s
s
s
s
s
s

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Zurelys Lpez Amaya
Nacionalidad:
Cuba
E-mail:
zurelys@loynaz.cult.cu
Biografia

Zurelys López Amaya 

Zurelys López Amaya (Nacida en San Antonio de los Baños, provincia de Artemisa, 1967). Poeta, narradora y periodista. Licenciada en Comunicación Social, Universidad de La Habana. Ha obtenido premios y menciones en diferentes concursos. Su obra ha sido publicada en varias antologías dentro y fuera de la isla. Entre los libros publicados se encuentra el poemario Pactos con la sombra, Ediciones Unicornio, 2009; Rebaños, Ediciones Extramuros, 2010 (ambos con re-edición por la Editorial Atom Press, Florida EUA); Minúsculos espejos, Editorial Latin Heritage Foundation, Washington D.C., 2011; La señora solitaria, Ediciones Unión, 2013; Lanzar la Piedra, con la escritora española Verónica Aranda, Ediciones Corazón de Mango, Colombia, 2015, y Levitaciones, Ediciones Matanzas, 2015. Es Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Actualmente trabaja como especialista del Centro de Información de Escritores sobre Literatura Cubana Contemporánea en el Centro DE Promoción Cultural Dulce María Loynaz, Instituto Cubano del Libro (ICL), y coordinadora de los Encuentros de Jóvenes DE Iberoamérica y el Caribe.

 

Flores en primavera

Hay una luz en mi ventana despidiendo el espíritu, el alma tibia y buena de los campos. Hay trampa, arena, lluvia, escape, sed. Hay sombra bajo el árbol, camisa tendida en mi pupila, calor censor, abrigo, golpe y política. Isla de polvo,  bárbaros. Hay música y lodo en mi falda, un peso en mi nuca que traspasa la hiedra de mi patio. Simulacro y vejez en el camino. Huérfano es una palabra triste. He temblado. He quedado sola en mi sillón, en mi banco que arrastra cuerpos huérfanos. He de llegar quizás. He de ver otra vez la madre al irse y sus ojos pidiendo alguna cosa. La muerte siempre arrastra con los tiempos. El amor, con la duda. Debo ver a mi hija saltar muros, desequilibrios, tesis, calles sucias; ver a los hombres definir en sus pétalos, flores en primavera. Yo podría marchar hacia el Tibet, pero la isla nos detiene en su mira, nos fotocopia la sombra que nos ata. He sido el círculo, la esfera del tránsito feliz, la foto del canario amarillo y el péndulo del puente, la pólvora mezclada de azulejos. He temblado. He sido y he de ser. He de ver el país al irse y sus ojos pidiendo alguna cosa.

 

 

Muchacha en India

A Verónica Aranda

 

Supiste del miedo y la hoguera alucinante, de los mendigos y sus pies quemados por el sol. Supiste del cuerpo ausente y leproso de las calles en silencio. Amaste el cítrico distante de la cúspide.

Estuve en cada cuerpo cenizo de los ojos porque recorrí las paredes de los templos y su río Ganges. Divisé tu ternura plagada de horizontes, inválidos y mustios vendedores, cronistas de la noche. Adiviné el cúmulo de aves que atraviesan la frontera y percibí el miedo a la muerte en la adivinación.

El sendero y su trampa huelen a restos de animal nauseabundo. Mujer que camina con ladrillos en la cabeza, ropa sucia y henchida que se aleja. Percibí el hedor y la cortina de humo que disipa los sueños, la pipa que se pasan como ritos sin nombre.

No he podido vivir esos intensos caminos hacia el ocio y el lodo, la lluvia en Katmandú, ni un invierno en Nueva Delhi, pero en mi isla hay apagones de verano y Calcuta repliega sus semillas. Son tus niños mi delirio de poder conocerles. Niños pobres que juegan al destino en sus manos como lanzar la piedra. Todo instinto se hace eco sobre las aguas y ennoblece el camino.        
 

 

Es el canto

Huir del canto es la piedra hacia la noche. La angustia dificulta el aire y sostiene esta lámpara que enciendo. Ciudad triste al paso del poeta que la ama, ciudad vacía de amigos desterrados, amigos que una vez cantaron a sus calles limpias, a sus aceras ocultas de humildad y deseo. Alguien dirá que estoy huyendo de mi sofá antiguo, de mis paredes sin pintar, que miro a mi país como quien mira un barco a la deriva y todo lo que me nutre es el árbol, el aire, el ave que emigrante no mira hacia las piedras.

Es el canto de mi cuerpo que anochece, navega conmigo hacia la esfera inútil, hacia una sola puerta que sale al vacío e imita otras ciudades. Alguien dirá que mi muerte se acerca y nada está escrito a la salida porque no podemos describir la luz, el paso hacia el descanso y su coartada. Conversar con la muerte implica el ejercicio de la vida, de la pipa que descubre la hierba del indio en su cueva.

Mi madre esculpe la madera de mi cuerpo, el asombro que la envuelve para que mi camino sea distinto, lleno de claveles, de estrellas de colores que estallan a mi paso. Me cuida de no pensar en caer y me hace volar hacia otras islas. La he visto por encima de las nubes y he tocado su rostro. La muerte no es buscada sin el equilibrio de los sauces, sin la camisa rota y agujereada por la equivocación por no elegir a tiempo tu camino. La muerte es parca y fiera entre los hombres.

 

 

 

 

Desarrollado por: Asesorias Web
s
s
s
s
s
s