LA PALABRA PERDIDA-¡Basta!...Maldita.Maldita. GUERRA. Dios. Ten piedad. ¡Fuera! Fuera.insectos inmundos. Fuera de la cara de mí bebé.Su rostro cetrino totalmente crispado, se inclinaba sobre el trapo mugriento donde descansaba una criatura, famélica y donde la multitud de insectos se daban cita para recrear, la miseria y el dolor.El calor sofocaba, pero el hambre que ya no se sentía, era má ...
LA PALABRA PERDIDA-¡Basta!...Maldita.Maldita. GUERRA. Dios. Ten piedad. ¡Fuera! Fuera.insectos inmundos. Fuera de la cara de mí bebé.
Su rostro cetrino totalmente crispado, se inclinaba sobre el trapo mugriento donde descansaba una criatura, famélica y donde la multitud de insectos se daban cita para recrear, la miseria y el dolor.
El calor sofocaba, pero el hambre que ya no se sentía, era más terrible, porque ahora dolía, dolía como puñaladas en el vientre, y en todos los cuerpecitos que con una mirada indescriptible, miraban, casi sin ver el paisaje repetido y no por eso menos terrorífico.
El ruido incesante de los aviones y los tanques; la miseria; el hambre que tenía forma y voz; el dolor; los quejidos angustiosos que ya formaban parte de los sonidos cotidianos; el calor que los deshidrataba y ampollaba sus labios, su piel y la sed. la SED.
-Dios ¿Dónde estás? -. Y las moscas. las malditas moscas. -¡Fuera! . ¡Fuera!... Fuera.- La desesperación la agota. Se deja caer sobre la tierra y cierra los ojos. Y su mente alucinada se introduce con el niño por un maravilloso oasis donde un gran estanque de agua fresca los llama a beber y sumergirse en él, mientras enormes árboles con deliciosas frutas caen maduras a su paso ofreciéndose tentadoras.
Se arroja sobre ellas y tomando varias las pone en las manos de su niño mientras le repite:
- ¡Come! . Come hijo mío. Sin cesar le alcanza una tras otra mientras el niño devora las frutas. y ella ve con alegría que su vientre enorme, comienza a deshincharse y que sus ojos, se humedecen, y lo toma de la mano y lo arrastra casi, hasta el agua, donde se sumergen, y bebe y mira a su niño que sonriente con su pequeña manito ahuecada, toma el agua fresca y la lleva a sus labios y los dos se miran y sonríen y sonríen y se abrazan y la sonrisa se transforma en una risa incontenible, que como una enorme cámara de sonido, llena todo el lugar y aparecen bellos pájaros que cantan alegres, y la brisa al acariciar las hojas de los árboles también, forma bellas melodías.
La figura bellísima, apareció delante de ella, le extendió la mano mientras con una voz sin sonido pero perfectamente audible, le dijo:
-Aquí estoy. Vamos en busca de esa palabra que los hombres perdieron hace mucho y no la han vuelto a encontrar.
Ella lo miró intrigada, mientras repetía:
-¿La palabra perdida? ¿Cuál es Maestro?
-Paz.
Esa noche, soldados que rondaban, la encontraron sentada en el suelo, con un brazo sobre el cuerpecito inerte de su hijo y una enorme sonrisa, en su cara sin vida.
Por fin había encontrado la palabra perdida.
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EL VERDUGOEl horror, se reflejó en la mirada. Las órbitas no podían contener, esas esferas sanguinolentas que rebasaban los límites.
Agitó las manos delante de su cara, como espantando una visión, que por intangible, se resistía a desaparecer.
Ronquidos profundos e inhumanos brotaban de su pecho. El terror se vestía de diferentes formas.
El aire se negaba a penetrar en sus pulmones y el ahogo se enlistaba en la serie de torturas que su mente cargada de culpas, iba proporcionándole. Una de las tantas muertes que venía sufriendo desde ese día, en que tuvo que ser la mano de la justicia.
Una justicia absurda, cruel. Leyes dictadas por mentes fanáticas y enfermas, donde no existía el discernimiento sobre las diferencias; donde toda falta se castigaba de la misma manera: muerte o mutilación, No había diferencias de sexo, ni edad. La ley era solo una y había que acatarla. No existía el matiz, ni el atenuante. Solo falta y castigo.
Y él había sido la mano del verdugo que aplicó el castigo que ahora lo perseguía sin piedad y estaba seguro, hasta su muerte.
Se dejó caer de espaldas sobre la sucia cama donde pasaba las noches en vela , desde esa maldita tarde...
La mugrienta sabana estaba húmeda del sudor que el terror producía, cuando el pequeño brazo del niñito que el había mutilado días atrás por robar un trozo de pan, para su pobre cuerpecito hambriento, se sacudía sobre su cabeza, cada vez que intentaba cerrar los párpados
Agotado por los días que llevaba sin dormir, cerró los ojos entregado a su destino. Cuando un leve roce sobre su frente le hizo abrirlos con un gran esfuerzo y vio frente a sí, las pupilas del niño, que reflejaban su propio terror y el alarido del pequeño se mezcló con el estertor de la muerte de su verdugo.
FIN
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BELLAMe miró desde su lugar.
Fue una mirada tan especial que me hizo sentir de una manera muy extraña.
La observé con curiosidad, admiración y una pizca de pena.
Curiosidad porque sentía aún a la distancia la energía que irradiaba y llegaba hasta mí creando un estado casi. fascinante.
Admiración porque la belleza, que cada día aumentaba a medida que se acentuaba su rápida madurez, me producía un estado de embriaguez de los sentidos..
¡Por Dios! ¡Que bella era! Y la que al principio se presentó con la humildad de lo cotidiano se trasformó en una deslumbrante exquisitez. Si . Totalmente abierta para mí, con la ostentación descarada de su lujuriante y retadora hermosura..
La pasiva venganza por haber tronchado su vida por el placer de tenerla y disfrutarla un breve lapso de tiempo, era lo que emanaba de ella, en esa exhibición casi lasciva; y era lo que producía ese sentimiento de pena y el deseo inmenso de poder alargar su tiempo, efímero, mucho más que mi sentimiento de culpa.
Extendí mi mano en un rapto de ternura infinita para acariciar los pétalos de la rosa, que se mantenía soberbia dentro del vaso con agua sobre la mesada de mi cocina.
P.Herediabiografia:
Patricia HerediaPresidenta del Centro Cultural Cristina De Fercey.
Lic. en Bioenergética.
Actriz, Cantante, Artista Plástica [P.Berthie] Escritora. Conductora radial.
y algunas otras cosas que sería largo de enumerar.
herediapatricia@hotmail.com