VIVAMOS LA LITERATURA. Por Washington Daniel Gorosito Pérez*
MEXICO: Hay una frase que moldeó, de alguna manera, mi condición de lector, pertenece a la escritora belga Marguerite Yourcenar y se encuentra en la novela “Memorias de Adriano”: “La vida me enseñó los libros”. Leer libros sin vivir es sin duda un acto en extremo vacío y carente como es lógico de alguna significación.
A medida que se vive se percata uno de las diferencias notables que se establecen en la realidad literaria y en la realidad cotidiana. Quizá buena porción de aquello a lo que denominamos literatura fantástica surge a raíz de experiencias vivenciales sumidas en la noche del alma.
Allí están los cuentos de Poe, Horacio Quiroga, Cortázar, que son material ilustrativo de primera mano, donde un hecho real pone en marcha todo el engranaje fantástico camuflado en la cotidianeidad, y no quiero hablar del Maestro, con mayúsculas, Juan Carlos Onetti y su Santa María, como decimos en el Río de la Plata, “un fenómeno”.
El realismo mágico instaurado en la literatura por Gabriel García Márquez, con discípulos más o menos falaces como Laura Esquivel e Isabel Allende, no es más que la constatación
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