Poeta en el Egeo. Por María Sánchez Fernández* 
 

ESPAÑA: A la caída de la tarde el barco entró en el Egeo. Sus aguas eran igual de brillantes e intensas que las de los mares que acabábamos de dejar. Estos se fundían entre sí formando un todo; formando una gran llanura azul dividida por esos cuatro nombres que nos envolvían en mundos fabulosos: Adriático, Jónico, Mediterráneo y Egeo. Conocida por cuatro culturas unificadas en la cuna del arte más puro y por un desmedido amor a las letras: Y allí estaba el Egeo. Ese mar tan lleno de enigmas. Un mar de dioses; de míticos navegantes; de acciones épicas; de poetas legendarios; de profundos pensadores…

Las aguas se abrían voluptuosas al ser cortadas por la quilla dejando una extensa estela de espesa y blanquísima espuma. Surgían aquí y allá grandes y pequeñas crestas volcánicas que el barco iba sorteando como si quisiera jugar a algún zigzag divertido. La noche cayó y el viento rugía haciendo bailar a las olas que se estrellaban en los costados del buque. Por la claraboya del camarote veía las crestas blancas que lamían la transparencia del cristal. Llegó el amanecer. Todo estaba en calma. Salí a cubierta cuando también salía el sol y pude ver el milagro de Santorini que nos hacía señales con sus mil espejos blancos. Habíamos entrado en las Cícladas.

Llegamos a la inmensa bahía, y allí, en el centro de la gran caldera, el barco se detuvo. Digamos que echó sus anclas hacia un suelo abismal. Hacia ese suelo con el que Platón soñó su Atlántida sumergida. En una lancha motora nos acercamos a la isla que tiene la forma misteriosa de una luna en creciente. ¿Sería un capricho de los dioses darle figura de cuerpo celeste para que fuera aún más bella? Arribamos al puerto de Acinios y ascendimos en autobús por caminos de vértigo hasta la ciudad de Oia. El blanco de sus casas escalonadas y el azul de sus múltiples cúpulas y espadañas rivalizaban con las nubes, con el cielo tan cercano y con el mar, allí abajo, tan hondo y tan lejano. Los geranios y buganvillas se prodigaban enredándose en la blancura cegadora de sus casitas colgadas al filo de los acantilados. Las estrechas calles trepaban o bajaban trazadas con peldaños de caprichosas escaleras…, y sus templos… , maravilla de filigranas de oro…, de cirios y de colores. Y Fira…, y Thira…, desde donde volamos al puerto de Acinios con las alas mecánicas de un funicular por no descender cabalgando sobre el lomo de un burro.

Mi visita a la isla me arrancó estos versos:
Santorini
¡Santorini, la diosa del Egeo! / La amada erguida y blanca / que extiende su belleza / para que el sol la adore. / Y el sol desciende a ella / como un cálido amante,/ y despliega las alas del deseo / fundiéndose en sus formas desgranadas / arrancando los gritos de la luz / en ardientes latidos / ¡Santorini, graciosa y palpitante! Los cielos, tan cercanos a su Olimpo, / la adornaron de límpidos colores, / y viste con la albura de las nubes / y se ciñe coronas / tan brillantes y azules como el éter./ La arrulla el mar, la besa y la socava / abrazando su espléndida figura / poniendo ondas de espuma en los doseles / de su tálamo verde. / Y Santorini sueña, enajenada, / en las rojas orgías del ocaso / derramándose en mieles / con su risa colmada de racimos.
El barco zarpó y dejamos atrás las islas Sikinos, Parikia, Naxsos y arribamos en Mikonos.

Atardecía y el sol se hundía rojo de placer en las aguas doradas del Egeo. El gran puerto nos recibió con una bienvenida de bullicio y alegría. Mikonos despierta en la noche. Sus calles también visten de blanco y se adornan con grandes ramilletes de flores. Ascienden, siempre ascienden, hacia alegres alturas de fiesta. Mikonos en la noche es una fiesta. Las piedras del suelo brillan como espejos por el intenso pulimentado del ir y venir de sus visitantes. Bajamos a la playa y esta nos recibió con su arena caliente. La luna nos cubría. Ya era medianoche. Regresamos al barco y yo le dejé mis versos:

Mikonos
Eres blanca…, tan blanca…, / que la tarde te adorna de rubíes / cuando naufraga el sol / en las míticas aguas del Egeo. / Ese mar que te abraza y te acaricia / en la ondulante danza de las olas / que susurran secretos de canciones / con las arpas tañidas por el aire / Y emerges de las aguas / como Venus nacida de un milagro, / y pisas las arenas de la playa, / ardientes como el fuego / y rubias como el trigo, / ciñéndote la túnica de alburas / con el cordón de plata / de las blandas espumas. / Princesa y cortesana; / en la noche te enciendes con las llamas / del oro que derraman tus racimos, / prodigándote en rosas, / tan rojas como labios, / que en alegres cascadas / deshojan sus fragancias / y alfombran tus senderos. / Eres blanca…, tan blanca…, / que la luna se rompe en tu sonrisa.

Navegábamos dejando atrás pequeños islotes, rojizos unos y verde intenso otros. Caprichos de la Naturaleza. Dijimos adiós a las Cícladas y llegamos al Pireo, enorme y bullicioso. Nos adentramos con el ansia de ver, de poseer lo grandioso, y entramos en Atenas. Nunca sentí mayor emoción. Allí estaba ella, la grande, la madre de la sabiduría. El cofre repleto de historia. Y allá en la colina, soberbio y dominante, el gran podium de dioses y mortales.
Así le canté:

Atenas
Llegué a ti vacilante; / con el dulce temor a lo sublime; / con mis ojos perdidos en la luz; / con mis manos ansiosas de tenerte, / con mi llama mordiéndome los labios. / Mas mis labios supieron de alboradas / al pronunciar tu nombre. / Y al pronunciar tu nombre / se me abrieron las puertas de tu templo / bajo frisos de soles milenarios / sostenidos por gráciles columnas, / espléndidas palmeras extendidas, / que decían canciones silenciosas / acompañando al viento. / Y allí estabas solemne, derramada, / en tu lecho de historia / latente como el tiempo, / cubierta por el polvo de los siglos. / Me abriste el alto cofre de tu alma / donde guardas celosa tus latidos / que volaron, cual potros desbocados, / hacia unos cielos altos, sin estrellas, / portando entre sus alas / de míticos pegasos / los claros manantiales / de la justa palabra. / Y del sagrado cofre / tomaste para mí / la divina morada de los dioses / trazada en las alturas porticadas / de tu mirada abierta. / Y en el podium supremo, / bajo el dosel ardiente de la tarde, / me entregaste una llama palpitante / que mantendré encendida / como una estrella fija en mi memoria.

Salimos del Egeo surcando de nuevo el Mediterráneo y el Jónico, donde visitamos Corfú, con su ciudad vieja, salpicada de estrechísimas calles adornadas de ropas tendidas como banderas al viento. Grises plazas porticadas desgranaban sus viejas historias a las doradas ruinas de antiguos palacios y templos erigidos a los olímpicos dioses. Nos adentramos en el Adriático donde pudimos gozar de la hermosa y antigua Dubrovnik. Mas allá los canales, puentes y palacios de la idílica Venecia, para regresar de nuevo a Bari, nuestro punto de partida en este navegar por mares de leyenda. El sueño se rompió y un vuelo de motores nos volvió de nuevo a España.

María Sánchez Fernández* - Úbeda ESPAÑA 2008
Poemas del libro “En los silencios del alma”
Foto: María Sánchez Fernández - Puerto de Mikonos
POETA del MUNDO:
http://www.poetasdelmundo.com/verInfo_europa.asp?ID=3170


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