EN BEIJING NO HUBO PERDEDORES, PORQUE TODOS TRIUNFAMOS EN BEIJING. Por Pedro Oscar Godínez*
CUBA: Las XXIX Olimpíadas de Beijing 2008 han sido un clamoroso canto a la paz, a la amistad, a la fraternidad, a la convivencia, a la cooperación internacional, sin importar raza, credo, ideología, sexo o país.
Entre fuegos artificiales, danzas, canciones, acrobacias, multicolores imágenes y las más increíbles fantasías que ojos humanos hayan visto jamás, concluyó la cita mundial de los campeones del deporte de todas las naciones. La crema y nata, lo mejor de lo mejor de los cuatro puntos cardinales, integró las selecciones atléticas que participaron en el magno evento celebrado en China.
Para los que disfrutamos de las transmisiones televisivas de la hermosa ceremonia de clausura, por unos fugaces instantes, que nos supieron a eternidad, tuvimos la vaga impresión de encontrarnos también en la bella ciudad de Beijing y de estar compartiendo junto a las estrellas de todas las latitudes planetarias esos excepcionales momentos históricos, únicos e irrepetibles como la vida misma, que quedarán ya grabados para siempre en nuestra memoria.
Al menos por unos mágicos días, las pantallas chicas de las televisoras de todos los hogares del orbe dejaron de reflejar muerte, odio, sexo, discordia, violencia y destrucción, para ofrecernos imágenes positivas, constructivas, vivificantes, de vida, de plenitud, de creatividad, de inteligencia, de dicha, de regocijo, de confianza y de amor. Por unas horas que parecieron verdaderamente infinitas, las contiendas bélicas de Irak y Afganistán y la guerra del Cáucaso entre rusos y georgeanos, las masacres en Palestina, los enfrentamientos y sangrientos atentados en la India y Pakistán, el golpe de estado en Mauritania, los estragos del huracán “Fay”, los terremotos y los trágicos accidentes de aviación de los últimos treinta días, dejaron de intranquilizarnos, de inocularnos el veneno de su horror y pasaron a ocupar grises espacios en las noticias de los periódicos y revistas de todos los confines. Diríase que todo se detuvo con las Olimpíadas de Beijing –como en el viejo filme de los años cincuenta “El día en que paralizaron la Tierra”- y que todos los hombres y mujeres nos dimos unos a otros una tregua, unos bien merecidos minutos para respirar aire puro, para re-oxigenar nuestra sangre, para limpiarnos de las impurezas acumuladas, para ser un poco mejores. Ahora, incluso, tengo hasta la rara sensación –como apuntaba antes- de haber jugado yo también en Beijing.
Visto en lontananza, justo ahora que se han apagado ya sus brillantes luces y destellos, Beijing ha sido, sin lugar a dudas, más que una Olimpíada más, una magnífica oportunidad para conocernos mejor, para aproximarnos aunque sea unos milímetros más, para crecernos, para vernos retratados los unos en los otros, para medir el real alcance de nuestras posibilidades como seres humanos plenos, de nuestras fuerzas y de nuestros esfuerzos, de nuestras conquistas y de nuestro trabajo por hacer de la tierra el mejor de los mundos posibles.
La sorprendente cifra de 204 delegaciones, representativas de igual número de naciones libres, estuvieron presentes en la tierra Lao Tze, de Confucio y de Khublai Khan y de otras tantas luminarias del gigante asiático. Si alguna vez en la historia fue cierta la antigua leyenda de que hubo un monarca, soberbio, autoritario, déspota, despiadado y arrogante, el tristemente célebre emperador Shih Huang Ti, que ordenó a sus súbditos y a sus ejércitos, a golpe de látigo, la construcción de un descomunal cinturón de piedras, una inmensa muralla, que aislaría para siempre a esta fértil región del resto del continente y de los pueblos hasta ese entonces conocidos, encerrándola dentro de sí misma, condenándola a vivir en una especie de ostra, hoy, sin embargo, hemos asistido al deslumbrante espectáculo de “otra” radiante China, con sus 2 240 millones de habitantes, distinta y diferente, diametralmente opuesta a la anterior: una China nueva, que parece haber renacido, como la mitológica ave Fénix, de las cenizas de sus milenios, transparente, alegre, festiva, abierta a todos, mostrando al mundo su pecho desnudo y en él, su alma y su corazón.
Más allá de las falsas expectativas de algunos, de las especulaciones, de los enfoques parciales de los cronistas deportivos, de las algarabías de los fanáticos a unos u a otros, de los discursos, pretendidamente “nacionalistas”, de los políticos y de los jefes de equipos y delegaciones, y de aquellos otros que apuestan solamente a ganar, todos los jugadores jugaron sus juegos, hicieron lo que tenían que hacer, estuvieron donde tenían que estar y alzaron bien arriba, en lo más alto de sí mismos, los nombres de sus respectivos lugares de origen, pues cada cual a su modo y dentro de sus posibilidades, dispuso y puso lo mejor de sí en el empeño y en el desempeño por llevarse la dorada presea, el mil veces ansiado y codiciado lauro, el anhelado oro, a su patria, a su tierra, a su hogar.
Y no hay que olvidar al respecto de que precisamente una de las cosas más buenas que tienen estas justas, estos campeonatos, estas competencias, estos encuentros, estos juegos –o como se les prefiera denominar-, es que nos hacer ver más de cerca nuestras limitaciones y defectos, nuestras humanísimas deficiencias, errores, incapacidades, imperfecciones y debilidades –porque, para felicidad nuestra, no somos robojses, ni autómatas, ni insensibles clones-, nuestros comportamientos, nuestras disposiciones para en uno u otro momento o circunstancia dados triunfar o ser derrotados, obtener la victoria o fracasar, irnos por encima de nuestros contrincantes –que no son, a la postre, sino nuestros propios semejantes, colocados del lado opuesto por una situación determinada-, o, simplemente, ser superados.
Y es justamente ahora, y en este preciso minuto, que regresan a mi mente, como pájaros perdidos que han reencontrado su nido, los versos enhiestos, vigorosos y profundos, del gran poeta norteamericano Walt Whitman: “Las batallas se pierden con el mismo espíritu con que se ganan”.
Así, pues, loor a los que ganaron en Beijing y loor igualmente a los que perdieron, porque en Beijing realmente no hubo perdedores, porque todos, inclusive los millones de millones que no fueron a Beijing, ganaron el juego más importante, el de unirnos todos por la salvación de nuestra patria común: nuestra especie, nuestra civilización.
Pedro Oscar Godínez*, POETA del MUNDO: http://www.poetasdelmundo.com/verinfo.asp?id=4204
01-09-2008 |