El triángulo. Por María Sánchez Fernández*
ESPAÑA: ¡El triángulo¡ ¡Cuánta influencia ha tenido en la historia del hombre! Desde que existe la memoria escrita tenemos plena conciencia de la fuerza esotérica y enigmática del triángulo: el secretismo; el ocultismo. Ya sabemos que en distintas culturas y religiones como ocurre con la hebrea y la egipcia, el triángulo significa divinidad; la imagen perfecta del equilibrio. Ahí tenemos en la hebrea dentro de un triángulo equilátero el ojo de Dios, y en la egipcia el ojo de Horus u Osiris. Las pirámides egipcias, donde se encerraba el cadáver del faraón, estaban formadas por cuatro triángulos equiláteros y por cuyo vértice superior o cúpula debía de salir su alma hacia la eternidad, puesto que apuntaba al infinito. Después, en la religión cristiana, vemos el triángulo en el símbolo de la Trinidad: Dios en tres personas. En asociaciones secretas, como en la masonería, figura como uno de sus símbolos principales También en otra muchas órdenes o sectas que por su gran número no menciono.
Como oponente a lo divino tenemos lo satánico. En las sectas satánicas el triángulo es el signo más importante de su culto junto con el 666, número que identifica la fuerza máxima del mal. Cada ángulo de un triángulo equilátero tiene 60º [666]. También se dice de la astucia de la serpiente venenosa, que tiene su cabeza de forma triangular.
En las culturas ancestrales de los indios de América también está patente el misterio del triángulo. Sólo citaré como una muestra la ubicación de la ciudad sagrada de Machu Picchu que es señalada por un triángulo de luz solar reflejado sobre una piedra llamada “El altar del puma” Este altar o piedra se encuentra en el Huayna [Pico Joven] cuya luz se refleja sólo durante cuatro días a la salida del sol cuando comienza el solsticio de invierno. ¡Es hermoso ver como el sol toma parte en la magia del triángulo! Esta piedra está encerrada en dos círculos concéntricos. El inca creía que estaba regido por el poder del cosmos para construir su ciudad santuario.
Es curioso, pero estamos plagados de triángulos en logos comerciales, en señales de tráfico que previenen de un peligro, en billetes de banco, como el de un dólar, que muestra una pirámide truncada cuyo vértice flota sobre ella en espera de una posible unión, con una leyenda que dice: Anuit Coeptis - Rezo a Osiris “Bendice nuestras empresas” . Otra vez Egipto. Otra vez volvemos a una cultura milenaria donde se rendía culto al triángulo y precisamente en un país súper vanguardista como es los EE. UU.
Más arriba he expuesto la simbología física del triángulo, es decir, la figura trazada; dibujada por el hombre o por el azar. Tenemos también la simbología que puede esconderse en el área mental. Muchas veces llamamos casualidades a las cosas que nos ocurren cada día, pero después, cuando recapacitamos vemos que las casualidades no existen. El triángulo siempre está ahí. Dominándonos, ajustándonos a su equilibrio y perfección. ¿Qué ocurre con el fenómeno de Las Bermudas? ¿Es pura fantasía o es realidad? Nunca lo sabremos por mucho que se investigue.
Hace muy poco tiempo escribí un prólogo para un precioso libro que dos entrañables amigos míos habían escrito conjuntamente. Él, poeta y filósofo residente en una isla caribeña: Puerto Rico. Ella, poeta y escritora residente en la Pampa [Argentina]. Yo, también poeta y escritora residente en España. Un día, mirando un atlas, pude observar que en la enorme distancia y trazando tres líneas rectas desde un país a otro formaban un perfecto triángulo. Sus vértices apuntaban a distintas direcciones. Direcciones físicas que se perdían en la inmensa geografía terrestre buscando quién sabe qué horizontes. También direcciones morales o emocionales, como pueden ser ideologías políticas, religiosas, o simplemente deseos de colaboración, hermanamiento y paz para otros mundos donde hay hambre, pobreza y guerra. Pero ¡ay!, ahí estaban sus ángulos. Los ángulos del triángulo. Sus ángulos perfectos, abiertos, como en un deseo de abrazo eterno que convergían a un mismo centro: El amor por la belleza de la poesía.
Anoche, en la vigilia del sueño que no llegaba nunca, estuve haciendo un repaso al archivo de mi memoria. Mi mente me devolvía estampas lejanas que yo había vivido, y llegué a la conclusión de que es el destino el que marca nuestra vida; el que marca situaciones tan insólitas como la que voy a relatar a continuación:
Siendo muy joven me fui a pasar unas vacaciones de verano a la casa de unos amigos de mis padres que vivían en un pueblecito de la sierra. Él era el médico del lugar y de todos aquellos alrededores. También daba clases de biología en el Instituto de un pueblo grande y cercano. Vivían en una casita de dos plantas rodeada de frutales y de rosales que crecían salvajemente, en libertad, como debe ser en el campo. Muy cerca estaba la confluencia de dos ríos: el Guadalquivir y el Aguascebas, que formaba un gran estanque natural cubierto por el ramaje de grandes árboles donde los chicos íbamos a bañarnos en las mañanas en que el sol calentaba con fuerza. Las moscas nos acompañaban en enormes jaurías. Jamás pude ver tantas moscas en lugar alguno.
Mi amigo tenía la consulta en casa, pero muchas veces había de desplazarse por una llamada urgente a algún caserío perdido por aquella geografía. Recuerdo que el automóvil, un R-8 blanco, no lo utilizaba nunca, él prefería ir caminando seguido por su perro Nobel, ─animal grande, cabizbajo y de andar tranquilo─, por aquellos caminos de ortigas y lagartijas protegiéndose del sol con un grande y viejo paraguas verde, que en sus buenos tiempos sería negro. Formaban una estampa que hacía recordar al viejo Smiht y a su perro Azor sacada de una famosa novela de Dostoievky.
Algunas veces me gustaba acompañarle, y cruzábamos huertas y caseríos por caminos inhóspitos donde los rastrojos arañaban nuestra piel, y los mosquitos, que se hacinaban en grandes familias junto a las charcas que se derramaban del río, nos taladraban con sus aguijones.
Una mañana llegó a la consulta un hombre nervioso y angustiado requiriendo en su casa la presencia del médico. Su mujer estaba a punto de dar a luz y el parto se presentaba difícil. Mi amigo, sin demora, cogió el maletín y su paraguas verde, y yo me dispuse para acompañarlo curiosa y contenta. Al vernos partir, Nobel se desperezó de su sueño, ahuyentó de una dentellada el vuelo de una mosca y nos siguió con su andar pausado. Al cabo de un buen rato llegamos a nuestro lugar de destino.
La casa se encontraba solitaria en medio de una huerta sin ningún amparo humano. Un par de chiquillos, despeinados y llorosos nos esperaban en la puerta. Cruzamos el umbral con la veneración y respeto con que se entra a un templo y nos encontramos a la mujer, tendida en la cama, pálida y bañada en sudor que se quejaba con desesperación en medio de sus dolores. El médico le cogió la mano y la tranquilizó hablándole con ternura. Por la ventana abierta se oía el cacareo de las gallinas que retozaban en libertad picoteando aquí y allá, el mugido de una vaca y el rumor constante del agua de una acequia.
El médico me dio algunas instrucciones que cumplí al momento con nerviosismo, y al cabo de unos minutos eternos apareció entre las piernas de la mujer una cabecita y el milagro de una vida. Era un precioso niño. Lo tomó entre sus manos, le dio un ligero golpe en la espalda y un llanto débil nos saludó.
No me sostenía en pié. Mi amigo me entregó a la criaturita en un gesto voluntarioso y firme y yo, que estaba nerviosa y emocionada, después de lavarlo y envolverlo en un paño limpio, lo acuné y lo miré con cariño. Pude observar que uno de sus bracitos estaba deformado. Era considerablemente más corto, se inclinaba hacia atrás y los dedos de la mano no estaban completos. Angustiada llamé con la mirada al médico para que lo observara, y allí, apartados, en la penumbra de la habitación, formamos los tres una unidad. ¿Quizá un triángulo? Sí, un triángulo hipotético, fantástico, pero un triángulo. El médico ayudó al niño a nacer y yo estaba allí sosteniendo a la vida.
Pasaron varios años y no volví a disfrutar de otras vacaciones en aquella aldea.
Un día, una llamada telefónica nos anunció la muerte de nuestro amigo. Inmediatamente nos trasladamos al lugar para asistir al entierro. Ya en el cementerio, cuando se disponían a darle sepultura, en un movimiento instintivo cogí el ataúd por si podía prestar alguna ayuda, y allí mismo, hombro con hombro conmigo y con la misma intención que tuve yo de querer colaborar, vi a un joven con un brazo más corto que el otro y que le faltaban varios dedos de la mano.
¡Otra vez el mismo triángulo, pero invertido! El niño-muchacho ayudando al médico en su última partida y yo estaba allí sosteniendo a la muerte. Úbeda, 29 de enero de 2010
María Sánchez Fernández* - Cónsul Provincia de Jaén . PPdM.es: http://www.poetasdelmundo.com/verInfo_europa.asp?ID=3170
Publicación: 30-01-2010
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