Vallejo Muerto Vallejo muerto es como un niñoa quien le duelen las palabras,la sangre, el mar, París, el versoy las estrellas últimas del alba. Muerto está él,de rodilla su voz reza en la almohaday el vaso de su vida se derrama.Hijo ya de la tierra y de las plantassu sombra singular no se emocionacon el aroma de las rosas blancasy con sus manos cierra las ventanasde la tremenda casa. Valle ...
Vallejo Muerto Vallejo muerto es como un niño
a quien le duelen las palabras,
la sangre, el mar, París, el verso
y las estrellas últimas del alba.
Muerto está él,
de rodilla su voz reza en la almohada
y el vaso de su vida se derrama.
Hijo ya de la tierra y de las plantas
su sombra singular no se emociona
con el aroma de las rosas blancas
y con sus manos cierra las ventanas
de la tremenda casa.
Vallejo muerto.
Lejos de los pájaros,
ausente de la selva y de las aguas,
del sufrimiento indígena de América
y de la rota libertad de España.
Vallejo, inmóvil,
alto, tierno, frío
y la muerte mirándole, asombrada,
llorando inútilmente su mortaja
exactamente funeral y clara
y el dolor de llevarlo entre sus alas
adonde Pedro Rojas, el minero,
y adonde Juana Vásquez, la hortelana,
a ese país abscondido y delgado
donde hay tranquilos ángeles que cantan.
JORGE LUIS BORGES Conocí a Borges en Jerusalén
en una concurrida reunión judía
para celebrar la feria internacional del libro
y le hablé de aquellos hondureños
que en tiempo pretéritos
escribieron en diarios bonaerenses.
Me confesó que no había leído nada
de Rafael Heliodoro Valle, ni de Arturo Mejía Nieto,
ni de Marcos Carías Reyes
y mucho menos del infortunado Jaime Fontana
y me di cuenta que no quería
saber nada de mi empobrecida nación.
y que para él nunca había existido
Tegucigalpa.
Quiero decir, en su descargo,
que Borges estaba completamente ciego
cuando conversó conmigo.
Oración para San Antonio Las muchachas le rezan
a San Antonio
catorce “padres nuestros”
por tener novio.
Sonríen con la boca
y con los ojos
y se persignan rápido
por el demonio.
Llevan trajes alegres
y el mismo tono
de primavera dulce
viene en sus rostros.
Cantan en las mañanas
un son dichoso
y sus dientes son blancos,
los labios, rojos.
Delgada la cintura,
el seno, solo;
la mano, posesiva,
el gesto, poderoso.
Más tú no necesitas
de San Antonio:
desde que te conozco
yo soy tu esposo.
ERNESTO MEJIA SÁNCHEZ En mis conversaciones con Ernesto
-en Madrid, Caracas, San José-
siempre surgía el nombre de Rafael Heliodoro
como una rama que despaciosamente
se introdujera por la ventana
o como un hilo de agua
que inadvertido
entrara debajo de la puerta
y mojara las patas de las mesas,
las alfombras,
los libros dormidos en el suelo.
En los constantes diálogos
aparecía la persona del hondureño,
el de las tierras de pan llevar,
el cronista del nuevo mundo,
el poeta de Tegucigalpa
Ernesto recordaba los innumerables datos
que recogía para Rafael Heliodoro
en los archivos municipales,
en las empobrecidas hemerotecas,
en la memoria de los viejos
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y que luego servían para hablar,
por ejemplo, de Darío,
el abuelo de todos nosotros.
Ahora Ernesto reposa,
como el maestro Valle,
en la tierra de México.
Biografía:
Oscar Acosta nació en el Barrio Las Delicias de Tegucigalpa el 14 de abril de 1933 y es Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa, Premio Rubén Darío de Poesía de Nicaragua y Premio José Trinidad Reyes de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Medalla Presidencial Pablo Neruda del año 2004, entre otros.
Ha sido Presidente de la Asociación de Prensa Hondureña y Presidente del PEN Club, así como Secretario de la Embajada de Honduras en el Perú y Embajador en España, Italia y El Vaticano, dirigiendo periódicos y revistas entre las que figuran la de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, la de la Cancillería de la República y la de la Academia Hondureña de la Lengua.
Ha publicado los libros “Poesía menor”, “Formas del amor”, “Tiempo europeo”, “Tiempo detenido”, “Escritura amorosa”, “Vitrales”, “Escrito en piedras”, “Poemas para una muchacha”, “Círculo familiar” y “Mi país”, así como numerosas antologías de poesía hondureña.
Su obra poética ha sido traducida al francés, alemán, italiano, griego, portugués y rumano.
La obra literaria de Oscar Acosta ha sido comentada favorablemente por Alfonso Reyes, Miguel Angel Asturias, Gerardo Diego, José María Souvirón, Pablo Antonio Cuadra, Sebastián Salazar Bondy, José Manuel Caballero Bonald, Otto Raúl González, Alberto Ordóñez Arguello, Sergio Ramirez, Antonio de Undurraga, Manuel José Arce, Pascual Venegas Filardo, Alberto Baeza Flores, entre otros.
ediber@multivisionhn.net