Diego Maciocia
Diego Maciocia, nace el 10 de diciembre de 1977, en la provincia de Mendoza. En 1985, comienza a correr con los ojos vendados y las tijeras abiertas en la mano, entrenándose para aceptar su destino de futbolista malogrado.
A finales de los '90s hace incursiones regulares en la Facultad de Filosofía y Letras, sin mayor fortuna. Posteriormente recibe el ostracón y se dedica a girar por diferentes ciudades del tridente letal —Italia, España, Francia— sin llegar a establecerse en ninguna. También se dice que durante ese período tiene una breve estadía en una Escuela de Artes, donde investiga algunas técnicas de grabado mientras se pone a prueba con una docena de diversos trabajos esporádicos. Tiene un blog: http://diegomaciocia.blogspot.com/
piedras
la próxima vez
aunque sea por un momento,
pensá en las piedras deslizantes
de Racetrack Playa en California
sí, en esas piedras viajeras que navegan
por el lago seco del Valle de la Muerte
las hay de todos los tamaños
y van dejando un peculiar rastro
de movimiento, como si hubiesen
reptado por el árido suelo
algunas huellas son rectas
y tienen unos pocos metros de largo
otras tienen extensiones mayores
a la longitud de una cancha de fútbol
ciertas pistas son paralelas,
semirrectas
mientras las demás se curvan
o se cruzan entre sí
puede que el hecho de que nadie haya visto
realmente cómo se mueven las rocas,
haya servido como un caldo de cultivo insuperable
para las explicaciones populares: el magnetismo,
poderosos campos de energía
intervenciones alienígenas
cuentan que algunas personas
se han llevado
piedras para ver
si se mueven
en otros lugares,
lejos del valle
pero como casi siempre,
la ciencia llega
a los lugares más recónditos
para despejar
las incógnitas y acallar
la sabiduría berreta
un científico planetario por un lado
y un oceanógrafo por el otro,
llegaron a la misma conclusión:
la esencia del fenómeno está
en el agua que se acumula cuando llueve
sobre la superficie seca del lago
el lago -además de seco- es plano
y como está ubicado
a más de mil metros por sobre el nivel del mar,
se suele congelar de madrugada
en esa capa de hielo
de unos pocos milímetros
que se forma sobre la arena,
quedan atrapadas las piedras
con la llegada del día,
cuando el hielo empieza a disolverse un poco
las rocas se deslizan casi sin fricción
como si se fugasen sobre una tabla de surf
el resto de la ecuación
es una pequeña ayuda del viento matinal
pensá, si preferís, en las piedras
que forman parte de alguna edificación
en las que reposan a la orilla del río
en las que permanecen en las montañas
a las que un día subiste buscando
las Tablas de la Ley
la próxima vez que te den ganas
de llorar frente a una pared ciega
la próxima vez que alguien te pregunte
si creés que la poesía está más relacionada
con el barro
que con lo divino
la próxima vez que no sepas
si tenés que esperar
algo o nada de la vida,
pensá en las piedras,
que no necesitan
nada para ser
partida
una pequeña cafetería
de un gigantesco aeropuerto
un par de tostadas diminutas
en minúsculos platos de diseño
el café vertido con un gotero
precios enfáticos
a través de los reducidos cristales
vemos como se acomodan los enormes aviones
algunos de sus motores descansan tan estáticos
como la mesa que nos separa,
una mesa tan pequeña y sustancial
como el silencio que nos persigue desde hace algún tiempo
el altavoz anuncia su vuelo
mientras observamos
la inusual belleza de las naves inmóviles
que invitan a ser abordadas
a buscar un destino feliz
o una historia inolvidable
si uno de los dos extendiera
su brazo, podría...
y sin embargo, la distancia
se nos antoja como un océano
el que nos separará
en poco más de la mitad de un día
representamos tierra muerta
separada por miles
de kilómetros de agua
o tal vez lo seamos
¿podríamos habernos ahorrado este momento?
¿nos podría haber bastado
con regalarnos una ligera sonrisa?
creo que no ahora, que sabemos
que este destino es inevitable
y es nuestro
en este preciso momento
puede que no exista
nada más estéril que
la dialéctica de las despedidas
sólo veinte minutos
para que desaparezca
por la puerta de embarque
y nos metemos por unos instantes
en un cubículo para compartir
un último cigarrillo
alguna frase suelta
ni una sola palabra acertada
observamos la inmensidad
del cielo a través de los cristales
y le soltamos volutas de humo
dando tiempo a los pequeños cadáveres
para que hagan el check-in
y se acomoden en nuestros pechos
flores
a mi familia le fue bien en la vida
mi viejo trabajó como empleado
en la panadería unos diez años
hasta el día en que el dueño se jubiló
y le dijo que como él no tenía hijos,
se quedase con la panadería
acordaron un plan de pagos
por el cual mi viejo se aseguraba
una cuota que podría pagar sin sobresaltos
y su maestro, de recibir regularmente
un pequeño importe para engordar
un tanto su pensión
mi viejo, que no tenía padre
y no había tenido nunca otro trabajo,
compró la panadería como quien
compra una postal del sueño sudamericano:
un trabajo seguro
y una vida hecha de rutina
mujer, hijos, auto, casa [con jardín y perro]
en realidad, lo único seguro
sería que la jerarquía de estos ingredientes
no tardaría mucho en irse alterando
la panadería, poco a poco,
se fue ampliando y modernizando
mi viejo que había sido una rata
se convirtió en empresario
mi vieja dejó de tener que hacer
malabares para poner algo
en los platos de los cinco
y se empezó a hablar del futuro:
universidades, vacaciones, visitas al dentista y
una permanente promesa de una empleada en casa
así que los tres fuimos
a la universidad
el mayor, el orgullo de la casa, abogado
la del medio, arquitecta
yo solo lo hice por unos pocos meses
sin comentarios, ironizaría el abogado
mi viejo tiene una hermana
que se casó con un policía
que con el tiempo llegó
a convertirse en comisario
y en un cabrón de mucho cuidado
la opinión popular dice que no le ha ido tan mal
a la que no le fue tan bien
es a su otra hermana,
a mi tía la pobre, que no hizo más
que mutar en una rata topo reina
sí, ésa a la que se le estira
la espina dorsal un tercio más
después del primer embarazo
y dedica su vida a aparearse
con algunos de los machos de la colonia
para engendrar una veintena de hijos
mi tía parió dos por pareja, osea, catorce
nueve obreros para la colonia
y cinco firmes candidatas
a ratas topo reina de nuevas colonias
viven todos en una casa en esquina
de casi doscientos metros cuadrados
la casa tiene unas cuantas divisiones de madera
que simbolizan los espacios de futuras subcolonias
tiene siete habitaciones y tres baños,
uno de ellos en lo que alguna vez fue un patio
creo que aunque a cualquier habitante de la casa
se le hubiese antojado proyectar en su cabeza
una imagen de la Casa Usher, sería incapaz
de concebirla más triste que la propia
a ninguno de los que le fue bien en la vida,
le gusta mucho visitar la casa
suelen ir un par de días al año
incluyendo el día de Navidad
por mi parte, me convertí en un asiduo visitante
porque no me da tanta pena que no les
haya ido tan bien en la vida como a los demás
y también, porque disfruto mucho conversando
con la rata topo reina mientras liquidamos
un montón de tardes pasándonos el mate
algunas veces me pregunta
si me va bien en el trabajo
y yo le digo que sí, que más o menos,
o me quedo un buen rato en silencio
sintiendo que los pocos billetes
que pueda tener en el bolsillo del pantalón
me queman la pierna
como un revólver caliente
mientras tanto,
la casa evidencia
algún nuevo síntoma
de que se está cayendo a pedazos
contra lo que se podría pensar,
no es eso lo que más me apena
sino la triste escena
en la que las flores
expiran —lentamente—
en bidones mal cortados
como si las hubiesen regado
con napalm