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Arstides Valds Guillermo
Nacionalidad:
Cuba
E-mail:
Biografia

DOCE APUNTES DE UN NÁUFRAGO AL INICIO DEL MILENIO

A Yamil Díaz Gómez y José Luis Serrano


Grato es morir; horrible, vivir muerto.

JOSÉ MARTÍ

I

Yo, buscador de la puerta
que anunciaba el paraíso,
levanto a veces del piso
mi estatura casi muerta.
Naufrago. Me desconcierta
la luz que danza en la sombra.
Llego al índice que asombra
la eternidad con su paso,
e imagino que el ocaso,
ya inexorable, me nombra.

II

¿Qué hacer cuando, roto el pecho,
no fructifican afanes
y en la mesa faltan panes
y peces? Duele ir derecho
a las penas que al acecho
de la vida percibimos.
Y sin embargo, sentimos
que ser hombres nos divierte
cuando aprendemos la muerte
cotidiana que vivimos.

III

Estoy desnudo en el agua.
Crecen las olas. No encuentro
dónde asirme y en el centro
de algún camino desagua,
lastimándome, la fragua
que funde sombra y desastre.
Vierte una nube su lastre
sobre un sueño que antes tuve,
y no admite que otra nube
hacia la cima me arrastre.

IV

Algo inasible, sin forma,
urde flámulas y estorbos.
Vivir muriéndose a sorbos
no es vivir. ¿Podrá la norma
que los límites conforma
quebrarse un día? Taimada,
blande la noche su espada.
¿Cómo evitar que en el vientre
del futuro sólo entre,
ya sin el hombre, la Nada?

V

Vivo el afán. No hay descanso.
Hecho de lágrimas vengo
y en la casa que no tengo
hallo, a veces, un remanso.
Cierro los ojos: me canso
de ver montañas vacías.
Medran sierpes y herejías
junto al verbo que nos hizo
y el sol, sin pedir permiso,
nos embriaga de utopías.

VI

Nutre una lengua su ariete
con dudoso regocijo,
y en la infancia de algún hijo
falta, quizás, un juguete.
Ya no hay remos. Al garete
pasa un madero. Me cubro,
con las pieles que lucubro,
del viento atroz. Yo no quiero
derivar como un madero
por los mares que descubro.

VII

Alarga el cielo contornos
alucinantes. No he sido
ni seré favorecido
por el azar. Sé que hay hornos
ahogados tras los adornos
con que ilumina la espera
su máscara. Desespera
saber que domar la prisa
no impedirá que la risa
en los labios se nos muera.

VIII

Huyo al fin de la ciudad,
de su balcón, de su puerto.
Ya se perdió en el desierto
el niño que fui. Mi edad
se cuelga la soledad,
como una argolla, en su oreja.
Mutila un gesto la queja
de algún leño crepitante
y, aún con la cumbre distante,
la vida se nos aleja.

IX

Penumbras. La noche afianza,
persistente, su entrecejo.
Hunde airosa en el espejo
su dardo azul la esperanza.
¿Dónde la luz? ¿Quién le amansa
la esquivez a una semilla
si el tiempo del hombre humilla
su cerviz ante la muerte?
¿Por qué una voz me convierte
cada sueño en pesadilla?

X

¿Será siempre la tristeza
mi otra mitad? Reverencio
la elocuencia del silencio
que haya sitio en mi cabeza.
Gusto del aire. La pieza
donde anochezco, seduce
con el llanto que produce
la soledad. En mi frente
hay algo que lentamente
hacia el polvo me conduce.

XI

Estalla el trueno. Conozco
su gravedad, su argumento,
y en la fábula que invento
cada minuto es más hosco.
Una voz que reconozco
sobre mi pecho retumba.
El rayo reluce: zumba
el viento por el cortijo,
y yo sé que sólo el hijo
me hará escapar de la tumba.

XII

Ya sin la luz de la tienda
que impresiona con su halago,
paladeable como un trago
cae de los ojos la venda.
Ya no hay pasos ni habrá senda
para un afán entrevisto.
Ya junto al cuerpo que alisto
derrama el dolor su empeño.
Ya cuando sueño, si sueño,
sueño que apenas existo.

ACOTACIONES DEL VIAJERO

No soy la edad que grita detrás de las paredes:
soy apenas un nombre
dándose a la constancia del camino.

Procedente de un cuerpo acariciado
por aguas que supieron
de carabelas y naufragios de airosos bergantines,
voy de la soledad a las trincheras,
del silencio al tumulto,
de las desolaciones a los milagros compartidos.

Con el morral danzando
junto a la espalda que le brindo al viento
y a la lluvia y al sol y a sus legiones,
penetro en los resquicios
donde la sangre un día sintió las mordeduras,
donde hallaron las grímpolas un puesto en las contiendas,
donde ultrajó la insidia, que se nutre
con telarañas y pobrezas,
el sendero esbozado por cierta luz inmarcesible
para un andar de rostros de humildísimo atuendo.

Yo le presto mi voz a la inocencia de los pífanos,
y a los muertos que claman por un osario justo,
y a los vivos que alientan la vibración del campanario
sobre las catedrales y el olvido.
Hablo con el sudor de los labriegos
y con el llanto inerme que, aun sin alas,
no renuncia jamás a sus deseos de apagarse
vistiéndose de nubes.
Me asomo a los oficios que sustentan
los temblores humanos,
y comparto con ellos
la dosis de miseria que soliviantan los periódicos
y la porción de regocijo que nos sustraen sus propietarios.

Si alguna vez presumo desaliento en mis hombros;
si las piernas que calzo se humedecen de várices,
regreso al soliloquio del culto que, doliéndose,
descubre una respuesta en la figura
del colega inclinado sobre las hojas desahuciadas.

Yo escapo de la sombra que simulan los árboles raquíticos
en la pereza de los márgenes,
y desnudo las trampas
donde pudieran estrellarse los pasos venideros,
y abrumo los vestigios del cansancio
con los pies disponibles y la palabra enhiesta.

No soy la edad que grita detrás de las paredes:
soy apenas un nombre
dándose a la constancia del camino.

CAVILACIONES POR EL PARIA

A Xenia Zamara
que, cuidadosamente,
hace que suba la amistad a un podio.
Y a Péglez,
por supuesto.


Es la hora del recuento, y de la marcha unida,
y hemos de andar en cuadro apretado,
como la plata en las raíces de los Andes.


JOSÉ MARTÍ

I

No admitas que agonice la quimera.
Nutre tus esperanzas. La utopía
quizás proponga embellecerle al día
la noche insoslayable que lo espera.

Al navío estrellado en la escollera
lo hace flotar de nuevo su energía.
Extinto el presupuesto en la alcancía,
habrá que descubrir otra manera

de sufragar los gastos. Para el hombre
ya no alcanzan la gloria de su nombre,
ni las genuflexiones ni el arrobo.

Se acercan los crepúsculos. El llanto
sólo puede ofrecernos al espanto
del hambre detenida en cada lobo.

II

Las sirenas no existen. Odiseo
desconoce los mástiles. Unirnos
impedirá que pueda seducirnos
la insinuación falaz del corifeo.

Nos muestran un cadalso, pero el reo
se ha negado a las súplicas. Decirnos
que Polifemo anhela dividirnos
incrementa su cáustico deseo

de perpetuarnos débiles. No basta
con la bandera invicta, si en el asta
una mano se quiebra y sube rota

y nadie atiende a su dolor. ¿Valdría
regresar a Noé sin otra vía
para que siga el Arca su derrota?

III

Niégate a la collera. Si el gigante,
siervo de su avaricia, te reclama,
convierte la endeblez de cada rama
en un tizón hundido en su semblante.

El río siempre fluye hacia delante.
Sin una chispa intrépida, la llama
jamás exhibiría su oriflama
frente a la oscuridad itinerante.

La indiferencia duele y es preciso
desarbolar de su fachada el friso.
Condénate a vivir. No aceptes nunca

que un cíclope, a tu flámula reacio,
se apropie de tu nave y de tu espacio
sin que le dejes la mirada trunca.

IV

Ya tu casta esperó lo suficiente;
ya es hora de partir: no te detengas.
Detrás de cada grito que prevengas
fecundará sus páramos la gente

que aplauda tu osadía. Reverente
ha de ser la estación donde sostengas
la injuria cotidiana que devengas
para que, sublevándose, la ingente

saga de tu martirio sume adeptos
más allá de su sangre. Otros conceptos
inundarán el tiempo y la estocada

de quien censure ahora tu hombradía.
Triunfan, después del llanto, la alegría
y, después de la noche, la alborada.

V

Una voz te convoca. Se pretende
doblegar su magnánima elocuencia
vulnerando, con sórdida eficiencia,
el aire que sus prédicas enciende.

Tú eres el cazador. Si te sorprende
la bestia cuando salta, ¿qué dolencia
mitigará tu esfuerzo? La paciencia
no fue jamás un cirio pero entiende

que concluye agotándose. Precisa
tu aliento flagelado una camisa
que trueque los carámbanos en llama.

Bajo el cielo que habitas los rencores
el alma te obliteran: no demores
tu respuesta a la voz que por ti clama.

VI

Languidecen tus hijos poco a poco.
La patética historia del pesebre
no impide los temblores de la fiebre
ni alegra los estómagos tampoco.

Se embriagan de agonía. Con adultas
pociones de maldad, con improperios,
con chancros y fervor y ministerios
les mutilan sus ansias insepultas.

Rasga el vicio la blanda superficie
de su mirada ingenua. La molicie
planta frente a tus vástagos su tienda.

No abdiques de la brújula. Salvarlos
sólo podrá quien sepa iluminarlos
con la esperanza que su brazo encienda.

VII

Si tú, como Teseo, al laberinto
le descubres de pronto una salida,
restañarás, andando, la mordida,
con que te adormecieron el instinto.

Marchas con el dolor atado al cinto
delante de la espada. Su embestida,
su tétrico dictamen no invalida
el salmo que uno aguarda por distinto.

Importa desatarse del acecho,
proscribir la quietud, sacar del pecho
lo que al hombre le resta de centauro.

El llanto a sus caprichos nos amarra,
y es necesario hundir la cimitarra
sobre la sordidez del Minotauro.

VIII

Entre tú y lo que sueñas un abismo:
túrbida el agua y proceloso el cielo.
La utopía delante: aquí tu anhelo
de añadirle tu verbo a su mutismo.

¿Cómo impedir podrán el cataclismo
que te devuelva, grávido el desvelo,
al sitio que usurparon con su celo
quienes te hacen dudar? Si el paroxismo

de la consumación no se decide
y algo, desde la sombra, nos divide,
la inmensidad de tu dolor humano

tendrá que construir, fundida, un puente,
trasponer el abismo y, limpiamente,
acariciar el sueño con la mano.

IX

Vertida ya una lágrima postrera,
es el momento de fundir mitades
y atar a un solo cuerpo voluntades
para ponerle fin a tanta espera.

¿Con qué objetivo dividir la esfera
si, hartos de los versículos y el Hades
se impone clausurar las oquedades
que han demorado en ti tanta ceguera?

No pases de la sed a la costumbre
sin que adviertas, armándote, la cumbre
que la frente de Sísifo interroga.

¿Quién osará ignorarte cuando avises
que te apresuras a tronchar los grises
tentáculos del pulpo que te ahoga?

X

Disponte a caminar. Cuando el armiño
sobre la oscuridad su asombro vierta,
vendrá el futuro a derribar la puerta
que ha distanciado al hombre del cariño.

Tú eres el ademán con que ahora ciño
el arma imprescindible. Si desierta
queda un día la mano, será cierta
la luz en la emoción de cada niño.

Haz que una edad sin lobos precipite
su esperada existencia, que al convite
asista el equilibrio que demandes.

Habrá un tiempo sin úlceras ni plomo
y hay que apurar su advenimiento como
la plata en las raíces de los Andes.

BIOBIBLIOGRAFÍA

Arístides Valdés Guillermo
[Corralillo, Villa Clara, Cuba, 1960]. Médico especialista en Medicina General Integral. Poeta. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Ha obtenido, entre otros, los siguientes reconocimientos: premio “Encuentro Debate Nacional de Talleres Literarios” [1985], premio “Cucalambé” [1992], premio “Fayad Jamís” [1993], premio “Ala Décima” [2003], premio “Fundación de la ciudad de Santa Clara” [2006], mención IV Certamen Internacional de Poesía “Sant Jordi”[2008] , y finalista XI Certamen Poético Internacional “Blas de Otero” [2008]. Poemas de su autoría aparecen en las antologías Nuevos poetas cubanos y Nuevos juegos prohibidos, publicadas por la editorial Letras Cubanas en 1994 y 1997 respectivamente. Su obra édita comprende, hasta el momento, los libros: Las puertas de cristal [Editorial Capiro, 1992], El príncipe de bruces [Ediciones Luminaria, 1997], Esbozos con figura de muchacha [Sed de Belleza Ediciones, 1999] y Meditaciones del náufrago [Editorial Capiro, 2007]. Incorporado a la Misión Barrio Adentro, trabaja en Yaritagua desde Octubre de 2003.

aristides_valdes@yahoo.es

 

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