DECLARACION DE UNA MAGICONSCIENTE. por Bella Clara Ventura*
COLOMBIA: Todavía retumban las palabras de Mayrim Cruz Bernal con su acento boricua y su fuerza universal donde nos proclamaba con sus ojos azul de mar de San Juan que el poeta es el último inocente… y yo con mi colombianidad a cuestas, con un pueblo judío en las venas, un pasaporte mexicano además de ancestros greco turcos, un padre nacido en Sudáfrica, negritud de mis inquietudes, y por haber sido madre en Caracas por vez primera, le reviro desde el amor que no soy inocente, que me debo a los procesos horribles de la Historia que se repiten a pesar de mi palabra, de mi verso y del anhelo de ver la paz llegar a las orillas de cada esquina del Planeta. Pero no puedo ser inocente ante el atisbo del dolor, soy parte inherente de sus manifestaciones, de sus lágrimas, de sus gemidos, de los lamentos tanto interiores como exteriores, me mezclo con sus lagrimones, me incorporo a su indecencia y me revelo aún en la mudez, pues a veces se piensa que hablar demasiado tal vez sea motivo de lapidación o de corte de lengua. Sin embargo dejo filtrar en mis escritos que clamo por un mundo lleno de metáforas, sonrisas de niños de la calle, techo con chimeneas encendidas, y el calor de la madre cerca de sus hijos. Y no, lo que descubro al darle un vistazo al panorama mundial: gente sin techo aún en los imperios, llanto en ojos ajenos, las madres reclamando a sus hijos con cacerolas y sin fusiles, el perro ladrando su muerte mientras un seudo artista, Guillermo Vargas Habacuc cree que hacer arte es poner ante los ojos de los visitantes de la galería donde expuso la agonía de un can que muere de hambre. Y me digo, ¿dónde puede estar el adjetivo de inocente? frente a semejante monstruosidad.
Recurro al diccionario de Maria Moliner y me topo con INOCENTE: del latín “innocens” de noceres y “nocir” que se aplica al individuo libre de culpa o pecado: Adán y Eva eran inocentes antes de la caída. Se refiría a no haber cometido delito o falta determinada. La declaración inocente del delito que se les imputaba. Tener manos limpias de sangre. Y además falto de picardía o malicia. Inocente como un niño. ¡Acaso los niños nacen inocentes! Sabemos que arriban a su patria de dolor con nuevo chip en el cerebro capaces de manejar computadoras, juegos electrónicos sofisticados, celulares con varias funciones y nosotros de otras generaciones quedamos relegados como los brutos del paseo que se amilanan ante la tecnología por haber nacido en época de analfabetas, que no entendían el por qué debían aprender a leer si habían vivido largos años sin la necesidad de hacerlo. Y recuerdo aún con vergüenza pero no sin cierta gracia, cuando salieron los primeros celulares al mercado, se parecían a un bloque de panela o al control del televisor. De distraída o de ingenua por no decir boba, introduje en el bolso el control en vez del celular. La risa de los hijos no tardó en sonar por supuesto cargada de burla y de condena. ¿Hasta cuándo serás tonta? me insinuaron con la mirada calumniadora. El adjetivo huevana al referirme a uno soez, como los que emplean los jóvenes aún frente a sus padres hoy día, sin prejuicios ni reparos. Y yo, cómo he de ser idiota? me preguntaba no sin cierta tristeza, y de inmediato me consolaba: si escribo, si trato de hurgar el alma de los humanos con descarnado interés y con el atrevimiento que mantiene el poeta en su curiosidad sin límites y sin temores aún de llegar a la hoguera porque escuche voces, como Juana de Arco, tildada de loca y de hechicera por atender sus voces interiores como lo hace cualquier poeta cuando se encuentra consigo mismo o consigo misma en un acto de viaje interior.
Ya dueña de 6 novelas, la séptima en recta final, más de 10 poemarios y 30 antologías por el mundo en diversos idiomas y mis propios vástagos me condenaban a ser inocente sinónimo de falta de ingenio! ¡Cómo asumir esa candidez como pureza si ya trae condena! Y por supuesto, no me siento inocente, muy lejana de ese concepto cuando en mi país todos tenemos las manos con sangre, los dólares del narcotráfico circulan entre los dedos manchándolos de muertes o estos mismos surcan el mundo sin que a nadie le interese detenerse sobre su procedencia. Fluyen como las aguas del río, anfitrión de su cauce. O las mujeres que lucimos diamantes, esmeraldas o pieles sin conocer el sanguinario costo de cada una de las piedras preciosas o de las inhumanas cacerías. Bien denunciado el problema en películas como “Diamantes de Sangre” o novelas que ilustran el tráfico y el dolor que causan en su mercenario afán.
También doy largas caminadas hacia la montaña donde la sabiduría se hace cargo de mis pensamientos mientras los pasos respetan la naturaleza y el cielo me cubre con sus nubes.
Nací en el altiplano, donde el clima ha cambiado como otros por el calentamiento global. En un día encontramos las 4 estaciones abriendo el alba con el frío y dejando al descubierto hacia las 12 del día un sol de océanos para retomar la primavera y el otoño antes de volver a los hielos de la noche. Despunté con bríos en el mes de las co
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