Héctor Vega
[12: Embajador - Chile]
An extended song to Marianne
I do not know the reality of this We met in the nudity of our bodies On and on this devouring desire of ours Pursuing this unspeakable devotion Redirected onto the unknown That place of ours The unknown Marianne. Come thither Incessantly Before the flame is consumed You all indifferent folk Witness of this insanity I hear the clamour of yours Be hospitable Aspire Dream Be audacious Watch Marianne and I we go close hugged onto the unknown My love do not be preoccupied Is not this the wondrous fugacity of lovers? Santiago, September 14, 2009
Mi damita y la flor.
Si tú partieras tan pronto tendría una pena infinita. Porque la bella damita que yo conocí se fue sin decirme adiós. Si en un recodo del camino yo la dejé, y no me dijo adiós, ¿qué puede importar si en su manito dejé una flor?
Un día volando llegó una carta, no fue una carta de amor, la damita y la flor golpearon a mi puerta. Había pasado años de soledad y la damita frente a mi puso su manito en la mía en busca de calor Hoy fuimos de paseo y entre las hojas del otoño, casi sin mirarnos, tuve una extraña sensación. Fue casi como al comienzo pero esta vez éramos mayor. Por eso cuando al fin la damita habló de sus labios cayó una flor. Velero.
De hoja en hoja, de raíz en raíz, el velero de mis noches hacia un puerto se acercó era el puerto del fin del mundo adonde una noche sin saber cómo en sus aguas naufragó. Esperé tantas veces con ansias las cartas de mi bella damita, hoy mujer, y con alivio veo que en sus labios siempre tuvo una flor. De hoja en hoja, de raíz en raíz, De día en día el velero en mis sueños naufragó
TOUAREG [1]
Jean Claude Berberat, era un helveta alto y magro, de ojos pequeños, un poco perdidos en su cara redonda. Lo vi por primera vez en Berna, en un seminario destinado a voluntarios para proyectos africanos, del Departamento Federal de Cooperación de la Confederación Helvética. En un caudal de ideas y conceptos, sin espacios para la improvisación, estimulaba nuestras intervenciones con una leve sonrisa de interés, recuperándolas amablemente en el lento vaivén de su discurso.
Nos encontramos tres años más tarde, en Malí. Llegó sin ruidos a Senou el aeropuerto de Bamako. Su tenida tropical, “adecuada para safaris africanos”, según la idea europea de tales aventuras, comprada talves, en alguna tienda de Saint-Germain, lo incomodaba visiblemente. Un poco a pesar suyo, empujaba un saco de mano y una maleta con ruedas por entre los pasajeros que desembarcaban del poderoso Boing de la UTA y aquellos que se embarcaban en el avión ómnibus de Air Afrique, con su rutina de aeropuertos entre Bamako y Lagos. Jean Claude sin perder su compostura un poco forzada, parecía sorprendido entre los boubous [2] amplios y flotantes de las matronas bambara, [3] los turbantes de los touareg y los mzabitas[4] en peregrinación a la Meca, con sus canastas, esteras y teteras, para las abluciones.
Jean Claude venía a hacerse cargo de la Oficina de Coordinación de la Cooperación Suiza - BUCO,[5] según la sigla consagrada. Nunca hubo mucho dinero en los BUCOs de la Confederación Helvética. Las platas se atribuían con cuentagotas. Cada cuenta, correspondía a un rubro cuidadosamente estudiado. Se trataba de una cooperación sin duda más rica en ideas, que en medios: todo pequeño pero sólido. Por eso, cuando en la estela de cambios sobrevinientes a la caída de Moussa Traoré, el dictador de Malí, y el mundo touareg se rebeló, Jean Claude recomendó mesura, diálogo, búsqueda, recherche-action según la terminología oficial de la Cooperación, lo cual significaba investigar las causas y efectos y luego actuar. Fue así como Jean Claude decidió, que mis seis años en el país y mis amistades en el mundo touareg me calificaban para dialogar con ellos.
En mis últimos tres años había hecho amistad con un joven targui, Mohamed Ag Ansar - Maní para los amigos - quién me había relatado las desventuras de su pueblo, cogido entre las veleidades de la política colonial francesa que en los años cuarenta, dividiendo para reinar, había sembrado vagas promesas de apoyo a una nación touareg independiente de los reinos tradicionales, del antiguo Sudán Francés. Es así que, visitando algunas proyectos en Niafunké, en la región de Toumbouctou, no me extrañó, recibir una invitación formal de Abdul Karim Ag Ibrahim, señor del Azaouad comarca de la región de Gao, en el extremo este de Malí, no lejos de la frontera con Niger, a quien había conocido en las tertulias de Bamako, para conocer en el terreno la realidad de su pueblo [temust][6] según me lo transmitió verbalmente uno de sus hombres. Con Abdul Karim habíamos simpatizado desde el mero comienzo. Tenía amigos en la delegación cubana de cooperación y uno de sus hijos había vuelto a la vida – no se cansaba de repetirlo – gracias a un médico cubano.
Muy temprano, con el chofer del BUCO, N’Faly Coulibaly, nos dirigimos con un Toyota hacia Gao, último puerto fluvial al Este de Niafunké. Allí el guía me condujo a la residencia de Abdul Karim Ag Ibrahim, situado en la ciudad misma a unos trescientos metros al sur del embarcadero. Era un edificio en bancó, [7] sendos brochazos de albayalde le daban apariencia de grandeza en medio de los terrenos yermos de la ciudad. Aparentaba dos pisos, curiosamente no había ni puertas ni ventanas como para afirmarlo. Estaba situado en el ángulo de dos calles y hacia el poniente la extraña construcción se prolongaba en un muro de adobes, que circundando el terreno sobre el cual estaba emplazado, lo separaba de las cuatro casas que formaban la cuadra. Entre estas últimas y el muro había un almizcate donde jugaban los niños del barrio y transitaban unos camellos. En el lado oriente del ángulo y en dirección contraria a la cerca de adobes, había una puerta relativamente pequeña, considerando el volumen del edificio, por la cual entramos. La puerta daba a un pasadizo de unos cinco metros de largo al final del cual se veía un gran patio. Allí descubrimos el misterio, pues las puertas y ventanas de las piezas del edificio, alrededor de quince, desembocaban en una inmensa cuadra.
Para mi sorpresa Abdul Karim no estaba allí. Uno de sus hijos me recibió muy respetuosamente y me informó que su padre se encontraba en su campamento del Azaouad y que esperaba - In sha allah [8]- que lo encontraríamos mañana, si a mí me parecía y yo estaba dispuesto después de un viaje tan extenuante. Agregó que me acompañaría un notable de la región de Gao, Alhousseyni Younoussa Maïga.
“Por supuesto” – dije, agregando – “me parece muy amable de su parte, partiremos mañana” – “In sha allah” – “por ahora Coulibaly y yo visitaremos algunos amigos del servicio local de Eaux et Fôrets”.[9]
Al atardecer, cumplidas las visitas, cuando al calor del mediodía – habíamos llegado a un limite de unos cuarenta grados – cedía el alivio de las primeras sombras del atardecer, y nos disponíamos a compartir un couscous [10] con los hombres de la casa, llegó Maïga. Era un songhaï, [11] bajo y grueso, de unos sesenta años con una sonrisa permanente en los labios. Con un balanceo lateral de la cabeza me hizo recordar la clásica afirmativa hindostani que en alguna época – veintidós años atrás para ser más preciso - yo mismo había adquirido en Delhi. Quizá por ese detalle, el que por supuesto nunca le revelé, cobré una inmediata simpatía por Maïga. ……………………………………………………… El vehículo de doble tracción tardó seis horas en llegar al campamento. Al salir de Gao tomamos la ruta de Tesalit, en dirección de la frontera con Argelia, pero a unos cinco kilómetros de la ciudad dejamos atrás unos campos de sorgo y nos internamos hacia el Este, hacia la frontera con Niger, por arenosos senderos dejados por otros vehículos. De vez en cuando el fonio [12] silvestre reemplazaba los raquíticos arbustos del desierto [prosopis] [13]. El guía, sin la menor vacilación, tomaba por inesperados atajos que a mí se me antojaban otras tantas vueltas para volver al mismo punto de partida. En las últimas dos horas, observé que subíamos paulatinamente. A medida que avanzábamos no había nada que se pareciera a una ruta o huella. A unos cien metros del oued [14] que veníamos de cruzar divisamos tres touareg embozados con sus turbantes negros, portando fusiles akas con sus cargadores. Esto me pareció inusual, pues se trataba de armas del ejército que nunca antes había visto entre la población civil touareg. Aparentemente nos esperaban y parecían conocer Maïga, a quien saludaron con gran respeto. Veinte minutos más tarde, estabamos en la base de Taikaren centro de la rebelión touareg. Era un poblado constituido por centenares de carpas y en el centro una elevación que parecía una estructura de adobes, que al comienzo, confundí con una atalaya pero que según supe después era la mezquita del lugar.
Cuando Abdul Karim nos divisó se apartó de un grupo de sus hombres, con los cuales conversaba en la entrada de su tienda y vino presuroso, mirando al interior del vehículo, sorprendido de no verme, y más todavía cuando le dije en mi precario bamanankan: [15]
- Abdoul Karim, dugutigi – I ni se [16]
Miró hacia la voz con la sonrisa de quien está dispuesto a seguir el juego en una lengua para ambos extranjera y respondió en Bamanankan – M’ba, i ni se [17]
Proseguí, - Hèrè sira ? – Hèrè [18]- respondió - I ka kènè ? – Tòorò té [19]
- So mògòw ka kènè – Tòorò t’u la [20]
Ya satisfechos, me espetó. ¿Y cómo pensabas que reconociera un blanco o un negro con esos atuendos? Tenía razón pues el turbante touareg deja sólo los ojos al descubierto y en mi caso, – colmo del enigma – yo portaba anteojos oscuros. Lo sabes bien - prosiguió -, con el turbante todos los gatos son negros en la noche. ¿Ça va? Salaam aleikum. [21] -Aleikum salaam – respondí
Sin lugar a dudas, Abdul Karim se regocijaba de vernos llegar, me recibía como un amigo y un huésped muy distinguido, lo cual llevaba el largo ritual de saludos a una cadencia infinita de reconocimientos a Allah, por el gozo de mantenernos en buena salud y felicidad. Cuando estuvimos seguros que todo iba bien, con nuestra salud y nuestras respectivas familias, nos pidió que entráramos a su tienda donde nos recostamos en cojines de fina factura tamaschek [22]. Bienvenido a la civilisation couchée [23]– suspiró hondamente Abdoul Karim y casi para sí mismo, en un rápido murmullo – ça va Hector -, ya hablaremos.
Poco antes de ocultarse el sol escuchamos el llamado del almuecín a las oraciones vespertinas, ¡La ilaha illa Allah! ¡Mohammed rasul Allah! Después de las tradicionales abluciones y vuelto hacia la Meca, Abdul Karim a la cabeza de sus hombres iniciaba las oraciones.
A la ceremonia siguió el mechoui [24] y luego, ya saciados, la hora del té o ceremonia de los trois normaux o rondas sucesivas de té [tres exactamente], desde el más amargo hasta la tercera ronda dulzona servidas por un esclavo bellah. [25]
Supe que habíamos entrado en materia cuando Abdul Karim evocando el silencio del desierto, comentó cuan alejado se sentía de las intrigas de Bamako, de la Conferencia Nacional [26], de las incontables reuniones oficiales donde se calificaban intenciones, se rechazaban los justos petitorios, se tronchaban al nacer las más bellas intenciones del pueblo que él representaba.
“A quien puede inducir a engaño el término “el horia” que algunos traducen por independencia del Azaouad, cuando - afirmó con pasión - lo que queremos decir es, “libertad en la igualdad”, ni más ni menos. Tú sabes – prosiguió – después de los sucesos de marzo del año 1991, lo acordado con el antiguo régimen no tiene ninguna validez. El conflicto ha alcanzado tal amplitud y las consecuencias sobre la población civil son de tal gravedad, que se requieren gestos previos a cualquiera gestión de negociación como diplomacia y comprensión. El gusano de la desconfianza se instaló sin remedio. Por eso –respiró hondamente - entendámonos, las minorías touaregs, peuhls, songhaïs, árabes, con las autoridades de estos territorios. Negociemos con el gobierno central porque no hay otro poder mayor para nombrar observadores, enviarnos el azúcar, el té, la leche en polvo, los condimentos, las mercaderías que apreciamos… Concluyó - son las poblaciones del desierto las que decidirán con los ímpetus del corazón la paz de la patria que tantas veces nos llamó y nos engañó en el pasado”.
Fue la primera de muchas otras largas conversaciones.
Al tercer día cuando partíamos y antes que yo le “pidiera la ruta” [27], Abdul Karim insistió: “Bismillah [28]. Piénsalo bien ¿Cómo nuestra Nación touareg puede vivir y progresar al mismo ritmo de aquellos que lo tienen todo? Las injusticias no se han reparado. ¿Pueden las autoridades de Bamako asegurarnos los placeres de la vida sedentaria, del agua, los pastos, la educación para nuestros hijos?”
Esta es una lucha lenta y difícil amigo, quítate de en medio porque a lo mejor te mueres en el intento con todas nuestras urgencias, porque tú conoces bien el país y te apreciamos porque nos has escuchado. Gracias Abdul Karim porque de tumbo en tumbo y no sé si es más potente mi asombro que tus necesidades, me has roto el alma, y ya siento el tufo de las nuevas autoridades repartiéndose el poder, postergando a los pobres, burlándose de ellos… “Vuelve en paz Hector…. Beselama” [29]. ……………………………………………………
Ochocientos kilómetros nos separaban de Bamako y los calores extremos del mes de Mayo, premonitorios de la estación de lluvias, hacían penoso el regreso. Cuando dejamos Gao sentí en la despedida de Maïga, la esperanza grande que cobijaba su pecho. Me resultaba difícil compartir sus sentimientos. Amigo, me hace daño verte tan naïf pero si gozas por un segundo hazlo que te lo mereces porque me resulta más penoso verte sin tu patria grande, que con la ilusión quimérica de esta despedida.
Los relatos sobre los síntomas de la malaria son infinitos, tanto como los pacientes del mal en Africa. A los síntomas clásicos, se agrega en mi caso un dolor de cabeza constante, día y noche, como si la cabeza se partiera en mil pedazos y quedara separada de mi cuerpo en el fondo del barranco. Me resulta imposible conciliar el sueño y al correr de los días, el agotamiento me lleva a un estado de sopor en el cual paso de momentos de vigilia a un sueño lleno de sobresaltos. Ya había pasado lo peor cuando recibí la visita del Dr. Mamadou Sy. El Dr. Sy había sido director de la Compañía de Algodón de Malí, empresa estatal, cuyas exportaciones eran prácticamente la única fuente nacional de divisas del Estado. Era uno de los consejeros más próximos del Presidente. Nos unía una gran amistad y en conocimiento de mis deseos de ver al Presidente, había arreglado una audiencia. Viéndome disminuido me aclaró - lo lamento pero no tienes otra opción o vas mañana o tendrás que esperar indefinidamente.
Te informo, pasado mañana el Presidente viaja a Francia y luego de regreso se dirige a Addis Abeba, a una reunión de la Organización de la Unidad Africana, agregó. Iremos juntos y por supuesto hablarás a título personal.
Alpha Oumar Konaré había vencido en las primeras elecciones democráticas en más de treinta años. En 1992, año de su ascensión al poder, las demandas llovían de todos lados. Había demasiados entuertos por reparar y los medios humanos y materiales eran escasos. Ni siquiera la ayuda internacional bastaba en un país donde estaba todo por recomponer. Me recibió muy amablemente, se alegraba de verme, nos conocíamos de los últimos duros días de la dictadura. Después de la introducción del Dr. Sy, que me pareció absolutamente exagerada, cuando relataba lo que a su juicio era mi contribución al esclarecimiento de la cuestión tamashek [30], le pedí que no tomara a mal que en mi condición de extranjero me mezclara en un asunto que era política interna de su país, que en fin, viera en mi condición de tercermundista, un sincero deseo de contribuir en algo y con mis modestas capacidades a un país al cual me sentía profundamente atado. Konaré hizo un gesto como animándome a continuar. Monsieur le Président, veo un sincero deseo del pueblo tamashek de integrarse al Malí democrático siempre que se respete su identidad y se le dé igualdad de oportunidades frente al resto de los otros pueblos que forman la Nación. Sentí que las voces del desierto, que por tanto tiempo habían callado, que las voces de Maní, Abdoul Karim, Maïga, el Dr. Sy y tantos otros; estaban en esa pieza reclamando por lo que les parecía de justicia debía aceptarse para iniciar una nueva era. Dos horas más tarde salimos de la oficina presidencial. Me sentía enfermo y sin ninguna razón para estar optimista. El discurso de Alpha era demoledoramente simple. Conocía el discurso tamashek y yo, poco podía aportarle, porque la realidad era otra: había heredado el poder de los militares y no era fácil revertir una tendencia que venía desde muy atrás, la ruta estaba tapizada de muchas injusticias y mutuas desconfianzas.
Los combatientes de hoy día son los descendientes de aquellos que se batieron en los levantamientos de 1963 y 1973. ¿Qué podía hacer un Presidente recién instalado en un país que jamás ha conocido la democracia? ¿Est-ce que vous comprenez Monsieur Vega? [31] - con un tono rayano en la impaciencia, o la impotencia – ¿Sabe Usted cuantas veces he debido parar luchas sangrientas entre campesinos y nómades que estaban dispuestos a morir, por lo que estimaban sus derechos ancestrales? No fueron fáciles los días de la Conferencia Nacional, cualquier malentendido, cualquier error, hubiese provocado un cataclismo de proporciones…Ahora, todos volvieron a sus casas a ocuparse de lo suyo, pero no le quepa la menor duda que me cobrarán la palabra. ¡Como si yo tuviese la capacidad de resolverlo todo! Había amargura, sorpresa, impotencia, en quien se sabía llamado a dar un paso gigantesco en la historia de Malí; conocía además las grandes esperanzas que había despertado su mandato. C’est pas facile Monsieur Vega. Los acuerdos de Tamarasset son letra muerta si no hay voluntad para aplicarlos. Nuestros amigos del exterior nos prometen muchas cosas, pero al final sabemos que es a nosotros a quienes corresponde resolver nuestros problemas. Sy asentía. Como médico veterinario conocía muy bien la realidad de ese país rural, que en una época había sido el granero del Africa Occidental y que ahora se debatía en medio de ásperas necesidades. Sy era un viejo sabio, vieux sage [32] le decían sus colaboradores; comprendía que la posición autonómica del pueblo touareg era innegociable. Nunca se prestarían a rendir pleitesía a las autoridades de Bamako, a menos que, se les asegurase que la lejanía geográfica tuviese una contrapartida en sus propias formas de gobierno, modalidades que deberían definirse y que ni siquiera los touareg estarían en condiciones de precisar. Los motivos de diferenciación eran enormes y quizás lo único en común era la religión. Pero aún, en ese caso la fuerza de cohesión de la religión, era menor entre gobernantes formados intelectualmente en Francia, Alpha, Mamadou, y tantos otros miembros del gobierno eran parte de la inteligentsia saheliana [33] que durante su formación universitaria habían pasado diez, quince o más años en Francia. Houphouët Boigny, Léopold Sedar Senghor, Mamadou Konaté, Modibo Keita, habían sido parlamentarios en el Parlamento francés en la nueva era de relaciones con las antiguas colonias, que había inaugurado de Gaulle en la posguerra. Muchas de las construcciones políticas de la intelectualidad saheliana provenían de Paris-Sorbonne. Si lo que estaba escrito en la Constitución y los códigos se hubiese aplicado en su totalidad, se habría provocado un caos. El campesinado, más del sesenta por ciento, según las estadísticas del gobierno, y por supuesto los touareg, conscientes de este desbarajuste, procuraban mantenerse apartados de los textos oficiales y aplicaban sus propias leyes y costumbres. Meses antes de la caída de Moussa Traoré, la situación había estallado y Alpha sabía que los recuerdos aún estaban vivos. En la época de la dictadura las incursiones del ejército en las regiones del norte, recibieron una réplica furiosa de parte de la población nómade. Todas las guarniciones del norte fueron reforzadas. Desde San, Mopti y la región de Ké-Masina se movilizaron refuerzos en carros de asalto, dirigiéndose a Gao por Doeunza y Hombori. A unos cien kilómetros de Gao, las tropas recibieron un recibimiento premonitorio de lo que se les venía encima. Desde las cadenas montañosas del Gourma, que flanqueaban la ruta nacional fusileros emboscados dispararon en dirección a la columna. La balacera se prolongó por un par de horas, aparentemente sin bajas por ambos lados. Los ataques esporádicos a puestos de aduana o de gendarmería no se hicieron esperar. La respuesta del ejército fue brutal, encarnizándose con la población civil. Las agencias de noticias internacionales, daban cuenta de pobladas cruzando la frontera hacia Argelia o Mauritania. Se hablaba de treinta mil personas instaladas en esos países y de trece mil viviendo en campos de refugiados. Esta era la herencia que había recibido Alpha y que ni la Conferencia Nacional ni los buenos oficios de dignatarios amigos de la República Democrática que se iniciaba habían logrado enmendar. Al comienzo las noticias hablaban de incidentes entre pastores nómadas y campesinos, luego se preciso, se trataba de focos de insurrección, de malestar contra funcionarios del servicio de impuestos del gobierno central, según otros. Más tarde, no hubo dudas: el malestar renacía y como un reguero de pólvora se extendía desde Taikarén, hacia el oeste con ataques en Bourem, Bamba, Goundam y Niafunké. Alpha creía en el diálogo y como nunca ejerció la persuasión. Las cooperaciones internacionales inquietas se reunían intercambiando información y proponiendo nuevos planes y programas adaptados a la situación de catástrofe que todos parecían presentir. ………………………………………………
Por aquella época desde Berna, me comunicaron que debía cumplir con algunos compromisos de la cooperación en Senegal y Benin. Estuve alrededor de dos meses fuera de Malí. Había transcurrido algún tiempo desde mi última incursión en territorio tamashek, por ello, cuando me comunicaron la noticia que había sembrado la consternación en la comunidad de extranjeros en Bamako, busqué testimonios que pudieran llevarme a la verdad sobre lo sucedido. Había muchas versiones. Atando cabos, resolviendo contradicciones; resumiendo, aquí está lo que logré reconstituir. Jean Claude Berberat decidió rumbear hacia Niafunké en las riberas del Yssa-Ber [un brazo del Niger]. Quería inspeccionar algunos proyectos de la Cooperación Suiza. Alojó en una casa de adobes que pertenecía al BUCO, muy cerca de la ribera norte del río. En la temporada seca cuando el caudal de las aguas disminuía apreciablemente, la casa quedaba a unos trescientos metros del río. Era la época de calor y el aire parecía detenido. Una suave brisa cada veinte minutos aliviaba el sopor que invadía a los habitantes de Niafunké. Los sucesivos moradores de la casa, todos miembros de la Cooperación, habían dejado su impronta personal en la decoración: alguien había instalado en la terraza una gran cama matrimonial de fierro forjado como ya no se hacen. Cada cierto tiempo, la brisa aliviaba el jadeo de hombres y bestias que circulaban por las polvorientas calles de Niafunké, haciendo más respirable el aire y la delicia de aquellos que alguna vez buscamos refugio en la terraza. A unos metros de la casa se escuchaba el croar de las ranas gigantes del Yssa-Ber. La noche se llenaba de ruidos y yo creo, que Jean Claude no le dio mayor importancia a otro más que se fundió en el croar de las ranas. El día como siempre en esta temporada de calor había sido agobiador. Se había duchado y cambiado de ropa. Había llevado un pequeño estéreo con unos CD clásicos, entre ellos un preferido, la grabación de Beni Goodman para el concierto de clarinete de Mozart y se aprestaba a leer algunas cartas de su novia holandesa que había recogido en el BUCO antes de tomar la avioneta de Mali Tours hacia Niafunké. Todo estaba calmo y tranquilo. Depositó unos cigarrillos en la mesa, mediocre imitación morisca, y no se explicó - ¿por qué? - pensó en su niñez transcurrida en las montañas del Jura en la frontera con Francia. Por eso, cuando escuchó un murmullo pensó que era parte del ruido de la noche. ¡Fue lo último que escuchó! Pues su conciencia sobre este mundo se fue junto con la bala que se alojó en su corazón. ...................................................…………………
Bamako se adaptaba lentamente a los cambios de la joven república y los conflictos del norte ya eran parte de las dificultades con las cuales había que vivir. El asesinato en Niafunké, del representante de la Cooperación Suiza, había consternado al gobierno. El ejército culpaba a los rebeldes tamashek y los rebeldes al ejército y mientras los diplomáticos hacían su labor y los comunicados de gobierno a gobierno se sucedían, las investigaciones por la muerte se empantanaban en una red de acusaciones y contraacusaciones. Mamadou Sy, vivía en su casa de campo de Tienfala, a unos cuarenta kilómetros al este de Bamako, en la ruta de Koulikoro. La última vez que lo vi fue el día anterior a mi partida. Meses atrás me habían comunicado que las prioridades del servicio requerían mi presencia en Benin y la fecha de la partida había llegado. -Tendremos mucho que conversar cuando venga en misión a Mali – le dije sin mucha convicción. - Pero, ¿qué idea es esa de enviarte a Cotonou [34]? Tú eres de aquí, te vamos a extrañar. La tranquilidad de los atardeceres en Tienfala, próximo a los rápidos, en la parte no navegable del Níger, invitaba a la confidencia. Este era el Sahel verde en donde el río que nacía en las montañas del Fouta Yalon, en Guinea-Bissau, se dirigía hacia la ciudad de Segou, donde se internaba doscientos kilómetros hacia el norte en el desierto, en una espectacular red de canales construida por los colonos y que formaba parte del Office de Níger [35]. ¡Ay amigo! ¿Qué son mis apuros comparados con los anhelos de este proyecto descomunal que aprendí a conocer en tú país? Cuando parecía que todas las contiendas acumuladas en tantos años de coloniaje se juntaban en el cielo como en la cola de un co
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