Simios o lobeznos. Por Antônio Luis ROS SOLER*
ESPAÑA: En las historias que contamos sobre nosotros mismos siempre sale a relucir nuestra cualidad de seres únicos y excluyentes. Para algunos ésta reside en nuestra capacidad para crear una civilización y, de esa manera, protegernos de la madre Naturaleza, “roja en diente y garra”, que diría e filósofo Tennyson. Otros señalan el hecho de que somos las únicas criaturas capaces de entender la diferencia entre el ‘bien’ y el ‘mal’ y, por consiguiente, las únicas verdaderamente capaces de ser ‘buenas’ o ‘malas’ [un dilema permanente, según el patrón individualista]. Hay quien dice que somos únicos porque podemos razonar: somos animales racionales en un mundo de bestias irracionales [como los criminales de ETA y quienes incluso les niegan su rendición negociada en la mesa para la firma de un contrato que recoja un acuerdo de intereses entre el poder y el engaño]; otros piensan que es nuestro uso del lenguaje [tanto sea vocalizando alfabetos de más o menos tono fonético o empleando el grito pelado] lo que nos diferencia sin lugar a dudas de los otros animales.
…Y hay quien masculla que somos ‘únicos’ porque sólo nosotros tenemos libre albedrío [o tutelaje para el libertinaje, como lo tienen los banqueros que nos roban la cartera] y libertad de acción [como la que ejercen los imperios sobre sus súbditos]… Otros estiman que nuestra unicidad se basa en el hecho de que sólo nosotros somos capaces de amar [algunos sí; otros, ya sabemos que carecen de ella]… Y hay quien afirma, con mucha carga cabal-intelectual, que sólo los seres humanos podemos comprender la naturaleza y la base de la auténtica felicidad; así, se llega a pensar que sólo nosotros, la especie humana en general, podemos entender que un día moriremos [al menos somos los que con más tiempo por delante nos preparamos, a medida y a veces con todo lujo de detalle, el ‘último aposento’]...
Yo no creo que ninguna de estas historias implique la existencia de un abismo crítico entre nosotros y el resto de las criaturas. Algunas de las cosas que pensamos que éstas no se pueden hacer sí que pueden hacerse, y algunas de las cosas que pensamos que nosotros podemos hacer no podemos realizarlas. En cuanto al resto, en fin, es más una cuestión de grado que de clase; nuestra unicidad reside exclusivamente en el hecho de que somos nosotros los que contamos esas historias y, además, hasta llegamos a creérnoslas. Si quisiéramos definir en una frase a los seres humanos, podría valer la siguiente: somos animales que nos creemos las historias que nos contamos sobre nosotros mismos; es decir, somos animales crédulos.
En estos tiempos sombríos e inseguros, no tan inseguros y sombríos como otros pasados tiempos, no es preciso hacer hincapié en que las historias que contamos sobre nosotros mismos pueden ser la mayor fuente de división entre un ser humano y otro, pues de la credulidad a la hostilidad a menudo no hay más de un torpe paso [a veces dos, si somos más ‘simios’ que ‘lobeznos’]; sin embargo, no deben interesar más las historias que contamos para distinguirnos de nosotros mismos, si no de otros animales: las historias que contamos sobre lo que nos hace más humanos frente al hecho diferencial animal…
Cada historia tiene un lado oscuro, proyecta una sombra; ese trasfondo es más revelador que la propia historia, y es posible que sea oscuro de al menos dos formas: en primer lugar, lo que muestra la historia con frecuencia es un aspecto nada favorecedor [incluso inquietante] de la naturaleza humana; en segundo lugar, a menudo resulta difícil ver lo que cuenta la historia. Estas dos versiones no son inconexas, pues nosotros, los seres humanos, tenemos una gran facilidad para pasar por alto nuestros aspectos más desagradables, los aspectos que ocultamos no siendo sinceros y que persiguen siempre engañar al otro, tratando de mostrarle sólo la parte que más nos conviene para atraerle más y más hacia el ‘yo’ camuflado, aplicable a las ‘historias’ que contamos para explicarnos a nosotros mismos…
El Lobo es, por supuesto, el arquetipo tradicional [aunque injustamente elegido] del lado oscuro de la humanidad. En muchos sentidos ello es irónico; para empezar, desde el punto de vista etimológico; la palabra griega para lobo es lukos, tan parecida a la que significa luz [leukos], que a menudo se las relacionaba [1]. Puede que esta relación no fuese más que el resultado de errores de traducción, o puede que existiera una relación etimológica más profunda entre ambas palabras; sin embargo, sea cual fuere el motivo, a Apolo se le consideraba el dios del sol y el dios de los lobos al mismo tiempo… Por tanto, parece que ahí había ya una relación entre el Lobo y la Luz.
En las entrañas de un bosque tal vez haya demasiada oscuridad para ver los árboles, pero el ‘lobo’ es para mí el claro del bosque. El claro revela lo que estaba oculto; y podríamos demostrar que el ‘lobo’ es el claro del alma humana; porque el ‘lobo’ revela también lo que está oculto en las historias que contamos sobre nosotros mismos: lo que esas historias revelan, pero no dicen.
------------------------------------ [1].- “Luk” era el nombre del pastor alemán, de dos años y medio [1956], que vivió en mi casa durante la segunda etapa de mi infancia [regalo de mi tío Arturo] y deportado tres años después por mi padre, para que yo lograra estudiar ‘sin más distracciones’, al tiempo que cuidaba de mi hermana de dos años de edad. Es en nuestra vida y no en nuestras experiencias conscientes donde solemos encontrar los recuerdos de los que ya no están con nosotros. Con este perro-lobo pasé los mejores tres años de mi vida adolescente en Chinchilla [AB], estación centro ferroviaria.
…Muchos de nosotros nos hallamos en la sombra del ‘lobo’. Algo puede arrojar sombra de dos formas: obstruyendo la luz [como un eclipse al sol] o siendo la fuente de luz que otras cosas obstruyen, como el hecho de que alguien nos apague un candil; y así hablamos de las sombras que proyecta un ser humano y de las sombras que proyecta una fuente luminosa. Con la sombra del ‘lobo’ no me refiero a la que proyecta el lobo en sí, sino a la que proyectamos nosotros a partir de ‘la luz del lobo’; y al mirarnos desde una sombra descubriríamos precisamente lo que nunca queremos saber de nosotros mismos…
El párrafo anterior lo he comenzado y acabado con puntos suspensivos, como ahora esta misma frase… Para enlazarlo con la existencia de un mito lakota que describe una decisión que se vio obligado a tomar ese pueblo indígena de los siux. A estas alturas, aquel mito ya ha adoptado diversas formas, aunque yo me voy a inclinar por ofrecer la versión simplificada, tal vez influenciado por la cantidad de cine que he visto sobre ‘historias del oeste’, incluyendo Bailando con Lobos [1990, dirigida por Kevin Costner, según la novela de Michael Blak, donde no aparece el lobo Calcetines]:
Se celebró un consejo de tribus para decidir dónde debían trasladarse para la siguiente temporada de caza.
Lamentablemente el consejo no podía saber que el sitio al final escogido estaba habitado por lobos. Por ese motivo los lakotas fueron objeto de repetidos ataques, durante los cuales los lobos poco a poco fueron mermando sus filas. A los indios se les planteó un dilema: trasladarse a otra parte o matar a los lobos. La última opción, pensaron, los empequeñecía, los convertía en la clase de personas que no querían ser; era un pueblo muy digno, un pueblo justo [no olvidemos que su estructura social era lo que en nuestro tiempo conocíamos por socialismo democrático]. De manera que, motivados por su sentido de la honestidad, optaron por marcharse del lugar. Y, para no repetir el error anterior, decidieron que en todas las futuras reuniones del consejo se designaría a alguien que representara al lobo, el cual sería invitado a intervenir con la pregunta: ‘¿Quién habla por el lobo?’…
Esta es la versión siux y simplificada del mito; pero, si tuviésemos la del lobo, seguramente diferiría bastante y podría ser incluso más precisa; no obstante, este mito encierra una verdad, y es que parece demostrar que, en una mayor parte, cada uno de nosotros tiene alma de ‘simio’. No le concedo excesiva importancia a la palabra ‘alma’, porque no me refiero necesariamente a una parte inmortal e incorruptible de nosotros que sobrevive a la muerte del cuerpo; puede que el ‘alma’ sea sólo eso, pero lo dudo; o puede que el ‘alma’ no sea más que la mente, y la mente no sea más que el cerebro, y el cerebro..., bueno, el cerebro, depende de quién estemos hablando; pero, nuevamente, también lo dudo. Aunque tal y como yo utilizo la palabra, el ‘alma’ de los seres humanos se revela en las historias que contamos sobre nosotros mismos: las historias sobre por qué somos tan ‘únicos’; las historias que podemos llegar a creernos a pesar de todo lo que éstas dicen en su contra. Ésas, argumento, son historias contadas por ‘simios’: poseen una estructura, un tema y un contenido inequívocamente símicos.
Empleo ahora lo de ‘simio’ como una metáfora de una tendencia que existe [es innegable] en todos nosotros, en mayor o menor grado; y algunos humanos son más ‘simios’ que otros [son]. De hecho, algunos simios son también más ‘simios’ que otros monos... Recordemos la relación evolutiva porcentual relativa a un 85-15.
Bueno, ser “simio” es entender el mundo en términos instrumentales: el valor de cualquier cosa es un factor que depende de lo que ésta pueda hacer por el ‘simio’, ya que para el ‘simio’ la esencia de la vida es evaluar las probabilidades, calcular las posibilidades y utilizar los resultados de los cálculos a su favor. El ‘simio’ ve el mundo como una colección de recursos: cosas que podrá utilizar para sus fines, y el ‘simio’ aplica este principio a otros ‘simios’ tanto como al resto del mundo natural, o más. El ‘simio’ no tiene amigos, sino aliados; el ‘simio’ no mira a sus compañeros ‘simios’, sino que los vigila, y entretanto espera la oportunidad para sacar partido de ellos. Estar vivo, para el ‘simio’, consiste en esperar a atacar, y atacar y volver a atacar constantemente, aunque no lo parezca. Sus relaciones con los otros siempre se basan en un único principio, invariable e inflexible: ¿qué puedes hacer por mí y cuánto me puede costar que lo hagas? Inevitablemente, esta interpretación de los otros ‘simios’ se volverá contra él, dando forma y contaminando la opinión que el ‘simio’ tiene de sí mismo. Así pues, a su modo de ver, su felicidad será algo que se puede medir, pesar, cuantificar y calcular; y lo mismo el amor; ‘cualidades’ que tienen caducidad… Para el ‘simio’ lo más importante de la vida se reduce al análisis de costes y beneficios.
…¿Verdad que todos conocemos a gente así? Todos, sí, porque todos llevamos al ‘simio’ con nosotros, en mayor o menor medida… Lo advertimos todos los días en el trabajo y nos encontramos con ella también fuera de él; alguna vez nos hemos sentado con ellos a las mismas mesas de negociaciones o hemos compartido mesa y mantel en algún restaurante o evento social... Pero esa gente no es más que una exageración del ser humano básico. La mayoría de nosotros, sospecho, nos parecemos más a ella de lo que somos conscientes o nos gustaría admitir.
…Pero, ¿porqué describo esta tendencia como perteneciente al ‘simio’? El ser humano no somos los únicos ‘simios’ que pueden sufrir el amplio espectro de emociones humanas; otros ‘simios’ pueden sentir el amor y el dolor de forma tan intensa que podrían morir…; pueden tener amigos, no sólo aliados; sin embargo, esta tendencia es símica, ya que es posible gracias a los ‘simios’ y, en concreto, a un desarrollo cognitivo que tuvo lugar en los simios y, por lo que sabemos, en ningún otro animal. La tendencia a ver el mundo y los que lo habitan según el beneficio que pueden darnos, el pensar en nuestra vida, y lo que pasa en ella, como cosas que pueden ser cuantificadas y calculadas: esta tendencia es posible únicamente porque existen los simios [antes de que esta tendencia nos atrapara], y esta parte está oculta a las historias que contamos sobre nosotros mismos; claro que está oculta, pero, como pasa con todo lo que está oculto, en un momento puede descubrirse.
La evolución funciona por acrecentamiento gradual de los hitos que vamos acumulando en el tiempo de la historia de todos los seres vivos. En la evolución no existe la tabla rasa ni el borrón y cuenta nueva; sólo funciona con lo que hay y nunca puede empezar de nuevo, salvo que nos sobrevenga el cataclismo cósmico que algunos sesudos auguran para el futuro siempre ‘inmediato’. Así, por utilizar un ejemplo cualquiera, los grotescos rasgos del pez-plano [uno de cuyos ojos ha ido a parar al otro lado de su cara, como el lenguado, el gallo de mar o el rodaballo], demuestran que la presión evolutiva causante de que se especializara en vivir en el fondo del mar fue una presión ejercida sobre un pez que originariamente nació para otros fines y, por consiguiente, tenía los ojos en los dos lados y no en la parte dorsal. De forma similar, en el desarrollo de los seres humanos la evolución se vio obligada a subsistir con lo que había, o con lo que hay: también a veces casi se involuciona en tiempo real, es decir, durante nuestra corta vida mortal, y vamos para atrás como el cangrejo… Nuestro cerebro es, fundamentalmente, una estructura histórica: la corteza cerebral de los mamíferos [de la cual la versión especialmente fornida es característica de los seres humanos] se erige sobre los cimientos de un primitivo sistema límbico, un sistema que compartimos con nuestros antepasados reptiles [porque resulta que los humanos hemos heredado de todo ser viviente]...
No es intención particular por mi parte sugerir aquí que las historias que contamos, y las que creemos, sobre nosotros mismos son productos evolutivos como los ojos del pez-plano o el cerebro de los mamíferos. Pero sí habría que pensar que se construyen de forma similar: mediante acrecentamiento gradual, nuevas capas narrativas superponiéndose a estructuras y estadios anteriores [hay que releer más a Darwin]. Tampoco existe el ‘borrón y cuenta nueva’ para las historias que contamos sobre nosotros mismos; pero, si miráramos con suficiente atención, y si sabemos dónde y cómo mirar [que ese es un problema diferente también según seamos más de ‘lobos’ que de ‘simios’], en cada una de las historias contadas por ‘simios’ también encontraremos un ‘lobo’. Y el ‘lobo’ no dice [éste es su cometido en estas historias] que los valores del ‘simio’ son toscos e inútiles, no; nos dice que lo más importante en la vida nunca es cuestión de cálculo; nos recuerda que lo que posee verdadero valor no se puede cuantificar ni puede ser objeto de mercadeo; y nos recuerda que a veces hemos de hacer lo que debemos aunque el cielo se nos venga sobre nuestras cabezas…
Todos nosotros, hay que suponer, somos más ‘simios’ que ‘lobos’, en una relación 85-15%, respectivamente, según la opinión antropológica que se precie; aunque fuera la del lobo delante de la del simio, de la que más somos ahora. Pero en muchos de nosotros el ‘lobo’ ha sido suprimido casi por completo de la narración evolutiva de nuestra existencia; y de nosotros depende dejar morir esa herencia testimonial del lobo... Sin embargo, al final las intrigas del ‘simio’ se quedarán en nada: su astucia le traicionará y su suerte símica se agotará por completo, como una fuente apagada que deja secar sus juncos. Entonces descubrirá qué es lo más importante en la vida, que no será lo que ha conseguido con sus intrigas y su astucia y su suerte, sino lo que queda cuando éstas se han esfumado de su simplista entorno e ‘intrigante’ y vacua existencia…
Tú, hermano ‘simio’, eres muchas cosas, pero tu ‘yo’ más importante no es el que intriga, sino el que te queda cuando tus intrigas ya no surten el efecto perseguido… Tu ‘yo’ más importante no es el que se regodea en su astucia, sino el que queda cuando esa astucia te abandona de una vez por todas… Tu ‘yo’ más importante no es el que lleva las riendas de tu suerte, sino el que queda cuando esa ‘suerte’ se ha agotado. Al final el ‘simio’ siempre te fallará; y la pregunta más importante que puedes hacerte a ti mismo es: ‘Cuando esto suceda, ¿quién quedará?’… Me llevó mucho aprenderlo, pero al final creo haber entendido por qué quise tanto a aquel perro pastor alemán que tuve siendo chico y algún tiempo de mi adolescencia, Luk [ni ‘Lobo’ ni ‘Luz’, sino un sinónimo insospechado de ambos, una amalgama de caracteres], que mi padre deportara para siempre en un vagón de mercancías de la Renfe, como hizo un año después con un setter [Lucero] en dos ocasiones, en ambos casos para ‘conseguir’ alejarles de mi lado, y por qué les he echado tanto de menos, sobre todo durante toda mi pubertad.
“Luk-Lucero” me enseñaron algo que mi accidentada formación de estudiante inquieto, díscolo y rebelde no pudo enseñarme nunca: que en alguna parte recóndita de mi ser humano seguía viviendo el ‘lobo’ que ellos llevaron dentro.
…A veces es necesario dejar hablar al ‘lobo’ que hay en nosotros [15%] y silenciar la cháchara incesante del ‘simio’ [85%] que nos invade o trata de acorralarnos, a cuyo acoso estamos tan acostumbrados que ya hemos olvidado luchar por distinguir los ‘simios’ de los ‘lobeznos’.
Alrosoler © [Alrs]
“La verdadera bondad del ser humano sólo puede manifestarse con absoluta limpieza y libertad en relación con quien no representa fuerza alguna. La verdadera prueba de la moralidad de la humanidad, la más honda [situada a tal profundidad que escapa a nuestra percepción], radica en su relación con aquellos que están a su merced: los animales. Y aquí fue donde se produjo la debacle fundamental del ser Homo-Sapiens, tan fundamental que de ella se derivan todas las demás.”
Milan Kundera, escritor checo [La insoportable levedad del ser, 1984].
Miranda de Ebro, 2009, junio, 30.
Antônio Luis ROS SOLER* POETA del UNDO: http://www.poetasdelmundo.com/verInfo_europa.asp?ID=5632 |