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Felix Ramiro Lozada Florez
Nacionalidad:
Colombia
E-mail:
felixlozada2126@hotmail.com
Biografia

Felix Ramiro  Lozada Florez

Escritor,  Poeta e investigador con amplia experiencia docente de secundaria  en el área de Español y Literatura en diferentes Instituciones Educativas del Departamento del Huila, participación en conferencias, talles y recitales de poesía, ejerciendo el  desarrollo de  talleres, ponencias  y conferencias sobre escritores Colombianos  en el país y el exterior. Ha realizado y publicado un ensayo denominando Literatura Colombiana: desarrollo histórico, que abarca desde  la época prehispánica hasta la fecha y un estudio y compilación sobre la vida y obra de José Eustasio Rivera denominado una Vida Azarosa y otras publicaciones entre libros sobre mitos, leyendas e historias; poema, cuentos y novela.  Con permanente actividad periodística en los medios escritos de la región; actualmente coordina el Magazín Dominical Facetas del Diario del Huila, Director Ejecutivo de la Fundación Tierra de Promisión.

 

Uno


LA AMANTE CIEGA HABLA DE BOLÍVAR1.

Habla con el corazón herido del hombre de recia mirada y largas noches.

Lo ve sobre húmedo espejo con rizos despeinados jurar en el Monte Sacro2sembrar en los Andes cantos de Libertad.

Lo ve y piensa: sangre y corazón de David3, con pálida frente surcada por seños y sueños, explorar caminos, mares y puertos.

De sus ojos negros, muy negros y avivados, nace la mirada de los dioses

en Ayacucho4, Boyacá5y Carabobo6.

En sus cejas esponjadas, grandes, encorvadas hasta una media luna sonriente, dormitan soles encaballados en distintas tierras.

Su nariz larga, larga, extendida espada de Libertad,

desvela sueños a los invasores, señala coraje de esperanzas,

y unos labios gruesos, sensuales, eróticos, forman su boca redonda, fresca

y vaporosa; incitadora mariposa, que arrea, empuja a Palomo7a través de

recelosas lluvias entre la luz y el inmenso mugir de rayos, vientos y soles

a bordo de montañas y ríos.

 

La idea de Libertad provoca algarabías de mujeres y hombres

que avanzan sus voces, sus sueños e ilusiones, para forjar otra historia

bajo cielos envueltos de pájaros y miradas agitadas, con banderas venturosas,

sin trompetas, se abren paso y le siguen con enorme aliento

como a un nuevo Jesús.

 

Bolívar, pecador humilde, babea sus sueños, delira, batalla

y avizora la caída del tirano como gallo de inclemente fanfarria

mientras reinicia, con fulgor de visionario, nuevos combates.

Sus soldados se agitan al lado de cráneos aplastados con lágrimas

ensangrentadas, ceñidas a gélidas nubes negras abrasadas a lamentos.

  

Bolívar, esperanza de los esclavos, levita, levita en el tiempo de la nada,

deleitado en los ecos de la incertidumbre, en plazas repletas de sueños alivia los ojos cansados de la madreselva que retumba entre cantos de ruiseñores y el rugir de tigres fantasmales.

 

Bolívar,

Bolivar en la lengua, en la boca de los colonizadores, torbellino de humo,

 huracán desmadrado, bandido satanizado, brujo de mil hechicerías

y mirada perturbadora, derrota y enloquece en el vuelo de Palomo,

montaña adentro, lejos, lejos, al colonizador, junto al viento aniquilador

de pieles amarillentas.

 

Bolívar, maldición borrascosa y misteriosa para los conquistadores,

se encorva y mira en el desastre de la guerra a los que aguardan vencidos,

con dolor, el último suspiro con heridas en el alma y el pecho. Ahora brilla en

 palacios, adormecido, donde señores esgrimen su imagen de fondo en el

 vértigo de las codicias de los que suponen mejores gestas y buscan, ávidos,

siempre ávidos, fajos que reflejan su cara taciturna.

 

Bolívar,

vida y luz de América palpa en las sombras a Manuelita,

acosado por el frío del adiós se ahoga en plegarias

y busca, busca  en la memoria palabras para la Patria.

 

 

Así, el hombre de la noche injuriosa, levanta la frente,

labra su última voluntad

y se desvanece en la soledad de San Pedro Alejandrino8.

 

 

Treinta y tres

 

 

LA AMANTE CIEGA SEÑALA:

¡He ahí el principio!

¡He ahí  el  tiempo de la nada!

¡He ahí  la hora prima!

¡He ahí el crimen!

¡He ahí las agonías bajo la luna!

¡He ahí la luz ensangrentada!

 ¡He ahí el fuego!.

¡He ahí los espejos de negras almas!

 

Fuego.

 

 Fuego furioso de truenos avivados en

madreselvas y poblados aliados a paramilitares,

con cuerpos de pequeños y vagabundos ingenuos combatidos

en -falsos positivos- al coro de grandes contratos estatales

acompañados de niñas de ojos hundidos en desgracias,

petrificadas en bares de luces multicolores

donde el amor, el amor se desgrana en miradas parpadeantes

de corazones demolidos en  lamentos, cantos

y vergüenzas en la ciudad.

 

Lágrimas.

 

Lágrimas parecidas a hilillos de arroyos sombríos

sobre mejillas erizadas en labios sonrientes,

en manos desconocidas de presurosos  amantes

que posan pañuelos olorosos en pechos florecidos

y ven caer miradas taciturnas.

 

Ni para los ojos de melancólico fuego

ni para los rostros amarillentos

hay rocíos tempraneros

ni espacios para estudiantes indignados.

 

-¡Vamos! – ¡Vamos!

Hay gritos que ajuchan a perros gordos

a olfatear el trasero de  mujeres al otro lado de la acera

donde hombres de camuflados apuntan otro muerto

 

Treinta y ocho

 

AL PASO DE LOS AÑOS múltiples y dolorosos monólogos

 me han hecho comprender que he recorrido

estas calles con los mismos pasos del leñador

que recoge las ramas para avivar

el fuego de su alimento.

 

Los edificios, las oficinas y colegios denotan

 la miseria y  abandono de antaño;

 los amigos que aún no han partido alimentan mis nostalgias

y esperan en vano la sombra que surja

de la penumbra en el rostro de cada mujer,

esperan que cruces mis ojos sin sonrisa,

te esperan igual que yo, tierna y frágil como una paloma

herida bajo el frío de la madrugada.

 

A lo largo de ese viaje he contemplado tus manos y ojos,

he escuchado tu  nombre repasado en la melancolía

de unos tragos donde tu cuerpo es almendra de deseo

y las canciones disputan interrogantes al devenir.

 

Desde el día de tu adiós  los árboles de las avenidas

han crecido a la altura de las casas,

mis hijos y los niños del vecindario partieron,

otros hombres y mujeres rigen los destinos de la ciudad,

el país ha cambiado igual a los ensueños de una doncella

y yo, yo descargo mis penas con una botella,

en una joven tierna e inocente que me abraza como la flor de la Musaenda

 de su vientre virgen sin esperanza de recibir a cambio una sola dicha.

 

Y así, así el que ha tenido un amor feroz pronuncia tu nombre,

tiembla mirando la luna del amanecer al paso

infinito de cada regreso infeliz,

con el deseo,  la ilusión y las frustraciones

de vivir sin tener el llanto y la alegría que llena

el vuelo de ave compañera en la selva,

en riscos erosionados o en edificios donde señores

y señoras ocultan infidelidades.

 

Así, así La Amante Ciega levanta tormentas,

 levanta cortinas y se pone roja, inmóvil

a la luz de provocadoras miradas.

 

Treinta y nueve

 

A LO LARGO DE ESTOS AÑOS me he detenido

en casa de una buena señora que alimenta las esperanzas

de las almas que emergen en penas y lamentos

en noches donde las palabras fluyen a gotas,

parecidas a densos nubarrones

sobre la sangre de fragorosos guerreros.

 

Me he detenido con ojos perdidos en el infinito

sobre el rostro de la Amante Ciega con el aroma

de sus diecisiete años en las sombras de un bosque de flores

libados por abejas sedientas.

 

Las abejas despiertan mis anhelos,

conmueven mi espíritu aferrado a sus feroces instintos,

a los gritos que surgen en susurros desde la laguna del sueño,

desde las rememoraciones salidas de golpes

a la deriva en las calles, en las esquinas, en autobuses

que cargan los abrazos y besos de los enamorados.

 

El trajinar de  estas calles  lleva al Malecón

donde navega la ilusión y la fanfarria

de colegiales, turistas y prostitutas.

 

No debía decirlo: en estas riberas rememoro

 los cuerpos desnudos pegados a mi piel erizada,

a mis ojos devotos encimados en senos floridos,

a la bruma de un espíritu que  se extiende sobre rostros

entregados en la playa donde voces sonrientes

desbordan ternura y pasión.

 

A lo largo de estos años alegres cantos

me llevan a cielos

donde extrañas músicas

agitan furiosas nostalgias

al lado de transeúntes en penas reclinados

bajo luna sanjuanera.

 

Cuarenta y cinco

 

En la tarde me detengo a contemplar el arco iris,

de repente el colorido me ciega y un claro sosiego

estremece mi cuerpo agobiado en años.

 

Bajo sus colores rememoro sueños.

Un lento cansancio forma oscuras sombras;

las sombras convergen para señalar paredes,

las aceras y las avenidas por donde murmurantes

arrastran el tiempo, matan niños y asesinan esperanzas.

 

¡Qué extraño! Los colores se vuelven  bosques oscuros

rodeados de hormigas y murciélagos deslizados

bajo el reflejo de estrellas fugitivas,

recuerdan la multitud sonámbula, los mendigos

y los ancianos dormidos

 sobre las barreras de los sardineles.

 

En las auroras de la vida,

 voces ansiosas reviven lejanas enseñanzas

trituradas en las oraciones de hoy,  

en  el  presente triste y en un mañana melancólico,

sin futuro en la interacción de la jauría

procreándose y matándose sin compasión.

 

La brisa espolvorea las calles, azota los árboles

y produce cierto sinsentido.

 

La Amante Ciega evoca fragancias, camina imperiosa.

En medio de la muchedumbre levanta el rostro,

moldea los labios y los hechizados ojos hasta provocar

 frenéticos cantos y murmuraciones febriles

en las sombras difusas y lentas de nubes agitadas.

 

De súbito, sobre la ciudad, los loros pegados a los ramajes

del parque siguen solemnes el paso de un féretro

acompañado de dolientes y de un  sacerdote que levanta

los brazos y sigue un antiguo ritual.

 

 

 

 

 

 

 

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