El salto de un Poeta ebrio de Dios. Por Elkin Rojas Montoya*
COLOMBIA: “El salto de un poeta ebrio de Dios”, capítulo aparte sobre el poeta Darío Lemos que hubiera deseado Víctor Bustamante haber incluido en su libro “Cuando el poeta muere”, pero que por una ofensiva alusión del “Hamaquero”, me abstuve de confiárselo, como me había solicitado Víctor, ya que el ex – hippie de las hamacas me lanzó una indirecta muy directa al aire en un programa que tenía en la emisora de la Universidad de Antioquia, al que me invitó por allá en el 2002, con el estudiado plan de lanzarme la ofensiva pregunta: “¿Por qué quieres hacerte famoso con esa historia tan piadosa traída de las greñas de la memoria póstuma del poeta daríolemos?”. Entonces, tras una elusiva respuesta filtrada al aire, decidí escurrirme de los meandros por donde había contactado al narrador historiador Víctor Bustamante, para que mi fama no pelechara a expensas de la desacralizada memoria difamada de un poeta de quien conservo la más limpia memoria, a pesar de la fama malditista que le habían estampillado toda la vida las malas y piadosas lenguas.
Azael Maldoror
El salto de un Poeta ebrio de Dios. -Rapsodia a la memoria del poeta Darío Lemos-
Azael Maldoror
Hace veintidós años se despidió de esta dimensión recalentada de la existencia “el despreciable santo daríolemos”, lo más “grave” que le hubiera acontecido al espacio selecto “de raza superior” de la poética universal, “hundido en los primeros años, -como Rimbaud-, en la poesía hasta la demencia, y luego ese desgano, ese decir a la sociedad de la época que la única manera de encontrar a Dios no es el arte, que hay que ser ángel o demonio para que resulte el santo”.
Decía parir sus poemas con un “corazón duro y tierno”, sintiendo los dolores de su “embarazo de Dios”.
Vivió en la búsqueda de este lado oscuro de sus “dolorcitos”, y terminó mutilado, desde su nacimiento muriendo muchas muertes, “esas muertes de la vida que son las verdaderas muertes”, a quien, sin embargo, no le tembló la voz deicida para golpear con el azote de sus poemas a los dioses impostores que lo encerraron en “Cárceles menores, patios de leprocomios, ciudadelas de Dios, esas casa de locos de solos corredores por donde se pierde la conciencia más lúcida”, como se perdiera la conciencia de Antonin Artaud, otra vida iluminada afín al marginamiento a que lo condenaron, arrastrándose profético como hoy arrastran miserables sus bártulos los eternos desplazados de un país donde a quien no fusilan, lo marginan o lo secuestran para engrosar cuerpos de terror enfrentados contra otros más antiguos terrores. Amos y señores de turno esclavos del más bestia de la burda turba fratricida.
II Del naufragio ebrio de este barco loco se salvaron algunos poemas y pecados virtuosos que paría “como hijos que se van. Y uno se queda muy solo sin sus poemitas”, compilados por Jotamario Arbeláez y editados por el Instituto Colombiano de Cultura en 1985, bajo los acordes monocordes de unas “Sinfonías para máquina de escribir”. Vivió enfrentado y confrontado en este desaforado combate desde el útero quemando sus carnes y poemas en una salmuera de pesadilla, desatado el oleaje atormentado que corría por sus venas, sobre los altares desacralizados donde la dignidad humana era objeto de una vieja censura concordataria. Este “ángel de la tierra” que clamaba con apremio: “Dadme un templo para descansar”, no se propuso artificiosamente el arte para “figurar”, ni su porte de dandi para posar de galán. Se lanzó a los abismos de su alma que se movía floreciendo, aunque aparentemente moría o se deshacía.
Mantuvo sus oídos atentos a los latidos del corazón eremita de su “cuerpo dolor”, doblando a duelo sus campanas por la soledad que le dictaba el pregón que anunciara desdeñoso la muerte de Dios. Frente a tanto desamparado vapuleo, afirmaba sin embargo que el dolor no existía, que era sólo una trampa, que podía ser feliz sufriendo: “Siempre habrá alas o remos, el hombre no está solo, el poeta no está solo porque Dios le dicta. Alabemos a Dios y a los poetas”, decía. Reñía y añoraba “vivir al otro lado”, porque en este lodo tóxico de la existencia, “los hombres se asfixian cuando falta el aire” puro “y todo es vacío” en este mundo escéptico donde “nadie llorará mi embarazo de Dios”.
Con Gonzalo Arango se reiteraba: “Aquí o en la eternidad, mi corazón pasajero exige ser eterno” y en el “Poema de mi idiotez”, reportaba esa misma nostalgia de Dios: “Estoy desesperado porque no llueve, porque Dios se olvidó que Darío calla si no llueve…/ siento en el estómago alacranes y fósforos de guerra/ espero suicidarme cuando acabe el cigarrillo”. Lo consumía la lejía de “las violaciones dolorosas y los cuerpos enterrados en la arena/ huelen a mares de mostaza amarilla y verde, / amarilla y Dios”.
Continuar viviendo bajo los pilares tóxicos de estos cielos contaminados, consumiendo el pan ácido del fraude y la violencia que reportean a renglón seguido y detallado los diarios, impone que se salga de él o que se quiera vivir bajo la hegemonía neocolonial de títeres y reyezuelos, enjaezados como caballos de paso fino.
El poeta no encuentra otra alternativa que dar un salto existencial que los sustraiga del légamo estéril, de la inanición. Es un salto no mortal, sino liberador, llamado por Albert Camus: “El sacrificio del intelecto” o suicidio filosófico: “Aspiran a lo eterno, y en eso solamente es en lo que dan el salto”.
Desde otro extremo de “los sinónimos de la angustia”, Sören Kierkegaard valora a tales creyentes porque triunfan de sus fracasos.
Darío Lemos salta sin privilegios mientras afirma:
“Mi fuga obligada no es de guerra, mi fuga transitoria es juego de búfalos, cambio de cuchara, de cielo, de calidad de opio.”
III Arrancándose de un tirón la corbata que lo conducía a través del mundo, Darío Lemos expresa con rigor los términos directos de su denuncia contra este lado oscuro de las conciencias de quienes viven inmersos en los cerrados mundillos de la política: “donde ustedes no conocen el suicidio y los columpios grises del invierno./ Ustedes no conocen la guerra, pero sus cerebros orgánicos fueron hechos después de un bom-bardeo. / Inútiles hombres mecánicos que dirigen los trenes/ bulliciosos por la orilla de los ríos;/ políticos de siestas y olor en la solapa, /mujeres con el pecho alambrado como campos de concentración”. La deserción espiritual que gangrena el alma de codicia por el deslumbramiento fatuo de los intereses bursátiles, continúa sorda y ciega al toque arrebatado del poeta y al destello iluminado de los hombres que no han vendido su dignidad por el plato de lentejas que promete el gravamen impuesto del mercado mundial. El poeta capotea el toro de la realidad manipulada proponiendo una nueva “santidad invisible,/ inadivinable,/ sospechosa”. La santidad de “los santos barbados melenudos, hastiados y felices, ¡generación de cidra!”, que “no van a la guerra en julio”. Descubre en su hijo Boris una nota “gigante de aluminio” de vuelo trascendental: “Mi hijo está vivo como Dios olvidado”, aspirando a verlo más allá de las concentraciones intrascendentes de carne de cañón, donde se olvida a Dios. Desde uno de sus confinamientos llama a su hijo: “Ven, reconoce mi rostro de Cristo que condenaron a un aislamiento… Recuerda Boris, y no llores la tarde que yo muera”.
A pesar de sentirse “mi templo” y “dueño de mi infierno”, siendo “el rey de mi reino”, expresa que le arrebataron 28 años en sanatorios y cárceles, comenzando en el vientre de su madre. Sin embargo, recuerda a los suyos con cariño: “Que te amo, Puma. Que te amo, Boris”. “Para Boris el sacrificio de buscar el camino de los elegidos y este sufrimiento, estas heridas. A los poetas amigos de mi generación sólo puedo aullarles: ES ALLÁ. En el mar”. “Me voy a la montaña de la montaña o a la montaña del mar”. Adelantándose con estos geologismos antropomórficos: “el mar” y “la montaña”, a la mística degustación de “la mejor uva de cualquier viñedo”, ya que cual Dante, al terminar su recorrido entre los terrores del infierno, entra al paraíso con su Beatriz, Darío Lemos encuentra una nueva mujer que lo albergara con la tibieza de su alma: “no es la bella Puma… pero se llama Sara. Con la ayuda de ella iré llegando a Dios, ya que me parezco mucho a Él. He sufrido ya lo suficiente y me merezco el cielo!”. Aclara a los morbosos que Sara no le interesa sexualmente, “es la tibieza de su alma la que busco”, ya que siempre se sintió “solo como Dios antes de que le presentaran al hombre”.
IV El día anterior de la conmemoración de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, el 13 de abril de 1987, muere Darío Lemos de feliz, balbuciendo en su despedida: “¡El cielo brilló! Aquí voy a lo eterno./ Vengan mis dioses amigos y beban conmigo esta alegría [mosto de la mejor uva de cualquier viñedo]. Muero de feliz. Adiós cárcel”. “Estoy preparado. Me voy a vivir con Gonzalo y con María de las Estrellas al lado de Dios que es la última posibilidad”.
Acompañaron su cuerpo a los “Campos de Paz”, Sara, Mila, Kata, Pier, Juán y Alejo. Sara le cantó, como única ceremonia, el Salmo 150 de David, mientras descendían el cuerpo osificado a la fosa: “Alaben a Dios en su santuario!. Alábenlo danzando con panderos, con toques de trompeta, con arpa y con salterio, con flautas e instrumentos de cuerda, con platillos sonoros, que todo lo que respire alabe al Señor!”. Una gran fanfarria de alegría, porque “la verdad no es cosa de los hombres”.
En el país se quedaron algunos poetas esperando la respuesta a las demandas con que urgían al poeta encerrado en su mutismo a que expresara los paisajes interiores donde su alma ambulatoria se calzaba la muerte para dar un salto a la eternidad: “Habla, desahógate/ comunica vida/ con tu eterna agonía./ Enseña tus paisajes interiores/ tus llanuras y tus montecitos./ No guardes nunca silencio/ no reprimas tus palabras../ Recuerda Darío que todavía/ no nos has contado/ tus personales visiones/ desde tu quietud ambulativa. Toma la muerte con calma/ no la acoses ni la estrujes/ tiempo ya vendrá/ en que el Man grande/ el de arriba/ te dirá,/ Darío, Darío/ levántate y anda”, como le expresara Leonel Estrada, un año antes de la llamada definitiva del Man Dios. El tiempo ya se cumplió, en el horizonte estrellado de los “Campos de Paz” resuena el eco de las palabras del poeta ebrio de Dios:
“Brindemos porque Dios está feliz conmigo, porque garrocha a garrocha que me ha puesto la he saltado.”
Elkin Rojas Montoya*, POETA del MUNDO: http://www.poetasdelmundo.com/verInfo_america.asp?ID=4821 |