Grover González Gallardo
DILECCIÓN
Pulsas estrellas,
pigmentos de trémulas sombras.
Mis ojos asaetan tus ojos,
la noche,
tu sexo que se prolonga
en un ágape de innumerables frondas.
De la oscuridad fluyen los sueños,
la claridad de todas las cosas;
de mi mente brota tu cuerpo,
humedal de irisadas mariposas.
En silencio acaricias tus pétalos,
expansión de súbitos litorales;
caracolas susurrando a las nubes
que acrecentaban tus carnes.
Si diseminas orquídeas de sal,
erraremos por constelaciones y valles.
¿Mudaremos el orden del cosmos
y sus sonidos elementales?
¿Renacerá la mañana tibia si deliramos
alejados de nuestros huesos salvajes?
Contemplemos la unánime razón
que se diluye en curvados cristales;
reposemos la espada azul que
fragmenta el firmamento inmutable.
DESHIELO
Mi sangre ahogaría mariposas
escapadas de súbitos reinos,
pigmentaría nubes crecidas
sobre colinas y ensueños,
mas la calma se habrá de posar
en este nido perpetuo:
la mente fluye,
maraña incesante
bajo cielos concéntricos;
pálida tierra
poblada de feraces avernos:
esferas azules
combaten desde el inicio del tiempo,
media lunas,
hemisferios y corazones
desgarrados del fuego:
no hay más dios
que el que habita la carne
y se regocija en mi cuerpo,
no hay más luz
que la que ya se cierne
sobre laberínticos huesos:
el mundo gira
excavando cauces
surcados por colores fieros,
la tormenta no ha de cesar
si no despiertan todos sus viento.
PINÁCULO
¿Hasta dónde
se extiende tu cuerpo?
¿Fluctúan los árboles
cuando modulan el silencio?
Sé que nada se estremece
si permanecemos despiertos;
que las aguas vuelven azules
aunque se extravíen
en agrestes desfiladeros;
pero tu piel de nubes
podría delinear
mi corazón
atrapado en espejos,
reunir las innumerables
extremidades del viento:
plumas pesadas,
reflejos de espadas
nos apartan del trueno:
estampidas de estrellas
surcan este bosque de pétalos;
fogonazos de cielo,
huellas de piélagos
bifurcan
enceguecidos senderos
que luego concluyen
donde tu carne y mi carne
han erigido su reino.