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Ricardo Nicols Figueroa
Nacionalidad:
Colombia
E-mail:
nikolaifigue@hotmail.com
Biografia

EL DESCABEZADO

   Al llegar a la casa reunió a la familia y les explicó lo sucedido. Vieron con espanto que traía la cabeza entre las manos. Como cuando agarraba el casco de motociclista y caminaba con él aferrándolo contra el estómago. Esta vez no era el casco sino su propia cabeza lo que apretaba resignado. “Fue inútil todo el esfuerzo –les dijo con voz desconocida y distante-. Ahora ya no queda nada por hacer”

   Vieron que se dirigió hacia la mesa pequeña de la sala. Puso con cuidado la cabeza en el lugar donde alguna vez hubo un florero. Encaminó luego los pasos al dormitorio. La puerta se encajó hermética como con ruido de lápida. Su descanso sería forzoso, prolongado.

   Desde la mesa sus ojos siguieron los pormenores de estos últimos movimientos. Las lágrimas rodaron, inevitables, por sus mejillas.  

 

                                        EL PERDIDO

 

   Llegaron al sitio. La tarde iba disolviéndose en una bruma extraña, enigmática, caprichosa; el hombre que iba adelante se detuvo con la mirada puesta en un punto determinado del paraje. “Allí, entrando por el güadual, fue que escuchamos el grito”, dijo sin volver la cabeza.

   Se aproximaron, cautelosos, empuñando los revólveres.  Un estruendo de torcazas surgió de entre el follaje poniéndolos de inmediato a la defensiva.  El hombre que iba detrás hizo un movimiento brusco con el brazo. “Cálmense compadres, no vayan a embarrarla ahora –reaccionó el otro-. De lo que se trata es de no ir a cometer errores” Un silencio conciliador los conminó a seguir adelante. Con pasos medidos se adentraron en la penumbra del guadual tomando el curso de un estrecho camino semioculto en la maleza.  No se advertían huellas ni rastros humanos por ningún lado. El techo formado por la vegetación los sumía en una oscuridad cada vez más difícil de sortear. Ramas largas y puntiagudas como lanzas se atravesaban al paso hiriendo y lacerando los cuerpos. Un olor tibio se fue esparciendo por el  aire.  Ni cuenta se dieron cuando atrás quedaban orejas, manos, brazos, ojos, intestinos, así, poco a poco, hasta desaparecer completamente.

 

                                          RECONCILIACIÓN

 

   Estaba decidido. No le cabía ya la menor duda. Si dejó pasar tanto tiempo fue por precaución, por aferrarse a un vago presentimiento. Conocía de sobra el carácter impredecible de las mujeres, y no estaba dispuesto a caer de nuevo en la trampa. Esta vez sería distinto y la sorprendida, la incrédula y aterrada quizás sería ella. Lo mejor era actuar con naturalidad sin quedar demasiado en evidencia. Algo tenía que reservarse para sí.

   Tomó el  camino más corto y el menos transitado. El que le facilitaría, llegado el momento, alguna posibilidad de pensar con rapidez. Y devolverse. ¿Huir?

   La mujer estaba ahí, esperándolo, firme e insobornable como la muerte. Diríase que estaba ahí desde el comienzo mismo de su vida. Y de la muerte no iba a escaparse él tan fácilmente. Sobre todo ahora, en que por una extraña circunstancia ella le tendió generosa los brazos en claro gesto de arrepentimiento por el daño  cometido, y él terminó muriéndose física y materialmente de amor a sus pies.

 

                                     A MODO DE CONFESIÓN

 

   Promételo: debes rebajar 10 kilos para el 16 de noviembre. No puedes estar, seguir gorda. Es hora de adelgazar y sentirte mejor. Estar como lo has deseado siempre: bella, hermosa, la pelada más linda del barrio. Sin tener que envidiarle la vida ni el cuerpo a nadie. Ánimo, con ganas, esfuerzo y voluntad, todo tiene que darse. Todo. Joana pierde 10 kilos en 30 días. Lo jura.

  

   Anoche no pude dormir pensando en esos kilos que debo rebajar. Empecé gimnasio y dieta. Disminución natural. Proceso asegurado. Voy bien. El profe dice que es posible. Que todo depende de mí. Del empeño que le ponga. No soporto que mis amigas me repitan siempre lo mismo: ¡Pero niña qué gorda estás! ¡Qué pasa  contigo querida! ¡Mira nomás ese estomaguito! ¡Y los gorditos alrededor!... Hipócritas. Farsantes. Anoréxicas. Eso es lo que son, anoréxicas de la peor calaña. Las odio. Las odio. Se creen la mamá de Dios. Yo no es que las envidie. No. Pero ni que con sus huesos tuvieran conquistada la felicidad eterna. Van por ahí seguras de estar siendo el centro de atención de todo el mundo. Presumiendo de tiernos y saludables angelitos. Angelitos empantanados será. Guácala, Andresito. Que en paz descanses.

 

   Van por ahí, digo. Alabadas y acariciadas mentalmente por quienes las miran. A veces me veo a mí misma desplazándome ligerita, liviana y primorosa como ellas. Y hasta escucho las expresiones de los caballeros diciendo: ¡Uy mamita rica de dónde sacó usted tanta maravilla, tanto agite de melao! Y claro, ahí mismo saco papel y lápiz y anoto: Debes rebajar 10 kilos cueste lo que cueste mija… sé decidida y vence… hazlo… apártate de las tentaciones… arroja a la basura lo que no te sirve… bienvenidas las verduras y los cereales…toma agua, mucho agua, entra al paraíso de la comida laigth… sumérgete en un manantial de fresas y manzanas… tienes que pensar en lo que viene por delante…tu bienestar, tu futuro…diciembre ya está encima…los viajes…las vacaciones…¡Cartagena!… fiestas en el club… encuentro con los amigos… quizás vaya Juank papito… y que esta vez sea diferente… no voy a perder la oportunidad… lo dejaré loquito… me pedirá que lo perdone por lo de la otra vez… me dirá que estaba equivocado… si claro que estaba equivocado… de eso debió haberse dado cuenta hace rato…conmigo no se juega… desgraciado… no es sino que me vea para que quede atónito… pero yo no soy vengativa… voy a entenderlo… a comprenderlo… y entonces volverá a ser mío mío mío enterito completico… papito rico.

 

   Y pensando en  esto me pongo a fumar como loca para no deprimirme, a fumar con unas ganas incontenibles, inaplazables, de ponerme a comer algo, comer, comer, ¡comer! Tragar como vaca.

 

   Cuando me pongo a comer mucho me entra una excitación toda rara. Y si es de noche peor. Como con ganas de ponerme a hacer de todo. Loca que es una. Ganas de tener sexo o masturbarme. La otra noche por ejemplo me masturbé pensando en un amigo que acababa de llamarme por teléfono para decirme que había terminado con la novia. Fue delicioso. La novia era mi mejor amiga. Es mi mejor amiga. Que tal. Pero el mán le terminó y a mí me gustó que eso haya pasado. Dirán que soy una porquería y una aprovechada. No me importa. Moderadamente cruel y justamente vengativa es lo que soy. Gocé con el dolor ajeno. Y disfruté honradamente haciéndome eso mientras pensaba en lo libre y lindo que había quedado él y en lo fea y sufrida que podía haber quedado ella. Nadie sabe lo de nadie. Pero yo si sé lo que me pasa a mí. No me siento culpable de nada. Es lógico. Y muy obvio. Las cosas no suceden  porque sí. O sí. Se dan porque uno las necesita. Yo lo único que hice fue decirle “me alegro porque esa estúpida no te merece”. Después que colgamos le sonreí a la vida abriendo un poquito las piernas para introducirme un dedito. Ja. También lo escribí. Como escribo todas las cosas que me pasan. Las buenas y las malas. La lluvia cae y golpea con fuerza el techo de la casa. Es como si lo quisiera traspasar. Un leve escalofrío me estremece. Cubro mi desnudez con una sábana blanca. La lluvia en el jardín cae golpeando con gotas de amor los pétalos de las rosas. El agua-semen cae y la moja por completo. Siento la lluvia cayéndome encima. Mojándome y penetrando hasta la médula.

 

   Todos mis cuadernos de los últimos años contienen frases, anécdotas y descripciones en este sentido. Siempre descubro que soy sincera sin perjudicar a nadie. Con un teloncito de lluvia al fondo. ¡Gracias aguaceros santos por los favores recibidos! Y no precisamente para navegar en un mar de desconsuelo. Sino que una vez me dije: con tanta agua encima acabarás convertida en una foca. ¿O en una ballena?  Así que cuando me llegaba la tentación de desatar el aguacero cogía de inmediato el cuaderno: No lo hagas. Detente. Terminarás convertida en foca, en ballena, o en algo peor: en el juguete sexual de ti misma. Si no lo haces, si no te detienes a tiempo, fracasarás en todo lo demás. Acuérdate de tu crianza y los buenos ejemplos recibidos en el seno del hogar. El respeto que le debes a tus progenitores y la honra a la familia que te rodea. Dios todo lo sabe y todo lo ve. No debes orientar tus instintos a lo perverso y aberrante. Mira que una cosa conduce a la otra. Debes orar y apartarte de sensaciones vanas y deseos pecaminosos. Sal de ti misma y respira otros aires. Haz nuevos amigos. ¡Enamórate! ¡Trázate un plan  de vida! ¡Mantén en alto la constancia y la perseverancia en aquellas metas que te propongas! ¡Ánimo, no desfallezcas, tienes que empezar ya, ya!...

  

   Nunca pierdo la esperanza de hacerlo. Desde mañana todo será distinto. Lo juro. Joana lo jura y lo promete con el corazón en el cielo. Mañana. Mañana empiezo de nuevo.

 

                                EL SILENCIO DE NORALBA

 

   Desde que Noralba empezó a trabajar en el almacén no hemos hecho otra cosa que hablar de su extraña belleza. Claro, porque no es una mujer como todas. Ella lleva encima la ventaja de sobresalir de entre el resto de mujeres que trabajan aquí con nosotros de una manera natural, sin esforzarse casi.  Son mujeres provenientes de estrato medio-bajo con grandes aspiraciones de conservar el puesto al precio que sea. Pocas son las solteras. O como se dice, libres, sin compromiso. Me refiero básicamente a aquellas niñas recién salidas del colegio y que optan por un trabajo inmediato para subsistir. Su inexperiencia las convierte en elementos confiables para el patrón, incluso a la hora de fijarles el sueldo. Las otras son madres solteras dispuestas a todo. Tienen en su haber dos y hasta tres relaciones maritales sin consecuencias reprochables. “Al principio era lindo, el hombre de mi vida, nos entendíamos y la pasábamos bien. Con el tiempo las cosas fueron cambiando, el trabajo nos distanciaba, empezaron las desconfianzas, los reclamos y hasta las amenazas. Conocí a una persona, la amistad nos fue acercando mucho, terminamos enamorándonos. La situación me obligó a dejar a mi marido y seguir después con el pelado. Del primero me quedó una niña y con el de ahora tengo un niño. Tengo que ser positiva. Estoy joven y no se lo que pase más adelante”. Todas como cortadas con la misma tijera.  No es sino que uno se ponga a conversar con ellas para darse cuenta que sus intenciones siempre apuntan a algo concreto. De la única que no sabemos nada es de Noralba, pues a pesar de llevar dos meses, no se ha permitido la confianza con nadie para contarle sus cosas.  Ella llega, se sienta, y escasamente cruza palabra con el resto de sus compañeras. Hay seis cajas registradoras, seis puestos de pago con un muchacho ayudando a empacar. Ellos, los empacadores, son los que nos cuentan lo que ellas dicen y piensan de nosotros. Le preguntamos al empacador de Noralba y su respuesta es siempre  la misma: a esa pelada no le interesa hablar de nada ni de nadie.  ¿Qué tendrá Noralba para estar siempre tan callada? Es por eso que nos toca irnos despacito, con mucha delicadez y sigilo. Acecharla como hacen las hienas hambrientas ante la posibilidad de un suculento festín. “¡Cuidadito con sobrepasarse con la mona, partida de degenerados!”…  nos alertaba Renelgado, y los demás lo mirábamos con odio, con ganas de echarle ácido sulfúrico en los ojos, porque sabíamos que nada bueno tenía guardado en esa cabezota de monstruo perverso y devorador. “Escucha, maldita sabandija: aquí hay una mujer que nos gusta y debemos trabajar en equipo si queremos algo con ella. ¿Desde cuando piensas que puedes ir solo?”, le replicábamos con firmeza para que viera que no estábamos ajenos a sus tétricas  intenciones. El hijo de puta lo que hacía era estirar las comisuras labiales hacia las orejas mostrando su sonrisa maliciosa y ladina. Como las hienas cuando perciben el festín ajeno. Renelgado entonces cambiaba de semblante para disipar dudas: “Tranquilos muchachos, ustedes saben como soy yo, lo de sobrepasarse lo digo para atemperar los ánimos y no ir a cometer errores. Veo que la ansiedad los consume” Pero ya el resto habían empezado a desconfiar de él y prefirieron callar, observándose entre sí con un rencor imposible de ocultar. Renelgado movió la cabeza en signo de incredulidad. “Ustedes no entienden. A la mona hay que andarle suavecito, sin sobresaltos. No dejar que sospeche nada. No causarle dudas innecesarias. Si la asustamos se espanta y se va”. Tenía los ojillos encendidos con un brillo maléfico de sátiro en vigilia. “Está bien –le dijimos-, por esta vez te haremos caso. Pero aquí nadie va a actuar por cuenta propia. Nadie tiene privilegios ni ventajas sobre los demás O todos en la cama, o todos en el suelo. Ojo vivo con lo que hacés maricón de mierda” El hombre asintió palmoteándonos la espalda amistosamente. Entonces cogimos los carros y echamos a andar hacia la bodega no sin antes volver los ojos y mirarla a ella sentadita en su puesto atendiendo la fila de clientes. Muy sobria y adusta, como siempre. Apenas dirigiéndole una que otra palabra  suelta de atención a alguna persona que necesitaba saber algo sobre lo que acaba de comprar. Fijos sus ojos verdes en el dinero que entregaba y recibía.

 

 

   Cuando pasábamos por la sección de panadería cogíamos un paquete de los grandes de pan tajado y más adelante queso y mortadela. Teníamos hambre y la comida estaba allí por montones. La gaseosa podíamos sacarla de los arrumes acomodados al fondo de la bodega. Hasta allá les quedaba imposible asomarse a los vigilantes y eso nos permitía despacharnos con fruición del banquete escogido.  Comíamos en nombre de Dios y del patrón por ser tan bueno y tener tanta plata. Aunque a Renelgado no lo importaba ni lo uno ni lo otro. Para él todo debía estar al alcance de la mano para saciarse y disfrutarlo sin emplear mayor esfuerzo. La apropiación del bien común era uno de sus lemas impuestos al momento de establecer el orden  de sus prioridades personales. Y como se conducía por la vida sin Dios ni ley, su remordimiento era poco o inexistente al hacer su balance del daño causado. El dinero, la comida y las mujeres era lo único que realmente le causaba preocupación. Y con respecto a estas últimas, su obsesión lo llevaba incluso a seguirlas sigilosamente a los baños y poner sus ojillos encendidos en rendijas, huequesillos o aberturas que él mismo acondicionaba para saciar ese instinto morboso que lo atormentaba diariamente.   Era de los que acompañaba cada bocado de comida con un  estruendoso eructo. Y cuando terminaba, un pedo digno de una tuba en señal de agradecimiento. Los eructos  y los pedos de Renelgado tenían fama. Eran  como su razón social para moverse por el mundo. El que no cesaba de celebrar era Barbosa, que intentaba hacer algo igual sin lograr algo que pudiera equiparar o rebasar siquiera el éxito de Renelgado. “¡Imbécil! -intervino Ceballos-. ¡No se puede ser Rambo y el Jorobado de Notre Dame al mismo tiempo! Respeta las jerarquías, proyecto de hombre”. Entonces fue cuando se le ocurrió a Barbosa que Ceballos era mucho apellido para él y le puso Cebollas. Terminamos hablando pestes del pobre Barbosa y cagados de la risa por la cara que le puso Ceballos, el inteligente del grupo. De súbito nos acordamos de la mujer y salimos de nuevo a la carga con  renovada energía. Ella ni siquiera se había movido de su sitio. De vez en cuando levantaba la vista mirando como distraída la organización de un paisaje distante sin presentir ningún peligro. Tiene una blusita roja de tiras y el cabello suelto muy rubio cayéndole como cascada de oro sobre sus hombros y la espalda. Su piel broncínea despide un resplandor delicioso y sensual de mujer hecha en una fábrica de muñecas perfectas. La obra ambulante del sueño que cada una si había forjado para sí. Es, o la efigie rescatada de algún delirio antiguo de faraón. Tuvo que haber sido la más bella de su harem. Por eso es tan extraña su belleza. Porque no se acomoda ni concuerda con la época actual que vivimos. Su frialdad de mármol nos lo confirma. Porque ella desde que llegó ha sido así, y porque a Noralba no le gusta que le estén echando ni piropos siquiera. Sabe que tiene enloquecida a media humanidad, pero su rostro de mujer privilegiada transcurre con la indiferencia y la frialdad propias de una mujer sencilla, normal, nada pretenciosa, a quien solo le interesa ganarse el sueldo honradamente sin comprometer un milímetro siquiera de su prodigiosa belleza. Nosotros la detallamos en toda su magnitud y la admiramos mucho más por eso. Sin evitar, claro, caer en una especie de éxtasis cada que lo hacemos. Y cuando  advertimos de pronto que el furor y el deseo incontrolados nos impulsan a romper el pacto, nos volvemos entre sí como perros salvajes mostrando colmillos y fauces amenazantes. La idea del combate parecía inminente. ¡Quién lo iba a creer! Nosotros, los que siempre andamos juntos y bebemos y comemos del mismo plato. Nosotros, los que oímos, sentimos, vemos y actuamos al unísono de una sola palabra, de una sola voz, de un mismo mandato, unidos, fortalecidos y dispuestos “pa´las que sean”, como sentenciosa y categóricamente dice Barbosa, el más alegre y extrovertido de los cuatro, pero también el más impulsivo y menos piadoso a la hora de sentenciar sus venganzas. Y todo por culpa de quién: de ella, de Noralba, por haber llegado cuando el mundo, nuestro mundo, cumplía su ciclo de alegre demencia a cabalidad. Llegó para convertirse en una disyuntiva o un enigma, en un factor de conciliación y también de discordia, atrayendo y rechazando, iluminando y ensombreciendo los días como una maga hechicera venida de una región de espanto. Lo que le haya pasado hace tres mil años no es su culpa ni la de nosotros, dijimos con  propósito compasivo tras examinar su plano histórico y el nuestro. Y en vista de esto terminamos aceptando que Noralba, por algún extraño designio, era la elegida.

 

 

   A las tres de la tarde, la hora más tediosa y soporífera del día, nos poníamos a limpiar los vidrios de las ventanas para tener la oportunidad de poseerla en los reflejos que obteníamos con los trapos limpios y el jabón. Ni siquiera los objetos que se interponían entre ella y nosotros podían ocultarla.  Pero nosotros descubrimos que podíamos observarla en los objetos menos pensados como en el borde de un ganchito para el cabello o en la punta reluciente de un cuchillo. El tiempo se deslizaba como una araña de fuego sobre nuestras cabezas produciéndonos rasguños insoportables en el cerebro. Por ratos una voz caída de lo alto nos anunciaba que debíamos volver a la realidad. Era la voz del asistente de administración exigiendo menos relajamiento y más productividad: “¡Nos estamos durmiendo en los papeles, señores, qué pasa!...” Hacíamos los que retomábamos con ímpetu los carros sacudiendo la franela en el camino. Entonces Renelgado se estremecía de lujuria al descubrir la impúdica erección que se acentuaba bajo su casaca. Perro degenerado. Aunque en el fondo nadie podía declararse exento de estar sintiendo lo suyo y soportar de igual forma su propia agonía por algo que estaba fustigando implacablemente los sentidos.

   Así como tampoco nadie estaba dispuesto a ocultar los motivos que nos llevaban  a ponernos firme y decididamente frente a la muchacha. Ella seguía allí, estaba ahí puesta a nuestro alcance, y resultaba imposible que alguien más, con más coraje y agallas, interfiriera para que las cosas pudieran cumplirse como ya estaba  planeado. Simplemente había que ser cautelosos y saber esperar. Esperar a que la dulce princesa ponga sus blancos y delicados piecesitos dentro del círculo que habría de aprisionarla.

   “No nos digamos mentiras: Noralba no tiene comparación con  las que hay aquí adentro, ni tampoco con las de afuera también, sin exagerar. Es divina por donde se la mire. Esa mujer es única. La hicieron así, exclusiva e irrepetible. Una rareza del género humano. Rareza con belleza riman. Ella es así porque no quiso ser de otra manera. Sentada, parada, de frente, de lado, en la posición que sea, que se imaginen, es divina como una diosa”, dice Renelgado elevando religiosamente los ojos al cielo para sostener su argumento. Cebollas no tardó en bajarlo de la nube: “¿Divina dices?” Divina es una crema que mi abuelita se echa para las arrugas. No hagas comparaciones de mal gusto, viejo Renel, sea objetivo y aterrice mijo, usted ya está grandecito para andar pensando que la chiva caga bolitas de oro. Mire nomás le digo una cosa: Noralba es una hembra de carne y hueso que siente frío, calor, hambre, cansancio, que duerme, come,  caga, y peé por igual, y aquí nadie  va a comer de divinidad sólo porque la mona no se ha dejado hablar ni tocar. Si pretendemos darle un calificativo que la distinga del resto de féminas,  me parece que Rica, así de sencillo como suena, es el que mejor le sienta. ¿Y porqué es el que mejor le sienta? ¡Porque está rica suculenta apetitosa deseable comestible mamacita!... Y porque sencillamente pertenece al lado de acá, de la aglomeración, de la escombrera, del pandemonium, del agite cotidiano, del suelo, del hemisferio terrestre, de donde somos todos, los vivos, los que pisamos el pavimento duro y áspero de la Sucursal y aguantamos de todo lo que nos caiga encima. Desde manzanas podridas hasta bombas y serpientes venenosas. Hay que verla como es y ya. Bajémosla del pedestal para su propio bien. Eso le confiere dimensiones humanas propias que la convierten en una mujer común  y corriente como las que vemos todos los días yendo y viniendo por estas calles. El término Rica, sin ser del otro mundo, le aporta esa misma cuota de dulce pecaminosidad que nuestro padre Adán le descubrió a su impredecible Eva. ¿Me explico, muchachones, o les pongo a Cebollas para que complemente la lección?” Barbosa saca un cigarrillo del bolsillo superior del overol con evidente gesto teatral. “Con la excepción…” había empezado a decir a través del humo espeso, pero Cebollas le cortó abruptamente para decirle: “Con la excepción compadre, de que a nosotros su belleza nos tiene jodidos, física y materialmente llevados, hundidos en la miseria existencial. Somos  como espectros de muladar a su alrededor, ¿no te has dado cuenta? ¿Y todo para qué? ¿Para terminar convertidos en algo peor de lo que ya somos? ¿Enceguecidos con una luz ficticia que no es su propia luz sino la emanación caprichosa que nosotros mismos le creamos con tanta devoción para magnificarla? ¿Qué es Noralba en el fondo, realmente? ¿Una mujer? ¿Una imagen? ¿Una prospección vaga y engañosa de las circunstancias? ¿O sólo el producto de nuestros deseos reprimidos y morbosos? ¡Y pensar que al llegar a su casa se desviste, se pone cómoda, y deja que el hombre que la espera le haga el amor por las buenas o por las malas! ¡Porque sola no parece estar! ¡Ella también buscó lo suyo y lo tiene para su felicidad o su desgracia! Siempre, en la vida de mujeres como Noralba, hay uno o más hombres recordándoles apasionadamente que son unas santas o unas putas. Y las putas por dentro se emocionan hasta conseguir el grado de santidad que se merecen a fuerza de amor y de sacrificio. A mí no me venga con fábulas ni canciones de cuna, Barbosa. Y te lo voy a demostrar cuando la tengamos en nuestras manos”.

   Un silencio dubitativo y hostil se apoderó de Renelgado; sus ojillos inquietos empezaron a removerse dentro de su cavidad infestada de lujuria como buscando una respuesta en algún lugar cercano posible. Le enfurecía que alguien sobrecargara sus opiniones de perfidia y resentimiento. Por eso, sin perder ese rictus malicioso y enigmático que lo caracterizaba en situaciones similares declaró con toda la ira reflejada en la voz: “No voy a perder el tiempo contaminándome con el veneno que destilan sus palabras irónicas, viejo mán, pero grábese  esto que voy a decirle muy adentro de su cabeza de buey decrépito: Noralba no llegó aquí para jodernos la vida, se lo aseguro. Somos nosotros los que ya empezamos a jodérsela a ella. A ruñírsela por pedacitos. Acabará por destruirnos si no actuamos con prontitud. No hay opción: o es ella, o somos nosotros.  La mataré y me compraré luego una deliciosa cerveza helada”. Nos miramos simultáneamente sin atrevernos a contradecir sus palabras. El pacto estaba sellado.

 

   La pugna por obtener siempre el mejor sitio de observación para contemplar a Noralba no cesaba. Reñíamos, pujábamos, discutíamos, temblábamos de impaciencia y de ira, sudábamos a chorros, proferíamos insultos y denuestos cada vez más rabiosos y ofensivos para establecer esa  primacía a que creíamos tener todo el derecho. No quedaba un instante de calma ni de sosiego en nuestras almas atormentadas: si se sienta, si se levanta, si gira el cuerpo en la silla, si deja caer algo al piso, si estira los brazos para desperezarse, se emite un quejidito de pereza o de fastidio, si coloca las manos en las rodillas, si cambia de expresión, pasando de un estado de ánimo a otro, si aprueba o desaprueba, si pide o deja de pedir, en fin, no hay detalle, por mayor o insignificante que parezca, que pase desapercibido a nuestra mirada fija y expectante. Ella, acostumbrada siempre a sobrellevar la dificultad de su belleza inconmovible, se yergue hermosa, altiva y majestuosa frente al mundo, exhibiendo con eficacia la crueldad de la indiferencia. Humillados y escarnecidos, buscamos refugio en el único sitio donde podemos estar y conversar sin ser nunca interrumpidos por alguien ajeno a nuestro círculo: El socavón último de la bodega.

   Guarnizo era el más afectado y dolido de todos: flaco, pero de una agilidad prodigiosa, con el cabello largo amarrado en cola y sus delineadas patillas estilo Lorenzo Lamas en el Renegado, la serie de televisión que nunca nos perdíamos, Guarnizo protagonizaba su propio capítulo imprimiéndole el sello que lo caracterizaba. Y cuando le llegaban estos momentos de suprema ansiedad, semejaba el típico sobreviviente del exterminio nazi languideciendo sin esperanza dentro de las ruinas de su propio bombardeo interno. Barbosa, que no cejaba en su empeño de acelerar su destrucción, salía con que el flaquito mantenía batiéndosela detrás de las pacas amontonadas de papel higiénico. Degenerado el Renelgado, le decía, desvirtuando el Renegado por su precaria condición física. “Con decirles muchachos que hasta pone un afiche de cerveza al frente para inspirarse como los dioses en su cacería de chicas águila, ja ja ja…” El rostro desvalido de Guarnizo se transformaba de inmediato: una palidéz espantosa de muerto viviente cubríale por completo. En este estado resultaba fácil adivinar lo que iba a decirnos. Sus palabras sin embargo fueron escasas pero terminantes: “Barbosa, no se las quiera pasar de listo conmigo, que si me sigue provocando, le pego una puñada, usted ya sabe”

   El tono de la voz, ciertamente verídico y puntual, no lograba causarnos pánico a pesar de que en su amenaza podíamos oler cierto aroma de sangre reciente. Y Barbosa, que era el directamente afectado, no hacía más que reírse y burlarse de su intervención evidentemente cinematográfica. Por eso, trepándose a una silla, y adoptando figura de recitador, exclamaba repuntando la frase: “¡Oh, por todos los dioses! ¡Les juro que de este golpe ya no voy a levantarme! ¡Pronto, pronto, acercaos y desviad la mano flaca y homicida al sitio que le corresponde, que es donde más gusto y placer saca! ¡Es ahí donde debe permanecer para su solaz y entretenimiento!...” Las carcajadas burlescas no se hacían esperar, y todos festejábamos la ocurrencia Shakesperiana de Barbosa, sin cuidarnos de la reacción sorpresiva del apabullado Guarnizo. Al flaco le temblaba  el cuerpo de la ira como si lo tuviera cogido un cable de alta tensión. Sólo su deseo de venganza lograba sostenerlo para resistir nuestra burla. Pero entonces ya no habló más sino que miró a Barbosa con la mirada más fría y punzante de que era capaz para hacerse entender. De inmediato comprendimos que los días de nuestro compañero estaban contados y que había que hacer algo para evitarle lo peor. Pensamos en su pobre destino, y sin quererlo, pensamos en Noralba también, en que parte de nuestra progresiva destrucción se debía a ella, al hecho de estar ignorándonos por completo. Era su culpa, no la de nosotros.

 

   La guerra estaba más que declarada en ambos bandos. De allí en adelante había que pisar fuerte y en terreno firme. No se valían los errores y las equivocaciones. El que no tuviera bien claro lo que quería podía ir desertando antes de que fuera demasiado tarde. No teníamos noticia, ni contada ni relatada por nadie, de que Guarnizo hubiera matado a alguien, pero en vista de las circunstancias, podía empezar.

   La llegada imprevista de Bermejo, el carnicero, nos devolvió un poco la tranquilidad y la cordura. Era el único que podía transgredir nuestros límites porque se había declarado simpatizante de nuestra causa. El delantal blanco estaba repugnantemente teñido de sangre fresca. Su enorme cara de cerdo sacrificado estuvo a punto de producirnos risa. Pero tenía muchos arrestos para sobreponerse a la adversidad: “¿De nuevo discutiendo, muchachos? ¿Ustedes, que son el alma y el nervio de la fiesta? ¡Mala espina me da verlos en esta situación tan dispareja! ¡No olviden que la unidad hace la fuerza, y ahora más que nunca deben permanecer unidos para que las cosas se den como lo han determinado! Ya saben que pueden contar conmigo: un copartidario incondicional hasta la última gota de sangre derramada…” Su cara de cerdo sacrificado se transformó al arribo de una sonrisa ladina. Bueno, al fin y al cabo todos los cerdos sacrificados tienen esta sonrisa característica que los hacen triunfadores por encima de su propia fatalidad. “Oiga, Doc –le dijo al ratico Guarnizo-, usted lleva mucho tiempo despostando marranos, ¿verdad? ¿No será que esa cara es el resultado de los lazos tan estrechos que usted sostiene con los porcinos? Le aplicaron “La venganza del marrano” por pura simpatía y agradecimiento. O no, Doc. Y dígame: aparte de cerdos y vacas, ¿qué otra cosa ha matado ahí como por curiosidad?”

   Bermejo se sobresaltó visiblemente ofendido: “No entiendo qué quiere usted decirme, pelado. Explíquese a qué se está refiriendo en concreto”

   Guarnizo, tomándose un aire de confianza que a todos nos pareció provocante, prosiguió: “Me refiero, Doc, a que si no ha matado gente, personas, por ejemplo”

   Bermejo se puso esta vez como la grana viva; un súbito temblor se apoderó de sí haciendo que sus quijadas se  entrechocasen incontroladamente. Nunca lo habíamos visto ponerse de esa manera. Fue Barbosa quien intervino para decir: “¿Están viendo muchachos? Ya está empezando a decirnos la verdad”

   Bermejo hizo un intento de marcharse para no acabar de comprometerse en la indagatoria, pero Ceballos lo detuvo estratégicamente: “¡Tranquilo, compadre, este no es un interrogatorio, ni nosotros somos los jueces que van a dictarle sentencia! Aquí en confianza díganos si lo ha hecho y punto”

   Bermejo volvió a sentarse más confiado de la situación. Su cara estaba bañada en sudor. Guarnizo le pasó la franela, y éste apresuró para secarse. Vimos que iba a empezar. Barbosa sacó los cigarrillos y empezamos a fumar todos. Bermejo, más calmado, dijo lo que queríamos saber: “Yo maté hace mucho tiempo a un hombre con una botella. Estábamos tomando trago y surgió el problema. Simplemente la tomé de la mesa y se la descargué de lleno en la cabeza. Luego me acordé del cuchillo, y antes de que el hombre pudiera levantarse, lo rematé a puñaladas. Lo hice por honor. Porque a mí ningún hijo de puta me viene a faltar el respeto por gusto”

   La historia de Bermejo tenía un  trasfondo moral y quisimos averiguar de qué se trataba para haber cometido semejante atrocidad. Le instamos a que prosiguiera su relato. “A veces se habla mucho sin llegar a conocer a la gente –nos dijo apurando el humo hasta el fondo de los pulmones-. Fue en un bailadero, por los lados del río. Nos habíamos sentado a la mesa, tomándonos despacio el aguardiente, y turnándonos para el baile, había esa noche pocas mujeres curiosamente, y yo estaba con la mía, mi mujer, la de siempre. Eso de las turnadas era porque los que estaban conmigo la sacaban a ella, y como eran de mi completo conocimiento y confianza, yo se los permitía para que el ambiente se mantuviera al gusto de todos. En ésas se arrima un mán de otra mesa con la camisa ya de por fuera y tragueado, y sin más ni más le agarró la cumbamba a mi mujer diciéndole que saliera a bailar con él pésele a quien le pese porque estaba dispuesto a todo. El hijueputa lo que me tenía era bronca porque fue directo a provocarme. Yo ahí mismo me paré y me les puse en el medio. El mancito era casi de mi altura pero más fornido y con cara de asesino profesional. ¡Malparido a vos qué es lo que te está pasando!, le dije, y me contesta muy fresco “a mi nada, gurrupleta, yo me estoy dirigiendo es a la hembrita, ¿verdad mamita?, porque a usted yo la conozco, y hasta hemos salido juntos en algún momento, sino o no mamita, cuál es el problema, dígaselo a este perro pa´que entienda y se nos vaya abriendo, gonorzofia…” Mi mujer lo miró muy asustada a él y luego a mí quedándose muda y paralizada del miedo. Yo no quise preguntar nada, sólo agarré la botella y se la asesté en la cabeza aprovechando que el abusivo ya se estaba inclinando con intención de besarla. Ahí fue cuando me acordé del puñal, mejor dicho, esta media pendejadita que cargo conmigo, y se la hundí justo donde reciben el golpe de gracia los cerdos para que mueran más rápido. La gente ni siquiera se metió. Los que estaban bailando siguieron bailando como si nada hubiera pasado, y los que estaban sentados hasta pidieron más aguardiente para disimular, o quizás para celebrar. Con los otros que estaban conmigo sacamos el cuerpo de ahí, lo arrastramos hasta el río, y lo dejamos caer al agua para que se vaya al fondo sin hacer bulla con el pedazo de escombro que le amarramos.  Cuando regresamos ya habían limpiado los vidrios y la sangre y todo permanecía en orden como cuando recién llegamos. Mi mujer seguía allí sentada esperándome con  una sonrisa casi de agradecimiento en sus labios. Lo primero que me dijo fue: “te cercioraste mijo si quedó bién…” y yo le dije si, bién muerto como debe quedar un hijueputa como ése.  Sonrió esta vez convencida, como si el incidente no tuviera que ver con ella. Eso me inquietó un poco pero opté por no darle importancia. Incluso me dio la impresión que el suceso estuviera quitándole un gran peso de encima. Lo que no entiendo es por qué yo nunca le hice ningún reclamo ni le pedí explicación de lo que el tipo le había dicho. Nos fuimos después para la casa y yo me puse a esperar detrás de la ventana a que el escándalo reventara, pero fue como si al muerto se lo hubiera tragado la tierra con la anuencia y el beneplácito del mundo entero. Y los testigos, los que vieron de cerca, tampoco dijeron nada. El escenario perfecto para un crimen perfecto, como dicen en las series policíacas. Con mi mujer nunca más volvimos a acordarnos del asunto. Ella sabe que si vuelve a faltoniarme el camino que le queda es el mismo que tomó el difunto al fondo de su río. Mientras tanto vivimos felices, contentos, y bailando mucho. Eso es todo, muchachones, no quiero agregarle más arandelas a la historia porque todo acabó allí, y la vida es muy bella pa´seguirla viviendo sin problemas. Aunque cuando toca toca, y eso no lo sabe sino mi Dios”

   Cuando Bermejo hubo terminado, marchándose luego con su puñaleta bajo la casaca, nosotros pensamos cada uno para sí qué tan inmiscuidos nos sentíamos en el asesinato de Noralba sin siquiera haberlo llevado a cabo.

   Al final de unas muy prudentes y necesarias reflexiones optamos por olvidarnos de aquel delicado episodio en la vida de Bermejo, no sin antes recordarle a Guarnizo que nadie estaba dispuesto a dejarse matar sin cumplir primero con lo que a cada uno le correspondía en relación con Noralba. “Aquí todos estamos hasta los huevos por esa mujer, flaquito, y hasta que las cosas no se resuelvan como queremos, la que va a llevar del bulto es ella solita”

 

   Afuera, mientras tanto, ella resplandecía con una luz sobrenatural dentro de esa urna cristalina que la protegía. Su inocencia irresistible, tentadora, tan excitante como perversa, la convertía en una especie de niña-demonio arrastrándonos sin remedio a la perdición. ¡Qué visión maravillosa la de sus piernas sobresaliendo de esa zona de misterio de su faldita blanca perfectamente ceñida al universo de su cuerpo! ¡Qué derroche de candor y sensualidad despedían en cada movimiento! ¡Era como para perder la cabeza definitivamente al sólo contacto de su imponente hermosura!... Y sus ojos, su mirada, siempre insinuante y provocadora sin quererlo, pero atrapando y aprisionando como si fuese una sutil tela de araña en cuyos hilos de luz terminasen enceguecidos el alma y los sentidos… Por esa mujer valía la pena perder la razón y hasta la vida misma si en su consecución estuviesen éstas comprometidas. Convencidos de este trágico destino al que por voluntad propia estábamos abocados, aceptamos que Noralba cercenara de una vez y para siempre la inocencia y la bondad de nuestros corazones. Como una punzada instigante, propiciada por la vara de castigo con que alientan la bravura del toro de lidia, sobrevino lo inevitable, lo que despertaría en nosotros ese deseo terrible e implacable que  removió  nuestras entrañas: tenerla, apoderarnos de ella al precio que fuera y en las condiciones que se nos impongan para amarla hasta el último pálpito de su aliento.

   La decisión parecía tomada: tenerla y venerarla en el silencio impuro de nuestra locura como si fuera la mismísima Venus, la diosa de la que hablaba Guarnizo cuando le daba por sacudir sus retazos de conocimiento. Y de tanto insistir, Noralba se había convertido en nuestra diosa Venus, que era al mismo tiempo Afrodita, la diosa griega del amor y la belleza, nacida de la espuma del mar, como Noralba nacida de las tormentas de pasión que se formaban en nuestras pobres almas entenebrecidas. En cada cabeza los pensamientos apuntaban justo a la misma idea: entendiendo que ya nada parecía sostenernos en el nivel de lógica requerido, actuábamos como sonámbulos respondiendo sólo al instinto de nuestra ciega naturaleza, al ansia brutal que nos impulsaba a acercarnos a ella y asestarle el golpe de gracia que habría de ponerla al alcance de nuestras manos. Ella sigue girando y moviéndose en su burbuja cristalina como un exótico pececillo de lujo. La luz blanca de las lámparas que cae oblicua sobre su piel la convierte en una estatua de mármol, en la diosa griega, en el fetiche intocable, en la burda muñeca rellena de huesos y de tripas, en la implacable aniquiladora de sueños donde la última imagen será nuestra muerte. ¡Oh absurda perdición! ¡Oh perverso engaño! ¡Puerta por la cual entra el error y la falta! Pero sus gestos, firmes y precisos, altivos y desdeñosos, nos indican el comienzo de su más pura llama: tomarla y ponerla en un pedestal y alabarla e idolatrarla sin sosiego, invadir sus ojos siempre abiertos como larvas que luego irán escarbando por todo su cuerpo, escudriñar sus tiempos estancados y sus espacios más sagrados y más íntimos y dejarle un grito de amor allí donde sólo ella sea capaz de entenderlo y descifrarlo para su propia satisfacción y deleite. Sólo que su resuelta vanidad de mujer inalcanzable nos lleva de nuevo a creer que somos demasiado pueriles e insignificantes como para ser vistos y tenidos en cuenta. La rabia y el rencor se van apoderando de  nosotros. Ahora la insolencia de su belleza nos hiere y golpea de manera indecible. Un furor maligno empieza a hervirnos en la sangre. Ya no queda otra opción. La venganza se constituye en nuestra única herramienta de salvación. El tiempo estaba dado. Era ahora o nunca. Ahora o nunca.

   A Guarnizo se le encomendó la primera parte de la misión. Fue y la convenció de que se acercara un momento a la bodega para explicársele ciertos reglamentos con algunos productos. A esa hora de la tarde el movimiento del almacén decaía. Generalmente dejaban funcionando dos cajas de registro para atender a las pocas personas que llegaban. El calor espantaba a los clientes, lo cual aprovechaban las niñas cajeras para hacer un tour por el supermercado y enterarse de las últimas promociones. Ella le había dicho al muchacho empacador que iba a aprovechar para comerse una fruta. Guarnizo le ofreció una manzana. La manzana más roja,  más grande y apetitosa del mercado. La tentación del ofrecimiento la condujo lenta pero inexorablemente hacia la bodega. Su olor de hembra cautiva nos excitó hasta el deliro. La diosa subía sin sobresaltos hacia su pedestal.  

 

   En el interior de la bodega reinaba un silencio sacro, como de liturgia. Una luz amarillenta iluminaba muy tenuemente el escenario. Bermejo había juntado dos mesas y cubierto luego éstas por un amplio mantel blanco. En el centro, encima de una bandeja, se podía ver el reluciente puñal, el mismo con que despachó al hombre del bailadero al sueño eterno en el fondo del río. “Aunque no tenga velas en este entierro, quiero manifestarles mi aprecio muchacho aportándoles mi humilde contribución –nos dijo con el rostro bañado en sudor-. Todo por la unidad y el entendimiento del grupo. Ustedes encárguense del resto”

   Sin más preámbulo encaminó sus pasos hasta la puerta y salió ajustándola cuidadosamente. Noralba se quedó observándolo con la manzana ya mordisqueada en la mano. Un gesto de extrañeza apareció en su bello rostro. “Es por seguridad –se anticipó Ceballos-. No queremos arriesgarnos a nada. Menos a compartir nuestro banquete con nadie”

   Barbosa puso entonces en la mesa el queso, la mortadela y el pan tajado. Por la gaseosa no hay de qué preocuparse, la traigo después, dijo. Noralba puso cara de sorprendida: “Ya veo. Ustedes lo que quieren es seducirme con todo esto. Sólo que no voy a poder aceptarles el ofrecimiento porque con mi manzana tengo y me basta”

   Ante la rápida observación de la muchacha no tuvo más remedio que intervenir Guarnizo con una de sus infalibles teorías: “Por lo visto el terror a engordar es lo único que cohíbe a una mujer de satisfacerse con un buen manjar; nunca he visto a una mujer que no tenga apetito, y como sé que usted no se resiste a las ganas de comerse un buen sándwich preparado por mi amigo Barbosa, es que me permito, o nos permitimos mejor, invitarla a que se siente a comer con nosotros sin ningún complejo de culpa encima”

   Noralba recuperó un poco la confianza aceptando sentarse a un lado de la mesa, motivo por el cual Guarnizo  recargó con vehemencia sus argumentos: “Comer es lo que más les gusta a las mujeres. Pero el miedo a engordar es más fuerte que todo. Para una mujer es su peor desgracia. Eso de engordar, claro. ¿A usted qué es lo que le produce más miedo? Aparte de morir, que es lo más feo”

   Noralba lo miró un poco sorprendida por el tono utilizado, sobre todo con la última frase del comentario. Ya le estaba pareciendo como raro todo ese protocolo ciertamente espectral, pero manteniendo su habitual dominio y compostura dijo: “¿La muerte?” quedándose por unos segundos en actitud reflexiva. Luego de otro mordisco a la manzana respondió: “Mientras yo no sepa el día y la hora que tenga que morirme no puedo estar sintiendo miedo. Uno se asusta cuando sabe que algo va a ocurrirle y puede ser fatal. Mientras tanto no hay de qué ni por qué”

   Era la respuesta que necesitábamos. Así todo iba a resultar más fácil. El convencimiento de ella era nuestra garantía para llevar a cabo nuestros propósitos. Noralba estaba más bella que nunca en esos momentos. Cada pedacito de su piel nos excitaba y estremecía. Ya no había que perder tiempo.

   Con la frialdad inusitada del despostador profesional Barbosa levantó los brazos a espaldas de la mujer y el impacto del objeto pasó limpio a través de su cuello descubierto. Un grito de júbilo se escapó de nuestras gargantas: “¡Eso es, le diste, viejo, te luciste con esa jugada maestra! ¡Por fin, por fin, será nuestra ahora, la mujer nos pertenece por entero, todas nuestras desdichas terminan aquí mismo, y nadie sabrá lo que le pasó, nadie!”

   Una vez recogida la cabeza y puesta dentro de la bolsa plástica, procedimos a separar el resto de los miembros de su cuerpo para la repartición: Barbosa, por ser el artífice de la victoria, exigió quedarse con el tronco, fuente inagotable y nunca perecedera de sus desbordadas fantasías. “Le haré un tatuaje con mis iniciales justo encima del corazón”, aseguró visiblemente conmovido por la protuberancia palpada en sus dedos ágiles y ansiosos. Ceballos tomó para sí  las piernas de Noralba, piernas firmes y hermosamente bronceadas. “Pondré alrededor  de sus tobillos cadenillas de oro para asegurarme de que estará siempre conmigo no como mi esclava sino como la ama y la dueña absoluta de mi vida”. Ceballos tenía sus razones al decirlo debido a un pequeño trauma de niñez. Guarnizo, mientras tanto, hizo una sentidísima reverencia a las piernas ya asignadas, y sus dedos largos y huesudos acariciaron y tomaron inmediatamente los brazos de su reina absoluta: “Fueron estos brazos los que le dieron alas a mis sueños, manos y brazos esquivos en su tiempo. Con ellos en mi mente volé a máximas alturas hasta vislumbrar el infinito. No necesito más para recuperar la calma y dormirme feliz, abrazado y acariciado con ternura”

   Mientras tanto yo, sin revelar el menor signo de emoción ni gozo desmedido, con la certeza y la seguridad de estar cumpliendo un deber aplazado, guardé la bolsa con su cabeza sempiterna a fin de entronizarla en mi mundo de idólatra como cualquier Medusa de leyenda. Era lo menos que yo podía hacer por ella y por mí. Incluso hasta pude adivinar una fugaz sonrisa de complacencia en su rostro despierto. Su aceptación me pareció un poco morbosa por decir lo menos.

   Ella preside ahora mi sofisticada colección de objetos raros, inusuales, con que de vez en cuando sorprendo a alguno de mis pocos visitantes que llegan atraídos por la supuesta presencia de una cabeza de mujer dando órdenes, vociferando y disponiendo a su antojo las actividades de la casa.       

 

                           URGENCIAS NAVIDEÑAS

 

   Un momento: no voy a ponerme ahora en el acostumbrado plan del “pobrecito quejumbroso” clamando ayuda para resolver el problema. No. Ya no pienso incurrir en semejante equivocación. Solo me metí en este lío y solo tengo que salir de él. Soy tan fuerte y capaz como los demás. Lo otro son lamentos y sollozos de quien ha perdido la confianza y la seguridad en sí mismo. El que canta sus males espanta me enseñaron de pequeño. Y para cantante nací yo en esta vida. Bueno, quisiera ser el portador de buenas noticias, como Juan el Bautista, y cantar lo mejor del repertorio, como Héctor Lavoe. Este ya es un cuento de nunca acabar. De vieja data al estilo de papá. Para qué retomar entonces un sonsonete cuya pésima melodía me la sé de memoria. Sobre todo en  épocas como ésta, opresiva y acuciante. Llega diciembre y no hay plata. Nunca hay plata para nada.  Todo se va en ganas y en seguir esperando. Como la historia del villancico y el niño que nunca recibe juguetes porque el niño Dios no lo quiere. ¿Será que yo hice algo malo para que el niñito Dios no me quiera y cada diciembre me salga con lo mismo?  Mi fe sigue siendo inquebrantable cuando digo: Confiemos en Dios y en que el año que viene las cosas serán distintas, ya van a ver. Y empieza el año con las mismas características del anterior, lleno de problemas y dificultades. Es una constante que se sostiene durante los doce meses siguientes y llega diciembre y todo como al principio. Pero a veces uno saca arrestos y rompe con la norma. ¿Qué hice este diciembre, por ejemplo? ¡Oh infamia, oh crimen execrable: me compré un par de zapatos desafiando todos los pronósticos! Me había mantenido firme en el propósito de no aspirar a nada para no contradecir el mensaje del villancico. ¡Y cómo no dejarme seducir si los zapatos se ofrecían en evidente promoción! Me lo dijo la señorita que me atendió: están con el 50% de descuento. Un gangazo. Quise en esos momentos que reinara la armonía y la seguridad. La última vez que me puse unos zapatos nuevos fue cuando me dieron una pequeña bonificación. Estaba trabajando en el supermercado y el patrón me distinguió aquel año como uno de sus mejores servidores. De eso ya hacen seis años. Me compré los zapatos y de estar poniéndomelos todos los días quedaron peor que los “zapatos viejos” del tuerto López. De ese tiempo hacia acá adquirí la forzosa costumbre de andar con zapatos ajenos, esos que otras personas caritativas ya no se ponen o simplemente descartan por no estar a tono con la moda. Ahí están por ejemplo los que me regaló don Juan Martín Caicedo Muriel. Me dijo: no vayas a tomarlo a mal, simplemente me creo con la amistad y la confianza indispensable para hacerte un sencillo ofrecimiento, algo que puede servirte a ti o a quien lo pueda estar necesitando. Fue al carro y sacó un paquete. Están buenos, me dijo, sólo que me da pesar dejarlos por ahí tirados a la acción del deterioro. Don Juan Martín es uno de mis antiguos patrones y me lo encuentro de vez en cuando por la sexta o en Chipichape. Obviamente se trataba de buenos zapatos y la persona que los estaba necesitando era yo. Al verme, muchos creyeron que yo me gastaba una fortuna dándome esos gustos. Hace mucho tiempo que no tengo noticias de don Juan Martín. A lo mejor se fue del país o se murió.

   Con la plata de esta quincena ($240.000) fuimos al centro ayer sábado y compramos un muñeco y un cochecito para mi hija. También le compré unas chanclas a mi mujer, de esas que venden en la calle, y ya cuando íbamos de regreso a casa, se me ocurrió la idea descabellada de “mirar unos zapaticos” ahí en un sitio donde me pareció que estaban baratos. Entramos al almacén y al examinarlos vi que no eran del todo recomendables. Están feos y ordinarios, me dijo mi mujer, piense en algo mejor, algo que le sirva. Le dije a ella que dejáramos el asunto de ese tamaño, pero ella reaccionó muy brava diciéndome que cuándo era que yo iba a tenerme un poquito más de consideración y me colocara unos zapatos decentes. El reclamo fue más allá pues también me dijo que si yo definitivamente me había conformado con mi suerte y un poco de cosas más que incluían aspectos delicados de honor, orgullo propio y dignidad. En fin, verdades éstas y argumentos que me pusieron los pelos de punta. Dimos con un Calzatodo en medio del conflicto, tomando ella la iniciativa de entrar primero. Yo iba detrás, observando y analizando cuidadosamente sus movimientos. Mi hijita marchaba a mi lado aferrando mi mano. Mientras mi mujer hacia su recorrido, yo miraba y observaba los módulos de exhibición. La mayoría eran zapatos finos y costosos. Cuando ya iba perdiendo la esperanza alcancé a ver un aviso de oferta con algunas piezas puestas ahí. Tomé unos que me llamaron la atención por el modelo y el color, marrones como con manchas y peladuras simulando trajín de deportista. Mi mujer dijo que cómo se me ocurría ponerme eso tan feo y tan viejo pudiendo optar por algo mejor y que parezca nuevo. Yo no entiendo esa interpretación de algo que a mí me parecía fresco, descomplicado e informal. Como se le ve ahora a la juventud usándolos a la par de sus bluyines envejecidos y llenos de huecos. Pero claro, como uno es pobre y anacrónico esas cosas no le lucen. Teniendo plata es como la pobreza de la ropa no se nota.

   El regaño tuvo su efecto pues hasta mi pequeña hija intervino diciéndome si papi, buscate unos mas bonitos, y al decir bonitos quería decir normales, como los que encontró mi mujer y me pasó diciendo éstos son los que debe ponerse, mírelos nomás y dése cuenta la diferencia. La niña que nos atendió me preguntó que cuál era mi número y yo le respondí sin ambages 39, como si estuviera acostumbrado a este tipo de compras. La expresión diligente de su rostro de pronto adquirió aires pensativos que a mí me produjo mala espina. Mire señor, me dijo sin querer decepcionarme del todo, este calzado es fino, de marca, y se tiene en oferta porque la línea se descontinuó, esa es la razón del precio y también de que no hayan todos los números. Pruébese este 38 a ver que tal le va. Tomé los zapatos y me senté. “Me quedan apretados”, concluí. ¿Mucho? Mucho si. Bastante. Es que mírelos nomás, por más que trato me dan dificultad para ponérmelos. Y hasta es posible que el 39 tampoco me sirvan. Con la edad los pies crecen. ¿O se van deformando? Que pena. Mi mujer intervino: ¿no tendrá de casualidad algunos en la bodega? Vaya y mire, de pronto estamos de buenas.

   La niña, muy atenta y comprensiva, accedió. Renacían de nuevo mis ilusiones de ponerme esos zapatos por tanto tiempo esperado. Al ratico volvió la niña trayendo una caja azul con letras vistosas. “Está de buenas señor, aquí hay unos 39”

   Llevo 48 horas de haberlos comprado y aún no salgo del susto, antes que del asombro. Esos treinta mil pesos eran parte de la cuota que debo pagar en el Banco. Hace dos días me mandaron un comunicado con el consecuente aviso de sanción si no me pongo al día con ellos. Al menos pactar un acuerdo de pago. Salí del almacén pensativo con el paquete aferrado a mi cuerpo. Entramos después en el supermercado a comprar cosas que nos hacían falta. Ya después, al pasar por un almacén de ropa mi mujer me dijo espéreme un momento, voy a mirar un conjuntico para la niña, y entró resuelta y decidida. Yo me quedé afuera mirando a la gente entrando y saliendo del lugar. Comenzando diciembre mi hermano Fabricio nos trajo la ropa para estrenar el 24. Me dijo mi mujer que si entonces Fabricio no le hubiera dado esa ropita a la niña yo tampoco hubiera hecho nada por comprársela. Si sabe que no es así entonces porqué me dice eso. Todo en mi vida parece ser un desastre. ¿O una injusticia?

 

   Había prometido no entrar otra vez en el plan del pobrecito quejumbroso que clama con desespero ayuda para resolver el problema. Sé que hay un Dios y que está vivo en alguna parte. Pero a donde quiera que se encuentre parece que sus múltiples ocupaciones, así como demás actividades de orden universal no le permiten fijarse ni detenerse en un caso tan insignificante como el mío. El Niño Dios al que yo clamo sigue  refugiadito en su casita del pesebre pensando en que le están llegando  cartas de todo el mundo y en las respuestas que les dirigirá a sus remitentes. Mi hija, para no ir más lejos, le puso la suya al lado de la cuna. Pide que le traiga una barbie, la casa de la barbie, una bicicleta, un celular con cámara y un computador.  Cuando era niño le pedí a ese mismo Niñito Dios que me pusiera un juguete en el pesebre. En medio de esa inocencia y de esas ganas por tener uno el día de navidad le prometí muchas cosas de mi parte, que sería bueno con mis hermanitos, obediente con mis padres y muy aplicado en la escuela. La mente de un niño le pone unas alas inmensas a la imaginación, pero sobre todo al sentimiento. Y esa noche, bella noche del 24, mi mente y mi corazón palpitaban a punto de reventarse. Cuando desperté al otro día sobresaltado con la idea de encontrar mi regalo lo primero que hice fue correr hacia el pesebre. El Niño Dios no podía haberme fallado. Un regalito, cualquiera, yo no era exigente ni pedía cosas imposibles. Corrí imaginando encontrar el regalo, destaparlo, y salir con él a la calle para ponerme a jugar. No me di cuenta que estaba ahí, frente al pesebre, y que no había nada. ¡Pero si yo se lo pedí al Niño, para eso le hice el pesebre con mis propias manos, juntando cositas que iba encontrando por ahí, pedacitos de madera, piedrecitas, armando yo mismo el pueblito con cartón recortado, poniendo las figuritas hechas con arcilla, los pastores y las ovejitas! ¿Qué pudo haber pasado entonces? ¿A qué estaba jugando el Niño Dios conmigo? Me asomé bien, busqué en todos lados, a lo mejor vino, los puso, pero se cayeron por detrás, están debajo. Levanté el musgo, el papel puesto alrededor; nada, nada, allí no había nada. Afuera los niños corrían, gritaban, reían, festejaban. Los regalos que a esos niños les llegaba en exceso y les sobraba, acá en nuestra casa faltaban. Y mi madre se ponía muy triste y papá ese día casi no hablaba. Entonces ya no nos daba ganas de salir a la calle y nos quedábamos allí adentro viendo a mamá haciendo la comida y secándose las lágrimas con un trapo. Sin embargo sacaba ánimos para decirnos que el niño Dios había llegado y estaba ahí con nosotros para cuidarnos, para protegernos, para darnos cosas más importantes que un juguete. En este mundo lleno de maldad solamente el Niñito Dios hacia que a nosotros nunca nos pasara nada. Lo otro podía considerarse secundario, se podía remediar y conseguir en cualquier momento.

   Aquí en este mundo las cosas efectivamente sobran, abundan en las calles y en los almacenes, en las grandes bodegas. Pero da la casualidad que ese “en cualquier momento” tan deseado y esperado desde la niñez sigue prolongándose y durando toda la vida.  

   Y la verdad sea dicha, a mí nunca se me ha apagado el niño que llevo dentro. Todavía no se me acaban las ganas de ver mi regalo en el pesebre cualquier diciembre de éstos.

 

                                          ENTRE GRIS Y OSCURO

 

   Son las nueve de la mañana. Tarde ya para un supervisor que apenas abandona las cobijas para retomar sus deberes al frente del grupo. Desde mi Portería observo cada día su rutina de todos los días. Su dormitorio queda casi al frente, en una de las casas de la urbanización. Sale y se dirige directamente hacia acá donde yo estoy prestando mi servicio. Es el primer y más importante recorrido que hace dentro de su programación como supervisor de la compañía en esta zona. Ni siquiera saluda cuando llega. “¿Hay café?” es lo primero que pregunta. Lleva el cigarrillo listo en la mano. El sabe que hay café en mi termo y por eso sigue derecho hacia la piecita donde nos cambiamos. Yo sigo moviéndome en mi portería, atendiendo las cuatro puertas que me corresponden. Es la más temida y repudiable de todas según la opinión de los otros compañeros. Por eso la mayoría demuestra trabajar mal y cometer errores para que los cambien a otro sitio. Sólo yo he permanecido firme y sin demostrar ningún quebrantamiento físico, síquico u anímico. Mi disposición ha sido constante y total. El superior, enfundado en su uniforme azul, el mismo que lleva puesto desde hace seis días, se sienta cómodamente en la silla blanca con la taza de café llena hasta el borde y el cigarrillo ya prendido. Va arrojando las cenizas en el piso limpio acabado de trapear. Su figura parece adquirir una imponencia de ídolo tolteca con mirada sesgada y rostro verdaderamente de piedra. Hasta el momento no ha empezado a trabajar pero ya lo hace allí sentado escrutando minuciosamente cada uno de mis movimientos. Una vez termina de beberse el café deja la taza encima de la silla sin darse el esfuerzo siquiera de lavarla. Cuando pasa por mi lado sólo atina a decir “si el mayor pregunta por mí le dice que llevo tres horas en una misión afuera, no más”. Camina mirando al piso, como si en su mente llevara de veras el peso de un gran problema. Veo que entra nuevamente a la pieza, al dormitorio. Para un fumador empedernido la obsesión por un poco de café lo hace salir de donde sea. Pero una vez mitigadas las ansias vuelve tranquilo y relajado al sitio de donde salió.

   Mientras tanto llevo tres horas largas al frente de mi trabajo sin poder empezar mi desayuno. La actividad que presenta la portería es intensa desde el primer minuto que uno recibe el puesto. Son cuatro puertas manejadas manualmente y que deben abrirse y dejarse inmediatamente aseguradas con candado. Tres son vehiculares y una peatonal. Simultáneamente las cuatro puertas requieren atención: la principal, la del ingreso a la fábrica, por donde están entrando y saliendo montacargas, cargadores, motos de los operarios, bicicletas, triciclos, carretillas, el tractor del aseo con su fila de vagones, etc., está la puerta del almacén y la bodega de materiales con el mismo movimiento de vehículos, sumados los de proveedores y contratistas, luego la puerta de la bodega de producto terminado y su tránsito de tracto mulas, volcos, furgones, camiones, camionetas y containeres. ¡Y el mismo paso fastidioso de los montacargas entrando y saliendo a todo momento! Queda la puerta peatonal, la de control de personal propio y ajeno, la puerta de las luchas y los sufrimientos, la del cielo y del infierno. Y en medio de todo este caos un guarda, un solo guarda haciendo malabares con su humanidad para que todo transcurra en la más completa normalidad. Han transcurrido apenas tres horas de mi turno y estoy sediento y empapado de sudor. No tengo a nadie cercano que venga a relevarme unos minutos para poder tomarme un café, un poco de agua o dirigirme al baño.  El supervisor se ha dado cuenta, siempre se da cuenta, pero asume que no es problema suyo. Sin embargo cuando se me queda alguna puerta abierta porque de la otra me han exigido prioridad el hombre no se de qué sitio oculto me da radio sólo para decirme “¡noventa noventa noventa la puerta!”… Aquí en esta Portería soy 90, Radar 90, y debo estar muy atento a las comunicaciones. Si el hombre modula y yo no le salgo de inmediato presume que estoy distraído o ajeno a esa parte importante del trabajo. Su llamado de atención se hacer sentir. También hay un teléfono que debo atender a los dos primeros timbrazos. Y da la casualidad que suena cuando más ocupado se encuentra uno. Hay que contestarlo en el acto porque puede tratarse de una llamada urgente de algunos de los jefes de la empresa. Anteriormente, cuando este puesto aún estaba bajo el control de la seguridad propio de la empresa, disponían hasta de cuatro hombres para su manejo. Pero a partir de los cambios y reajustes que se hicieron se le transfirió a la compañía que pertenecemos para que se hiciera cargo de casi todos los puestos que conforman el esquema de seguridad de la empresa. El trato fue que la compañía pondría cuatro hombres, tres para cubrir los turnos de ocho horas y un relevante. Desde entonces se viene trabajando así con todos los sacrificios y desventajas que tal esfuerzo representa sin que nadie tome cartas en el asunto. Y el hombre de azul está ahí, ganándosela sólo de presencia, porque todo el trabajo lo hacemos nosotros. Incluso hasta los informes escritos que necesita para dirigirse al mayor o a los altos directivos de la compañía. Viene y me dice escríbame un informe de tales y tales características, aquí están los datos, lo quiero para dentro de una hora.

   Descansa los sábados. Se va desde el viernes por la tarde y regresa el domingo al medio día. Últimamente dizque lo han visto mucho frecuentando a una muchacha de una vereda cercana. Incluso hasta se comenta que tiene entrada en la casa de los suegros y que allí lo atienden como un rey.

   Son las nueve y media. La puerta del dormitorio se abre. El hombre de azul tiene ya su agenda bajo el brazo. Signo ahora sí de que va a pasar la revista a los puestos. Sus pasos lo dirigen directamente acá de nuevo. Pasa por mi lado sin decir nada. Va a la piecita. Toma la taza que dejó encima del asiento y se sirve más café. El humo del cigarrillo se hace notorio. El adiestrador canino que lo ha visto se acerca a él. Empiezan a hablar. Pero no parece una charla de trabajo sino la prolongación de un viejo tema de amigos. Hablan y se ríen maliciosamente de los que están tratando. El adiestrador, cuyo código es Galio, ha tomado asiento con otra taza de café servido de mi termo, desde luego. La sensación que tuve fue que al tiempo que me observaban se reían. Como burlándose de algo que yo estuviese haciendo. Tomé la iniciativa entonces de apartarme de las puertas un rato para dirigirme hacia ellos con paso resuelto. Destapé el termo y me serví un poco de café. El hombre de azul hizo la intención de pararse e irse de allí. Permítame un par de minutos que tengo algo que decirle, señor supervisor, y entonces volvió a sentarse dirigiéndole una mirada cómplice a Galio.

   -Lo que tenga que decirme que sea rápido, estoy ocupado.

   -Me gustaría que fuera un poco más en privado, jefe.

   -Aquí nada de lo que concierne al servicio debe hablarse a espaldas de nadie. El señor aquí presente es de mi entera confianza, así que desembuche.

   -Le reitero que el asunto que me atañe es personal y reclamo el derecho a ser tratado con la discreción debida.

   A lo que Galio de inmediato respondió:

   -Por mí no hay ningún inconveniente, ya me voy.

   El de azul lo detuvo:

   -Quédese porque lo necesito para una diligencia.

   -Está bien –les dije a ambos-, lo que trato de evitar son posibles malinterpretaciones de lo que voy a decirle, que efectivamente corresponden al servicio. Estoy en desacuerdo con las nuevas normas que se sacaron para extremar el control de seguridad en las puertas. La gente lo que ha hecho es emprenderla contra el guarda sin entender que no somos nosotros los que imponemos las leyes sino el reglamento de la empresa. Son otros, los de arriba, los que expiden el comunicado, y allá que el guarda se encargue de resolver las cosas. Para uno solo es difícil hacer todo eso, aquí se necesita otro guarda para complementar y llevar a cabo todo este trabajo. Aquí lo que se está cometiendo es un abuso y un atropello contra una persona que viene a ganarse el salario mínimo para tantas responsabilidades como le echan  encima. Se necesita otro guarda –aquí me interrumpió abruptamente para terminar él:

   -Que se haga cargo del trabajo que ya le está costando hacer a usted, ¿no es así?

   Pero yo estaba dispuesto a no callarme las cosas y decírselas muy claro:

   -Me refiero al trabajo que anteriormente ejecutaban tres y hasta cuatro vigilantes de la empresa en esta misma portería, y que ahora le toca realizar a uno solo. Todo porque somos los contratistas y debemos responder a costa de lo que sea. El negocio fue redondito para la compañía pero cruel y nefasto para nosotros. Y no es la primera vez que se lo digo, pero en la situación en que nos encontramos, está visto que no nos asiste ningún derecho a reclamar, protestar o exigir un mejor tratamiento. ¡Menos a cometer errores! Guarda que la cague, como usted dice, se va. Y sabemos que aquí el guarda está expuesto, por las condiciones en que se encuentra, a cometer errores. Y si los comete no es por incapacidad ni falta de instrucción sino por exceso de trabajo. Pero la consigna es clara: no se admiten errores, imprecisiones y equivocaciones. Para eso esfuércese al máximo, haga acopio de todas sus fortalezas tanto físicas como mentales para no incurrir en faltas graves que perjudiquen el servicio. Es la cuota que hay que pagar para sostenerse. Para no ser sacado o excluido. Ese temor que nos embarga es la fortaleza de ustedes y la debilidad de nosotros para seguir trabajando como si nada pasara. ¿O me equivoco, señor?

   El de azul exhibe un gesto burlón de incredulidad. Galio lo mira de reojo y sonríe un poco también. En todas las puertas se han  acumulado personas y carros. Silban, gritan, exigen, lanzan improperios contra el guarda. Claman por su cabeza. El de azul los mira y me mira.

   -Estoy por creer que la suya no es una queja de tipo laboral sino una evasiva bien craneada para dedicarse a su trabajo. Nadie es imprescindible en esta vida. Y aquí en la portería sí que menos. Hay muchos que me están pidiendo que los traiga acá. Hoy usted me está haciendo un reclamo, pero yo mañana, teniendo en cuenta lo que me está diciendo, perfectamente le puedo estar comunicando la decisión de la Compañía de estar prescindiendo de sus servicios. Aquí le comento delante del señor Galio que en la última reunión del Comité me otorgaron carta blanca para decidir con quienes puedo trabajar y con quienes no. ¡Y no vaya a pensar que saliendo de aquí va a tener la posibilidad de continuar en otro puesto como dicen todos y seguir bien campantes! ¡Eso se les acabó, ni a la ciudad ni a ninguna otra parte! Son liquidados de una vez.

   -Le viene como anillo al dedo eso de la “Carta blanca” a usted, teniendo en cuenta algunas circunstancias que no le favorecen para nada. Es la oportunidad de que dispone para saldar con éxito algunas de sus “deudas” por ahí pendientes… Ya sabe a lo que me refiero.

   -Guarda que no sirve se va.

   -Querrá decir “guarda que no le sirva a usted”, a sus intereses personales. ¡Claro, gente idónea, apropiada y decidida! ¿Cómplices, diremos?

   -Guardas leales y comprometidos, que no les tiemble el culo, es lo que necesito en el grupo.

   -Sé muy bien a qué clase de guardas se refiere y claro, yo no reúno esas “cualidades”.

   -O sea, que no es el guarda que necesito en sus propias palabras. Tenías razón, Galio, ya no se puede confiar en nadie. Hasta el más tierno cachorrito pela el colmillo.

   -Eso mismo le digo yo.

   -¿Y cuál es la propuesta? ¿A qué pactos quiere llegar? Ya le dije lo que podía pasar mañana.

   -El mañana no le llega a nadie sino se tiene conciencia del hoy. Y menos usted puede asegurarme nada de lo que todavía no existe. Sin embargo, ya que se muestra dispuesto a hacer pactos, el mañana puede ser tan opuesto para usted, como positivo y viable para mí. Yo, si quiero, también le puedo estar comunicando mi decisión de estarme yendo de aquí y dejar constancia de algunos asuntos en la compañía. Auto recurso, podríamos decir, de la famosa carta blanca.

   -Bueno bueno me parece que estamos llevando las cosas demasiado lejos y aquí de lo que se trata es dialogar y ponernos de acuerdo. O no, Galio. No puede dejar su trabajo de la noche a la mañana. Quedarse sin empleo a estas alturas de la vida puede resultarle catastrófico hombre. Los Bancos son implacables en estos casos. Y usted apenas está empezando a rebajar la deudita de su crédito de vivienda, y aunque no lo crea, hay que seguir trabajando para no meterse en líos. Además, su permanencia aquí puede reportarle muchos beneficios en el futuro. Yo puedo recomendarlo para que entre a trabajar directamente con la empresa, por ejemplo. Yo mismo me estoy patrocinando con mi buen desempeño. Por otro lado, lo necesito para que me siga colaborando en la redacción de los escritos, quiero volverme escritor y ser más famoso que García Márquez… jajajaaa… No soy del todo injusto ni malagradecido para reconocerle sus méritos. Los papelitos han servido de mucho para mi consolidación en el cargo como supervisor. Nadie duda que sea un elemento valioso, con enorme aptitud y credibilidad. ¿Gracias a qué? A su talento, que no ha podido usarlo en su favor, y sí a mi ambición por querer alcanzar lo que quiero. Una persona sin ambición no surge por todo el talento que tenga. Y entre talentoso y ambicioso hay también que ser un poquito… ¿avispado diríamos, Galio?

   Galio levanta las cejas para lanzar un ¡uff! aprobatorio que al de azul termina por hacerlo reír. Por último dice:

   -Me parece que no está del todo equivocado siendo que usted hace rato descubrió el camino más fácil y rápido para llegar donde quiere. Un hombre con el talento reconocido de nuestro ilustre compañero aquí presente no debe echarse a perder por un simple arrebato. Hay es que ponerse de parte de los que saben y pueden, esos que en determinado momento lo suben a uno un poquito más arriba de donde está. Es un asunto de política, de estar de parte del ganador. O no mi super.

   -Tú lo has dicho Galio. Ojalá aquí el joven lo entienda mejor y no se meta a  rebujar los costureros ajenos. Hay agujitas sueltas que pueden pinchar feo…

   Sus carcajadas burlescas todavía resuenan en mis oídos.

    

                                  UNO. MASACRE EN UCRANIA. LOS HECHOS.

 

   Repudio, pesar y consternación ha causado la muerte vil y miserable de nuestros compañeros de trabajo Rómulo Gallego y Faustino Cortéz a manos de un grupo de delincuentes patrocinados supuestamente por la guerrilla, y que tiene su centro de operaciones en esta zona del noroeste caucano. En el acto criminal también perdieron la vida otros dos vigilantes del Ingenio, los señores Eduardo Cuenú y Juan Cataño, quienes llevaban catorce y doce años respectivamente de encontrarse laborando en esta empresa azucarera. Los cuatro vigilantes cumplían, en momentos del ataque, su turno normal como recorredores de patrulla en las áreas asignadas para su trabajo, en plena zona roja, catalogada así por las autoridades gubernamentales por estar bajo el  control del sexto frente de las FARC que operan en la región.  Los señores Rómulo Gallego y Faustino Cortéz habían empezado a desempeñarse como guardas de seguridad hacía apenas una semana en la Compañía, y por ser residentes en esta zona del cauca fueron asignados al grupo que presta su servicio en el Ingenio. Siempre manifestaron su confianza y satisfacción de poder llevar a cabo las labores que se les asignaron como auxiliares de patrulla en los vehículos de la empresa que cumplen este fin.

   Los hechos ocurrieron el pasado lunes 07 de febrero, entre las 11:00 y las 12:30 del mediodía en el sitio denominado Ucrania, de la hacienda Caucana, en inmediaciones de Corinto, Cauca. A esa hora, y cuando se encontraban  realizando su desplazamiento de rutina, fueron cercados y sorprendidos después por un grupo de facinerosos fuertemente armados que se movilizaban  en vehículos para dar cumplimiento a su objetivo asesino. Parece ser que los vigilantes no pudieron reaccionar a tiempo, siendo sorprendidos y puestos en estado de indefensión total para proceder luego los delincuentes a despojarlos de sus armas de dotación. Lo peor vino después cuando, inermes y a voluntad del supuesto comandante del operativo delincuencial, los obligaron a tenderse en el piso y recibir los tiros de gracia que acabaron con sus vidas. Todos los pormenores de la masacre fueron observados por algunos trabajadores de la hacienda que se encontraban  en el sitio ejerciendo sus faenas de campo y que, ante la arremetida cruel y homicida de los delincuentes, buscaron refugio entre la maquinaria y otros parapetos de labranza para no ser descubiertos y correr la misma suerte. En este inhumano acto de barbarie participaron elementos subversivos pertenecientes al citado frente, y que responde al plan de hostigamiento y retaliación que los insurgentes han emprendido en contra del ejército y la policía por los operativos que se vienen adelantando en esta zona. Apenas se tuvo conocimiento de los hechos, nuestro supervisor se desplazó inmediatamente hasta el sitio de la tragedia con la esperanza de rescatar con vida a alguno de nuestros infortunados compañeros, pero ante el horror de la escena descubierta, con los cuerpos brutalmente acribillados, vio que ya nada quedaba por hacer. Hay una versión de un operario de máquina que señala, sin embargo, que nuestro compañero Rómulo Gallego alcanzó a permanecer con vida durante unos minutos después de recibir las balas, aferrado quizás a una última posibilidad de ser socorrido, pero que ante el miedo de correr la misma suerte nadie se atrevió o moverse  del sitio a donde corrieron a refugiarse. Exhaló su último aliento entre la tierra y las hojas secas de caña.

   Los cadáveres de los cuatro vigilantes fueron trasladados a la morgue municipal de Corinto, Cauca, para la diligencia necroscópica de rigor. Mientras tanto los familiares de cada una de las víctimas exigen que haya un esclarecimiento de los hechos por parte de la empresa para la cual trabajaban. Uno de los hermanos de Rómulo Gallego dice que eso no puede quedarse así y que llegarán hasta la última instancia legal para que respondan por la muerte de su ser querido.

Febrero 13 de 2005.

 

 

                                     DOS. LA REFLEXION.

 

   No hace falta pensar mucho para darse uno cuenta de cómo es usted realmente como persona y ser humano.  Y como no creo equivocarme, me cuido.

   Savater, en su libro  “Ética para Amador” (le aconsejo que lo leo urgentemente) hace unas precisiones muy afortunadas sobre la libertad. Para yo entrar a exponerle mi propio punto de vista, me parece oportuno, aparte de conveniente, citar un fragmento del capítulo “Haz lo que quieras” para más adelante ir sacando conclusiones. Dice Savater: Libertad es poder decir “si” o “no”; lo hago o no lo hago, digan lo que digan mis jefes o los demás; esto me conviene y lo quiero, aquello no me conviene y por tanto no lo quiero. Libertad es decidir pero también, no lo olvides, darte cuenta de que estás decidiendo. Lo más opuesto a dejarse llevar, como podrás comprender. Y para no dejarte llevar no tienes más remedio que intentar pensar al menos dos veces lo que vas a hacer; sí, dos veces, lo siento, aunque te duela la cabeza… La primera vez que piensas el motivo de tu acción la respuesta a la pregunta: “¿porqué hago esto?” es del tipo de las que hemos estudiado últimamente: lo hago porque me lo mandan, porque es costumbre hacerlo, porque me da la gana. Pero si lo piensas por segunda vez, la cosa ya varía. Esto lo hago porque me lo mandan, pero… ¿por qué obedezco lo que me mandan?, ¿por miedo al castigo?, ¿por esperanza de un premio?, ¿no estoy entonces como esclavizado por quien me manda? Si obedezco porque quien da las órdenes sabe  más que yo, ¿no sería aconsejable que procurara informarme lo suficiente para decidir por mí mismo? ¿Y si me mandan cosas que no me parecen convenientes, como cuando le ordenaron al comandante nazi eliminar a los judíos del campo de concentración?

   O como cuando, por referirme a un mismo caso específico, les ordenaron a los compañeros hacer acto de presencia en una zona crítica, de conflicto, centro de operaciones y desplazamientos de grupos armados al margen de la ley (guerrilla, paramilitarismo, delincuencia común, etc.), a sabiendas de que en el mismo lugar, y hacía escasos dos meses, otros dos compañeros que se encontraban patrullando en cumplimiento de su turno normal fueron interceptados, obligados a bajarse del vehículo y luego, ante las amenazas de ser acribillados allí mismo, les exigieron partir en retirada montaña abajo con el mensaje claro y contundente de que si volvían a asomarse por esos lados los mataban a todos. Pero ahí en la oficina de seguridad del Ingenio le restaron importancia al tema, que era una amenaza concreta, aduciendo que la empresa funcionaba en zona roja y que todos los trabajadores  corrían el mismo riesgo por igual. Así que en vez de suspender el patrullaje por cuenta de la vigilancia lo que hicieron fue incrementarlo y exigirlo al máximo.

   Aquel lunes fatídico de la masacre de los compañeros, ellos partieron a los sitios designados portando revólveres Llama calibre 38 y seis cartuchos de repuesto en la funda. Cuando hicieron los primeros reportes por el radio, informando que se encontraban por esos predios, pasándole revista a la maquinaria, y notando, o siendo informados mejor por los trabajadores de la hacienda de movimientos sospechosos de personas extrañas, la orden fue tajante y concluyente: quédense ahí, investiguen de qué personas puede tratarse. Un segundo reporte daba cuenta de la presencia de un  vehículo desconocido haciendo recorridos por el contorno. Empezaban a rodearlos sin ellos darse cuenta. Los compañeros empezaron a pedir ayuda. ¿Qué hacemos?, fue la pregunta, y de inmediato la respuesta con orden perentoria: continúen en el sitio, procedan que no están con palos de escobas. El tercer reporte vino de otra patrulla que acudió cerca al sitio confirmando el ruido de varias detonaciones de arma. “Se escuchan  tiros en el sito donde están los vigilantes. Uno de los de acá va en esa dirección. Dice que puede dialogar porque lo conocen. Pero ya no contestan el radio”.

   Ahora sí la orden: salgan de allí, vénganse, ya  se les pidió apoyo a los primos.

   Pero a los compañeros nadie les explicó que detrás de una pose arrogante de militar retirado hay también uno o varios individuos equivocados que actúan solo por orgullo y prepotencia. Cuando ya el error pasó a ser evidente, es decir, cuando se descubrió el tamaño de la exigencia, los compañeros yacían tirados en el terreno por orden también de un criminal al que no le tembló la mano para descargar sobre ellos las balas  del arma homicida. Ante tal injusticia nos atrevimos a pensar qué tan culpables son los que tomaron la decisión de mandarlos a una muerte segura, y qué tan inocentes los que obedecieron a sabiendas que lo que les esperaba era irremediable.

   La respuesta la obtuvimos de manera determinante y categórica, cuando el supervisor, el hombre de azul, nos comunicó con gesto frío y calculado “que de parte del jefe de seguridad física no se permitían los comentarios ni tampoco seguir hablando del asunto”.

   Ahora, a meses ya de la tragedia, y ante el anuncio que acaba de hacerme sobre la visita de unos delegados de auditoria, que vienen a realizar algunas inspecciones y chequeos a los puestos, “y a saber del tratamiento que se le dio al caso de las compañeros asesinados”, yo le pregunto a usted: ¿y es que acaso le han dado algún tratamiento? El único tratamiento fue vincular al hijo de Faustino Cortéz a la compañía como guarda de seguridad, y al hermano de Rómulo Gallego que lo metieron directamente por la empresa para que goce de los beneficios. Ignoro los  beneficios que  habrán recibido los familiares de los otros dos vigilantes que pertenecían a esta misma empresa. ¿En qué va todo?, vuelvo y le pregunto. Su gesto evasivo, de supuesta incertidumbre, y sus palabras, carentes de solidaridad, me lo dicen: en nada, todo se quedó en nada. Claro, eso lo sabemos todos, hasta los mismos muertos. Los que ya no pueden hablar porque ni para cumplir una orden grotesca y desmesurada lo hicieron. “Allá ellos, que respondan por lo suyo, yo me lavo las manos como Poncio Pilato”, fue el comentario frío y lapidario que hizo el supervisor tomándose el último sorbo de café. De mi termo, claro. Su posición, siempre ambigua y fluctuante entre aquello que quiere y rechaza, me dejó con la sensación de estar cada vez más en manos del destino.

   Lo de hacer y obedecer lo tengo muy claro. Claro y resuelto para no ir a convertirme en el payaso ni en el esclavo de nadie. Si usted piensa que por mis necesidades económicas básicas (el temor de ir a perder mi trabajo y por ende la vivienda que adquirí a costa de un esfuerzo descomunal a partir de mi salario mínimo), tenga que pasar por encima de mis principios y convicciones, se equivoca. Yo tengo algo que se llama autoestima y dignidad, y como dueño de mi libertad, tengo carta blanca para irme el día que me dé la gana sin tener que pedir la aprobación de nadie. Pero mientras tanto, mientras tanto (y en eso sí que estoy seguro), no pienso darle papaya a usted para que después tenga el mejor pretexto, quizás la justificación perfecta, de arrogarle un privilegio que no le sentaría bien.

    Casualmente me encontré con una frase que lo dice todo y le pone punto final a la discusión: “Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”.

 

                               TRES. LA DISCULPA.

 

   ACTA QUE TRATA DE LA INSTRUCCIÓN Y/O OBSERVACIONES GENERALES.

   A las 08:00 horas del día 25 de mayo de 2005, el suscrito supervisor de la compañía reunió al personal de patrulla con el fin de tratar los siguientes puntos:

   1ro.  Teniendo en cuenta los factores de riesgo y amenaza provenientes de grupos terroristas y de delincuencia común que operan en esta zona del Cauca, donde ustedes prestan su servicio de vigilancia, se consideran y adoptan medidas de carácter preventivo encaminadas a evitar hechos o situaciones que comprometan y afecten  el normal y corriente desempeño de sus actividades, así como su integridad personal. No está por demás recordarles que nos movemos en un espacio geográfico peligroso y que el modus operandi de la delincuencia es sorpresivo y fulminante. Son ustedes, en primer orden, el objetivo principal de la amenaza por la misión que cumplen como profesionales en el campo de la seguridad.

 

   2do.   Hay que mantenerse alertas y con los sentidos puestos en lo que están haciendo. Cualquier descuido, error u omisión cometidos en el ejercicio de las funciones puede originar la incursión y el ataque de los delincuentes,  con el consecuente saldo de pérdidas humanas, como ya ocurrió con nuestros compañeros Gallego Rómulo, Cortéz Faustino, Cuenú Eduardo y Cataño Juan. Para que  situaciones como estas no se vuelvan a repetir es preciso estar expectantes y atentos a cualquier movimiento sospechoso, tomando todas las medidas de seguridad y de protección posibles que les permitan reaccionar a tiempo y ponerse fuera del peligro.

 

   3ro.   Para que estas disposiciones se cumplen cabalmente en su propio beneficio, lo más importante es conservarse en plenitud de condiciones, tanto físicas, anímicas y sicológicas para tomar decisiones rápidas y oportunas. Todo lo anterior observando y cumpliendo las normas e instructivos de la empresa. Tengan presentes que ustedes prestan un servicio de Vigilancia Privada, su labor es de tipo preventivo y disuasivo, y en ningún momento pueden actuar como fuerza de choque. Observando e informando inmediatamente a sus superiores es como se debe actuar y proceder en situaciones extremas generadas durante el cumplimiento del servicio.

 

   4to.   Dentro de lo convenido, el puesto de trabajo durante el servicio es y se hace dentro de los vehículos del Ingenio, siendo los sectores a revisar haciendas, lotes, y alces de caña perteneciente o vinculada al Ingenio, portando correctamente el chaleco antibalas y el arma de dotación suministrada por la compañía. Siempre, durante los desplazamientos, se debe adoptar posición de seguridad a los flancos o a lo requerido por el líder del grupo, conductor o supervisor de patrulla en las áreas asignadas. Al llegar a un alce de caña o hacienda, se debe descender del vehículo cuando el líder del grupo lo ordene para de allí tomar posición de cubrimiento y defensa. De igual forma, a la orden del líder, se deberá abordar nuevamente el vehículo.

   En caso de existir alguna anomalía que altere las actividades normales de seguridad, se debe canalizar primero toda la información ante la Compañía.

Firman.

 

                               CUATRO. EL COMUNICADO (SIETE MESES DESPUÉS)

                               COMUNICADO

 

   PARA:                   Supervisor del Ingenio.

   DE:                         JEFE DE OPERACIONES DISTRITO NORTE DEL VALLE.

   ASUNTO:              Recomendaciones Patrulla de Campo.

   FECHA:                 Abril 22 de 2005 *

  

   De acuerdo a recomendaciones enviadas por Seguros Bolívar, me permito recordarle lo siguiente:

 

   -Recordarle al personal de guardas que la labor de seguridad es disuasiva y que para realizar actividades en zonas de alto riesgo público deben cerciorarse que estos sectores estén protegidos por la fuerza pública.

 

   -Verificar que los procedimientos de seguridad definidos se hagan siempre respetando las condiciones seguras establecidas. Si detecta que se infringen las normas establecidas, no permita el desplazamiento.

 

   -Reportar oportunamente a la División de Operaciones cualquier cambio en la estrategia de vigilancia que altere el proceso seguro establecido.

 

   -Siempre que se realicen movimientos y/o desplazamientos, debe verificar que las condiciones de Seguridad sean las apropiadas. Si estas no brindan las condiciones necesarias, no permita los desplazamientos.

 

   -Recordar permanentemente al personal de seguridad los instructivos particulares.

 

   Atentamente,

 

                         César Augusto Reyes

                         Jefe de Operaciones Distrito Norte del Valle.

 

*Este comunicado sólo llegó hasta nosotros el 13 de septiembre de 2005. El supervisor del grupo lo sacó de una carpeta diciéndome que lo pusiera por ahí, para que lo vean y nos evitemos problemas.

 

 

                                 DE CHIMBA LE ESTOY CONTANDO EL CUENTO

 

   Para su conocimiento le informo que: siendo las 22:15 de hoy martes 27 de septiembre de 2005 se presentó una novedad aquí en la portería, exactamente en la pieza donde nos cambiamos el uniforme y en donde también permanece guardado el armamento.

   Los hechos se registraron de la siguiente manera: se presenta el guarda de patrulla Murillo Luis, el cual recibe de mis manos el arma de dotación asignada para la prestación de su servicio. Previamente le constato el estado de la misma, un revólver calibre 38 corto, con su munición completa y porte al día. Me di la vuelta para sacarle el chaleco antibalas del cajón, que se encontraba debajo de los otros, y estando en este procedimiento se le disparó un tiro al compañero. El espacio donde nos movemos tiene dos metros de ancho por dos y medio de largo, ocupando el cajón de lámina del armamento la tercera parte del espacio. Como quien dice nos estábamos topando espalda con espalda en el momento de la detonación. Yo me quedé paralizado por el susto, no lo puedo negar, y esperando alguna reacción física que me indique los efectos del tiro en mi organismo. Pero al momentico fue el compañero Murillo el que reaccionó diciéndome que estaba herido, “que había encontrada el arma montada”, y salió corriendo hacia fuera agarrándose la mano izquierda. Inmediatamente corrí hacia la garita y por el teléfono llamé a Control de Radios explicando la situación y requiriendo con urgencia la presencia de la ambulancia. Rápidamente se hizo presente el supervisor de turno del Ingenio con cuatro vigilantes más. Al arribo de la ambulancia se le practicó al compañero herido un procedimiento rudimentario para detenerle el sangrado y enseguida fue remitido a la ciudad de Cali por la vía a Candelaria, ya que a Puerto Tejada fue imposible llevarlo debido a que los corteros de caña del ingenio La Cabaña mantienen taponada la vía con su manifestación de protesta.

   El compañero Murillo asegura que el arma estaba “montada”, lo cual es absolutamente falso porque yo la revisé previamente y en esas condiciones se la pasé. No puedo decir exactamente qué extrañas maniobras se puso a hacer el compañero con el revólver, ya que como desde un comienzo dije me encontraba de espaldas a él sacando el chaleco. De lo que sí estoy seguro es que cometió una falta de precaución y por ende causar una tragedia de fatales consecuencias. Analizando la trayectoria del plomo después nos dimos cuenta que luego de atravesar su mano izquierda pegó contra la pared abriéndole un agujero y rebotando con una distancia de 30 centímetros sobre la superficie de la mesa.

De chimba le estoy contando el cuento. Y si no miremos las estadísticas.

 

 

 

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