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Manuel Orestes Nieto
Nacionalidad:
Panamá
E-mail:
manuelorestes@gmail.com
Biografia

Manuel Orestes Nieto:

Panamá, 1951.  Licenciado en Filosofía e Historia por la Universidad Santa María La Antigua.  Premio Nacional de Literatura "Ricardo Miró" de poesía en cinco ocasiones: 1972, 1983, 1996, 2002 y 2012 con sus libros Reconstrucción de los Hechos, Panamá en la Memoria de los Mares, El Mar de los Sargazos, Nadie llegará mañana y El deslumbrante mar que nos hizo. 

Premio "Casa de las Américas" 1975 de poesía con Dar la Cara.  En 1973 había recibido una Mención como finalista en este mismo certamen (Premio Casa de las Américas, poesía) con su libro: Adentro Reconozco que me duele todo.   Ostenta la Medalla Gabriela Mistral, otorgada por el gobierno de Chile en ocasión del 50° Aniversario del Premio Nobel de Literatura a la escritora chilena (1996). Alta Mención Honorífica del Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán, poesía, 1999, con su poemario: Este lugar oscuro del planeta. Premio Extraordinario de Literatura “Pedro Correa”, 2000, a la excelencia literaria por el conjunto de su obra publicada.  En el 2010 recibe el Premio Honorífico José Lezama Lima en poesía, de  Casa de las Américas, por su obra reunida de cuarenta años de sostenida creación poética: “El cristal entre la luz.”

Además de los libros premiados ya señalados, es autor de: Poemas al hombre de la Calle (1968-1970), Enemigo Común (1974), Diminuto país de gigantes crímenes (1975),  Oratorio para Victoriano Lorenzo (1976), Poeta de Utilidad Pública (1990) y la antología Rendición de Cuentas (1991) que recoge veinte años de su producción poética.  El imperecedero fulgor (1996); El legado de Omar Torrijos, Panamá, dos ediciones, 1997 y 1999. El país iluminado (La Rama Dorada, Ediciones Literarias, Panamá, 2001 y segunda edición, 2003); Ala grabada en blanco (La Rama Dorada, Ediciones Literarias, Panamá, 2001). Ardor en la memoria (2008).

 

 

Manuel Orestes Nieto

POEMAS

 

 

 

Del libro

El deslumbrante mar que nos hizo

 

 

 

1.

 

Aquí nuestras lágrimas

se triturarán 

con los cercenados adioses.

 

Aullaremos por la impotencia,

envejeceremos con los pies cuarteados

y esculpiremos nuestro destino

en el destello del salitre.

 

Aquí yaceremos,

incorruptibles,

con el corazón rajado y las manos crispadas.

 

Argonautas en el abismo

de las aguas insondables

donde se macera la turbiedad.

 

El portentoso chasquido

que nos hizo nacer

entre las aguas y el albor

regresará en su barca púrpura,

enarbolando los pendones luctuosos,

escoltados por pájaros

y peces tristes,

para asistirnos al morir.

 

Y cada verano

vendrán los alcatraces

a traernos flores,

hasta que llegue por fin el instante esperado

de emerger del largo letargo,

abrir los ojos otra vez,

asirnos a la luminosidad

y sumergirnos,

anónimos, austeros,

entre las multitudes dueñas de estas orillas

de moluscos y caracolas.

 

 

 

2.

 

Con un remo

será suficiente para impulsarnos

por los siglos

que aún no hemos navegado.            

 

Con esta madera hicimos la quilla

y los mástiles de nuestro mundo,

entre la sal

y la aurora,

entre el carey de las tortugas

y las arenas;

entre las madreperlas

y las sardinas.

 

Estos colosales océanos

fueron también el territorio sólido

y la pasta que nos moldeó;

el hálito que nos hizo andar,

el latido,

el arco de los abrazos.

 

Estas latitudes del trópico encendido,

estos ecuatoriales surcos naranjas

en la mitad del mundo,

bien pudieron ser las extensas praderas

de otras naciones,

hacia el norte o el sur,

que antes que nosotros

escalaron nevadas montañas,

alucinaron ante los espejismos

del ardiente desierto,

vieron pasar los altivos alces

y las manadas de lobos plomizos,

en el invierno que endurece y quema.

 

Casi en el centro terráqueo,

está la olla del mar circunscrito,

con sus lunares vegetales,

entre el archipiélago y las riberas,

entre esteros y marismas

en ebullición,

palpitante y tórrida,

única y centelleante.

 

La salinidad nutriente del mar Caribe 

y la hermosura enceguecedora de sus abrazos

cobijó nuestro parto.

 

Las avalanchas humanas

surcaron y atravesaron

por estas aguas y estas tierras,

hacia todos los puntos cardinales,

entre sueños,

pesadillas

y desconciertos;

por nuestro mar terrestre,

por nuestro cielo marino.

 

Entre las palmeras y el manglar,

nació la polifonía

de este intenso y vaporoso lienzo 

de limón y terciopelo.

 

Fue la fundación del cristal de agua

que podemos pisar sin romperlo

y la evidencia de la savia acuática,

perenne, nutricia,

izada en el mástil

de esta singular historia

y su desmedido pelaje.

 

 

 

3.

 

Hemos tenido el privilegio del olor salobre

de los acantilados y los arrecifes,

de los cardúmenes azulados

y del interior del océano indeleble, 

como un regalo de los dioses

que aún reinan

en los archipiélagos de níquel y cristal.

 

Los dioses del resplandor

y el relámpago,

los dioses de las aguas,

los esbeltos dioses

de la transparencia de nuestro mar;

los dioses inmaculados

que esculpieron las medusas y las ballenas,

el caparazón del molusco,

los tentáculos del pulpo  

y las catedrales níveas

del fondo del mar.

 

Los dioses que vienen a reunirse

en el inicio de las cóncavas noches

del invierno 

para encender las estrellas

que alumbran el mágico océano

que nos envuelve.

 

 

 

4.

 

Aquí fuimos gestados,

en la placenta de las espumas

y las mareas.

 

Aquí nos recordarán

los que aún están por arribar;

los que vendrán despacio,

sin prisa

y en la edad justa;

los que reanimarán

otra vez todos los fuegos

y tendrán la sangre dulce

y el sol de ámbar bordado en sus pupilas.

 

Los que serán mejores de lo que fuimos,

y sabrán perdonar;

los que nunca matarán

ni envilecerán; 

los prometidos por el cielo,

para quienes cuidamos como mejor pudimos

este rincón querido.

 

Los inmortales de las edades por venir,  

que reaparecerán en la línea del horizonte

que tanto escudriñamos

y que tanto nos provocó soñar.

 

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