IICUANDO SE ROBARON AL SOL[de Javier Cotillo - JACO]Era un pintor que compartía aficiones con la literatura. Enamorado de los paisajes andinos, apuraba en su lienzo los detalles de un ocaso singular. El rojo intenso del firmamento contrastaba con su diminuta figura que enfundaba a un cuerpo escuálido metido en su saco y su raído mandil sobremanchado de mil colores. Su exagerado mentón alargaba ...
II
CUANDO SE ROBARON AL SOL[de Javier Cotillo - JACO]Era un pintor que compartía aficiones con la literatura. Enamorado de los paisajes andinos, apuraba en su lienzo los detalles de un ocaso singular. El rojo intenso del firmamento contrastaba con su diminuta figura que enfundaba a un cuerpo escuálido metido en su saco y su raído mandil sobremanchado de mil colores. Su exagerado mentón alargaba a su gusto su crecida barba, dando argumento a sus ávidos ojos que devoraban, con enorme deleite, ese instante del firmamento.
Como es de suponer, el “poeta-pintor” privilegiaba al rojo que se deslizaba, goloso, sobre la tela. Rojo por aquí y más acá. El rojo tragaba al pincel, enraizándose en el lienzo, mordiendo al bastidor y salpicando al caballete. Rojo; más rojo, antes que se esconda este paisaje devorado por la noche. –¡Por favor!, rumiaba con desesperación sólo para sí, más rojo...; ¡ES PRECISO MÁS ROJO!–. Su pincel se meneaba al ritmo de su éxtasis, imparable, indomable; pero el rojo se acabó antes de tiempo…; entonces el artista, endiosado por el paisaje y engatusado de pasión, con extraño arrebato, tomó presto su navaja y, de un tajo voló su mano derecha. En ese instante… todos los músculos, los huesos, el pensamiento, la vanidad del pintor, y en suma, el conjunto de su cuerpo, se convirtió en pintura roja...; y, con el muñón sangrante, siguió pintando… y pintando, su original visión.
Cuando el ocaso tragó al Sol, en un retazo de tocuyo, quedó grabado para siempre el exquisito misterio de un anochecer andino. Al pie, yacía sin vida el escuálido cuerpo de un pintor que compartió su locura con la literatura. Entonces, inesperadamente, el astro rey, conmovido por tamaña idolatría, volvió a salir para rendir homenaje a su pintor. Fue la única vez que el día amaneció dos veces; por el Este y por el Oeste. Desde aquella ocasión…, el Sol ya no es el mismo…; ha perdido su brillo.
Han pasado muchos años. En algún rincón olvidado, sobre una tela empolvada por el tiempo, todavía supervive el misterio de aquel anochecer andino, cuyo Sol se... resiste a desaparecer.
II
LA REVELACIÓN DE NENÉ[de Javier Cotillo - JACO]Cuando la vi, me incomodó el flujo maloliente que dejaba a su paso y la gruesa capa de mugre que recubría su cuerpo.
Cruzaba la calle con los pies envueltos con trapos y plástico a cuenta de zapatos. Marcaban pasos pausados que calculaban, quién sabe, la distancia que faltaba para llegar a su destino. Su pelo, amasado con suciedad, parecía un casco de grasa apelmazado en años de abandono o tal vez una revancha contra una desilusión, y por qué no, de una temprana locura. Resultaba imposible evadir al escalofrío que originaba mirar su rostro debajo de esa inmundicia. Apenas se adivinaba que era una mujer de mediana edad.
Los andrajos que vestía se sumaban a los trapos y otros elementos encontrados en el basural, los que se habían superpuesto con el tiempo unos sobre otros para tapar su esquelético cuerpo; sin embargo, ya no cubrían sus vergüenzas.
El único diente que se aferraba a su boca aplastaba el labio inferior y se hacía notar con descaro cuando la abría para bostezar su hambre adormecida. Solo su fina nariz delataba una relativa belleza en su juventud.
La gente se alejaba rápidamente de su lado por la repulsión que originaba su cercanía. Nené se detuvo para rascarse los hombros mientras retiraba con familiaridad algunos piojos, luego reorientó su camino. Hasta el aire evitaba mezclarse con el olor nauseabundo que desprendía esa imitación de mujer.
Ahora se sentó sobre el sardinel. De algún lugar sacó un pomito con agua y un pedazo de tela que luego de humedecerlo empezó a frotarlo en círculos concéntricos sobre su rostro. Todo esto lo repitió varias veces, hasta que poco a poco empezó a notarse la piel de su cara como una máscara que contrastaba con la parte oscura del resto de su cabeza. Usando el meñique, lo untó con tierra del piso y pasó el polvo sobre los párpados de sus ojos a manera de sombras; en seguida, con el otro meñique arrancó de un tubito un poco de rojo para untar sus labios, y quiérase o no, hizo una mueca de coquetería olvidada; el contenido de otro frasquito vacío sirvió para perfumar su cuello y orejas; luego, con algunos pedazos de periódico, más los inexistentes insumos de maquillaje, infló levemente una bolsa de plástico negro que trató de colgar en su hombro izquierdo a manera de cartera. Se puso de pies mientras soplaba las uñas de sus manos mugrientas para secar la supuesta pintura y retomó su camino arrancando una ancha sonrisa a sus labios que se resistían a representar ese falso libreto, pero cerró la escena dando pequeños pasos, entrecruzando los pies, meneando la cintura con exagerada picardía, que se vio vulgar.
Algunos curiosos, simulando no ver nada, se ubicaron estratégicamente para no perder detalle de lo que estaba ocurriendo. Nené, cruzó la calle como filmando sobre una pasarela de un exclusivo desfile de modas y se paró frente a la puerta de una casa de citas. Del interior apareció una mujer ataviada con exageración, quien preguntó con soberbia:
−¡ Qué quieres!
−Es…, esteeé −balbució Nené, más por haberse olvidado de hablar con nadie o como sorprendida en falta. Pero armándose de valor, inesperadamente apartó los brazos con violencia, estiró los músculos de la cara con rabia, tensó todo su cuerpo para concentrar su ira en pocas palabras y llenando sus pulmones abrió su horrible boca como un portón oxidado de un tétrico castillo y lanzó su protesta como una extraña esperanza:
¡QUIERO TRABAJAR!!!
Los curiosos que habían escuchado todo, estallaron en carcajadas, mezcla de asombro y burla. Un cruel sarcasmo que lapidaba la última esperanza de la mujer… Ellos desaparecieron tan igual como habían llegado, pero dejaron la ironía de su burla en el ambiente.
La puerta se cerró violentamente sobre la cara de Nené, quien se quedó nuevamente sola, cargando su locura y sus ilusiones aplastadas…
III
COLUMPIANDO SONRISAS[de Javier Cotillo - JACO]La vida y la muerte se consideran opuestas pero, en realidad creo que son la sucesión constante de instantes de un mismo proceso llamado “existencia”. En ella, lo que llamamos “vivir”, no es más que una continuación entre nacer y morir para seguir viviendo la vida muriéndola a cada instante hasta que, finalmente, la muerte se prolonga indefinidamente cuando no es posible renovar “el renacer” de ese nuevo instante. ¿No creen?
Por eso, que vivan los adultos … y que vivan los niños, especialmente las bebitas que son como la pequeña que conocí esta mañana mientras iba a mi trabajo usando el servicio público.
Ajena al ajetreo de la gente que pugnaba por un lugar dentro de vehículo, ella se encontraba cómodamente recostada sobre una falda llevando a cuestas, calculo, sus escasos año y medio. Exhibía con inocente elegancia su carita ovalada y una minúscula naricita que armonizaba con sus medianos ojos, sin argumentos de bandera, los que se abrían y cerraban al ritmo de cada mamada, porque han de saber que la jovencita estaba desayunando sin intermediarios, directamente del pezón. En su golosa tarea ponía toda su energía para envolverlo con la lengua y chupar con brío y, de rato en rato, presionar con sus manitas al recipiente para estimular al líquido elemento.
No era el desayuno ni su recipiente lo que impresionaba, sino el modo singular en que desbordaba su felicidad entrecruzando los pies, uno después del otro, al ritmo de su deleite como defendiendo la exclusividad de su alimento en el centro de la gente que se apiñaba como podía para dejarle un espacio.
Cuando eructó su “chanchito” dio por concluido el desayuno. Se sentó como autorizando que recojan la mesa, o mejor diciendo, “que guarden la mesa”. Entonces se pudo apreciar sus finos labios sobre su pequeña boca, y las ondas de su cabello que se desparramaban plenamente sobre sus orejitas ovaladas para exhibir los rulitos escotados. No era robusta, pero hacía gala de buena salud.
Se contorneó con vigor hasta lograr ponerse de pies sobre sus zapatos de gamuza semicubiertos con las mangas de su pantalón que se prolongaba hasta la cintura, y para quedarse en ese lugar, me refiero a su pantalón, entrecruzaba sobre la blusa dos tirantes que se abrazaban de sus hombros, desde donde se escapaban sus bracitos rollizos que remataban en dos delicadas bolitas, que al estirarse, dejaban libre a sus inquietos deditos; eran sus lindas manitas, como de juguete.
Se paró a mi lado, como desafiando a todos. Entonces hicimos lo imposible para mantener el espacio a su favor. La pequeña apenas podía mantener el equilibrio debido al movimiento del vehículo y por la falta de experiencia en esos menesteres, pero descubrió que era muy divertido jugar con el movimiento del carro, y armonizando con el vaivén logró dar pequeños saltitos, gracias a las manos que la sujetaban desde los tirantes. Continuó con sus saltitos en el mismo lugar, marcando la cadencia con la boca. Y mientras su diversión tomaba cuerpo, entubó los labios de su pequeña boca, arrugando con gracia su naricita de algodón, comprometiendo a sus ojos juguetones que parecían desorbitarse, asustando a todos, pero cambiando de modo, rápidamente se achinaban jalando sus párpados hacia arriba y a los costados, y luego la frente, después las cejas y hasta las orejas, “subiendo y bajando” como columpiándose entre “seria y jocosa” y al ritmo de su carcajada, como festejando un chiste muy gracioso que sólo ella sabía.
Nunca vi reírse a nadie con todos los elementos de su rostro. De pronto, adusta como una roca, pero sólo un instante. Luego columpiándose al otro extremo, como las caretas de un teatro, pero vestidos de inocencia y gracia, devolviendo las orejas hacia abajo, desarrugando la frente, dejando los ojos chinos para recuperar los redondos, igual que sus cejas, de oblicuas a ovaladas, desarrugando la frente, soltando sus párpados hacia abajo y al centro, extendiendo las arrugas de su nariz. Una sinfonía concertada de gestos y muecas que oscilaban entre alegría y seriedad, vale decir, cambiando cada segundo y a su gusto, la carcajada por la seriedad y la sonrisa, todas juntas, como si fueran varias personas riendo en un solo rostro, logrando que la gente estire sus ceños, entrecejos y sobrecejos, para tomar generosamente de ese manantial llamado “niña” la cantidad de carcajadas que su antojo les pidiera, hechizados por el más bello concierto de alegría de ese rostro sin igual.
Todo esto ocurría casi al llegar a mi paradero. Al bajarme, todavía con la sonrisa en los labios, intenté mirar una vez más a ese encanto de niña a través de los cristales del vehículo. Pero no la volví a ver. Sin embargo, estaba la abuela…, columpiando el mismo rostro de alegría, como un doble, pero de adulta. Entonces supe cómo sería la niña cuando grande. Esa nueva porción de risa me acompañó por muchas cuadras. Y mientras tecleo esta experiencia, estoy aprendiendo también a columpiar mi nueva alegría. La niña con su abuela… tienen la culpa.
JACO
biografia:
JAVIER COTILLO CABALLERO conocido en el mundo literario como “JACO”
1] Publicado en 1987 en la Revista CASA de la CASA DE LAS AMÉRICAS DE CUBA.
2] Premio Nacional 1995 de la Derrama Magisterial en la modalidad de Ensayo.
3] Premiado en 1996 por la Facultad de Literatura de la Universidad Guadalajara de México, en la modalidad de Novela.
4] Presidente del “INSTITUTO IBEROAMERICANO MARIO VARGAS LLOSA” - sede en Perú, 2005-2006
5] Autor de 23 volúmenes entre libros de consulta, novelas, relatos y antologías.
6] Condecorado por el Estado Peruano en 1999 con las PALMAS MAGISTERIALES en el GRADO DE “EDUCADOR”; y el 2004, y mediante Orden del Día n.º 5755 del 18MAY2004 del CONGRESO DE LA REPÚBLICA, con las PALMAS MAGISTERIALES en el GRADO DE AMAUTA .
7] Sus obras están publicadas en la Internet y puede ubicarse buscando en GOOGLE, como: Javier Cotillo
escribejaco@hotmail.com