DIANA ISABEL PIZARRO CANO
Poeta colombiana, ahora también "poeta del mundo"
***
Sacudo el polvo del asiento
al lado de mi sombra.
Lustro la madera
de mis brazos desprovistos.
Pliego la persiana
para ver el miedo proyectado
en la policromía de la casa.
Recojo las sobras de un verso
desmembrado en la memoria.
Siento la eclosión
de un poema entre mis venas,
echando raíces y creciéndome
como una enredadera,
floreciendo y derramando semillas
sobre mi libreta.
Me veo ser árbol viejo,
fruta, ave y mariposa.
Entonces,
abro la ventana de mi boca
para dejar volar,
incandescente, la palabra.
*****
Las piedras rompen
su voto de silencio
al asalto de mi empeine.
Amotinan su vibrato
entre mis falanges
para hacerse polvo
al ritmo de mis pasos.
Escucho el canto
de las piedras
aflorar de mis tobillos
siendo alas.
Saetas monolíticas
son ahora libélulas en vuelo
que separan mis pies
del pavimento
con la levedad
de una hoja seca.
En plena lluvia
soy lava vertida
sobre las piedras fracturadas,
trazos de luz
al filo de la roca
en estrepitosa incandescencia.
Mujer - luciérnaga
haciendo cantar las piedras
al roce ligero
de mis pies desnudos.
*****
Desnudez labrantía,
anturio en la ventana.
Todo cabe
en el sisear de una polilla.
La estación,
como un elefante moribundo,
se rehúsa a ser fantasma.
En las esquinas
hay vapor de luna fría
y famélicas verdades.
Escribo porque
no todo tiene precio.
Las polillas de la muerte
trinan el miserere
de las razones agrietadas,
y el perro del cementerio
aúlla un réquiem
para el Adán de los destierros
y la Eva de las sediciones.
Escribo porque
no basta una llave
para abrir la cerradura.
La polilla en su romanza
ordena no atarse los zapatos
dice que pronto seremos viejos otra vez.