Mariana Enriqueta Pérez Pérez
Mariana Enriqueta Pérez Pérez (Santa Clara, Cuba, 1951).Poeta, narradora, investigadora y promotora cultural. Licenciada en Letras. Pertenece a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Posee cuatro poemarios publicados. Textos suyos aparecen en antologías y publicaciones seriadas, tanto impresas como digitales. Ha obtenido premios y menciones en Cuba y el extranjero.
MENSAJES DEL VIAJERO A SU MUJER
(Te llevo en mi alforja de viajero insaciable
como el pan nuestro de todos los días)
Salgo a edificar las primaveras de sangre y argamasa
y dejo, en el hueco de mi ausencia,
este beso sin domicilio conocido.
[...] no tiembles ante el hambre de los lobos
ni en el frío estepario de la ausencia.
Ché Guevara
I
Por ti, mujer parida —la única en el mundo
que aprendió el silogismo de mi pan— desde todos
los que ensayan o advierten conflicto en los recodos,
yo salté por la borda, con silencio iracundo
que denota mi oficio de encarar lo profundo
y el nombre parturiento. Única, perdurable:
voy a ser transeúnte sin paz, incontrastable,
que alienta en sus andanzas tu armonía impoluta.
Y porque tú le cebas el destiempo a la fruta,
yo te llevo en mi alforja de viajero insaciable.
Mujer que todo salva en derredor,
en ti capturo al viento —confluencia
que a veces desdibuja la presencia
de un mutismo voraz, aterrador.
Por ti llevo la seda: con su olor
extermino desdén y alegorías.
A riesgo de salvables ironías
o de ser displicente en la arrancada,
te gano en el reposo —codiciada—
como el pan nuestro de todos los días.
II
Mujer, si el frío te envuelve, nunca olvides el encargo
de mezclar el vino, el agua y el amor. Sobre la mesa
donde se enlazan prodigios, haz detener la tristeza,
prepara ese desayuno que me debe un café amargo.
Digo adiós, no hay lejanía que no conduzca al letargo
y no desate penumbras. Un caracol se desplaza
por el río del instante al silencio de la casa.
Adiós, mujer, carcelero es mi lenguaje, ingrediente
de sabor malhumorado, con punta esquiva: impaciente
salgo a edificar las primaveras de sangre y argamasa.
Hoy te dejo, en el hueco de mi ausencia,
un milagro que no augura pequeñeces.
Guárdame el hijo, el fuego que padeces
a las puertas del día, la clemencia.
Yo veré frente a un cuadro tu inocencia
cuando palpe su rostro como un nido
de gorriones vivaces, que han dormido
ausentes de la casa y de su alar;
y en mi alforja de viaje va a pesar
este beso sin domicilio conocido.
III
Los días pueden ser desoladores
y, aunque el viaje demora en su trayecto
con el paso cansado y circunspecto,
no has de temerle más a los temblores.
Cuando aúlle la fiera, no demores,
afinca bien tu remo en los estrobos,
la barca moverás con vientos probos.
Yo te espero a la vuelta de lo oscuro
repitiendo, mi única, el conjuro:
no tiembles ante el hambre de los lobos.
Un tigre, por la noche, insatisfecho
entorpece mi curso: ve desnuda,
vence al tigre en su bosque —y en mi duda—
con mirada sagaz, porque sospecho
que un lance nebuloso y contrahecho
tú sabrás revertir con la paciencia.
Frente a cada minuto de insolvencia
salvaguárdame fiel tu pensamiento,
que no escarche una lágrima el cimiento
ni en el frío estepario de la ausencia.