PAUL DISNARD, EL COMBATIENTE ¡anda, pueblo! Grita! despliega tus banderas quizá vuelvan los héroes a escucharte, tal vez la patria sea nuevamente tuya, tal vez los domingos te vestirás de fiesta y habrán bailes y cantos en las plazas. ¡anda, puebl ...
PAUL DISNARD, EL COMBATIENTE
¡anda, pueblo! Grita!
despliega tus banderas
quizá vuelvan los héroes a escucharte, tal vez la patria sea nuevamente tuya, tal vez los domingos te vestirás de fiesta y habrán bailes y cantos en las plazas.
¡anda, pueblo! Grita, hasta que tu propia voz sea una bandera y salgan los héroes a defender la patria!
Belgrado, diciembre 11 de 1996
LLAMADME EL COMBATIENTE
Me enterraron con todos los horrores. Fusiles, botas y banderas bajo tierra.
Aldeas en llamas. Niños ardiendo como teas.
Todo lo quisieron borrar con medallas de latón, discursos, desfiles y cintas de colores.
Olvidaron el ultraje cometido en las mujeres, la memoria vejada de los abuelos que celebraban el milagro del trigo y el maíz en las fiestas de la cosecha.
Todo quedó atrás, como un libro hecho cenizas por el fuego.
Pero yo estoy aquí, en cada uno de vosotros, repitiendo el verbo, repitiendo la acción. Muchos nombres he tenido, muchos nombres me fueron dados.
Llamadme simplemente el combatiente.
Vengo desde la aurora, desde siempre,
desde mucho antes de que las fogatas en las praderas iluminaran las noches, entonces no había fronteras con el día.
No fui un cazador.
Jamás mis manos tomaron arma alguna para matar pájaros o herir a los animales del monte.
Cabalgué a espaldas de búfalos y sueños, en las alas de los halcones festejé el nacimiento del sol en la constante refloración de los árboles.
En los ríos sacié la sed, purifiqué el cuerpo y busqué los insondables caminos de los cóndores.
Tuve en los ojos la paz del espacio infinito y no fui ocioso al esplendor de los bosques ni a la minuciosa tarea de las hormigas.
Mariposas y jilgueros salieron de mi ser disparados al corazón de las montañas.
Los gorriones y los niños inundaban de jolgorio patios y azoteas, las mujeres llenaron de cantos las plazas y los atrios de las iglesias con flores y voces de albricias. Dios estaba en la oración del pan, en el morral de los labriegos, en la semilla, en el polen enredado en los vellos de las abejas.
Sin embargo el hombre sembró la discordia, soltó abejarucos entre los panales. Cuando crecieron los niños dejaron brazos, piernas, ojos en los campos de batalla. Se olvidaron las escuelas. El odio y la metralla tumbó vidas y paredes. Se llenaron de moho los libros y cuadernos. La polilla hizo nidos en la madera de los bancos, perdieron sus trenzas y su risa las niñas y de tanto llorar se secó el corazón de las madres de la tierra.
¿Dónde está Señor tu amor para llenar los cántaros de los campos yermos?
En el regazo de una mujer amada quisiera ocultar mi llanto, ascender de nuevo por sus párpados al arco iris tras del sueño para alcanzar las verdes praderas donde yacen dormidos los centauros, donde libres de las jaulas los jilgueros celebren el nacimiento del día, adolescentes en alegre ronda, mariposas en flor, abelios, resedas, azaleas y buganvillas por doquier dispersas como abejas en los jardines de mi madre, la escuelita del pueblo recién pintada de blanco y su joven maestra, púber aún, niña entre las niñas, hermana mayor, hada generosa y buena recitando en coro los poemas que cantan en cada solsticio las reinas en las florestas, la oración del agua, el canto a Dios, a la ternura del hombre que combate, de la mujer que ama, del niño que suelta de las jaulas los pájaros en la alborada como ráfagas de luz, de los párvulos que corren por una ardilla al bosque de bambúes, mi voz batiendo el fuego, apagando rescoldos, mis manos llenas de trigo, de maíz mi boca y mis entrañas hasta otro amanecer, otra aurora anterior a la aurora anterior de las fogatas iluminando las noches, el vivac de los campamentos de exploradores y buhoneros, los soldados que olvidan el fusil y tocan la guitarra, el amor bajo las mantas y el cielo azul, siempre azul lleno de estrellas.
Llamadme el combatiente. Fui muchas veces traicionado, exaltado y denigrado otras, pero mi batalla está en el tiempo, la justifica el tiempo.
No soy de ahora ni de ayer. Soy de siempre
y vengo de la noche a reclamar el día,
por todos los caminos destruyendo las fronteras para que los hombres antes separados sean uno solo bajo una sola bandera.
Yo, el sepultado, hoy soy el constructor, y vengo de la noche a reclamar el día.
Belgrado, marzo 12 de 1998
ASALTO AL CIELO
Para Manuel Cepeda Vargas, Poeta y amigo asesinado en Colombia.
Oca al azar del viento ¡alto al cielo!, peregrina y loca sensación, fugaz sentimiento de volar rezagada golondrina a ras del suelo, aderezos de rosas corazón en ascenso, besos y tragos de ajenjo, estragos de alas rasgadas, rezos y ruegos, luces de espliegos ardiendo en las noches más hondas, reflejos de cruces en las lozas quebradas, espejos de los patios otoñales donde plácidas y cordiales en rondas las abuelas hacían fiestas de hojaldres y buñuelas casi todos los días, todas las tardes inciertas bordando chismes verdes y pañuelos rojos, azules a veces los colores cojos