AtávicoEn cada uno de nosotros existe la atávica sensación de postrarnos frente al mar; más que una necesidad, es un reencuentro con nuestros orígenes. Cientos de mamíferos provenientes de latitudes ajenas, descansan en nuestras playas en busca del sol y del calor que esculpen nuestras vidas; algunos de ellos, y en ocasiones nosotros mismos, construimos pensamientos en forma de castillos de ...
Atávico
En cada uno de nosotros existe la atávica sensación de postrarnos frente al mar; más que una necesidad, es un reencuentro con nuestros orígenes. Cientos de mamíferos provenientes de latitudes ajenas, descansan en nuestras playas en busca del sol y del calor que esculpen nuestras vidas; algunos de ellos, y en ocasiones nosotros mismos, construimos pensamientos en forma de castillos de arena para recordar que somos frágiles delante al circular del tiempo. Algunos hombres ven al mar como a la única mujer que no pueden poseer. Hay mujeres que se reflejan en él y se saben completas. Las mujeres de piel blancuzca se ofrecen con el pecho desnudo a las caricias del agua salada; las mujeres mestizas tienen el pudor en otra parte y prefieren entregarse vestidas.
¡Cuánta agua delante de nosotros y no poder beberla! Valiente el náufrago que resiste a la tentación, como franciscano en un burdel.
El mar es azul como el deseo profundo o la sangre de todos los reyes, pero al tomar un poco de su esencia en nuestras manos, asimos por un instante la transparencia que se nos escapa a todos por igual.
El mar tiene mucho de mujer por insondable, creador y eternamente cambiante; esculpe como los consejos de una abuela, otorga generoso sus frutos a quien conoce sus ciclos y castiga con la ira de una amante resentida.
Definitivamente el mar posee un carácter inestable; sin embargo, se mantiene entre nuestros ojos y el horizonte, ahí, donde desaparece el miedo cuando lo sorprende el conocimiento. Al amanecer, el sol saluda al mar y lo hace evidente; en el cenit, es tanta su incidencia que lo descompone en cúmulos de vapor de agua que luego chocan, se complementan y terminan por fracturarse hasta formar serpientes de luz y estruendos que reclaman plegarias. Más tarde el viento se hace tangible a través del oleaje y despide al sol bajo un cielo color de corazones.
Punto de partida, escape o salida, constante… sólo el mar.
LAS ISLAS
Las islas se asemejan a la voluntad de existir rodeado de una soledad adversa. En ellas el tiempo se suspende, las sombras danzan y el silencio silba suavemente. Las islas han sido la esperanza del náufrago. Los piratas hicieron de sus recovecos el resguardo para sus andanzas. Al alba, los pescadores llegan a sus playas con los frutos cosechados en el desierto azul y al final del crepúsculo, se reconocen mortales.
Las islas se desprenden de la tierra como las hijas de una madre que cierra los ojos lentamente, y con los brazos extendidos las deja ir reconociendo su destino. Ellas aparecen en medio de las aguas de manera silenciosa o irrumpen violentamente cubriendo el cielo de humo y el mar de fuego. Al igual que las mujeres cuando maduran después de la pasión o la violencia, las islas se asientan y generosamente entregan las semillas de su experiencia.
Ser isleño tiene el encanto de vivir rodeado por la inmensidad pero también el límite de escasas perspectivas visuales. Una montaña en una isla es tan preciada como un beso o una caricia en nuestra infancia; sus laderas se parecen a un libro abierto: basta conocer su código para gozar de sus secretos. Las islas aceptan al foráneo, siempre y cuando deje su historia personal del otro lado del oleaje. Las islas no necesitan de ninguna explicación, son ellas las que otorgan las respuestas
Las aves visitan las islas porque a ellas no les gustan las razones: un ser que vuela reconoce en una isla una verdad encapsulada; no mira con deseo, es tan puro que prescinde del agua dulce. Los reptiles y las hormigas viajan en los troncos arrastrados por corrientes marinas; pueblan una tierra virgen pero no la conquistan, se dejan seducir por su atmósfera y tiempo después evolucionan de manera distinta a la que experimentaban en tierra firme.
Las islas son y serán siempre espejos con dos caras idénticas; no es necesario ver del otro lado para saber quién eres.
biografia:
Nací en la Ciudad de México, he vivido en Europa y en Asia, soy autodidacta en todo lo que he realizado, Músico, Video-productor, Guía de Turistas y Escritor. Vivo en Cancún, México. Publico en España, Colombia, Argentina y México
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