ADOLFO ANTONIO ARIZA NAVARRONacido en la extinta población de la Avianca departamento del Magdalena-. El l6 de febrero de 1962. Narrador y poeta. Ganador de la versión 2006 del concurso Nacional Metropolitano de Poesía, organizado por la Universidad Metropolitana de Barranquilla, con el libro: “Poema inicial”.Primer puesto en el primer concurso Nacional de Poe ...
ADOLFO ANTONIO ARIZA NAVARRO
Nacido en la extinta población de la Avianca departamento del Magdalena-. El l6 de febrero de 1962.
Narrador y poeta. Ganador de la versión 2006 del concurso Nacional Metropolitano de Poesía, organizado por la Universidad Metropolitana de Barranquilla, con el libro: “Poema inicial”.
Primer puesto en el primer concurso Nacional de Poesía Julio Flórez, organizado por la casa museo del municipio de Usiacuri-Atlántico, con el poemario “Las cosas que me cuento mientras me desvaran el carro”.
Premiado en la X versión de la Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera, de la ciudad de Neiva -Huila- con la obra “Afuera Estaba la Noche”.
Actualmente está radicado en la ciudad de Barranquilla
-Departamento del Atlántico-. Hace parte de la mesa directiva de la Sociedad de Escritores del Atlántico [SEA].
zulcarein@hotmail.com
Pájaros
Los pantalones cuelgan del perchero
como pájaros atrapados.
Esperan a que yo alargue la mano,
los rescate y los eche a volar.
Tal vez esta tarde decida… No sé…
Pienso que la vida se pasa mejor en cortos.
Sólo la muerte elude lo informal.
Si muriera hoy, seguramente escogerían
el pájaro blanco para exhibirme
ante mis amistades.
Nadie repararía en que lo compré para
impresionar a mi mujer.
A decir la verdad, ella nunca reparó en él.
Prefería mirarse en mis ojos color café.
El otro pájaro es un jin azul, con sendos
rotos en las rodillas, que ella misma compró
en uno de esos remates de ocasión.
Ella dice que me hace ver un poco chic.
A mí, la verdad, me interesa muy poco
verme chic. Yo quiero verme como me
veía ella antes de que todo empezara.
Antes de que el tiempo trajera todas sus
mudanzas.
El blanco es más difícil de planchar.
Conserva todo el tiempo arrugas en las
corvas y en el ijar.
Alguna vez, mi mujer pensó en regalarlo.
Me opuse rotundamente. Pensé en el
tiempo de mi muerte. Le dije: “No he
visto el primer velorio con el muerto
vestido de jin”.
Ella dijo: “El cielo no es una fiesta para
invitados de caché”.
La mejor forma como luzco, según su
opinión, (y estas son sus
palabras) es como Dios me trajo al mundo.
Pero, siendo consecuente con lo que pienso,
tampoco logro imaginarme desnudo
dentro de un ataúd. No creo que el cielo
sea una playa nudista por cierto.
Por ahora, los pantalones se limitan a
colgar del perchero.
Se ven tranquilos en su espera.
Si yo muriera podrían caminar por mí.
Están acostumbrados a mi forma de
andar, a la extensión de mis pasos.
Sabrían, incluso, qué atajos tomar
e irían, seguramente, a los sitios donde
a mí me hubiera gustado estar por
última vez.
Creo que no significo mucho para su
lógica de pantalones.
Alguien que no ha querido engordar,
supongo.
Alguien que no ha cambiado de talla
en los últimos veinticinco años.
Un pelmazo.
Alguien que un día de estos,
probablemente fuera de quicio,
tome las tijeras, los troce por la mitad,
los convierta en dos buenos cortos y
los libere de sus sueños de pájaros.
El tiempo en los espejos
A un número lo pare otro
número como cosa muerta.
La tumba del uno es el dos.
El verdugo del dos es el tres.
La aritmética es un cementerio voraz
que nunca se completa.
Una suma es una preocupación
(o una alegría fugaz);
la resta, una ansiedad;
la multiplicación, una sospecha.
Somos el mejor instrumento que se
haya concebido para medir el tiempo.
Si se detuviera de pronto,
no cerraría la herida del enfermo,
ni explotaría la flor.
Puedo decir con exactitud
cuando murió mi padre,
cuando me gradué de doliente,
cuando tuve mi primera polución.
Cierto día me sorprendí delante del espejo
y no me gustó lo que vi
y empecé a extirpar las canas que el otro
llevaba sembradas en la sien.
Aquél imbécil me agradeció sonriendo,
levantando el pulgar de su mano derecha.
Son muy agradecidos los sujetos
que viven en los espejos.
Pero son tristes y callados,
como lirios desnudos dentro del agua.
¡Ah, el viejo tiempo!
No siempre existió,
pero ya estaba aquí cuando un dios
dispuso la creación y se echó a dormir
como un gusano dentro de su propia manzana.
Un día el sol explotara y se derrochará
la noche en los espejos y en la memoria.
El viejo tiempo seguirá aquí,
vigilando la química y las esporas.