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    Neftali 
    Sandoval-Vekarich 


    PAUL DISNARD, EL COMBATIENTE

    ¡anda, pueblo! Grita!


    despliega tus banderas

    quizá vuelvan los héroes a escucharte,
    tal vez la patria sea nuevamente tuya,
    tal vez los domingos te vestirás de fiesta
    y habrán bailes y cantos en las plazas.

    ¡anda, pueblo! Grita,
    hasta que tu propia voz sea una bandera
    y salgan los héroes a defender la patria!


    Belgrado, diciembre 11 de 1996

    LLAMADME EL COMBATIENTE

    Me enterraron con todos los horrores. Fusiles, botas y banderas
    bajo tierra.

    Aldeas en llamas. Niños ardiendo como teas.

    Todo lo quisieron borrar con medallas de latón, discursos, desfiles y cintas de colores.

    Olvidaron el ultraje cometido en las mujeres,
    la memoria vejada de los abuelos que celebraban el milagro del trigo y el maíz en las fiestas de la cosecha.

    Todo quedó atrás, como un libro hecho cenizas por el fuego.

    Pero yo estoy aquí, en cada uno de vosotros, repitiendo el verbo, repitiendo la acción. Muchos nombres he tenido, muchos nombres me fueron dados.

    Llamadme simplemente el combatiente.

    Vengo desde la aurora,
    desde siempre,

    desde mucho antes de que las fogatas en las praderas iluminaran las noches, entonces no había fronteras con el día.

    No fui un cazador.

    Jamás mis manos tomaron arma alguna para matar pájaros o herir a los animales del monte.

    Cabalgué a espaldas de búfalos y sueños,
    en las alas de los halcones festejé el nacimiento del sol en la constante refloración de los árboles.

    En los ríos sacié la sed, purifiqué el cuerpo y busqué los insondables
    caminos de los cóndores.

    Tuve en los ojos la paz del espacio infinito y no fui ocioso al esplendor de los bosques ni a la minuciosa tarea de las hormigas.

    Mariposas y jilgueros salieron de mi ser disparados al corazón de las montañas.

    Los gorriones y los niños inundaban de jolgorio patios y azoteas, las mujeres llenaron de cantos las plazas
    y los atrios de las iglesias con flores y voces de albricias. Dios estaba en la oración del pan, en el morral de los labriegos, en la semilla, en el polen enredado en los vellos de las abejas.

    Sin embargo el hombre sembró la discordia, soltó abejarucos entre los panales. Cuando crecieron
    los niños dejaron brazos, piernas, ojos en los campos de batalla. Se olvidaron las escuelas. El odio y la metralla tumbó vidas y paredes. Se llenaron de moho los libros y cuadernos. La polilla hizo nidos en la madera de los bancos, perdieron sus trenzas y su risa las niñas y de tanto llorar se secó el corazón de las madres de la tierra.

    ¿Dónde está Señor tu amor para llenar los cántaros de los campos yermos?

    En el regazo de una mujer amada quisiera ocultar mi llanto, ascender de nuevo por sus párpados al arco iris tras del sueño para alcanzar las verdes praderas donde yacen dormidos los centauros, donde libres de las jaulas los jilgueros celebren el nacimiento del día, adolescentes en alegre ronda, mariposas en flor, abelios, resedas, azaleas y buganvillas por doquier dispersas como abejas en los jardines de mi madre, la escuelita del pueblo recién pintada de blanco y su joven maestra, púber aún, niña entre las niñas, hermana mayor, hada generosa y buena
    recitando en coro los poemas que cantan en cada solsticio las reinas en las florestas,
    la oración del agua, el canto a Dios, a la ternura
    del hombre que combate, de la mujer que ama, del niño que suelta de las jaulas los pájaros en la alborada como ráfagas de luz,
    de los párvulos que corren por una ardilla al bosque de bambúes, mi voz batiendo el fuego, apagando rescoldos, mis manos llenas de trigo, de maíz mi boca y mis entrañas hasta otro amanecer, otra aurora anterior a la aurora anterior de las fogatas iluminando las noches, el vivac de los campamentos de exploradores y buhoneros, los soldados que olvidan el fusil y tocan la guitarra, el amor bajo las mantas y el cielo azul, siempre azul lleno de estrellas.

    Llamadme el combatiente. Fui muchas veces traicionado, exaltado y denigrado otras, pero mi batalla está en el tiempo, la justifica el tiempo.

    No soy de ahora ni de ayer. Soy de siempre

    y vengo de la noche a reclamar el día,

    por todos los caminos destruyendo las fronteras
    para que los hombres antes separados
    sean uno solo
    bajo una sola bandera.

    Yo, el sepultado, hoy soy el constructor,
    y vengo de la noche a reclamar el día.

    Belgrado, marzo 12 de 1998

    ASALTO AL CIELO

    Para Manuel Cepeda Vargas,
    Poeta y amigo
    asesinado en Colombia.


    Oca al azar del viento ¡alto al cielo!, peregrina y loca sensación, fugaz sentimiento de volar rezagada golondrina a ras del suelo, aderezos de rosas corazón en ascenso, besos y tragos de ajenjo, estragos de alas rasgadas, rezos y ruegos, luces de espliegos ardiendo en las noches más hondas, reflejos de cruces en las lozas quebradas, espejos de los patios otoñales donde plácidas y cordiales en rondas las abuelas hacían fiestas de hojaldres y buñuelas casi todos los días, todas las tardes inciertas bordando chismes verdes y pañuelos rojos, azules a veces los colores cojos

    ¡Ave María Purísima!


    los $3>les de las campanas cascando nueces a tales horas de sombras
    opalinas ¡Ángelus Domini!, hacia el sur desbandadas golondrinas tras los
    vitrales de níveas azucenas, desatinos, llantos y penas de las mozas, en
    todos los caminos Cristo entre espinos y rosas, velas en la penumbra,
    velan las abuelas zurciendo con risas y cantos los ventanales del tiempo hechos trizas en las colchas de los nietos conchas del mar, olores prietos de azahares en los patios otoñales, en la huerta un loro a limoneros en flor apuesta en juego sus colores de fuego y oro, en las horas quietas de la tarde se oye el clamor de un “diostedé”... en la puerta limosneros ¡por el amor de Dios!

    * * *

    20 DE JULIO EN BELGRADO


    otra vez
    izada al revés

    la charanga de Jorge Artel
    tiene un son
    un cocktail tentempiés

    folklóricos tipos de tiples
    hablan inglés
    las negras y los indios también

    yes yes
    todo está bien

    ¡que viva el son!

    Belgrado, blanco y azul. Colombia
    distantes amarillos y rojos. Presencia de mariposas y piojos,
    almas de las cosas que se van.

    Largos maderos los recuerdos, años cojos, agonías de mapas,
    Letanías de rones amargos, oscuras tapas de calderos

    ¡guerrilleros, guerrilleros,
    Garibaldi guisa con picantes
    del Brasil!

    Veinte de Julio de mil novecientos noventa y uno. Brindan los hierofantes
    en sus copas de marfil; los Hunos
    y los otros beben sobre las monturas de los potros. Son las sombras
    presentes de las cosas que se van. Rones amargos.
    Mariposas.

    En este verano de lluvias Serbia lava cicatrices

    [ pistolas al cinto,
    cruces en alto,
    el Papa ríe y aplaude
    a las tropas de asalto!]

    En Bogotá también se enturbian las tardes. Acuarelas de locos
    colores, de palomas diluidas en tenues tomas de broncas.
    Cuahtemoc. Caupolicán,
    ¡la Gaitana!,

    Primer fulgor azul de esa mañana.

    Policarpa Salavarrieta la aurora, ágora
    de José Antonio Galán, el Comunero,

    ¡machetes!

    Machetes en la manigua
    Machetes que cortan caña
    Machetes cortacabezas

    ¡Machetes!

    Gritos en los tumultos de alquitrán

    ¡Viva Manuela Beltrán!

    y los tambores

    taram tam

    Antonia Santos. Luces y sombras. Cantos de pájaros rotos.
    Llantos. Alborotos de pólvora. Bolívar un bronce. Un caballo huracanado!
    !Un rayo!
    Somos pocos. Somos muchos.
    La patria en camisa de fuerza. Acuarela de locos.

    Jorge Zalamea abre los puños, suelta las ortigas que lo queman,
    hunde en el Egeo las manos y arranca de los fondos marinos
    corales azules, casi blancos por el óxido y la cal.

    La luz de Belgrado, me dice, es casi igual
    y los tambores
    taram tam

    Crece la Asamblea. El Cortejo avanza. Veintitantos hombro
    a hombro. Carlos Pellicer nos acompaña

    Y Eduardo Santa
    Y Eduardo Gómez

    Juárez en México hace harapos los trapos de Francia.
    Arrogantes y altaneras son de España las negras, amarillas banderas.
    Nuestra la hazaña, cuartillas de historia las coloradas lanzas

    El Cortejo avanza

    y los tambores

    taram tam

    Amor en las ausencias
    Desamor en las inclemencias del olvido
    Nadie queda
    ¡nadie tiene lecho de rosas!

    Muere el día en todas las cosas, menos en Atollán.

    Negras son las águilas bajo los párpados, rutas del sueño
    hacia la muerte. Nada hay ya que hacer. Está echada la suerte

    y los tambores
    taram tam


    HAROLDO CABRERA


    ¡amigo,
    compañero
    muerto en Chile!


    Haroldo Cabrera, compañero, amigo, ¿recuerdas?

    Con rakia y vino de los campos de Sumadia y de las islas del Adriático eran los brindis en los hogares serbios durante las conmemoraciones de los santos patronos
    San Nicolás
    San Juan
    San Esteban

    también en Bosnia el Ramadán nos acercaba a Dios, el Inconmensurable, el Único, el Misericordioso.

    Te llegaban de Chile felices pliegos escritos en letra menuda por tiernas manos de mujer, noticias de los padres, de la hermana, del terruño; con los amigos de Birmania e Indonesia celebrábamos en aquella residencia de estudiantes en el Bulevar de la Revolución que era nuestra patria universal
    el 20 de julio, el l8 de septiembre, el inicio de la primavera que ponía en los árboles, recién pintados de verde, flores y pájaros y mariposas de todos los colores y llenaba de besos los labios y el iris de las niñas.

    Árabes, alemanes e ingleses. No solamente serbios. Estudiantes de Dalmacia tocaban la guitarra y Bosco, con un suave acento meridional, cantaba romanzas y serenatas de amor en los bailes de los sábados en la noche. Eran hermosas, bellas nuestras compañeras. Dragana de inmensos ojos verdes y Ruzitza con toda la boca plena de promesas y amapolas. Nos inundaban el alma las bodegas de las más recónditas zupanijas* del sur de Serbia, en Krusevo la brisa es una sinfonía de cristal alegre en el corazón de las mozas de Macedonia que rebozan sus cántaros de amor y los panales de un vino casi azul, casi rojo.

    Entonces se presentó el desastre, el viento que en Chile corta con el filo de los carniceros, la noche desplegó sus fétidos crespones de espanto y al gran festín de las cavernas solidaria la esperanza otra esperanza solitaria ciega de golpes y de muertes.

    Neruda fue entonces un pesado canto con otros cantos, guijarros, piedras y huesos bajo sólidas lozas de mármol, pero las voces se abren paso, siempre, a empellones por entre las fisuras, por entre las rendijas y resquicios de las prisiones, por entre los linotipos y las cruces de los camposantos, siempre hay una luz interna que ilumina, siempre tácita una llama en la mecha de la dinamita, siempre la chispa presente, siempre iracunda, demoledora en los pliegues de las camisas, en los vértices de la noche, en el insomnio de cobre y sal de los hombres de las minas, en las redes que remiendan cada día los pescadores con mendrugos de sueños, en la maldición que sueltan los labriegos rompiendo los terrones, en la voz vacía de las mujeres que mendigan un trozo de pan a la puerta de los panópticos y en el agua que beben los carceleros.

    ¿Te acuerdas, Haroldo Cabrera, amigo, compañero?

    Eran nuestros todos tus pesares, eran todas tus angustias tan nuestras como nuestra cada lágrima con pólvora vertida en los cartuchos de plomo, las manos con las manos formando una presa, una barrera inmensa, un arco inmenso, el amanecer inmenso de otro día inmenso y grande sin carrozas ni marchas fúnebres, solamente una alborada inmensa de martillos, yunques, azadones golpeando en la tenaz tarea de un sonoro canto por los campos de Chile.

    Te recuerdo, Haroldo Cabrera, amigo, compañero alevosamente muerto en esa faena diaria de hacer la patria del hombre, en ese florecer del trigo, en ese pan, en ese vino, en la mesa compartida con los camaradas serbios, en el brindis por un nuevo amanecer en Chile y una novia vestida de fiesta.

    * Parroquias

    Noviembre de 1973


    CANTO ADENTRO DE TU PIEL

    “Descansad en paz que el error
    no volverá a repetirse.”


    El Pueblo del Japón
    a la Ciudad Sacrificada.


    Piedra sobre piedra
    la ciudad vencida,
    brutal instante de terror vigila
    el nunca error volver a repetirse,
    como un pastor de eternidades que labrara
    su cayado
    con los huesos de cien mil caídos,
    grito ululante que aplastaron los aviones
    al estruendo de la muerte
    derrumbándose
    como un bloque inmenso de concreto.

    Yo, joven combatiente de la América del Sur,
    poeta héroe del desempleo, del hambre y de las cárceles
    que aprendió a amar a otros héroes anónimos,
    obreros, campesinos, elemental letra de amor
    en los arados, las estructuras de acero,
    sobre tí, digo:
    ¡Hiroshima!


    Piedra sobre piedra los templos del hombre
    volverán a levantarse,
    miríada de niños desplazarán la tropa
    y la risa del hombre poblará la tierra,
    pintará de verde las praderas, las montañas
    y más acogedora la sombra de los robles
    y más puramente fresca las aguas de los ríos
    como un ancho canto sobre tus islas, Japón,
    desatando y atando buques de pesca,
    izando banderas en los mástiles
    y apagando el último rumor de la fusilería.

    Canto adentro de piel, Hiroshima,
    canto arriba,
    buscando para tu canción sílabas, palabras, verbos
    por boca alguna nunca pronunciados,
    pecho arriba,
    savia terrenal que impulsa el fruto
    que una mano cruel sobre tu dolor cortara,


    cíclope a la caza de solitarios halcones desterrados,
    solitarios convictos del espacio
    semejando un dedo
    cuya llaga
    va escribiendo el latido de tu corazón,
    gigante
    encarcelado a mi pequeña pasión de cóndor que vigila
    su nido asaltado por serpientes,
    tu nombre amado
    por un escuadrón de palomas combatidas,
    aurora combatiente de la muerte,
    pecho arriba
    de tu voz, Hiroshima,
    renaciendo y naciendo
    como una rosa florecida en la camisa de un soldado.

    México, agosto 6 de 1955

    ESPAÑA ES UN TIBURON

    para Juan Rejano, poeta
    y amigo


    España es una gota perpendicular del llanto.
    Rafael dice que es como el cuero de un toro
    extendido sobre cuatro estacas.

    Pero España es algo más doloroso
    que el cuero curtido de un bicho que tuvo
    fuerza y aliento.
    Es algo así como un tiburón bajo la noche inmensa.
    A 50 pasos del sol la detiene la sombra,
    orejas tapadas por la cera
    de un grito que asciende desde los tallos más pequeños
    hasta llenar las manos de un silencio pegajoso
    que detiene en su tela la palabra más simple
    y la convierte en astillas.

    No son las castañuelas de Federico jugando
    a la luz y la sombra en un patio andaluz,
    son los cascabeles del áspid bajo la manga del saco,
    el trigo que crece entre dos parpadeos de espanto
    y el temor del vino de parecerse a la sangre.

    El toro en la plaza y la plaza en España.

    En España la arena tiene el color de las brasas,
    la sed arde en los circos como una llama helada
    que escupe cenizas bajo las patas del bruto.

    La multitud es España en la plaza del circo,
    en el circo un toro, una espada que brilla
    y un cuero extendido sobre cuatro puntales.

    Es el temor del vino de parecerse a la sangre,
    el temor del gitano a los cascabeles del áspid,
    el temor del trigo de crecer entre apretados terrones
    que tienen el color de las brasas.

    España es un tiburón que vá buscando el día
    entre dos parpadeos del sueño y la muerte,
    del arpón y la espada,
    de la arena que arde bajo las patas del bruto
    que escupe cenizas.

    España es una lágrima seca y amarga como una aceituna
    que va buscando su eco en las manos del hombre

    que amasa la tierra,
    que reserva su angustia para condecorar victorias
    que andan silenciosas en cada lengua de España.

    España es una palabra astillada
    que sirve de punta
    y que sirve de lanza.

    México, 1961


    MUSICA DE JAZZ BAND

    [Call me,
    you have my telephone number
    and you know my name… ]


    Nueva York de angustia,
    Wall Street de cieno.

    Si traes tu automóvil
    yo te espero,
    podríamos pasear por Park Avenue,
    decirte I love you
    y quedar esperando tu “okay”
    manchado de rouge.

    Luego, si te gusta,
    escucharíamos el estruendo de un jazz band
    tocando “Té para dos”
    y lo dedicaría a tí
    como la cosa más natural del mundo.

    [Desde una esquina de Harlem
    Loughton Hughes toca su trombón.
    Viejo Walt Whittman
    aplasta tus nalgas sobre Manhattan]


    Kiss me.
    ¿Sabes?

    Anoche me pareció escuchar a un perro
    ladrando en la terraza,
    a veces creo que la luna es un fantasma
    hambriento
    y que la noche
    parece un vals que no termina nunca.

    Yo, te lo aseguro,
    necesitaría dos estrellas
    para escribir con sus diez puntales
    tu nombre sobre el agua.

    ¡All right!

    Cada tornillo de esa máquina
    esconde una gota de sangre
    trás otra gota de aceite,
    o bien
    cada galón de gasolina
    exige la muerte de un obrero,
    una huelga
    o un miting en las petroleras,
    tal vez
    la salvación de alguno que agoniza
    en el más apartado lugar del universo.

    Este tal vez es el que pesa.

    Anoche, por ejemplo,
    el periódico traía un cable espantoso de
    Colombia:
    más de cien campesinos
    fueron fusilados.

    [Allá,
    sobre una cresta de América
    arrojó Sandino desesperado
    sus dos revólveres]

    Si quieres
    puedo hablarte de otras cosas
    o guardaré silencio
    deshojando tu blanca mano
    dedo trás dedo…

    ¿Me quieres?
    ¡Sí!

    ¿Mucho?
    ¿Poquito?
    ¡Nada!


    Bogotá, 1954


    AMERICAN WAY OF LIFE


    “Entonces, con la deidad verdadera,
    con el verdadero Dios
    llegó el principio de nuestra miseria”


    Chilam Balam

    Whisky y sangre puedo brindarte a manos llenas
    a manos llenas los toros de 0klahoma
    y el petróleo de Texas.
    Para mí
    tu amor vale tanto como el Empire State
    el largo puente sobre el Brooklyn.
    ¿Hay, acaso, alguien más poderoso que yo?
    Puedo comprarte, si quieres,
    cualquier país de América Latia, el Congo
    inclusive, es más
    las minas del Rey Salomón olvidadas
    en algún rincón de Africa.

    Estos “natives” aman demasiado el dólar,
    creo que a sus propias madres
    las pondrían en pública subasta
    por uno de mis billetes
    con la imagen de Lincoln en tinta verde.
    Tan sólo un pigmeo se opone
    a esta feria del dólar,
    pero es tan pequeña su voz
    que no puede oirse más allá del Mar Caribe.

    ¡Never mind!

    Las hormigas tampoco me molestan,
    ellas se preocupan más por los desperdicios de mi
    mesa
    que por mis zapatos del número 45.

    Puedo aplastarlas,
    ¡that is true!, but
    forget it,
    en su festín
    no caben mis manos ni tu boca,
    y tu boca es solo mía,
    y míos los hombres y mujeres que se mueven
    bajo las estructuras de acero
    en los socavones de las minas,
    a estos “natives” y negros les basta Harlem,
    acaso
    mirar de lejos la estatua de la Libertad,
    otra cosa no les importa, fuera
    del estómago lleno y los cerebros vacíos.
    Puedo comprarlos.
    En verdad
    los he comprado a todos
    y por tu amor
    soy capaz de prenderle fuego al mundo
    por los cuatro costados.
    ¡Qué me importa Moscú! Soy el rey del mundo
    y a mi antojo gobierno armas y soldados;
    soy, tal vez, el más poderoso
    de todos los poderosos
    por la santa gracia de Dios
    y sus profetas.
    [El Diario, Medellín, 1965]

    * * *

    SERBIA

    Si vienes de alguna parte y llegas a donde tienes
    que llegar
    alguien te ofrecerá una tarta de pan fresco y un
    poco de sal,
    quizá también
    una pócima de compotas con una miel suave y
    perfumada por la vainilla y el vino. Sabrás, entonces,
    que has llegado a Serbia. Lo demás
    es historia de sangre, de revueltas, de cabezas
    destroncadas por el alfanje del turco. Comprenderás,
    igual, que la cruz ortodoxa que se lleva sobre el pecho
    es una coraza de acero blanco, cubierta de rosas rojas,
    es la insignia de los Templarios, y que la mano abierta
    cuando se cierra en puño
    puede ser más fuerte que un martillo sobre el yunque.

    La libertad, el amor, la justicia

    están en esa mano que te ofrece el pan y la sal
    y que deja abiertas las puertas de su casa.

    Estás en Serbia, extranjero, y tu libertad y tu honor
    están a salvo.


    Belgrado, octubre de 1991




    UN POEMA PARA MARIA ADELA VEKARICH
    DAMA RAGUZINA ENAMORADA DE ITALIA


    En el Palazzo Ducale de Mantúa me parece un poco
    absurdo este encuentro de Virgilio con Benedetto An-
    telami. No por lo mal visto y dicho
    [¿bene detto questo?

    La paradoja está en calibrar los apóstrofes, un tanto
    falaz y florentino, con los epigramas de Vlario Cayo.

    Pero no es tan triste la tarde, a pesar de todo, de la
    lluvia, del tranvía que vá arrancando chispas azules
    a cada trote de los cables. Una copa de vino blanco
    nos pone a tono si miramos el mar desde la distancia
    que traza la terraza del café y la playa. La gaviota
    grazna un saludo corto y se pierde tras la torre de la
    iglesia. El poema cae lento como la pluma de un go-
    rrión herido sobre el piso otoñal y carmesi de la pla-
    za.

    La elegante dama de la mesa de enfrente
    ¡garcon, sil vous plait!

    paga la cuenta, agita la mano,
    el guante
    sombra y luz del cielo
    [¿llueve todavía?]

    A tout a l´heure, mon amí

    Dubrovnik, otoño de 1995

    MI ORACION POR SERBIA

    Hiroshima fue el sacrificio, la advertencia cruel a la irracionalidad del hombre. El holocausto ha sido olvidado como si hubiera sucedido hace ya muchísimos siglos confundidos con la tierra y la arena de aquel monte que hoy llamamos Calvario.

    Una mujer hizo de su amor eco de protesta y oración por los despojos de carne y piedra armada convertidos en pavesas, alarido siniestro, indecifrable hoy, de tantos que fueron inútilmente inmolados cuando ya sus ejércitos habían prácticamente depuesto las armas. Pero el enemigo, soberbio y a la vez cobarde en su arrogancia tenía que rubricar con ese holocausto su advertencia a los otros pueblos que pretenden ponerse de pie para templar sus fuerzas.

    Tiempo atrás un solitario desde el Lago de Lerma levantó su voz contra los mercaderes de la guerra. Esa voz encontró resonancia en las gargantas de otros inefables seres cuya integridad y amor por la criatura humana -predestinada desde su expulsión de los predios edénicos- se acomoda en el cuero de la honda como un minúsculo guijarro que habría de golpear la frente del cobarde gigantón del garrote y la amenaza.

    Romain Rolland, Clemenceau, Tagore son ya polvo en el polvo. Las generaciones de hoy no conocen la historia, simple información para los advenedizos del Laurousse, nombres, cifras, letra muerta. Pero tú, Marguerite Duras, que sientes la llama púrpura y blanca de Hiroshima ardiendo intermitente en este crepúsculo del siglo, ¿dónde guardas tu oración por Serbia, la otra víctima que Europa sacrifica empecinada, enajenada y sádica como también lo hiciera con España?

    Los mercaderes de la guerra han desatado las más fétidas tempestades en esa Bosnia/Serbia que provocó la muerte del Imperio Austrohúngaro y anunció la libertad de los pueblos que estaban sometidos al despotismo y la autocracia. Convivieron allí fraternalmente, desde siempre, los católicos cróatas y los serbios musulmanes con los serbios ortodoxos. Acaso los mismos que dieron muerte al Papa Pablo han prendido la mecha de la intolerancia y el revanchismo. Acaso el deseo de monopolizar el petróleo ha convertido a los sabios discípulos de Mahoma en depredadores orquestados por los medios de información corruptos vendidos al mejor postor.

    Fueron cobardes los aliados europeos en la primera guerra mundial para con los soldados serbios abandonados a la suerte, enfermos y famélicos. Francia los empujó hacia la muerte cuando el viento de la patria atrapada y sometida los llamaba y estos convalecientes de Salónica respondieron al llamado, con furia incontenida se lanzaron contra un enemigo superior en hombres y armas, contra un enemigo bien alimentado como los caballos y los bueyes, un enemigo cruel y cínico que se cebó en la población civil, que deshonró a las inermes mujeres serbias y que colgó en la horca a los ancianos por amar la patria y a los hijos que la defendían. Francia, como Inglaterra, se quedó a la retaguardia, a la espera, creyendo firmemente que estas huestes famélicas y enfermas serían destruidas, que el honor de Europa, el status del Imperio Austrohúngaro quedaría a salvo.

    La munición inútil, los cañones inservibles que falazmente Francia les entregó los serbios substituyeron con su profundo amor y lealtad por la patria y con ese heroísmo inalterable que cantan los trovadores recordando la resistencia de 500 años contra los turcos izaron la vida al tope y asaltaron la muerte, la acorralaron y vencieron ante el estupor de sus cobardes aliados.

    No ha sido Francia cobarde y falaz tan solo con Serbia. Lo ha sido también con España, con Argelia, con Indochina y con el pueblo judio vilmente traicionado y entregado a los verdugos.

    0trora el Danubio no sólo fue una frontera fluvial, fue un muro contra el cual apoyaron sus espaldas los heroicos caballeros serbios que impidieron que los turcos cruzaran la llanura panónica y enarbolaran las banderas de la media luna en la Catedral de San Esteban en Viena. Entonces el Imperio Austrohúngaro permitió que dentro de sus fronteras se asentaran enormes masas de familias de serbios ortodoxos fugitivos de la ira otomana que automáticamente eran farallones contra los cuales incesantemente se estrellaban las hordas musulmanas. Esos grupos ortodoxos han sobrevivido manteniendo incólume sus tradiciones, su idioma, sus hábitos y religión. Si hubo muchos que por razón de la sobrevivencia tuvieron que cambiar de credo la lengua común los mantuvo unidos hasta el momento en que Europa por sus oscuros y estrechos intereses los ha incitado a una intolerancia religiosa cuyas banderas no pueden amortajar ni cubrir tanta miseria, tanta destrucción y muerte!

    ¿Dónde está ahora tu voz, Romain Rolland? ¿Dónde está, ahora, Marguerite Duras, tu oración por Serbia?

    Belgrado, invierno de 1995.



    LOS DESTERRADOS DE LA HISPANIOLA
    ¡Santa María de Atocha!

    El medallón de mi madre,
    los diamantes de Mariana!

    La culpa es de Yáñez y los piratas.

    En el Mar Tirreno perdimos nuestras naves
    Cuánta falta nos hizo Francis Drake para castigar esa soberbia
    española de capitanes y reyes destronados.

    Sahagún prendió los cirios
    blancos
    largos
    y se quemó en Tlateloco las pestañas

    Diego de Landa
    ¿era consciente de sus actos este cura español?
    Quema figuritas coloreadas en cortezas
    en la huerta del convento
    con certeza
    en la puerta con ventosas

    monjas putas lo persiguen,
    sátiros de espuelas,
    enanos que le gritan pesadillas

    muelas
    caries

    dulces de Castilla

    de todo en el magín de su histeria,
    el bacín de su historia
    acaso de indios pitagóricos,
    ocaso de astrónomos fantasmales,
    casos
    de lunáticos jugadores nocturnos de pok-ta-pok,*
    hacedores de la piedra cósmica,
    asideros del cielo
    ¡ventanales rotos!

    Pero en el Mar Tirreno perdimos nuestras naves.

    Ciento diez hombres de las Indias Orientales
    con sus grillos y cadenas
    en una sola noche
    en un solo asalto
    perdieron los Duques del Veneto a manos de los corsos
    que en Fondi buscaban a Doña Julia Gonzaga.

    Talia me prestará su risa para jugar con Tagore
    a la patacoja
    Shantiniketan

    san-ti-ni-que-tal

    sandimequetal

    mamá dirá que es hora de almorzar

    su triste voz de condesa nos devuelve
    a los sables de madera
    palos de escoba los briosos corceles
    corazas
    los chalecos de papá

    Dubrovnik se le escapa del recuerdo,
    la casa patriarcal de Mirinovo,
    la fuente y los jardines,
    las murallas blancas
    las tías al sol como retazos de sombras
    la campana del Colegio

    el abuelo circunspecto en charla magistral con la
    Madre Superiora

    y el mar
    el verde mar

    como una inmensa puerta abierta
    de par en par.

    Tenía ella trece años. Colón había sido ya
    expulsado de América.


    *Juego de pelota de los antiguos mayas
    25, octubre de 1991.

    * * *

    UN POEMA PARA T.S. ELIOT

    Cuando pienso en tí, Thomas S. Eliot, pienso en
    Whittman,
    en ese gran continente que se extiende
    desde Alaska a la Patagonia.

    Somos hijos de la aventura y de la pólvora,
    del motín y la revuelta,
    que lo diga, si no, doña Isabel de Castilla,
    a de Buckingham si quieres recordar a Francis Drake
    y los corsarios.

    No está nuestro sino en las estrellas.

    Tenemos el privilegio de los dioses
    de convertir la nada
    en mundos fantásticos
    mientras tú y yo podamos discutir del tiempo
    entre una taza de té y dos tostadas.

    Nueva York y Londres en el Financial Times.
    Madrid
    escala en los vuelos de Lufthansa
    desde algún punto
    hacia algún otro punto de la tierra;

    Belgrado
    Estambul
    en el Expreso de Oriente,

    pero no encontramos a Pierre Loty
    ni a los beyes de Calculta.

    Sobre el Bósforo los puentes de acero,
    los caminos de acero.

    Kipling nos sirve un brandy oscuro con fresas de Serbia.
    En los intervalos
    los héroes de Salónica nos hablan de Francia, de la munición
    inútil, de la infantil espera de unos barcos que no llegan,
    de los heridos que agonizan a las orillas del mar,
    los héroes de Salónica
    cubiertos de cicatrices y medallas

    [pobre Serbia siempre sola,
    traicionada y sola…
    ¿florecen acaso las rosas
    en invierno?]

    nos hablan de las mujeres serbias vestidas de soldados,
    barriendo la patria,
    limpiando las esquinas de las calles,
    colocando banderas tricolores en los balcones de las casas,

    y tú

    y yo

    lejos de América, nostálgicos de Londres,
    nostálgicos de Serbia.

    A Hemingway le da por conducir ambulancias
    como si tal cosa, como si el Rey Pedro lo esperara
    con toda su vejez a caballo,
    con toda su historia a cuestas
    arrastrada en los cañones inservibles, en los muertos
    olvidados en Albania bajo la nieve, bajo el hambre,
    la peste
    diezmando a la tropa, la munición inútil, los barcos
    que no llegan,
    y la muerte
    y la muerte
    y la muerte

    reagrupada, ferozmente izada en las banderas,

    “¡allá la patria!”, gritan

    y saltan el mar,
    ¡asaltan la muerte!

    y de nuevo el sol,
    de nuevo los parques, los niños, las retretas.

    Tú y yo
    otra vez en el Hotel Moscú tras una taza de té
    y dos tostadas,
    aquí en Belgrado, llenos de spleen,
    llenos de humo
    del tabaco turco cultivado en Macedonia.

    Se acabó la guerra, dijeron,
    pero estaba esperándonos España recalcitrante y dura

    ¡vivan los compañeros!

    puños que se agitan en un turbulento mar de trapos rojos,

    la vida al tope,
    la muerte en los tambores,
    como entonces en los Alamos, en Boyacá,
    en el Pichincha!

    ¡Pobre corso en Santa Elena!
    ¡Pobre loco en Santa Marta
    exportador ahora de marihuana y cocaína!,

    la cabeza de Holofernes rodando en Palestina
    sin ton ni son
    en un desierto en llamas.

    Tú y yo otra vez olvidados en el tiempo y en la nada,
    nostálgicos de Londres, de la bruma,
    de ese inmenso continente que nos llama
    cuando ya no hay búfalos, ni aventuras
    ¡ni esperanzas!

    Belgrado, noviembre 6 de 1989

    * * *

    A KATALIN LADIK

    porque amé
    la dimensión de tu cintura
    perdí de mi carcaj las flechas
    en las distancias del mar

    Penélope
    teje / desteje
    las iras de la espera
    en la almendra la espina
    en la espina la rosa

    es el tiempo de los escorpiones
    de los tigres
    de la arena

    simplemente arena donde antes hubo bosques
    y tigres
    y gacelas

    el viento quema las alas de los pájaros
    pero tu lengua es mi canción

    rolando difuso
    ulyses perdido

    en las distancias de la luz la boca
    adivina las sombras
    alucígenos en tus axilas
    sudor en los muslos

    manos de alfarero buscan la forma de tu canto,
    nenúfares en tus senos, crisálidas sagradas
    me llenan de ambrosía, quiebro el cántaro
    y divago en tus distancias
    odiseo en las islas de calypso
    rolando sin tregua

    tienen las mareas sabores de canela
    dátiles lascivos bajo tormentas de arena

    es el tiempo de los escorpiones
    y de las tortugas marinas

    la sal de las aguas purifica la brasa de mi cuerpo
    adosado dulce y ardiente en el tuyo

    el corazón pavesa en la yema de tus besos
    el espacio quema a tu guerrero vencido
    agonizo
    en el delta de tus ríos de almidón y espuma

    tu lengua es mi canción
    rolando prisionero
    ulyses en itaca

    pierdo en el espasmo de tus recónditas brumas
    néctares de mándragoras, vinos execrables,

    tu yo

    delirio de naufragios en los restos de la noche.

    30.08.8

    ¿ QUÉ SE HIZO OMER MIRANDA?

    Eduardo Santa escribe y dice:
    ¡hace algunos años que dejó el mundo de los vivos!,
    pero yo sigo preguntando por él.

    La última vez que le ví
    fue en uno de los pasillos del Ministerio de Relaciones Exteriores. Su hijo había muerto tragicamente. Un poema al niño reposaba en los bolsillos de su chaqueta. Un hermoso poema ilustrado con una fotografía del pequeño y su bicicleta.

    Le conocí más allá de los años 50. Era Bogotá casi una ciudad de bolsillo, familiar y cómoda. La época esmeraldina de los cafés y salones de té, del mambo y del cha cha chá. Las radiolas de moda en aquel entonces
    le daban a las calles una tonalidad de baile, un toque exótico de carnaval, de lujuria tropical, un dejar vivir sin muchas complicaciones en una ciudad no afectada todavía por el desorden demográfico ni el desastre del transporte…. Los carteristas no conocían más arma que la mañosa agilidad de sus dedos.

    En esos cafés estudiabamos, escribíamos, leíamos a Huxley, a James Joyce, a Kafka, a Hemingway, mientras gentes de otras dimensiones y estadios jugaban ajedrez o se disputaban la verde superficie de los billares. Se fumaban fuertes cigarrillos negros y se bebía ron viejo de Caldas, “Bavaria” y “Colombiana”. Más tarde llegaron Virgini Wolf y Faulkner. La literatura se hizo más ágil, directa, explosiva. En esos mismos cafés y en esos salones de té propicios a las damas y jóvenes consortes en trance de familia numerosa
    poníamos interrogantes a la vida política y social del mundo,
    comas y puntos a los paliques literarios,
    admirábamos a Carlos Castro Saavedra y Aurelio Arturo
    era también como nosotros una nave corsaria.
    Éramos, pues, audaces, atrozmente mocosos todavía. El arte no era hermético y buscábamos nuestros propios códigos. Un día después del sábado nos sorprendió García Márquez con una epidemia de pájaros muertos. Un cuento con despite, afirma Santa. Un cuento con alpiste. La crítica solía ser certera, mortal a veces. En la 25 con la Séptima había una cafetería en cuya radiola con Eduardo Santa gustábamos de escuchar “Los Bosques de Viena” y nos perdíamos en una maraña de fantasía literaria. Habían llegado para acompañarnos con un sinnúmero de fantasmas Ernesto Sábato y Cesare Pavese. Borges no salía del laberinto. ¡Qué romántico nos parecía el Danubio, ese río gris que el invierno cubre con gruesas capas de hielo!

    El Teatro de los nuevos buscaba sus aciertos en los que Eugenio O´Neil había encontrado insospechados caminos en su largo trayecto a través de la noche. Ya en México y en Buenos Aires
    los embajadores no iban a presentar credenciales en carrozas de empenachados caballos. En Londres la Reina Isabel pasa revista a la tropa montada en garrido alfaraz de alegre estampa. En Paris Arnoldo Palacios prepara para sus amigas francesas arroz con coco. En la Pensión de Madame Savage, en la Rue Cujas, se dan cita Miguel Angel Asturias y Nicolás Guillén.

    Ah, “¡qué tiempos aquellos, señor don Simón!” *

    Remontaban los cielos
    poderosas águilas de acero, en Colombia
    palomas todavía,
    puñeteras palomas sobre paisajes bucólicos, plácidos de bromuro… Patriarcales eran aquellos años, las comisuras de los labios todavía
    manchadas de leche.

    ¿Qué se hizo Omer Miranda?

    León de Greif le llamaba Omero, así, sin hache, y Omer se volvía un áspid “¡viejo pendejo!”,
    pero eran los días de las amistades cálidas y francas, de las rosas blancas y los versos de Neruda. A veces nos sorprendía Héctor Pedro Blomberg admirando la estampa de una mujer hermosa y a veces tambien soñabamos con los mares del sur, con Heyerdahl y la Kon-tiki.

    En las noches tranquilas e iluminadas por los avisos de neon,
    en el “Floridita” o en “El Café de la Paz”
    Eder Zuluaga, hermosamente joven, pequeño y rubia
    rompe los cascabeles de oro,
    rompe las maracas, golpea los timbaless, ríe, agita las manos

    “¡adiós, Paul!,
    que el rayo de la felicidad te alcance!”

    Antonio García solapadamente indio sienta cátedra de socialismo.

    Esta no es una taberna española. Nullius in verba.

    Café de La Paz/Café de La Fleur

    André Malreaux no tiene tiempo para enviar postales de Indochina.

    Se consume en el reloj la arena. Los astrolabios pierden la ruta. En el Mar Caribe Carlos Pellicer quiere jugar
    a los piratas
    Curazao
    a la izquierda
    y la isla grande de los ingleses
    un poco
    más abajo

    cerca de Cartagena de Indias.

    Luis Villar Borda, perinclito y docto, piensa en el futuro de Colombia

    “con su espuma y su piedra
    curvada dulcemente sobre el hombro de América” **

    En los mitines literarios, con empanadas de pipián, guarapo del bueno en Juanambú, “¡vivas!” al Partido Liberal en Santander de Quilichao, Hugo Salazar Valdés enciende los pabilos de la cumbia,
    Manuel Zapata Olivella se atempera al ritmo, eufórico y sensual
    salta al ruedo
    “¡Africa me llama!”

    y frenético toma de la cintura a la negra Soledá,
    la negra linda,
    la negra exótica,
    la negra de la pollera colorá.

    Eduardo Gómez de un tirón se lee el “Ulyses” de Joyce como si tal cosa, y Matilde Espinosa escribe en verso la biografía de Stalin.

    Juan Fernando Esguerra declara que nadie es persona seria a los 18 años.

    En Popayán, bella, señorial y distante
    Maruja Vieira vende libros.

    Después vinieron los tanques, la guerrilla y la droga.
    Se volvieron zopilotes las palomas
    y negros los amaneceres del trópico en el Valle del Cauca.

    ¡Santa Virgen de la Candelaria! ¿Qué se hizo Omer Miranda?

    * Cinematografía mexicana.
    **Jorge Rojas

    Belgrado, diciembre de 1994




    LA GRAN SEÑORA DE LA LUZ

    En la cima de los morros los dioses,
    apaciblemente acomodados
    contemplan la contienda,
    tomarán partido cuando los hombres
    decidan la batalla; los aliados
    se repartirán luego el botín
    y acordarán la paz terna.
    Pero un día
    de los tantos que nos trae
    el mañana,
    y el mañana,
    y el mañana

    los vencidos ajustarán cuenta con los dioses.

    Entonces
    tendrá Galahad en sus manos el fuego sublime
    y no podrá Jarjenatte frenar las bestias que arrastran
    su carro.

    La bandera de México ya no ondea sobre la plaza de la República. La sombra de los buitres cae sobre la estatua ecuestre del Principe Mihajlo. Una pátina verde le cubre la cabeza y su guerrera de bronce manchada al igual que su montura, el corcel estático represa todo movimiento, llena el vacio una multitud frenética y loca de patriotismo. El tiempo es una aberración de la historia, un capricho de siglos oculto tras un biombo de pólvora y sangre, un agujero sin fondo sin cesar reclama héroes, edictos y proclamas. Frente al Teatro de la Opera se levantan plataformas, sobre armaduras de hierro jóvenes tribunos compaginan gritos y canciones, hay un sonoro redoblar de tambores, las trompetas acallan las sirenas, quisieran las guitarras eléctricas silenciar el rumor de los tigres que escalan el cielo. Gritos y canciones, estandartes y pañuelos multicolores sueltos al viento a manera de banderas. Niños y niñas de muy pocos años en hombros de los padres adquieren estatura suficiente para competir en esa feria donde la muerte atisba sin cesar desde un carrusel fantasma, ancianos e inválidos son imprescindibles habitantes de los refugios antiaéreos, a pesar de todo se bebe café y té con galletitas de azúcar, huyen en tanto las ratas por los canales del desagüe y queda el acre olor del tabaco concentrado entre las paredes de concreto, no se escuchan oraciones ni lamentos, tampoco susurros, hablan los ancianos como cotorras recordando otras guerras, otras batallas ganadas con palos y porras.

    La Reina de Bastos tiene el rostro alegre, en los cabellos oscuros las dimensiones más lejanas y en los ojos la primavera azul de Serbia. Juega bacará con ellos y pierde la partida en los puentes hasta lo indecible llenos de un extremo al otro, mujeres jóvenes luciendo su hermosura, madres jóvenes con sus críos en brazos, hombres jóvenes y viejos, niños y niñas en una ronda sin fin tomados de la mano en cadena hasta más allá de las dos orillas del Matos, el río sagrado que alimentó caminos y gentes, y arriba, muy arriba los buítres rondando el cielo, abajo a pleno pulmón de la tierra, sobre los arcos y vigas de acero que cubren las aguas un pueblo corajudo aliado con la muerte reclama la vida. Nunca vencidos, predispuestos siempre a la victoria siguen a la Reina de Bastos que enarbola sus banderas, viste ella el tafetán de los ocultos ritos, en el manto la esperanza bordada de rosas, hay fuego intenso en su mirada y en el cinturón que estrecha sus caderas, de oro blanco la diadema de esmeraldas que brilla en su frente, una incandescente mariposa, pronta al vuelo, extiende sus alas desde su mano derecha con la palma desplegada y abierta al infinito, una mariposa azul y verde con un corazón de acero.

    Pero los buitres no han cejado en su intento, otros blancos menos incongruentes se han ubicado en los scanners para deshacerse de su carga mortífera de uranio y bascilos, no importan los puentes ni la gente que sobre ellos gesticula con los puños en alto, hospitales y escuelas, supuestos cuarteles han sido las víctimas propiciatorias, el sacrificio colateral de un legendario aliado con lo indecible, siempre en marcha, atrás las horcas y los túmulos, atrás el odio y la mentira, la vida en el escudo por delante hasta alcanzar la inalcanzable estrella, el halcón igneo y deslumbrante apretado en el puño como una centella.

    Otros calendarios fueron aquellos para festejar a los santos druídas, a los que ven más allá, a los patronos de las tribus que se hermanaron en la placidez de los campos y se identificaron en las batallas, al Istar siguiendo el rumbo del sol, a Domatrio siempre en pugna con San Nicolás el dadivoso frente al hogar quemando los leños húmedos, los restos de las naves que naufragaron en diciembre, a San Juan el portador de la luz cuando enero viste en su larga saya de nieve y niebla el mizar azul de Ozaris, el Arcángel San Gabriel con su flamífera espada traza la línea divisoria de los jardines sagrados, San Esteban coronado de espinas y laureles, Santa Petka y la Señora de la Luz en el Monte Athos y tantos otros desde siglos, bajo otros nombres, los genios y dzines, los lares inmemorables y constantes protectores de generaciones y generaciones cuando dejaron de celebrar sus cantos y danzas de paz y de armonía en torno de los gigantescos robles, en las bocas de las fuentes y en los claros de los bosques de cedros y coníferas. Vallas de maderas de diversos tonos y colores salvan los espacios de las casas sembrados de arbustos, de flores y de árboles frutales, las mozas aún ofrecen manzanas en almibar a los galanes que les cantan palabras de amor acompañados por gaitas, acordeones y tamboriles, en tanto en el traspatio la nonagenaria abuela arroja granos para atrapar gallinas, las okas salvajes pronto habrán de partir a las lejanas comarcas de la perenne primavera siguiendo el curso de un río perdido en las profundidades del mar.

    Hors, el Principe predecesor de Lesander, el favorito de los dioses de la incognoscible montaña de Makedo, remonta las alturas de oriente a occidente en el potro del alba hecho halcón en los templos de Bak Amir, viene de las cuencas del Ister, del anciano río Cerna fugitivo de la Selva Negra, la arteria azul que ha conducido siempre sus huestes hasta los confines del mundo, hasta más allá de Aquilea y de los océanos glaciales, en la conjunción de los mares, bellas mujeres de su pueblo quedaron en los albos mármoles de los antiguos templos profanados por ignotos mercaderes provenientes del Apis, esas diosas blancas como los amaneceres dejaron progenie en las trashumantes gentes de azules telas en las cambiantes y enigmáticas dunas del desierto, !evo, Zora ide! clamaban los guerreros racios cubiertas las armaduras con la arcilla carmesí de Ilios, los incansables centauros, los “hiperborci” de la oculta liturgia de Domatrio que en sus asambleas hacían resonar estruendosamente entre sí sus lanzas y espadas por una sonrisa de las hijas de Veles, imprecindibles en el avance de las tropas hasta llenar de sueños las grandes arcas de los Mah a´Rajas, el ímpetu de sus paladines llamados Banes crearon en las orillas de la gran madre de las aguas un territorio concedido a su valor, homenaje a la lealtad al héroe, al sublime Agnis conductor del emir luminoso del sol impreso en el yelmo de bronce y oro coronado el morro con las plumas rojas de las águilas imperiales. ¡Velia! ¡Velia! le llamaban, el nombre fue perpetuado por los galos al otro extremo de una península hendida casi en las fronteras de África y dos nombres quedaron en la progenie de sus soldados para recordar al dios héroe: Beli Zar y Bal Dar Zar, hasta las tribus árabes le dieron su sello de eternidad para llegar al otro extremo de los mares: Bel Al Kaezar!

    En la plaza de mercado, en Kalenic, un hombre añora los sueños perdidos, las rutas trazadas por el Gran Señor de espacios y aldeas, sus manos nervudas y grandes sopesan las rojizas naranjas traídas de Grecia. Fui marino antes del desastre, dice, y en Dubrovnik tuve hogar y esperanzas que se realizaban de un día para el otro. El odio provino de quienes se amparan en las tablas divinas rotas por las salvajes hordas propagadoras de la fe, un huracán que abrió zanjas y profundizó heridas, !cuánto lamento haber nacido en Dalmacia!, se queja Sofronio, por los tantos pueblos hermanos que allí congeniaban les llevó el piadoso hombre la palabra de los nuevos profetas en el idioma de racios e ilirios, el suyo propio de origen, mas el desastre arrancó los velámenes, deshizo los sextantes y las agujas imantadas, cuarteó las paredes de la nave hasta echarla a pique y sepultarla entre las olas como antaño la gran isla de su progenie perdida hoy en la memoria de las gentes, náufragos de las leyendas, de la tradición saqueada por una tribu de mercaderes desde el tronco único de los Belazce para enriquecer la historia de otros, montada sobre los mismos signos en las ágoras de los mismos templos, rebautizados los dioses, convertidos sus héroes en vasallos de lo incierto, trastocadas en cuervos las imperiales águilas de los Belasgos, legendarios dioses y señores de los océanos.

    ¡El estupor! El principe que como una tromba atraviesa el campo enemigo, huésped inesperado a un solo golpe de su daga le arrebata al Sultán la vida, la cabeza del cristiano que rueda al grito ¡alea, jacta est! y la marea que se desata iracunda, el choque frontal de las masas de carne contra los aceros, los cuerpos inermes asidos al galope desesperado de los cuadrúpedos, los gritos, los espeluznantes alaridos de guerra, la noticia de pronto se desparrama como el vino de las garrafas rotas.

    Grandes, enormes son las campanas de bronce. Retiemblan hasta los cimientos los muros de Nuestra Señora cuando se echan a doblar. Muchos corceles quedaron en el camino, agotados entre el barro y la sed, entre el hambre y los vados de los ríos los estafetas, pero los crespones hechos trizas, largas tiras negras en las puntas de las lanzas tuvieron que llegar. El rey de los francos está afligido, no dejan de estarlo los galos que lloran a Balbog, su dios, por los hermanos atrapados en la insidia, por la indiferencia, la desidia y la molicie de las cortes saturadas por la podredumbre de sus cortesanos y lacayos, las furias que quieren ganar el cielo destrozan las imágenes sagradas, en ese campo que hicieron suyo los cuervos dejaron la vida, no el honor ni la victoria sobre el olvido, graznidos más que cantos de soberbia apagaron los lamentos y estertores de los héroes caídos, por cada alfanje una cabeza y la estrofa de un salmo nuevo en los turbantes manchados de sangre, ¡Alah es grande y único! La Gran Señora razga sus vestiduras, las campanas echadas a doblar transmiten hasta más allá del llanto y lo irracional el sacrificio de toda una legión de gentilhombres que guardaron en los puños de las espadas el cuadrángulo de los puntos cardinales, en los acorazados petos gravada la razón de lo infinito. Vencidos ¡jamás! y la muerte cayó en su misma trampa viendo como la luz del día crece y como se pierde la noche en las fogatas de los hajduks hasta convertirse en una estela luminosa y clara muy cerca del corazón de los combatientes y muy alta en la frente de cada soldado. Una manzana rajada en dos les dio el emblema.

    No hay noches. No hay días. La agonía es permanente e incólume la llama. Unos parten sin retorno, porque es la ley, no van solos, artesanos y herreros hacen parte de la congestión de jóvenes que se adhieren siempre a los combatientes, siempre queda el hálito de un lecho compartido, los vástagos adquieren la necesaria altura para levantar del polvo las banderas, echan a rodar de nuevo por montes y valles el tempestuoso grito de los hombres libres y les responde el eco de los mitológicos guerreros que aprisionaron el rayo en sus espadas. Nadie gime, nadie invoca en vano el nombre prohibido y se fajan las cuchillas. No hubo vasallos, ninguna rodilla en tierra, simplemente el puño en alto, un carbunclo en las cenizas. Deshizo la Reina de Bastos sus trampas, la bajaron de los altares para hacerla Capitana de una turbamulta indómita como las mareas y las rocas que las deshacen en espumas para formar rosas de arena y cantos de victoria. Palos, estacas y garrotes, arcabuces, culebrinas, pistolas de un solo tiro, coraje y pólvora, fanfarrias y tambores, trapos de mil colores cubriendo cuerpos semidesnudos y por delante airosos bailando con el viento los pendones de la Gran Señora de la Luz, la Capitana.

    A dos pasos del puente una arteria del Imperio. Sobre los muelles forrados en algodón y seda descansa y ríe la Reina de Oros vestida de blanco, el albo sombrero de alas anchas semeja un cisne en reposo, la espuma de la champagna vertida en el piso. El príncipe casi rey, casi nadie, cobre amarillo y añil, aguatinta celeste y sonajeros de bufón, ríe también e ignora los gritos, los harapos, los mendrugos de pan más duros que las piedras de la calzada por donde habrá de pasar la real carroza. La Reina de Bastos abre el juego y suelta las alondras. Los gansos fueron abatidos en los bosques para rellenar con sus plumas los edredones de las damas que visten de blanco y los venados para adornar por tradición con su cornamenta las alcobas de los dignatarios. Son siempre jóvenes los conspiradores, el sol de la madrugada es mucho más claro, el día y la noche hacen parte de la misma agonía, la misma brasa escondida en las cenizas, la misma hiel del cáliz, el mismo soplo que la inflama y el grito y el viento que la dispersan por valles y montañas, si desnudas después del sueño cabalgaron con sus hombres cuando el Ister era suyo desde una a otra orilla, de un valle al otro y las numerosas tribus eran hermanas como el fuego que se expande, la sangre derramada sobre los niveos trajes, los oros y el añil empapados de vino oscuro, el disparo desde el puente, el incendio interminable, de pie siempre hasta en los templos, jamás hincados, tomaron ellas por equidad sus vestiduras y armas, sus insignias, el astro orientó la ruta, nunca ciegas, alertas, constante la mirada, firmes en las grupas de los caballos protegiendo con sus espaldas las espaldas de sus invencibles, incansables hiperborci consecuentes del relámpago prisionero en sus armas forjadas en las grutas de los altos montes de Bak, el sublime portador de las auroras.

    Flemáticos, parsimoniosos, fríos, llegaron sin saberlo a las fuentes donde los caballeros del fuego confiscaron la insondable sabiduría de su origen que va de boca a boca como una antorcha insospechada, jamás terminaron de luchar con sus propios demonios, envenenaron su memoria e inventaron una historia para justificar una isla casi maldita por otra perdida en los océanos a un pie del continente; inmersos en las pócimas de sus brujos y en los cuernos de las bestias, en los ritones de bronce y oro, comerciaron en las orgías con el semen de las mujeres que llegaron cautivas en los carros de los nómadas, culpables de su hermosura, bajaron las serbinas de las ancas de las bestias para galopar libres los caballos contra el sol, el viento aquejumbrado detrás, desafiando el vendaval, siempre jóvenes en un avance permanente mientras apacentaban el tiempo y la muerte en los campamentos, sin embargo ellas fueron diferentes, como lo fueron sus madres, aquellas asimismas culpables en Troya por su hermosura, libres de ropas para manejar con soltura las armas mano a mano con sus machos librando territorios y distancias. Los otros igualmente equívocos, xenófilos, soldaditos de parada, de figurín y de confeti quizá lo sabían, pero parsimoniosos y cínicos lo ignoraban, predispuestos a la traición, a la ponzoña y al engaño, irritante contraste con las gentes rudas que comparten la sal, el vino y el pan con el enemigo vencido y que antaño pactaron con la muerte una tregua de siglos cuando Nuestra Gran Señora de la Luz soltó las campanas que no cesaron de lamentar a los héroes caídos y nuevamente solos empujados por Corcyra desde el fondo de las azules aguas jónicas como un arrebato incontenible las euménides barrieron valles y montañas, abismos y aldeas hasta llegar un poco más allá de las fronteras de todo lo que fuera casa y hogar compartido con los grandes marinos, los soberbios capitanes constructores de barcos y dueños de continentes imposibles de ubicar en los mapas de los navegantes intrusos en el Mar Tirreno!

    No llegaron de las estepas para destruir un imperio. Estaban allí en ebullición, desde siempre. Cuando el último grano de arena rebasó la esfera grillos y cadenas fueron armas mortales, vinieron a reyes los hijos de las mujeres cautivas, otrora vendidas como esclavas, y los gladiadores celtilirios, los del tigre y de la loba en broqueles, égidas y escudos de sólidas planchas y cubiertas de cuero, los domadores del potro y del rayo, recordaron las ágoras de las altas planicies donde los Belasgos hacían causa común con los dioses que se consumieron en una luz intensa que convirtió en fango el mar.

    No llegaron de ninguna parte, simplemente allí estaban, piedra incandescente y lava en el tumulto de las asambleas de pueblos que finalmente conocieron el poder de sus alianzas. ¡Hunski! ¡Hunski! Unánime clamor con el fragor de las armas en su congreso de guerra. Athal recogió las tiendas dispersas, apretó en un puño los carros tracios de combate, fue Padre y Señor de capitanes y soldados, fustigó el trueno en los cascos de las enloquecidas bestias por el fragor y la sangre, todo ardió en el avance del multitudinario viento que no venía de las estepas, los falsos dioses cayeron sobre el polvo, en las vías y calzadas en estacas las testas coronadas de los césares, Balamir cruzó los ríos y los montes, vencieron y saquearon a los campeones de ayer, secuestraron sus reinas, se llevaron cautivas a sus virgenes, respetaron el Capitolio, las columnas de la antigua Goritzia de sus druidas y maestros, dejaron impotente al león empotrado en el capitel de su catedral de niebla, y enriquecidos con su botín de guerra regresaron a las orillas del Matos, del Ister, a las cuencas fértiles del Cerna, el mar de Eva, la diosa madre,¡la Gran Señora de la Luz! y fueron pastores y labriegos.

    ¡Campus merulae! Extraño, enigmático nombre para un panteón de héroes, allí quedó el ímpetu madurando la semilla, brotó del cántaro que la joven mujer portó consigo buscando en ese laberinto de la muerte algún hálito de vida, el amanecer renació con ella en esa trágica esperanza de colocar en su regazo la cabeza del herido para darle agua de su jarra, era a la vez la Reina de Bastos en la vastedad del silencio, la angustia estaba en el vuelo de las aves perseguidas por el fragor de las armas, los lamentos ya apagados de los heridos extendían la soledad a la infinita dimensión de las inciertas mariposas que iban y venían descifrando lo impredecible, lo perdido por la traición y lo que vendría una vez más a consecuencia de otro cántaro roto en las fuentes de Cukar, el sacrificio de un efebo empaparía de sangre una victoria, pero los verdugos se perpetúan en el tiempo, cayeron como depredadores, como chacales en una loca estampida por la rapiña y el robo; ancianos, mujeres y niños murieron en las horcas, no pudieron exterminar la semilla,ni tampoco llenar de cadáveres los árboles; de sus tumbas se levantaron los adalides para repetir la hazaña de acabar con otra Roma, con otro imperio e izar sus banderas mucho más alto por encima de las torres de la que un día fuera fortaleza de los singin, sus mitológicos ancestros, fueron suficientes las herramientas de labranza y los cayados del pastoreo para convocar el trueno y la centella, para que Bak volviera y revolviera la tierra de un extremo al otro empujando con sus huestes al vacío las execrables bestias. Partida en dos una manzana les dio una vez más su emblema y una vez más las hidras quieren caer sobre los tigres y los hijos de las lobas, las indómitas guerreras de la Gran Señora de la Luz, las amazonas súbditas de la Reina de Bastos, madres de los campeones a quienes nadie puede arrebatar el cielo, allí han estado desde siempre los yunques y los herreros forjando lanzas y espadas, de pie siempre frente al futuro y la bandera del sol y de la tierra, del águila y la serpiente, flamea ahora sobre los techos de las casas de un barrio judío que se perdió en el incendio y otro incendio los volvió a la vida, solidarios y rebeldes con todos esos pueblos que en las altas montañas, falseadas en la historia y perdidas en las leyendas, dieron origen a un mundo

    y a esa altanera victoria que portan como una rosa,
    acorazada y sublime, ¡muy cerca del corazón!


    Belgrado, abril de 2001


    NOTAS.

    Apis. Los griegos dicen haber llegado de Egipto, hay quienes dicen que de los Apeninos.[Apis mellifica].

    Bak o Bel, dios de la mitología de los pueblos del Danubio

    Bak Amir / Bal Amir / Belamir, uno de los jefes militares de Atila que atravesó el Volga.
    Bal dar zar [Baltazar]: Don del Emperador Bal.
    Bel Al Kaezar [Belalcázar]: Bel, El Emperador. De Kaezar viene Kayser y César. Kaezar proviene de un título de nobleza de Alejandro Magno, de la dinastía de los Karan.
    Belibog / Balbog [¿Balboa?]
    Beli zar [Emperador Beli]: Belisario. En idioma serbio: Veli zar: Gran Emperador.

    Borej llamaron los griegos a un tempestuoso viento del Norte, Bura en idioma serbio. Bor es la raíz de “Borba”, combate, de donde proviene “borac” [singular se pronuncia “boratz”; plural “borci [bortzi]. Hiperborej: superviento, tempestad, se aplicaba por ese ímpetu a los guerreros de las cuencas del Danubio: hiperborci [supercombatientes].

    Corcyra. El mar de Salónica se conoce como el Sepulcro Azul. Cementerio marino de los soldados serbios que heridos y enfermos agonizaron en ese puerto griego, refugiados en el curso de la Primera Guerra Mundial. Aliados de los serbios fueron ingleses, italianos y franceses, pero los serbios abandonados a su suerte definieron el final de la guerra. Aun enfermos y convalecientes, emotivamente instados por una canción nacida en los campamentos de Salónica:”allá, lejos está la patria” se levantaron como un temporal, una “bura”, un “borej” y arrasaron al enemigo hasta más allá de Trieste. Los aliados los dejaron solos, se quedaron a la retaguardia esperando el curso de la batalla para supuestamente definirla ellos como vencedores y negociar con Austrohungría un pacto de beneficio mutuo que habría perjudicado a los serbios. Se quedaron con los crespos hechos. En la 2a guerra mundial toda Francia colaboró con Hitler, entregó a la Alemania nazi en forma cobarde y vil a los judíos, a los gitanos y a los republicanos españoles. En el Parque de Kalemegdan existe un monumento dedicado a la amistad de Francia y Serbia, que personalmente considero una afrenta, un baldón y una burla, porque Francia también apadrinó la agresión de la Otán a Yugoslavia en el 99 y lleva una política sorda contra Serbia.

    Cuka [Chuka]. Un barrio de Belgrado lleva ese término de origen turco: chukaritza [cukarica]. En una fuente de agua pública fue agredido y muerto por fanáticos turcos un niño de 12 años. Esa víctima fue la bandera de una inmediata sublevación y otras que le siguieron hasta expulsar a los turcos de Serbia.

    Danubio, nombre de origen celta, de Dun, aguas profundas que a la vez era una defensa y fortificación de sus campamentos. Tenía otros nombres locales según por donde corrieran sus aguas: Istar, Mataos, Cernar. Otro gran río, su afluente, Morava [More Awa = Mar de Eva, Madre de las Aguas].

    Domatrio era el dios supremo de los Pelasgos, que los griegos convirtieron en Demeter. En Domatrio se encuentran tres elementos: Dom [hogar, patria]; Mater, madre, y Atrio, sitio abierto de reunión y de asambleas.

    Dzines: seres fantásticos de la mitología ilirioserbia, hacedores del bien y protectores de los hombres.

    Hajduk: guerrillero serbio contra el dominio otomano, un poco romántico a veces como Robind Hood, otras a la Dick Turpin.

    Hors: Dios de la mitología de la cuenca del Danubio, representado en un caballo blanco, el sol, que remontaba el cielo. Todos los héroes de la antigüedad montaban un caballo blanco y por reflejo los del mundo contemporáneo. Horse entró en el idioma inglés, llevado por los celtas. Los egipcios lo llamaron Horus, por volar contra el sol. Halcón.

    Huski. Único, uno solo.

    Kosovo: campus merulae [Polje Kosova. Olga Lukovic Pjanovic:”Srbi... narod naistariji” II/pág. 51

    León I ... empotrado en su catedral de niebla.

    Makedo. Conjunción de dos pueblos serbioceltas: Medo o Media y Gote o Gete: Magedo, Magote. Como Estado aparece Macedonia a fines del siglo IX antes de n.e.

    Notre Dame. Cuando se conoció en Paris la derrota y muerte de los Caballeros Serbios a manos de los turcos en Kosovo Polje, las campanas de Notre Dame se echaron a doblar.

    Sofronio, sacerdote ilirioserbio nacido en Dalmacia. Los griegos lo llaman Hieronimus. Stridon, el sitio de nacimiento de San Jerónimo que registran las enciclopedias y sus biógrafos no existió jamás, Stridon en realidad quiere decir: “s tri doma” en idioma ilirioserbio; la pronunciación latina borró la “A” y cambió la “M” por “N”: Stridon. “S tri doma”: de tres casas, de tres pueblos.

    Tracios, tribales, singin, kordici, ilirios, godos y medos de la cuenca del Danubio. Las tribus y pueblos emparentadas entre sí portaban en sus escudos las imágenes de sus animales sagrados, el tigre y la loba.

    Velia, proviene de Veljko. En idioma serbio: grande, máximo. En el Imperio Romano indicaban prominencias, montes altos, de evidente procedencia celta. Existen en Serbia localidades que llevan el nombre de Veles.

    Zora, en idioma serbio: Aurora. Alejandro Magno decía: “comando tribales y medas”. “Evo, zora ide!”: miren, viene la aurora. De “Zora ide” viene el nombre femenino “Zoraida” dejado por los soldados de Alejandro en el mundo árabe. En Serbia: Zora, Zorana.

    N. Sandoval-Vekarich

    Belgrado, Mayo 1 de 2001

    Jovan I. Deretic: “Anticka Srbija”, Sardonia, Belgrado, 2000.

    Olga Lukovic Pjanovic: “Srbi... narod najstariji”, IPA Miroslav, Belgrado, 1994

    Radivoje Pesic: “Velesova knjiga”, izd. Pesic i Sinovi, Belgrado, 1997

    Dr. Ranka Kvic “Crveno i belo - Srpsko-keltske paralele”
    Glas Srpski, Banja Luka, 2000

    Roberto Salinas Price: “Homer´s blind audience”
    Scylax Press, Inc. San Antonio, Texas, 1983

    Dos inmensos toros de color ambarino, con los cuartos traseros firmemente asentados en sólidas planchas de piedra blanca, se hayan ubicados en la base de uno a otro extremo del primer escalón, de trece metros de ancho. La escalera de mármol vá estrechándose hacia arriba como una gran serpiente amarilla, el último escalón tiene en la cúspide tres metros, las mismas dimensiones de las dos hojas de las amplias puertas de bronce que dan acceso a lo que fuera un templo, hoy cubierto de malezas y flores silvestres. Las alondras cantan dentro de ese jardín en donde yacen dispersas esculturas de bellas guerreras desnudas y de efebos protegidos por curiosas armaduras con inscripciones de una rara escritura procedente de las cuencas del Istar, las mismas que se leen en las puertas de bronce donde figuran una águila bicéfala y un caballo blanco contra el cielo.

    Sentado en cada escalón, con resignación y tristeza, respectivamente hay un anciano ciego de albas y largas barbas, cada uno de ellos continúa el nostálgico verso que inicia y canta el primero, hasta llegar al de abajo que termina el poema con los acordes de una cítara que pulsa una niña púber de brillante vestidura carmesí, brocado con cuentas de oro y rubíes, de plata y esmeraldas. Está ella sentada, a la usansa oriental, con las piernas cruzadas sobre voluminosos almohadones de tafetán y sedas de disímiles colores y diseños, frente al último anciano, a once pasos de distancia, entre los dos inmensos toros de piedra.

    Cada anciano tiene en la mano izquierda un cuenco de madera de cedro en el que levemente arde una llama azul de incienso y mirra, en la diestra un báculo sarmentoso; cubren los pies burdas medias de lana y estos a la vez en babuchas de fina artesanía de cuero trenzado con las puntas dobladas hacia lo alto.

    Al completar airoso el poema el último anciano, se escucha la vibrante voz de la niña de negra cabellera y ojos de verde jade oscuro, la pequeña virgen recuerda con su canto que arriba en la cumbre estuvo una vez la gigantesca figura de Bel-el Victorioso*, el héroe cuyo nombre lleva orgullosa y porfiada una ciudad que desafía al tiempo en la conjunción de dos de los grandes ríos que la circundan, caminos y destinos de gentes y pueblos.**

    Goran Falkoni: Historias y Leyendas de la Antigua Serbia.
    Edit. Mondo Sconoscito - Trieste, 1793
    [Biblioteca Nacional - Santafé de Bogotá]

    *
    Alexander Lernet-Holenia [1897-1976], aristócrata oficial de Caballería del Ejército Austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial, se radicó en los Estados Unidos y allí se inició como escritor. En una de sus memorias de guerra, convertida en una novela que mayormente se desarrolla en Serbia [“Die Standarte”], relata la desmoralización de los soldados del Imperio que desertan al enfrentarse a un enemigo consciente de su integridad étnica, las nacionalidades que buscan su identidad, y desean cruzar el Danubio, de regreso a sus respectivos hogares. Se amotinan y rebelan contra los oficiales que lo impiden. Perseguidos por un grupo de ellos tres oficiales buscan refugio en el Konak. Accidentalmente, detrás de un tapiz, descubren una serie de pasadizos secretos que los llevarán del Konak, la casa solariega de la reina serbia, hasta los muelles del Danubio, en uno de esos túneles encuentran tallada en piedra verde la estatua, de un tamaño más que natural, de un guerreo vestido a la antigua. Más tarde le dirán en Viena que ese guerrero llamado El Inexpugnable figuraba como protector de la ciudad en lo más alto de una de las murallas de la fortaleza de los celtas. Temeroso de ella y por superstición, cuando ocupó Belgrado al derrotar a los turcos en 1717, el Principe Eugenio la hizo retirar y ordenó que se ocultara en uno de los sótanos de la ciudadela. Hoy como un vigía y rememorando al héroe de la talla de piedra verde, frente a la confluencia de los ríos Danubio y Sava, se yergue imponente, apoyada en una inmensa espada, la colosal figura de un guerrero victorioso, escultura hecha por Ivan Mestrovich.

    **
    A la ciudad le dieron otro nombre. Varias capas de cal se han echado sobre su historia hasta convertirla en una leyenda, otras historias se han escrito para ocultar la verdad de la primera. Los jerarcas de la iglesia cristiana y los misioneros mismos insistieron siempre en borrar las huellas y los nombres de un pasado pagano, muchos de los santos del calendario cristiano provienen de la simbiósis y aculturación religiosa, era pues inadmisible que la ciudad llevara el nombre de un héroe convertido en dios de herejes, fue muy fácil invertir los valores. Bel, en el idioma de racios e ilirios, significa luminosidad, luz intensa, claridad del alba, de allí paso al latín y del latín al italiano y al español como bello, que ese es su significado intrínseco. Bel o Belo [el Baal bíblico], la iglesia cristiana lo convirtió en beo, blanco, de tal suerte que muy hábilmente se modificó el nombre primigenio de esta ciudad que con el tiempo sería la capital de Serbia. Beligrad, la ciudad de Bel, la de los celtas, la de la fortaleza sobre el Danubio. Singidunum.

    N. Sandoval-Vekarich
    Belgrado, mayo de 2001


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