QUIÉN FUERA COMO EL ÁRBOLLa caída paulatina de las hojascon su belleza triste,es lo que tiene enferma el alma.¡Quién fuera como el árbol!Que se mantiene inmóvil, quieto y en reposopor todo el tiempo frío;y después con muchos bríosvuelve a la vida con sus ropas nuevas.¡Qué diferente a la existencia humana!Si pudiéramos dormir por una temporadacomo el árbol que se sacude de lo viejo en ...
QUIÉN FUERA COMO EL ÁRBOL
La caída paulatina de las hojas con su belleza triste, es lo que tiene enferma el alma.
¡Quién fuera como el árbol! Que se mantiene inmóvil, quieto y en reposo por todo el tiempo frío; y después con muchos bríos vuelve a la vida con sus ropas nuevas.
¡Qué diferente a la existencia humana! Si pudiéramos dormir por una temporada como el árbol que se sacude de lo viejo en el otoño y en la primavera retoñan sus ramas, su tallo sonríe y extiende sus hojas que sirven de sombra al pobre viajero, que por los caminos anda sediento buscando el alivio de un árbol frondoso que de a intemperie lo cubra.
Nosotros, la humanidad toda tenemos terror a la muerte, todos la pintan de negro enlutada y de una risa macabra. Pero la del árbol es bella, agoniza cambiando colores.
Los árboles viejos se tiñen de un violeta encendido y como en los funerales las coronas que cuelgan adornando el féretro.
Los árboles jóvenes se visten de rosa en la punta, colorado en el medio y en la parte baja un amarillo triste que contrasta con todos los astros, que desde el espacio admiran la hermosa agonía, de la gran arboleda que el otoño se lleva sin batalla alguna.
¡Quién fuera como el árbol! que muere tranquilo y después retoña a la vida con renovados bríos.
Si nosotros pudiéramos volver, con la experiencia adquirida no tendríamos fracasos.
Quizá por eso nuestro viaje es eterno, porque el árbol es mudo y mientras reposa y se mantiene callado, ni siquiera el viento lo mueve. En cambio si l hombre volviera, la muerte perdería el encanto de su insondable misterio; porque el humano divulga muy fácil todo el cúmulo de verdades que en sus vivencias descubre.
LA RAZA
El mismo aire que respiro también es el que alimenta los pulmones del negro, del amarillo y del blanco.
La sangre que corre por las venas del ser humano, la que da la vida y mantiene la existencia, siempre es roja.
El sufrimiento del dolor, la emoción del amor; y el sentimiento de pesar vibran en el alma con igual sabor.
Es el mismo corazón que gira en caras de tipo diferente, en cabezas negras, rubias o castañas y en cerebros de fina moldedura.
¿Por qué entonces se agolpan en los sentimientos de algunos, esa discriminación malvada que al mundo lleva a la pelea?
El color de la piel no cambia la forma del corazón, el rasgado de los ojos no varía el esqueleto humano.
La boca grande y los dientes blancos no se notan en el organismo, porque no alteran la circulación ni de la respiración el mecanismo.
El rostro duro del indio americano no tiene riñones de estaño, ni tampoco los príncipes riñones de oro; todos los tenemos de la misma clase.
Y finalmente, los blancos, negros, chinos, orientales y latinos, vamos al mismo sitio; al de la muerte que en un polvillo insignificante nos convierte.
Y esta es la verdad de todo, que si reflexionamos nos lleva a querernos como hermanos, a unirnos como están los huesos en el cuerpo, con la conciencia de que Dios nos creó sin diferencias.
LA CAMPESINA
Con tristeza sin lágrimas llora la pobre campesina, su mirada acongojada se clava en el infinito cielo de sus días sin destino.
El silencio de la pampa recoge sus suspiros que se quedan en el resuello cansado de su trabajo mal remunerado.
Las palmas de sus manos han perdido las líneas de la suerte, y sólo se ven los surcos bien profundos de sus ambicione muertas.
En cada falange de sus dedos, un callo endurecido es la muestra de su adverso camino y va abriéndose campo entre las espinas.
Su poncho lleva el olor penetrante de la criatura desnutrida que ella por tradición carga en sus espaldas.
Esos son los niños que no toman vitaminas, que la leche, poco consistente, de una madre mal alimentada es la que les da la vida.
Pero la madre campesina lo carga en sus pulmones; parece que viviera del calor que ella le pasa en su alimento.
Mientras prepara el puchero, en nene juega con sus trenzas hasta que se duerme arrullado por el trabajo duro que dentro y fuera de la choza labora diariamente.
Y allá en las llanuras lo lleva en sus cuadriles y con una humilde camisita amarrada a la cintura, lo deja a la ventura del viento y sol de la selva.
Se desborda en alegrías en los días en que se adora al santo o en el feriado que le da un descanso.
¡Pobre campesina, que no sabes llorar con lágrimas, pero sí con la mirada acongojada que se pierde en el infinito cielo de tus días sin destino!
EL VINO
El vino es el rey de los licores, que suavemente adormece. Con sus efectos el alma renace y el cuerpo se estremece.
Sus burbujas despiden fragancia de amores añejos y el cristal en que se sirve, es el espejo de los recuerdos que placenteros se elevan como mariposas en el aire.
El vino es la esencia de la vida, el despertador de cosas dormidas, levanta el espíritu hacia mundos desconocidos por caminos de aromas y de flores.
Tiene el color de la sangre y a veces el de las lágrimas, por eso el sacerdote en la misa lo bebe, semejando a la que Cristo derramó en el calvario.
FILOSOFÍA
El no ser ricos nos priva de las pieles, de las perlas y diamantes que con dinero se pueden comprar.
Pero a cambio de eso, tenemos la sensibilidad para admirar la belleza; somos capaces de adentrarnos en la esencia de las cosas y tratamos sin desmayos de comprender el alma humana.
Nos asociamos al dolor del que sufre, aunque sea con palabras de aliento llenamos el bolso vacío del hambriento. Y en las adversidades del tiempo ahí estamos con bondad y cariño para brindar de la mano ayuda sin límites que el corazón derrama.
El pobre lleva los diamantes en la mirada que el brillo del sol alimenta; en el corazón que canta a la mañana, a la naturaleza entera y a la armonía grandiosa entre mundo, pan y hombre.
No luce en la solapa un broche de oro y brillante, pero el pálpito que de su alma brota, refleja cristales de sencillez innata que sostiene un pendiente de