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Henry Alexander Gómez
Nacionalidad:
Colombia
E-mail:
literaturaymetal@gmail.com
Biografia

Henry Alexander Gómez (Bogotá, 1982). Magister en Creación Literaria de la Universidad Central y Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Es director del Festival de Literatura “Ojo en la tinta”. Ha recibido diferentes distinciones, entre ellas, el Premio Nacional de Poesía Universidad Externado de Colombia, el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y el Premio Internacional de Poesía José Verón Gormaz de España por el libro Tratado del alba (2016).

Ha publicado los libros Memorial del árbol (2013), premiado en el IV Concurso Nacional de Poesía Obra Inédita, Diabolus in música (2014) Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía y Teoría de la gravedad (2014), publicado en Quito, Ecuador. Sus poemas aparecen diferentes antologías y revistas de Colombia y el exterior. Hace parte del comité editorial de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida (www.laraizinvertida.com) y se desempeña como docente de la Universidad Central en el Pregrado de Creación Literaria. 

 

ROBERTO JUARROZ

 

He abierto la palabra amor

y, adentro, encuentro otras palabras

que no dejan de mirarme fijamente.

Escojo una de ellas,

le hago también un orificio,

para ver más adentro en el lenguaje, 

y allí encuentro una palabra

que se parece al corazón del mundo.

 

En medio de las dos mitades del lenguaje,

sobre la línea que separa el comienzo y el final,

comprendo que un vocablo,

más profundo

que el abismo de Dios, nos sostiene.

 

Todo lenguaje se contiene a sí mismo,

como toda palabra que decimos o callamos, 

lleva adentro la soledad del hombre.

 

PARÁBOLA DEL PADRE

 

Padre siempre se sumerge en las más

extrañas empresas.

En un diálogo mudo con la vida,

en una incesante errancia

por el orden prohibido de las cosas,

hizo de la derrota

                                   su sello personal,

una enorme roca de aire para empujar cuesta arriba.  

 

Un día compró una rueca de hilar nubes.

Decía que en la plaza bien podría abrir

un negocio celeste para achispar acontistas.

Pasaba horas golpeando el pedal,

hilando el día,

ovillando la lana.

Desde allí urdió toda la orilla del cielo

                              sin conseguir una sola moneda.

 

Otro día,

se hizo a un viejo auto

para sortear la soledad de los caminos.

Con él cruzaría las fábricas del humo,

las páginas secretas de las grandes montañas,

hasta llegar a La Habana

                                     o Nueva York.

Pero la noche lo dejó tirado a un lado de la carretera,

reparando el veterano motor oxidado.

 

Raras tareas emprende mi padre,

cultivó los sueños de los ondeadores de banderas,

comerció con olvidos,

amasó el pan

para el inspector de patatas fritas,

escribió cartas de despedida para amas de casa,

hasta afiló los lápices de tercos burócratas

en una corte de un país

                            que no aparece en ningún mapa.

 

Hoy comprendo que mi padre

es un poeta a su manera,

atesora la derrota

como quien guarda

                          palabras perdidas en la billetera.

 

Sin saberlo, padre,

con cada inútil negocio,

me ordena mi noble función en el mundo:

el oficio de escribir,

                                   a cada instante,

                                                 el arte de la pérdida.

 

 EL ÁNGEL NEGRO DE LA ISLA DE KAMPA

 

       Nadie lo vio entrar en su casa. Era una fría noche de Praga, era un poema tirado en la alacena.

       Al principio, con el orgullo herido y las polillas sacudiéndole los trajes, se acostumbró a vivir con la noche colgando de su espalda.

       Decidió el encierro porque los hombres sencillos mueren solos.

       Con la pupila altamente dilatada, Vladimír Holan, entendió que las sombras viajan empedradas de palabras. La piedra oscura había regresado cargada de frutos.

       En aquella casa había tanto ruido, tanta miga de pan en las esquinas.

       Se dice que la luz de la ventana duraba encendida toda la noche, en el resplandor de la vela se diseminaba el diálogo del mundo.

       La claridad no se hacía esperar. Nadie y todo había en él. La campana detenida por el lápiz, Hamlet conversando con las ruinas del espejo, la muerte escondida en las catedrales.

       Pero los años no pasan en vano. En la pesada puerta crecía un caballo atado con alambres.

       En el instante en que la voz del ángel deshizo los colores de las cosas, cuando la tierra de los cementerios colmó de cicatrices las estancias, pronunció estas palabras:

       “Kateřina ha muerto. Hoy no ha venido nadie a preguntar. La casa ha ocultado, al fin, todos sus ruidos.”

 

EN EL LOMO DE LA VACA EL VIENTO REVUELTO EN UN SUDARIO DE ESPUMAS

 

Eran las mañanas y las tardes. Solía acompañar a mi abuela Ana

a llevar y traer las vacas, del establo al potrero y del potrero al establo.

 

Íbamos por la mitad del pueblo arreando las vacas

que eran como dedos gordos de Dios.

 

Yo y mis cinco años y la rama de un árbol haciendo de fusta.

 

El sol trepaba por las manchas azules de las vacas y en su paso torpe

un aliento desconocido empozaba la sílaba del sueño.

 

Las piedras, las crestas de los árboles, un puñado de maderos y sus cercas.

 

Verlas pastar era echar boca adentro toda la paciencia del aire,

como hundir una luna en un enredo de hierba.

 

Y en los ojos de las vacas un vacío de luz, un misterio lerdo que latía en cenizas

sobre el corazón lento del día.

 

Mis cinco años, mi abuela Ana y las moscas abriendo huecos

en las primeras sombras de la tarde.

 

Entonces la vaca Golondrina se fue de bruces al río.

El hechizo del agua le llegó como una soga que halaba su carne

en una cadencia sin tiempo.

Era de ver su júbilo corriendo entre las formas del torrente.  Mugía y su voz era un tambor que trenzaba mi garganta. Un fósil nacido en lo más hondo de la vocal del mundo.

 

Corría la vaca por el río y mi abuela la seguía desde la orilla,

entre los pastos largos y mojados,

llamando desesperadamente su bovino. Cuidado de no ahogarse la vaca loca.

 

Mis cinco años arreando el sueño de loco de mi abuela Ana. En el lomo de la vaca el viento revuelto en un sudario de espumas.

 

Hará tiempo de aquello. El río arrastrando esqueletos húmedos de hojas y trastos vegetales, llevándose consigo mis cinco años y las alas invisibles de la vaca Golondrina,

en una ceremonia de bocas abiertas a los muslos de la nada. Navegaba ahora

hechizado el ocaso en una brisa de peces muertos.

 

Dicen que las vacas

se parecen a los sueños de los hombres tristes, no dejan de rumiar su soledad

en cualquier balcón desvencijado de la vida. En el mañana

o en el ayer, es floración la noche cerrada.

 

A la orilla, sobre la piedra molida, boquea todavía la vaca Golondrina

tragando tajos de luz. Muge mientras puede.

 

 

 

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