Liliana Rodríguez Peña
cónsul de la ciudad de Puerto Padre
Liliana Rodríguez Peña. (Puerto Padre, Las Tunas 1991)
Escritora y repentista. Miembro de la AHS. Tiene publicado el libro Crepusculares, Premio Iberoamericano Cucalambé 2013.Poemas suyos aparecen en antologías como: Cuerpo sin espíritu no vuela, once jóvenes escritores de Las Tunas, Ed. Sanlope, 2013.Ha obtenido premios y menciones en concursos como: Portus Patris 2009, Villazul 2011, Calendario 2013, entre otros. Como repentista ha sido premiada, entre otros, en el Concurso Nacional de Jóvenes Improvisadores Fransisco Pereira,en el Concurso Nacional de Repentismo Justo Vega, convirtiéndose en la primera mujer cubana ganadora de un concurso de repentismo.
Titulares
Hablemos de la siembra o del mercado
donde traficas todos tus dolores.
Hablemos de los muros: sus olores
se esparcen como un soplo en mi costado.
Hablemos de la espera o del periódico
donde hallamos banderas, rostros, nubes.
Hablemos del teatro donde subes
para vender tu luz a un precio módico.
De todas las verdades que no tocas
si no te acuden manos; de las rocas
que, estáticas, sostienen tu vigilia;
del sol que se hospedó en tus catedrales.
Hablemos hoy de asuntos tan triviales
como el olvido, Dios y la familia.
Verde que te quiero verde
Yo nací en la época de los elefantes verdes,
mi madre me concibió encima de un tronco verde,
sostenida por la hondura de sus manos
con la tibieza de su sonrisa, siempre verde.
Yo crecí en la época de los elefantes verdes,
leí libros verdes, rompí juguetes verdes
y como todo niño que tropieza
asumí sueños verdes.
Hoy despierto
y me duele contemplar la época de los elefantes grises.
Tentativas
Yo busco una verdad sobre el cristal oxidado de la tarde,
una verdad mojada por el mal tiempo.
Exploro la llanura con la simpleza del mártir
y caigo sobre el verde.
Una verdad que se salve de la multitud en un salto magistral
o un discurso.
Como si todo hecho ensordeciera el espíritu.
Como si toda palabra fuera un suspiro exacto.
Asomo mi cabeza a la desesperación como un economista, quizás un usurero.
Una verdad que duela en la garganta,
que surque los espacios o se aísle.
Yo busco una verdad
pero aparecen varias y yo necesito una verdad,
sólo una.
Atisbo
Hay que mirar la vida de reojo
y casi ni mirarla si es preciso,
recostar la cabeza sobre el piso
y la pupila vaga en el cerrojo.
Hay que mirar la vida sin bullicio
con esa calma grácil de las tardes,
mirar desde el balcón de los cobardes
como una claridad sin precipicio.
Hay que mirar la vida lentamente
pensar que todo pasa de repente,
que el ocio es otra forma de soñarla
como un minuto cruel y extraordinario.
Hay que mirar la vida o no mirarla
si no lo consideras necesario.
Durante una clase de Historia
Ayer te propuse que nos fugáramos de clase,
que la maestra nos apunta con su cartabón siniestro
y quiere rendirnos a quien sabe qué ley.
Te propuse que colocáramos una bomba en la puerta
y cuando todo se astillara saldríamos volando balcón abajo.
Te lo dije pero el gesto negativo de tus ojos penetró la piel,
y seguiste mirando fijamente la pizarra
aceptando que Colón descubrió Las Américas en 1400 y tantos
y que la tierra es un círculo demasiado perfecto o grave
como para rodar hacia el vacío.
A veces sueño el mundo…
A veces sueño el mundo de otra forma,
lo palpo, lo concibo, lo deseo.
Pero me desconcierta lo que veo
y mi dios interior no se conforma.
Por eso me distraigo en la colina
a disfrutar de un aire diferente
y soy un sorbo quieto de aguardiente
mezclado con el aire y la neblina.
A veces me suceden manantiales
y fluyo en las corrientes verticales
de un denso amanecer en la mentira,
y fluyo tan veloz y fluyo triste,
que el mundo es una masa que respira
y parece indicar que Dios existe.
La nube y el ciprés
La imaginación no es un estado, es la
existencia humana en sí misma.
William Blake.
Imagino verdades que no son
tan ciertas como el agua del Jordán,
espumas sigilosas que se van
tras el rugir voraz de la razón.
Imagino las luces del perdón
cuando el odio no es más que un polvo ajeno.
La nube en su violáceo desenfreno,
su música inusual, casi violenta,
y aunque el rugido anuncie la tormenta
tú le das, William Blake, la espalda al trueno.
Imagino el espectáculo
del ciprés cuando la nube
lo estremece, cuando sube
a mirarse en el oráculo
de los días. El obstáculo
nunca será la impaciencia.
La nube, la indiferencia
de sus corrientes finales,
esa procesión de sales
que oxidan la transparencia.
Imagino tus aguas sobre mí
y yo sin respirar, con gracia indigna,
me trago el esplendor de tu saliva,
la tierra en que renaces, el desliz
de ser paisaje hondo, de sufrir
por una sacudida de la suerte.
Imagino que vamos rumbo al este,
que el campo se desnuda en tu silencio
y si pudiese ser el aguacero
que moja tus entrañas, si pudiese.
La nube en su desatino
desafía la quietud
del valle, su juventud
es invariable. Imagino
que existe un solo camino
para noches tan extensas.
Me disipo en las intensas
floraciones, me sacudo
la ilusión, resisto, dudo…
(alguien pregunta: ¿En qué piensas?.)