Marcelo Machicao Barbery
Marcelo Machicao Barbery, nace en la ciudad de La Paz-Bolivia, en los inicios de la segunda mitad del siglo XX; por azares del destino crece en varias ciudades de América, Europa y Asia.
Su juventud transita, cómo la de tantos otros jóvenes de ese periodo, en un continente plagado de dictaduras militares que influyen para dirigir sus pensamientos y acciones a luchar contra ellas y aportar para el retorno de la democracia en Bolivia.
Estudia Economía en Yugoslavia y realiza cursos de postgrado en Chile y Costa Rica. Luego presta sus conocimientos profesionales y personales en varias instituciones del Estado y Organismos Internacionales.
Asiduo lector desde temprana edad, aprecia la poesía cómo la síntesis de los mejores “cuentos” existenciales; tanto así que haciéndola suya, se anima finalmente a presentar los “garabatos” que durante años fue escribiendo y sintiendo.
Esta obra es la primera que pública, esperando no sea la última.
Agua bendita
Está noche y todas, deja dormir a tu lado,
abre el alma, recibe mis manos.
¡Humedece!
¡Mójate!
Siente el conjuro, pegada a mi cuerpo,
estampa de sobre secreto.
Arrullaré tu alma con caricia incansable.
Ofreciendo parcelas /vida infinita/.
Seré lo prohibido de las pasiones,
aplacando anhelos con fantasías de sueños.
Navegarás, nube sin cielo, suspendida de
dicha perene.
Regando tus labios con agua bendita.
Al tiempo, con cosecha de amor invariable.
Malas intenciones
Voy a sumergir las confusiones de tu forma,
ensuciar las almas en charcos desolados, rociar
con espanto la piel y sus entrañas.
Calar profundo cada partícula del vacío humedecido.
Inventar un tren que lleve a ninguna parte, el
viaje dure tu recuerdo, hasta alcanzar la muerte
en una estación inexistente.
Te llevaré en el núcleo de la intriga más ambigua,
con dulzura apasionada, quedará cual sostén de
alfarero insobornable.
Vasija llena de nada, luz clandestina.
Acopiando memorias ofendidas por los años,
uniré con afecto huesos astillados.
Convertidos en células de contento gestarán
un nuevo cielo, una nueva tierra.
Tras huellas del silencio confundido, treparé
al infinito y sus estrellas.
Meditando que todo final es un inicio, dormiré
jubiloso en tu regazo.
Mientras haya vida y después
Vendrá, decían las esquinas.
Regresará murmuraba el eucalipto.
El corazón rogaba compungido, mientras
la sequedad del rio sus lágrimas mojaba.
No hay para qué, exclamaban los fisgones.
Nada en común repetían sin cesar, mirándose
al espejo.
Como si las muertes fueran diferentes y la luz brillara separada, alumbrando a los creyentes, apagando a los ateos.
De ese entrevero ni un hijo fue parido, ni catre
se compraron chismoseaban las abuelas.
Persignando la idea de que vuelva, suplicaban
al cielo la retenga.
No obstante buscará su silueta en todas las esquinas.
En esa última, que mirando la vio, espejismo
mezclado en montañas sin nieve.
En la primera, de aquella plaza del sur, filtrando
su andar cual soplo de vida indeleble.
Si no la encuentra ni como nube siquiera, indagará al otro lado de la luna, en iglesias despobladas, sonrisas de edades primerizas.
Convertidas en esquinas de alquimia, contemplarán su retorno, transformando la ausencia en presencia fecunda.
La Distancia
“¿Por qué se me vendrá todo el amor de golpe cuando me siento triste y te siento lejana?”
(Pablo Neruda)
La distancia más larga no une o separa;
Al corazón lo deja sin aliento, nostálgico subsiste.
No obstante, te acerca.
Abre los ojos, respira, sabiendo que existes.
Distancia de tiempo añorado, resistente al olvido.
Es mito, momentos apenas, luces fugaces a
las noches infinitas volvieron.
Convierten eterno al instante preciso.
Evoca penas, miradas dolientes.
Añora el sabor a chocolate de tus manos.
Podría fingirte ajena a su memoria.
Que el aire que respiras hace siglos no es el suyo.
Cielo incoloro, despojado de estrellas.
Podría creerte, crearte como ocaso de ensueño.
Viento que trajo, viento que lleva.
No obstante, penetra en el tiempo, calzando
al espacio:
Lo llena.
Lo vacía.
Agua de vida, licor de agonía.
Distante del alma, pegada a la piel
que añorando permanece.
Acudirás sin memoria
Se me ocurre que vendrás a mi entierro.
Cuando a la tierra retorne y en algarrobo
descanse.
Aparecerás linda, no de cara ni de cuerpo.
Alma salpicada de encanto.
Valores y bondades humanas igual a tu
esencia.
Suero infiltrado en las venas, que
arrancarlo muerte en vida traería.
Llegarás irreductible como gusano de
seda, protegiendo el capullo para no
reducirte a hilo de tela.
¡Se me ocurre que serás mariposa!
Volarás soberana con tus alas pequeñas.
Libre…, rayos de luz, sin nubes ni noches
que sombra te hagan.
Vendrás a dar el último adiós, cavilando tal vez
en pendientes, repasando la cuenta sucinta de amores
no dichos, abrazos de libido ausentes.
Se me ocurre reinventarte.
Reencontrarte…, al extravío sin prudencia
llenar.
Descifrarte de nuevo así el tiempo se acabe,
y solo queden inviernos de hambre con frio.
Se me ocurre que nada ocurrirá.
Asomarán recuerdos nuevos.
Sin memoria ni nostalgia.
¡Sin pesares de entierros ajenos!