Rodrigo Ferrero
No recuerdo haber nacido.
SATÁN O EL POETA
El Poeta se asemeja a Satán,
lleva sus muelas retraídas de
enigmas, ante la caída es
fiel y su trascendental
estímulo es el aislamiento.
Sus sonajeros se hallan
estériles de ofrendas,
mezquinos y malditos
un tanto, perceptivos
y sanguinarios otro poco.
¿Qué puño lo hará sucumbir
en cualquier calleja inutilizada?
¿Qué lesión lo descalabrara hasta
la base de su aliento y absorberá
hasta su último anhelo?
Es insondable su destino,
aunque corto y amargo,
su cráneo lo sabe: gime su
vanidad y traspasa sus signos
El Poeta es Satán.
REPRESENTACIONES
DE LAS OFRENDAS
En el navío dañado
las ofrendas rumbean
e inflaman el incienso
del desaliento.
Con sólo escavar el sarcófago
de los remordimientos
huelen a magnolias y toleran el
esquema más intrigante de los cúmulos.
Sus vibrantes manos,
apetecen el tacto de un sinfín
de escamas y bucean como una
bestia en el fango de la metrópolis.
Su gemido es aún más estéril
que el de un dromedario
hurgando en la larva
del vacío de sangre.
Su dermis es tan pálida
como la de un gorgojo
que expele flores
considerablemente cándidas.
AL RIMADOR
DESVETURADO
Retorna al mundo que luce tal
un pesaroso y sombrío tártaro,
llorando insensible y marcando el
aire que se estira con un negro vuelo,
y florece en el lago del triste espasmo.
Así pues, muere y se desgarra el Poeta,
que de estériles aventuras se nutre,
y busca en el seno de la flor desnuda
encontrar el anillo de Saturno o el
frágil seño de las hojas del Otoño.
¡Oh angustiado joven, que vegeta
en el terror del aborrecimiento!
Culpa a esta pálida calma, que
sólo en llantos y en desgracias
osas de hacerla sucumbir.
Abre tu boca al frío crepúsculo,
que con blanco aleteo
iluminara tu cabellera,
y de un soplo penetrara tus
cuerdas hasta dejarte sin habla.