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Graciela Elda Vespa Schweizer
Nacionalidad:
Argentina
E-mail:
becavespa@hotmail.com.ar
Biografia

Graciela Elda Vespa Schweizer

Graciela E.Vespa Schweizer, escribe desde pequeña. Editó “Tiempo de Libertad”, de “aquí y de allá, cuentos sin sobresaltos”, “Los sueños de los Jueves” en colaboración de 4 escritoras mendocinas, “Trasegando Cuentos en Ritmo de Vino”, “El adjetivo asesino” en colaboración con destacados poetas, Cuentos para Niños en Tintero y Alfabeto. Participó de variadas antologías y en especial de SADE. Mendoza y Gualeguaychú. Participó del Encuentro “Matilde Espinosa” en Colombia y en el “Diana Morán” en Panamá; editada en “Mil poemas para José Martí”, en Cuba y “Mil Poemas para El Poeta de los Niños Oscar Alfaro”, Bolivia invitada por el Poeta Alfred Asís de Isla Negra, Chile. Edición poemario “Comienzo del Final” y ¿Somos dueños de una vida? Asistente a EIDE 2013 en Brasilia.  

 

ADÓNDE PERDÍ EL PARAÍSO

 

La punta de mi párpado oculta la sed de la arena.

Desnuda hinco una astilla de dolor fingiendo no mirar

el paraíso

inalcanzable, abisal, adormecido

misterioso revivir  de los rumores en la profunda colmena

de recuerdos antiguos

me acechan palabras temblorosas

dulce amiga del fuego, triste amiga.

 

La marejada de besos clandestinos, sólo fueron mentira.

Es ahora mi ojo desolado el que entreabre una hendija

para espiar la penitencia en pedazos de carne, de piel.

Perdí el Edén bajo la alfombra de mi cuarto.

Oculté la soberbia al regresar del desierto

cargada de presagios, malherida.

Opaco el ventanal evita el sol amanecido

la vieja luna ensañada despilfarra espejos blancos,

amarillos, dorados, imposibles.

¡Adónde perdí mi paraíso?  

 

UN PERFUME DE LILAS

 

En mis noches de octubre escuché la promesa

de una pampa en horizonte ciego y peregrino.

Un perfume de lilas fraguó libertaria la calle.

De piedra la memoria del hombre en el exilio.

 

Inmóvil la mirada en las nubes de invierno,

los párpados cosidos con lágrimas de alambre

buscan el pan caliente para paliar el hambre

perfumado con sangre el dolor de su infierno.

 

Y un tango, sonata inconclusa del puerto viejo

profetiza a cuchillo, una historia con aroma de vino.

Así es mi Buenos Aires, mal aire la cobija

 

en la niebla de invierno con sudestada y frío.

Perfume de azahares en sus rejas se enreda

y una luz  en la esquina le apaña las heridas.

 

 

A LAS 7 DE LA TARDE ESTARAN MUERTAS.

 

Sin destino caminan por la arena. Buscan.

Sin destino hacia la nada. Hambre y sed.

Pies descalzos, con sus burkas empapadas sólo en lágrimas

sin tiempo. Sólo olvido.

 

Niños sin sonrisas entre las ruinas.

Desnutridos, coraje de inocente sometido.

Entre escombros, juegan fútbol sin futuro.

Son niños que no saben de otro mundo.

Siempre guerra, resplandor de armas letales.

¡Ellas son mujeres que esperan a la orilla del camino!

Viudas. Solas. Muertas en esa inexplicable vida.

Con sus burkas y sus velos. Hambre y sed. Caminan.

 

Tal vez…en la tarde estén muertas.

En silencio. Con vergüenza de ignorancia compartida.

Las mujeres sometidas en el mundo que no mira,

que no escucha, que no grita.

Son quemadas. Aniquiladas. Arrasadas. Son mujeres.

Nada vale su desdicha. Son la nada. Nada. Nada.

Son mujeres.

 

                                               GRACIELA ELDA VESPA SCHWEIZER

                                                               MENDOZA, RCA. ARGENTINA


VIOLETAS.

¿Dónde están las violetas entrelazadas en las manos sedientas de la muerte?

 

No está la vieja muerte desterrando suspiros

está sedienta ahora en su desquite

de tristezas  en ronda

silenciosa         furtiva

yace perturbando las lágrimas inciertas

entre los ventanales de cristales milenarios

que ocultan los perdidos enigmas de la vida.

 

Y ahí están las manos de amigos peregrinos

envueltas en violetas con pétalos de almíbar

sus rostros descarnados con párpados muy quietos

entrelazando tiempo que aun sigue perdido

 

¿Dónde estará la sombra de Cristina y de Estela?

¿ En qué banco solitario descansarán Tute y Poya?

¿Acaso me estará esperando con su tierna sonrisa

el Pepe Tello y el pequeño Sergio que se quedó dormido?

 

La muerte silenciosa escarba en mi tristeza

con argumentos bíblicos que no entiendo o no quiero

por arcano y traidores de tantas esperanzas

que he perdido en la noche de insomnio persistente.

 

¿Dónde estará mi padre y dónde tejerá estrellas mi recordada hermana?

 

 

Con violetas se viste mi tarde ceremoniosa y quieta

con pétalos pequeños como pequeña pena que duerme

entre la niebla de mis ojos cansados

se esconde en mis entrañas una inquietud de arcángeles

una duda de duendes que esperan en la puerta

para abrazarme

cuando llegue la hora de encontrarme con ellos.

 

Apacible la muerte trenza largas guirnaldas con pálidas violetas. 


 

¿QUIÉN PODÍA EXTRAÑAR EL BESO DE LA LUNA?

 

Y fue en la noche

que cayó una lágrima sedienta de simpleza

cuando un murmullo de acequia adormecía

el suelo y

la canción trataba de soltarse.

Nadie escuchó la caída desde el sueño.

¿Quién podía extrañar el beso de la luna?

Si en cada estribo de sus besos

queda una astilla que se arquea hacia lo

infinito del silencio.

Una lágrima

cayó sobre el corazón alterado de tristeza

y allí

creció con un dolor plateado

con pétalos de ámbar

fue

un dolor nuevo, noble, saturado

de perfume a violetas

cargado de prestigio

solidario con estrellas dormidas.

Un dolor

que se agitó sorprendido

con los sueños aciagos y

mañana

tal vez mañana, frutecerán las manos

dejará que crezca un mundo de arlequines

arropados saltarines de colores vistosos

carcajadas de niño, esperanza.

Ahora cierra la noche una guiñada fresca entre las nubes.

Ahí te escondes

con cada párpado cerrado de la luna.

 

                        5 – 7 - 01

 

 

ÑAMANDÚ

 

                    Apoyado en un ceibo Justino Leiva secaba el filo de la faca. Miró el cielo que a su entender se pavoneaba en colorinche rojizo. Marcó en la corteza una raya. Ya había siete. Le quedaban cinco por marcar. Tapó con tierra la sangre. Los despojos serían alimento para las bestias salvajes.

                    Montó en el “Manchado” y siguió por la orilla de los “tacuruzales” perdiéndose en la noche. Había culminado una más de las promesas.

                    Llegó a Timbó Porá, silbando la canción que le traía a la memoria al sargento Rosendo Robles.  Sacudió el polvo de la bombacha con presteza y apeándose sobre el pelo sudado de la cabalgadura acarició la testuz. Dio unos pocos pasos y sorprendido, vio la figura de un hombre apenas iluminado por la luna que se deslizaba en la oscuridad. A traición. El brillo del facón le dio tiempo para aceptar que le quedaban cinco marcas sin hacer en el tronco. El muy ladino del cabo Bermejillo lo había seguido a corta distancia.

                    No tuvo tiempo de defenderse. De un salto le incrustó en el ojo el cuchillo. Quedó boqueando en la tierra. La sangre de los traidores no será la que lave el recuerdo de aquella noche en “Mbiguá Punta” cuando mataron por la espalda al sargento Robles. El grito arrancó el vuelo de ciento de aves nocturnas. El chillido de los macacos llamaría a los evadidos de la ley y con el olor a sangre, a los yaguaretés para cebarse con la carne de ambos.

                    Justino Leiva soñó que marcaba una raya en el ceibo con el nombre de otro desertor infiel a la ley del gauchaje. “Manchado” se desdibujó entre la maleza que llevaba al río Bermejo por una senda vieja. La luna iluminó a dos espectros inmóviles clavados por la venganza, aferrados a la tierra de Timbó Porá.

                    Un “urutaú” lloró en la ramada del rancho solitario. Ñamandú los vio y también lloró diciendo: “Se termina la estirpe de los guerreros de Mbiguá Punta. Ya nada queda de los valientes de aquella guerra entre gauchos”

 

 

LA SINFONÍA DE GUERRA

 

                    Escondido en medio del desierto el caserío de barro y troncos, esconde una estirpe de guerreros de piel oscura y mirada penetrante. Son árabes y moros. Son toscos y difíciles como la arena que rodea la aldea.

                    Una fuente privilegia el pequeño oasis donde cubiertas por sus velos, caftanes y chador, las mujeres trajinan en la hora en que las sombras ocultan sus sedientas figuras. Sudorosas y calladas caminan descalzas sobre el fuego del arenal.

                    El muslime observa con mirada pétrea los pasos frágiles de las mujeres. Es un ojo afilado puesto en el minarete que no perdona. Zaida está enferma. Su piel sudorosa le ha procurado llagas hirvientes en la espalda, el vientre y los muslos. Camina con dificultad y con torpeza. Tropieza y cae, rodando el cubo con agua que transporta hacia su casa de viuda con siete hijos. Otra mujer se acerca para darle ayuda y se escucha la cavernosa voz sonora de anciano. Debe detenerse. Nadie la puede asistir.

                    Se arrastra por la arena y  recoge el recipiente. Carga de agua y con enorme esfuerzo acarrea hasta su hogar. La que fuera su casa de buen adobe aplastado por Alí, su esposo y el asno, se derrumba lentamente. Hace varios meses se acercó el muslime con su cuñado Mohatma. El astuto hermano de Alí, pretendió llevarla como sirvienta a su casa en un pueblo lejano. ¿Sus hijos? ¡Ah, se quedarán a ayudar en este pueblo.

                    Descubrió tras el velo la mirada lasciva de Mohatma y la sonrisa desdentada de zorro del viejo. ¡No solo quería llevarla para fregar ropa, cocinar y acarrear leña en sus espaldas, sino que seguro la echaría en su lecho por la fuerza. ¡Es la Ley de Alá! Había dicho el artero monje.

                    Ella se echó a los pies de viejo y rogó. Debía cumplir la promesa que hizo en el lecho de muerte de Alí. Cuidar, educar a sus hijos, en especial los muchachos que ya tenían trece, doce y ocho años. De las niñas ni habló, era la Ley coránica.

                    El cruel viejo no pudo sino dejar que el cuñado se alejara, sin recibir las monedas prometidas. Castigó de mil formas a la desdichada viuda. Llamaba a los hijos a las horas en que podían ayudar a la madre con las tareas pesadas y les obligaba a servir en tareas infames. Limpiar la bosta de los camellos y caballos, sacar los excrementos de las letrinas y lavar la ropa de los hombres sin mujer. Tareas todas que correspondía a mujeres pero que él, les obligaba para hacerla cambiar de opinión. De vez en cuando buscaba el modo de castigarlos con el vergajo de su mular. Llegaban los muchachos ensangrentados y Zaida no podía quejarse.

                    Una madrugada se escuchó un estruendo en las cercanías. Cerró con tranca y puso maderos en ventanas y hendijas. El ruido era metálico y cada vez más fuerte. se vistieron todos con sus ropas blancas y turbantes azules, cubriéndose el rostro. La madre se cubrió de negro de pies a cabeza. Por una pequeña grieta del barro de la pared el ojo avisado de Yamil, vio que había un enorme tanque de guerra con soldados enfundados en ropas color tierra que se movían casa por casa sacando a los habitantes de Abisbel. Caían de rodillas las mujeres y los hombres eran tomados con los brazos en alto y llevados a camiones que tronaban detrás del cañón. Zaida escondió a las niñas bajo un escondrijo que cavó Alí cuando hizo la casa. Las tapó con unas mantas de lana y yute.  Abrió la puerta y con la cabeza baja salió seguida por los varones que aun bizoños, mostraron enrome valentía.

                    En medio de la explanada el muslime, lloraba de rodillas ante los extranjeros. Sollozaban los hombres. Las mujeres, acostumbradas al dolor y al sacrificio, siguieron hasta donde las conducía un grupo de jóvenes rubios de ojos claros como el cielo y que las observaban con curiosidad. Zaida, fue separada de los hijos. No dijo nada, pero al pasar junto al viejo monje, deslizó unas palabras del Corán que hizo gimotear con ruidos crujientes al malvado.

                    Un militar separó a los hombres más fuertes y los hizo subir a los vehículos. Golpeó con la fusta la espalda de algunos y luego de dar varios gritos en un idioma que no comprendieron, subió al tanque y desaparecieron entre las dunas.

                    Zaida corrió a buscar a sus niñas. Tiritando y perplejas, abrazadas a su madre salieron del sótano y fueron a bailar alrededor de la fuente. El muslime, las miró y no tuvo palabras que pudiera cambiar la alegría de haber sido salvadas de los extranjeros.

                    En los libros de historia, hay fotos muy antiguas que se ve cómo los ingleses, mataban con un disparo en la frente a los beduinos de Abisbel.

 

HOTEL RITS

 

 

 

DESDE EL AIRE… ANA

 

            Se elevó sobre Amsterdan y voló por calles y canales. De pronto recordó una en especial, donde su padre tenía la casa. Curioseó. Todo estaba diferente. Siguió volando.

            Luego se acercó a la antigua escuela donde con Lies y Nanette jugaban y leían novelas de misterio. No reconoció ni la fachada ni el resto del edificio. ¡Bueno, es normal, después de tanto tiempo! Pero encontró la fábrica y el edificio donde pasó dos años escondida. Recordó al Doctor Dussell y Miep con su pequeño envoltorio con comida para ellos. ¡Las palabras cruzadas que borró en una tarde para que el viejo cascarrabias se calmara! Tener que dormir en ese lugar junto al ronquido y ella, niña pudorosa, aceptar en silencio esos momentos! Siguió volando.

            Está bonita Holanda en estos días, pensó. A la distancia vio dos manos que saludaban. Le pareció que dos ancianas movían con dificultad los brazos para llamar su atención. ¡Sí, son Lies y Nanette Blitz… que viejas están! ¿Cómo no encuentro a Peter? ¿Se habrá muerto? Ya no tengo ganas de volar.

            Es tiempo que regrese. Estoy, dicen, en Bergen-Belsen, pero en verdad estoy en el corazón de cada niña perseguida en el mundo. Qué suerte yo nunca seré vieja. Soy Ana Frank, y tendré siempre quince años.

 

 

ANA FRANK

 

            Rasguñó las paredes del altillo

            surgieron sólo estrellas amarillas.      

 

Rasguñó la piel de margo y de su madre

 

Surgieron blancas violetas perfumadas.

 

Rasguñó la piel de “peter” en un abrazo tierno

Surgieron mariposas de colores que escaparon

 

Rasguñó las tablas del vehículo

Surgieron gotas de sangre y lamentos…

 

Rasguñó las paredes del horno crematorio

Surgieron láminas de plata en el aire de Ashwhid 

 

Regresó su padre al tiempo de los campos

Surgió un cuaderno con tu nombre… ana.

 

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