Cabeza de náufrago ecuestre [Homenaje a Roque Dalton]Paso el tiempo emborronando cuartillas.Conjugando obstinadamenteun hambre atroz.Encancaranublando un tortuoso itinerariode pajaricida arrepentido.Hilvanando conjeturasen la irrefutable silla eléctrica de la rutina.Cabalgo a la inversa del Sol.Nado a contracorriente.[Curioso que lo diga,pues no sé nadar.]Coloco el idioma patas arribay lo agito ...
Cabeza de náufrago ecuestre [Homenaje a Roque Dalton]
Paso el tiempo emborronando cuartillas. Conjugando obstinadamente un hambre atroz. Encancaranublando un tortuoso itinerario de pajaricida arrepentido. Hilvanando conjeturas en la irrefutable silla eléctrica de la rutina.
Cabalgo a la inversa del Sol. Nado a contracorriente. [Curioso que lo diga, pues no sé nadar.] Coloco el idioma patas arriba y lo agito con fuerza. [De sus bolsillos cae un rumor de huesos.] Bebo todos los días mi jarabe de palabras ajenas. Martillo las sílabas hasta darles forma de punta acerada. Pongo aceite para máquinas de coser en los monosílabos que se me antojan más locuaces. Duermo trapeceando un enjambre de fechas nerviosamente excitantes como el jazz. [En el alcohol del sueño tengo tratos con los muertos.] Escucho, acaso, crecer la hierba en el traspatio mientras a golpes de silencio la sangre baraja sus mejores cartas. Formulo precarios teoremas de café con leche sobre los cuadros rojos del mantel para desenmascarar el rostro tras la página. Para reservar mi lugar en la vigilia por la Estrella Solitaria. Para adueñarme de todo lo amordazadamente escondido en un abrupto paréntesis. En un insalvable punto, coma y seguido.
Paso el tiempo comiendo fatiga a diestra y siniestra. [A mansalva y a destiempo.] Soliloquiando un poema clandestino que me luce inacabable. Que me nutre y me aniquila.
[Nada mejor y divertido que esta brutal tarea, que esta pasión urticante, de pisotear adjetivos como claveles y exprimir adverbios como naranjas.]
Paso el tiempo traveseando maripozudamente entre las fauces del absurdo. Echando a volar avioncitos de papel sobre la Isla de Pascua.
Yo soy el aguafiestas por excelencia.
Escrito con tizas de colores sobre la redonda pizarra de una tortuga milenaria
Después de pasearse por el Danubio y el Yang Tse, Amsterdam, Cádiz, Berlín, Chiapas, Santurce, La Habana, Lisboa, Manizales, Santo Domingo, Marruecos, Jayuya, Puerto Príncipe, Hanoi, Bangladesh, el Muro de las Lamentaciones y la Plaza Roja, mi andariega tortuga confiesa, como es natural, ser gran admiradora de la supersónica y estratosférica velocidad del huraño y solitario cóndor. Dice, además, tejer una biografía celeste en el matusalénico bolero que ofician sus patas y su aerodinámico e irresistible carapacho, el mismo que en un tiempo remoto el temible Atila pretendió como escudo para confeccionar mejores hazañas con las que pudiese asegurar su permanencia en la historia de la humanidad.
La muy oronda de mi tortuga no sólo sobrevivió a Zenón de Elea y a 'Buffallo Bill', a Watergate y a 'Tricky Dick' Nixon, la inclemente lava del Vesubio, el incendio de Roma a manos de Nerón, la fiebre del oro allá en el lejano y salvaje Oeste, los terremotos de Managua y San Francisco, el innombrable holocausto perpetuado por los nazis, los hongos radioactivos de Nagasaki e Hiroshima, la terrible primavera de Praga, los genocidios de Camboya y Wounded Knee, el cerro Maravilla y la Masacre de Ponce, la noche de Tlatelolco, el desahucio en Medianía Alta y el asesinato de Adolfina Villanueva, las dictaduras de Papá Doc, Trujillo, Somoza y Pinochet, los accidentes nucleares en Chernobil y la Isla de las 3 Millas, la ira dogmática y fundamentalista del Ayatollah Khomeini, el desastre ecológico ocasionado por el Exxon Valdez, la garra terrorista en Oklahoma City y aquel día que el infierno cayó del cielo [sí, el 11 de septiembre], el apartheid en Sudáfrica, el conflicto Bosnia-Herzegovina, los atropellos en la plaza de Tienanmen y los mutilados de Faluya, la caída del bloque socialista y las más grandes inundaciones, sino el maquiavélico interés de la también centenaria abuela que con ella quiso un día preparar el más suculento fricasé y junto a los demás utensilios de su vetusta cocina, colgar luego tan ilustre y vistoso caldero.
Mi tortuga se llama Noé. Con todos los huevecillos de mi cariño, hoy, igual que tú, me pregunto: ¿qué otro nombre, si no éste, podría hacerle mejor justicia a tan simpática y ociosa criatura trotando por esos mundos de Dios?
Moriré sin pájaros en los ojos aunque esté prohibido suicidarse en primavera
Sucede que yo, discípulo del barro dormido, también a veces me canso de ser hombre. [Dichosa la piedra porque ésta ya no siente.] Y sin voluntad de nube ni de gloria abandono por un instante la hospitalaria matriz del surco. El plexo solar de la madera.
Salgo con todos mis papeles amarillos debajo del brazo. Con mi lápiz número 2. Salgo en busca del acertijo que ocultan los óleos esenciales. En busca de una línea, una sola línea de grafito con que cortarle los cabellos a la lluvia.
[No pocas veces la marea de luz araña el misterio sin conseguir abolirlo.]
Clavo mis ávidas uñas en el sagrado lomo de las escrituras buscando alguna veta de rica savia. El combustible que alimenta la sed. La sed no saciada. Pero sólo consigo dar con la raíz cuadrada de lo ambiguo.
Me hundo turbiamente en la oculta preñez del sudor. [Al cielo se sube con las manos.] En su vidriada espesura. Allí el enjambre de signos me socava los párpados con la sutileza de un martillazo en la cabeza. Allí la vigilia de los sonidos alborota mis torpes dedos con sus