Primeras reacciones: A unas horas de mi llegada a Puerto Rico. Por José Manuel Solá.
Ya estoy de regreso. Vengo cargado de emociones y -contrario a algunas predicciones de índole truculenta- ha sido el viaje más feliz que he hecho en mi vida!!. Sí, hubo un percance, digamos una molestia. Compré los boletos y pedí viajar por Américan Airlines y por sus pantalones, sin consultarme, [ojo, los compré en la agencia de viajes de Sears] me dieron los boletos de Miami a Santiago vía LAN Chile. Lan es una magnífica aerolínea, tal vez hasta mejor que la misma American. El problema es que yo no supe que tendría que cambiar de línea hasta que llegué a Miami y allí tuve que caminar durante más de 45 minutos del terminal de una línea hasta el de la otra, un trayecto infernal e inhumano que me dejó grave pues ustedes saben que el aeropuerto de Miami es un monstruo. Pero, bueno, el caso es que aún con las patas traseras adoloridas y las herraduras desprendiéndoseme... llegué y remonté el vuelo hacia Santiago de Chile. Llegué a Santiago el miércoles 11, un día antes de comenzar el encuentro literario Tras las huellas del poeta, que organiza el poeta hermano Luis Arias Manzo. Hacía un frío primaveral que para los que vamos del trópico es un poquito desmesurado, pero, nada, a mi me gusta el frío, así que me sentía como pez en el agua. El hospedaje era un modesto hostal llamado Londres 35, en el que no había lujo alguno pero donde sobraba el calor humano de los empleados del mismo que, honestamente, se desvivieron por hacernos sentir como en casa. Y creo que eso es lo más importante. Esa tarde acompañé -¿o debo decir que le seguí el rastro?- a Luis Arias Manzo hasta su librería Apostrophes a donde iría a recoger unos ejemplares de mi libro recién editado Poemas para leer una tarde de octubre. No sé cuántas cuadras eran desde el hotel pero tuve la experiencia casi mística de revivir la caminata del aeropuerto de Miami. Y a cada rato Luis me aseguraba: 'estamos cerquita... solo un par de cuadras más'. Llegamos y ya yo llevaba la lengua dándole mapo a las calles de Santiago. Pero sobreviví. Allí conocí al artista Ignacio Briceño quien tuvo a cargo el trabajo artístico que acompaña mis poemas desde la carátula hasta la última página. Impresionante. Conocí parte de su obra y puedo decir que es un gigante de la plástica así como un ser humano cuyo calor y cuya ternura conmueven. Desde aquí le envío un abrazo. Dentro de los próximos días volverá a saber de mi. El encuentro fue hermoso. Visitamos La Chascona, una de las casas de Neruda. Alucinante. [Deja vu... ah, Miami, Miami... ] Allí me encontré con dos amigos a quienes había conocido diez años antes, el poeta sanfelipeño Nicolás Liberde, quien tuvo la deferencia de viajar desde la 5ta Región solo para encontrarse conmigo y que vino cargando con un regalo que he protegido como a una niña de 15 años y la poeta Gladys Bravo, que al ver mi nombre en el programa quiso también reencontrarse conmigo. Dona Gladys sufrió una terrible experiencia. El viernes al amanecer caminó por Santiago Centro para ir a llevarme unos libros y unos regalos y casi llegando al hotel fue asaltada, tirada al suelo y le robaron la cartera con su dinero y los regalitos. Algo muy triste que bien puede suceder en cualquier ciudad nuestra. Los efectos secundarios de la visita a la Chascona fue que el viernes debí quedarme y no fui a las actividades programadas para ese día. Estuvo cayendo una lluvia fina y fría desde por la mañana hasta por la noche. Pero debo dar 'rewind' a estas memorias. El jueves por la mañana llegaría mi amigo, ahijado, hermanito peruano Darío Valentín Cotrino. Bueno, yo le había prometido que lo esperaría en la puerta del hostal... pero olvidé anotar su hora de llegada. Así que a las 6:00 de la mañana estaba yo sentado como un jefe indio en la recepción, como un perro leal, mirando cuanto auto, taxi y hasta camión pasaba por allí temeroso de que se extraviara. Darío, debo señalar, es un joven quechua que recide en la provincia de Casma, Perú, de apenas 22 años de edad, líder estudiantil muy carismático, y este era su primer viaje fuera de su patria. [No será el último, claro]. Es un joven, casi un niño tanto en el aspecto físico como en sus actitudes, que no podía ver una paloma pues se iba detrás del pájaro tratando de alcanzarlo... lo cual, obviamente, nunca logró. Nunca le vi cara ni de cansancio ni de molestia alguna, ni por un segundo. Su risa era fresca como un toque de campanas. El caso es que ya a media mañana todo el que pasaba por la recepción estaba al tanto de Darío y lo esperaban al lado mío. Entre estos, el inmenso poeta cubano Pepe Sánchez, que escribió un prólogo para mi libro. A la 1:00 de la tarde estábamos todos ambrientos, habíamos unos diez o doce esperando al cholito peruano y de allí no nos movíamos. Hasta Giordanno, uno de los jóvenes de la recepción, se preocupó tanto que llamó al aeropuerto para ver si al avión le había sucedido algo. 'Ya llegó', le informaron. Al poco rato [estábamos en la acera tolerando el frío] vimos un taxi que se aproximaba. Cuando bajó Darío el grupo comenzó a aplaudir y a silbar como si hubiera llegado Chayanne. El muchacho bajó enfundado en su chompa pues no es muy amigo del frío que digamos. Nos dimos tremendo abrazo y de inmediato nos fuimos a almorzar en un lugar llamado la Píccola Italia... riquisimo, sabrosísimo y... carísimo, jajajaja. Pero valía la pena. Allí, créanme, Darío se convirtió en una celebridad. Este joven está destinado a hacer cosas grandes por su pueblo y sé lo que digo. Por cierto, insistía en comer comidas típicas de Chile y yo lo invité a comer 'platos típicos' a... ¡MacDonald's! Visitamos Viña del Mar y Valparaíso. En otra de las casas de Neruda, La Sebastiana, se hizo la presentación de mi libro. Al salir me hicieron una entrevista para la televisión. Nada, me sentí como Ricky Martin. Espero que Luis me consiga algún día copia del video [¿leíste eso, Luis?] Por la noche fuimos a un encuentro con los poetas de Valparaíso, con una exquisita cena. Durante la lectura de poemas, un poeta salvadoreño hizo un 'performance'. Como se pidió que cada uno se limitara a la lectura de no más de una cuartilla [una página] el joven poeta protestó y se puso de pie, se quitó la camisa, la usó para amordazarse la boca -naturalmente, por aquello de la libertad de expresión- y se sentó como un cara pálida, no sin antes hacer una bola con su poema y tirarla furiosamente contra la mesa. Finalmente y acercándose la cena... se quitó la mordaza. Lamentablemente, recuerdo su gesto pero no recuerdo su nombre. El domingo fui con un poeta cubano -residente en New Jersey- y con Darío y una poeta argentina, a almorzar a la Piccola Italia. Luego Darío y yo nos fuimos a conocer otros lugares y compramos dos medallitas del Padre Pío. [Es lo más caro que compré para mí y creo que no pasaba de los cincuenta centavos de dólar]. Y el lunes, mi amigo peruano y yo salimos para Montevideo, Uruguay. Mi segunda patria. Montevideo, la ciudad de la gente dulce y cálida. Hacía más frio que en Santiago. Ese mismo día por la noche tuve el privilegio de que la Asociación de Escritores de Montevideo se reuniera en su local dentro del Mercado de la Abundancia y me recibiera y se leyeran mis poemas. Nos quedamos allí mismo a cenar con la suerte de que se presentase un show de Tango que puso a los dos o trecientos comensales de pie a aplaudir pues fue magistral, una belleza. ¡Y a mí que soy un apasionado del tango, imagínese! Ah, por cierto, Darío bailó con una poeta que casi le dobla la estatura, la querida amiga Teresa Puglia. Yo había salido fuera a fumar [tome nota: ahora está prohibido fumar en todo lugar cerrado en Uruguay] y no pude verlo, pero me cuentan que el joven peruano no extraña gallinero. El martes por la mañana, Darío y su padrino [léase, yo] dedicamos la mañana a hacer algunas gestiones que teníamos pendientes y por la tarde fuimos a cenar con la amiga Dinorah Menchaca. El miércoles por la mañana la pasamos con Carlos Arboleda con quien fuimos a almorzar a un lugar que creo se llama el Mercado del Puerto y donde el precio del almuerzo por poco me causa un trauma sicológico. Caro. Demasiado caro. $57. dólares y -conste- yo solamente comí una presa de pollo, [muslo y cadera] y una Coca Cola. Pero, bueno, lo disfrutamos. Después nos fuimos con el Dr. Alberto Lacoste que nos mostró toda la costanera o parte de esta y fuimos al Parque Rodó, muy bonito; hacía que uno se sienta en paz. En un momento, el Dr. Lacoste nos llevó a un punto de la costa y me pidió que mirase en una dirección en particular. Me mostró el Cerro. Entonces me entregó una acuarela pintada por su hijo desde el mismo punto en que nos encontrábamos y desde donde se divisaba esa bellísima estampa. Tomamos docenas de fotos. Culminamos la travesía en un restaurante de Carrasco, un barrio de bellísimas mansiones habitadas por la clase alta de Montevideo. Allí Alberto nos obsequió con unos dulces de repostería llamados alfajores, que, como decimos en Puerto Rico, nos dejaron locos y sin sentido. Terminé como un niño pues me regué toda la camisa y el pantalón llenos de polvo de azúcar. La cara también. Por la noche fuimos a cenar a la casa de Sonia Aracelli Otero. Allí cenamos opiparamente, reimos como desquiciados, Darío, Leticia, [la preciosa hija de Dinorah Menchaca], Dino, Sonia y yo. Y, claro, hablamos de cosas serias también. El jueves por la mañana, Darío y yo nos fuimos hasta el monumento al Entrevero a tomar fotos. Puedo equivocar algunos nombres, naturalmente, pero si mal no recuerdo, está en la Plaza Cagancha, frente al teatro Zitarrosa. Había muchas personas paseando a sus perros. Una joven pareja paseaba un 'beagle', algo más pequeño que el que yo tengo en casa, pero igual de loquito y juguetón. Lo habían soltado y corría como un desquiciado y se revolcaba por el césped. Nos pusimos a conversar y en pocos minutos había un grupito de personas con sus perritos hablando con nosotros. Cuando nos íbamos a marchar el joven vino con su beagle y lo puso en mis brazos para que Darío me tomara una foto y me llevase un recuerdo de un 'beagle uruguayo'. Un geso simpático que es uno de tantos que he vivido en esa tierra de sueños. Esa noche fue la segunda presentación de mi libro, esta vez en el anfiteatro de la Escuela Nacional de Declamación Concepción Antonelli de Requeséns. Para mí, esa fue la culminación de una semana de dulce locura. No quedó una butaca vacía. La organizadora lo fue la eminente poeta y bella amiga, Graciela Genta. Miren, amigos, no tengo palabras para describir la actividad. Los jóvenes que leyeron mis poemas hicieron una labor donde uno podía notar el cariño con que todo fue preparado. Me quedé varias veces sin aliento y en tantas ocasiones con un nudo en la garganta. De allí salí, todavía caminando sobre carbones encendidos, con Roberto Bianchi, Beto, ese loco iluminado, gestor de aBrace, y con Darío, a cenar y a disfrutar de un espectáculo de tango. Esa noche Beto pagó la cena. Yo regresé al hotel Klee con la frente todavía encandilada por las experiencias y las emociones de un día indescriptible. Por cierto, Roberto le regaló a Darío una dotación de libros para su biblioteca. Ya yo le había regalado al joven Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. El viernes nos marchábamos. Pero entonces apareció la amiga Betty Chiz y le regaló varios libros a Darío. Conversamos un buen rato en la recepción del Klee. Después nos despedimos. Darío se fue a su Perú, a Ancash, a la provincia de Casma; 'la tierra del eterno sol' como él le llama y yo a mi Puerto Rico. Atrás quedaron los árboles inmensos. Atrás quedó la gente tierna de sonrisa limpia y abrazos sinceros de Montevideo. La costanera, el Cerro, el Entrevero, los perritos juguetones, la deliciosa brisa primaveral. Y atrás quedaron los incandescentes pájaros del alba. Pero los recuerdos se vinieron conmigo. Esa tarde, ya solo en la terminal de la línea aérea, debo confesarlo, lloré... José Manuel Solá, Embajador de Poetas del Mundo en puerto Rico sábado 21 de octubre,
http://www.poetasdelmundo.com/verInfo_america.asp?ID=536
Foto: José Manuel Solá en La Chascona
jose_m_sola@hotmail.com |