ÁrbolesCrecen hacia la lluvia, y en un impulso simultáneo regulan su caída. De la tierra sensible toman el resudor copioso que han dejado escurrir. Muy de mañana, entre las hojas danzan los últimos resabios del chubasco.Remontan por filones radicales la solución acuosa destilada en quietud, y la resguardan, previsores, en las vejigas generosas que ellos mismos fabrican. Higos, manzanas, coco ...
Árboles
Crecen hacia la lluvia, y en un impulso simultáneo regulan su caída. De la tierra sensible toman el resudor copioso que han dejado escurrir. Muy de mañana, entre las hojas danzan los últimos resabios del chubasco. Remontan por filones radicales la solución acuosa destilada en quietud, y la resguardan, previsores, en las vejigas generosas que ellos mismos fabrican. Higos, manzanas, cocos. Paralíticos, se retuercen en busca de un avance, un gesto traslativo, un pasito delante. Y sin embargo, una velocidad anómala circula por su cuerpo como aceite de luz. “Árboles”: el plural se corrige a la vista de un roble singular: alguien viene a leer en los anillos de su cuerpo la cifra de una edad. Pero el tiempo del árbol es más hondo. Sobre la piel inerte lleva inscrita una fecha, las huellas de un adiós. ~
Mar
Las olas son la moda de los mares. Lo demás es antiguo, aunque los hombres le dispensen una mirada inaugural. En nuestros días escépticos, los dioses se refugian en los lechos del mar. Las playas son su límite, casi nunca infranqueable. Desde su oscuro, los dioses nos envían informes fragmentarios de alguna eternidad: leños difuntos, borbotones rojizos, conchas vacías. Todo mar es ambiguo. Si lo vemos al sesgo, bajo un sol de verano, él rectifica el sueño de la muerte, nos concede una nota de quietud. Si una racha de insomnio nos aqueja, entonces se levanta turbulento, huye desde sí mismo hacia otros mares, ondula, se lamenta ruidoso y