Gabriel Jiménez EmánNació en Caracas en 1950. Ha publicado libros de poesía entre los que se cuentan Materias de sombra, Narración del doble, Baladas profanas, Proso estos versos y Amoroso. Ha publicado libros de cuentos entre los que se cuentan La gran Jaqueca, Biografías grotescas, Tramas imaginarias y La taberna de Vermeer. Ha escrito novelas [Paisaje c ...
Gabriel Jiménez Emán Nació en Caracas en 1950. Ha publicado libros de poesía entre los que se cuentan Materias de sombra, Narración del doble, Baladas profanas, Proso estos versos y Amoroso. Ha publicado libros de cuentos entre los que se cuentan La gran Jaqueca, Biografías grotescas, Tramas imaginarias y La taberna de Vermeer. Ha escrito novelas [Paisaje con ángel caído, Una fiesta memorable, Sueños y guerras del Mariscal, Averno] y ensayos sobre literatura [Provincias de la palabra, El espejo de tinta, Diálogos con la página] y cine [Espectros del cine, Impreso en la retina] y desempeñado varios cargos como editor, a la vez que realizado viajes por Europa y América donde ha representado a su país en eventos de narrativa y poesía. Ha investigado sobre la prosa y la poesía de su país y publicado varias antologías.
Las madres no existen. Van de un lado a otro y no hacen nada preciso pero bajo sus dedos todo ocurre. Nunca están completamente sentadas o de pie y cuando se acuestan nadie las ve. Las madres no existen. Sólo aparecen o desaparecen.
LA TROMPETA CULPABLE
Hace una semana o talvez más, quizá hace dos, o un mes sueño que toco la trompeta. Una mujer me dice que no puede ser que ella jamás imaginó un sonido tan sublime. Pero yo la toco otra vez y le demuestro que los sonidos salen como flujo magnético metiéndose en el almuerzo y provocando exclamaciones en los demás asistentes. Mis dedos en los pistones son pequeñas serpientes doradas. Alguien que no veo me aplaude, después mi mujer me golpea con una cuchara luego mi hijo me dice que le duele el oído. Yo sigo hasta formar parte de un conjunto famoso por beber whisky en los ensayos. Después llega mi madre y me reprende me dice que voy a despertar a los muertos de la cuadra. Mi trompeta va a dar a mi estuche de felpa. Entonces la primera mujer me vuelve a decir que ella no lo cree que yo estoy soñando y que ella sin embargo me ama. Yo me despierto cansado, viendo a mi almohada asustada arañándome la cara.
SOLEDUMBRE I
el ojo arroja sus garfios a le tela del día el rostro deletrea las sílabas de la plaza mientras los pies asaltan la calle de los nervios al atardecer las dalias se hinchan en el temblor del pecho mientras el cielo caza nubes para el hambre de espíritu ah hermético sosiego no apareces sino al final del callejón al fin del túnel que conduce a la noche sumergida en vasos quejumbrosos tiritando en el vientre del agua en el océano de hielos que bajan hacia un oasis de sed