Ramiro Sepúlveda Zapata
Puerto Berrío, Colombia, 1943). Poeta. Tiene publicado los libros: Poemas del Grupo Puerto (coautoría con Carlos Ossa, Ed. Difusión, 1980); Territorio Imaginado (Eds. La gota amarga, 2010). Ganador del concurso de Poesía Joven Universidad de Antioquia 1969. Poemas suyos han sido publicados en suplementos literarios del país. Reside en Medellín.
EN HOMENAJE AL CHÉ
En el camino,
el chasquido de hojas secas
bajo la firme pisada de las botas
y el zas del pantalón contra la yerba.
¡Vedlo caminar, es el Ché!
En la cima de la colina más alta,
oteando desde allí al terrateniente
que trata duramente a sus labriegos
como si ellos fueran los culpables
de las feroces lluvias que ahogan sus cosechas,
se estremece y tiembla.
Tiembla porque el campesino boliviano de hambre muere,
porque al obrero se le obliga a no engendrar más hijos
como si esa fuera la causa real
del hambre de nuestros pueblos.
Tiembla porque un niño en el Perú
anda desnudo por las calles.
Porque una madre uruguaya amamanta su hijo
junto a la puerta esmerilada de la casa de un rico.
Tiembla porque un anciano chileno
estira implorante sus manos
y no recibe ni huesos,
–y sin embargo, espera… –
Tiembla porque el presidente argentino
actúa como un nuevo Pilatos
en los asuntos de huelgas.
Tiembla porque el estudiante en Colombia
no puede reclamar sus derechos,
en pago a lo legalmente exigido
una bala estatal entre la espada y el pecho.
Tiembla porque en el Brasil
un lustrabotas perdió el betún
y no aprendió a trabajar gran cosa.
Tiembla porque en Venezuela
dizque se acabó el carbón
y el petróleo, a grandes manos,
lo sacan gentes de afuera.
Tiembla porque en el Ecuador
los yanquis se apoderaron del caucho
de los indios y sus parcelas.
Tiembla porque los presidentes de nuestra América
son como marionetas tristes que se dejan manejar
por el imperialismo de Norteamérica
y porque son pocos los que de esta verdad se escapan:
del espejismo del dólar,
del delirio por las máquinas
y de los crímenes perpetrados en masa.
Tanto caminar,
tanto ir de un lugar a otro,
buscando siempre al campesino,
al obrero, en fin,
a todo aquel que figurara
en el renglón de los explotados para estrecharles la mano,
solidarizarse con su angustia
y enseñarles sus premisas,
por las que se tiene que luchar hasta la muerte
para que la justicia se haga cierta
para que la revolución se haga cierta
a todo lo largo y a todo lo ancho de la latitud de nuestros pueblos.
Y fue en Bolivia
en las intrincadas montañas de Iripití
en los azarosos fondos de Vado el Yeso,
en las pedregosas pendientes de Camirí
en donde el Ché,
batiéndose pecho a pecho,
fuego a fuego,
sangre a sangre con el enemigo
se dignaba a entregar su vida
a cambio de justicia e igualdad en ese pueblo.
Metralla en mano,
erguida la frente y fija la mirada;
firme el paso,
el asma rasgándole su pecho
pero no le vence;
superior es lo que él siente
viendo al yanqui y sus lacayos
haciendo esclavos nuestros pueblos.
¡Vedlo caminar!
¡Miradlo cómo avanza, es el Ché!
¡Vedlo caminar!
¡Oídle gritar Patria o muerte, es el Ché!
¡Sigámosle…!
¡Adelante!, compañeros…