arrabal,
viejita, gavión, susheta,
soy bataclana y pebeta,
soy querendón y sensual.
Soy porteño y oriental
Julio Sosa y la Merelo
facón y tajo en el duelo
en la reja serenata,
en la ochava soy bravata.
Soy finoli y pipistrelo.
Soy yotivenco y bulín,
soy malvón y agua florida.
Soy un cacho de la vida,
soy abuelo y chiquilín.
Soy bandoneón y violín,
contrabajo y clarinete,
soy corte y soy firulete:
corrida, sentada y ocho,
la sonrisa del Morocho,
los pingos y el cabarete.
Yo soy el humo del faso,
el percal de la obrerita.
Soy Malena y Estercita,
soy Rivero el del gran naso.
Me despabilo al ocaso
y curto la noche al mango.
En la milonga, fandango
y acodao al mostrador,
presumo de gran señor:
¡Me presento, soy el tango!