La lluvia sobre el mar El resplandor intenso que el cielo mostraba se vio súbitamente envuelto en una gruesa masa de nubes de un oscuro color plomo.La brisa marina, fresca y rebelde esa misma que peina sus cabellos, resaltando majestuosamente su soberbia belleza, y que le da la sublime apariencia de una gaviota libre en el viento, arrastró los negros nubarrones en una carrera desesperada, torna ...
La lluvia sobre el mar El resplandor intenso que el cielo mostraba se vio súbitamente envuelto en una gruesa masa de nubes de un oscuro color plomo.
La brisa marina, fresca y rebelde esa misma que peina sus cabellos, resaltando majestuosamente su soberbia belleza, y que le da la sublime apariencia de una gaviota libre en el viento, arrastró los negros nubarrones en una carrera desesperada, tornando el paisaje sombrío, escondiendo al sol tras su sombra y derramando su negra figura sobre el cada vez más turbio mar.
Rápidamente se acercó el aguacero y pronto descargo toda su furia sobre el lugar en el cual estamos. Entonces fue que sucedió.
Ella me atravesó de lado a lado con esa embrujadora mirada que siempre me enamora y hablamos sin palabras. Como un par de chiquillos nos abalanzamos camino abajo hasta alcanzar la tibia y húmeda arena. Millones de acuosos diamantes nos golpeaban incesantes. El mar embravecido se cubría tras un velo de niebla y nos invitaba, ondulante, a refrescarnos en sus espumantes aguas.
Riendo traviesa, ella se desnudó ante mis asombrados ojos, y se sumergió fugaz en las revueltas aguas. Emergió más adelante y, mientras el agua corría torrentosa sobre su tersa piel canela delineando el contorno de su exquisita figura me invitó a seguirla. Nuevamente se sumergió y yo la seguí embelesado.
Y juntos disfrutamos del indomable poder de la mar bravía, de la fresca caricia de la brisa y del embriagador sentimiento del amor, envueltos en las redes que con nosotros formó el salvaje embrujo de la lluvia sobre el mar.
El camaleón Solía transmutarme en cualquier cosa, porque para eso son los camaleones. Tierra áspera, seca o húmeda y fertilizada. Aire. Agua. Hielo. Gato. Lagartija. Sapo o paloma. Siempre estaba cambiando. Por eso llevaba conmigo diferentes pasaportes. El mismo nombre y fecha de nacimiento. Pero diferentes rostros.
Vivía de hacerme cosas. Y en los países que visitaba causaba siempre una gran impresión. Los niños deliraban. Gritaban de entusiasmo. Las mujeres se desmayaban. Las ancianas se santiguaban y palidecían. Los hombres se divertían. Los científicos se asombraban, hacían anotaciones constantes y dibujaban diagramas y fórmulas abstractas que no comprendía. Y hasta [a veces] —lo que más me agradaba— aparecían crónicas en los periódicos, adulando mi arte efímero. Pero los escépticos abundaban. Gente incrédula, de esa que cuando entra en la tolda y ve la transformación empieza a murmurar; a poner malos ojos, a quejarse por el dinero que invirtieron y a buscar con miradas inquisitivas todo tipo de espejos, cuerdas, poleas o cualquier artefacto que indicara la esencia del truco.
Un amigo llamado Octavio solía ayudarme. Viajaba conmigo. Mantenía alejados a los curiosos. Evitaba que los necios me tomaran fotos y que los empingorotados se acercaran para tocarme. Vendía los boletos de entrada y llevaba la contabilidad. Sólo él conocía con exactitud cuánto dinero habíamos ganado. Empacaba y desempacaba la tolda cada vez que nos mudábamos de feria. A cambio le enseñé algunos trucos interesantes para que algún día y por iniciativa propia pudiera montar su espectáculo.
Era un buen alumno. Sin embargo, a veces se descuidaba. Le agradaba ostentar de lo que sabía. Así es. Y así era. Hasta la noche en que me desatendió.
Siendo yo hierba fresca. Alta y hermosa. Un impertinente se acercó a mí sin que él lo notara. Cruzó el cerco de seguridad y con sus manotas gruesas y grotescas, arrancó un puñado de hierbas. Muy tarde Octavio lo sacó a empujones. Muy tarde lo aventó tolda afuera, reventándole la cara contra el pavimento.
Me sacudí y doblé entero, como un mar de espigas golpeado por un huracán.
Nuevamente me hice hombre. Adolorido. Gritando.
Los que estuvieron presentes comprobaron que no había poleas, ni espejos, ni trucos baratos. Y la hierba en las manos de aquel desgraciado se transformó también en parte mía, pues me había arrancado los ojos.
Octavio, ahora es mi bastón.
Un minuto Fue en una casa negra, oscura, de ventanas desvencijadas, de madera podrida, de miserables tinas, con mujeres que se multiplicaban en ojos, narices, piernas, sexos, quietos y mansos, que esperaban temerosos la múltiple entrega.
Fue en una noche larga, sinuosamente larga. Una noche en la que cabían todos los hombres y todas las penas, como en aquellos sexos cabían todas las vidas presentidas, los hombres y mujeres que nacían y morían en un breve estertor.
Brigitte nació en un minuto infinitamente largo, en esa calle pagada, llena de ruidos apagados, en un suave y pequeño sexo. Vibrantes a través de la pared de sangre, carne y hueso, le llegaron las voces -extrañas y nunca oídas- pero que estaba predestinada a aprender. 'No te pagaré nada. He perdido el tiempo contigo'. Con arrogancia se despedía el último cliente.
Aquello que gritaba se fue. Sólo quedaron ayes, gritos, recriminaciones... y el llanto de un niño.
Brigitte quiso ver el exterior. Vio un cuarto desvencijado y roto. Oscuro. Inmensamente oscuro. Lo vio con los ojos que aún no tenía, con los ojos que habrían de venir. Ese algo donde estaba se puso en movimiento. Sintió de golpe que se mareaba, que daba vueltas en el espeso líquido. 'Eso' comenzó a andar, a moverse, a desplazarse...
Poco a poco fue oyendo otras cosas, con los oídos que aún no tenía..., con los oídos que habrían de venir. Oyó los ladridos de los perros, el rodar de las tinajas..., las voces: unas altas, otras bajas, unas suaves, otras duras: ninguna dulce, todas amargas.-¿Cuántos llevas esta noche? -¿Uno nada más y tú?-Ya llevo cuatro.
No puedo con el cuerpo. Me han tocado los más salvajes.-Yo ya no siento nada -dice otra voz. Estoy como adormecida. El silencio se adueñó de las voces. Brigitte sintió una voz diferente, más grave.- ¿Cuánto? cuatro mil pesos. Una pausa. Y 'eso' donde estaba, comenzó a moverse nuevamente.
Ella no tenía por qué comprender. Pero comprendió, de golpe supo todo lo que había afuera. En un minuto vivió muchos años. Y decidió morirse. Brigitte sólo vivió un minuto.
biografia:
Ivan Alfonso Osorio Guzman Barranquilla[Colombia]
admon. de Empresas
Lic. lengua Castellana
semillero de investigacion Masqueletras Udea.Colombia
jeremias80000@hotmail.com