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Miguel ngel Rodriguez Soza
Nacionalidad:
Perú
E-mail:
Biografia

Versa Impropia [fragmentos]

XXIII


A Paco Bendezú, in memoriam

Grácil es tu figura, y menuda,
bibelot rescatado de una ignota exhibición de alabastro fino.
Luce tu piel el tacto sutil de duraznos maduros,
tu talle se cimbra cuando hacemos el amor
como el mástil de un junco que ha desplegado velas al atardecer
sobre las aguas doradas del mar de la China.

En tu ombligo anidan pequeñas gaviotas que alzan vuelo,
graznan celosas cada vez que un beso febril estampo en el hoyuelo.
Sobre el paño marfileño de tu dorso podría grabar
sutiles anagramas de tu nombre
o laboriosos alejandrinos a tu sexo,
lúbricos, repentinos, anhelantes.

De tus brazos, que diré, aletean, flamencos
alzando breve vuelo hacia mi espalda;
tus manos siguen mis contornos arcifinios,
encuentran mis oasis,
deducen mis senderos más ocultos.

En tus labios, no importa cuanto los fatigue con mis besos,
atisba siempre el sabor dulcísimo de la fruta prohibida del Edén,
y se entreabren, a la vez exigentes y entregados,
luciendo enfebrecidos el oriente
de las perlas de Adajh-el-Basr
que adornan tu sonrisa.

No guardo un orden lógico elaborando la memoria de tu geografía.
Cada noche es un descubrimiento, el hallazgo
de un valle verdaderamente remoto,
un húmedo bosque de culantrillos, un nuevo topos.
Tú bien lo sabes.

No obstante, la fiebre ni el deslumbramiento
me impiden tener unas pocas certezas
y conservar el rumbo de tu cuerpo.

Sé, por ejemplo, que cuando ciñes mis caderas
con tus piernas y te eriges sobre mí
como una cariátide labrada en coral rosáceo,
tu melena de Medusa bate rizos de bronce sobre el rostro;
entonces los apartas con un mohín de labios
y el tierno influjo de tu aliento;
y sé --tengo tanta evidencia, azás lo he vivido--
que en ese momento tus pechos se me ofrecen
como las manzanas del Paraíso
que Alá y su profeta entregan sólo por el martirio.

Entonces tengo la certidumbre de que me he conectado,
iluso de mí!, Ex Sistere; y estoy aquí aún;
ya he conocido.
Te he conocido.

XXV

¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres!
¡Tus ojos son como palomas en medio de tus guedejas!
Cantares: 4,1

I
En el iris de tus ojos, cuando los miro bien y me estás mirando
Se mueve como agitado por viento axial un denso follaje auriverde
Por momentos allí brillan carbuncos dorados, los ojos
de una pantera color de obsidiana, que me acecha
Y pretende devorarme; me doy cuenta.
Quiere lanzarse sobre mí cuando te beso;
más brío muestra cuando el beso es más profundo y pleno.
Lo sé porque entreabro los párpados y la veo
agazapada en el fondo felino
de tus ojos bien abiertos.

II
En el verde de tus ojos hay un lampo de la luz matinal
del Egeo en agosto.
La tonalidad exacta, entre el óleo traslúcido de olivas
y el color de frescas limas sobre la mesa frugal
de aquella pequeña hostería que nos acogió en Salónica,
el color damasquino del Shiraz que bebías entonces
maridando pescadillas asadas sobre brasas
y el brillo chispeante del sol sobre los leves rizos
en el mar verdecido, frente a esa playa
donde naufragamos de amor.

III
Cuando te abrazo y te ciñes a mí,
y nos tomamos tan intensamente,
te miro a los ojos y veo,
en el fondo como de esmeralda sobre paño oscuro,
el Hada Verde que perturba a los poetas y perdió
para siempre a Baudelaire.
No he probado el ajenjo pero sé que beberlo con frecuencia
produce alucinación y locura.
No lo he de hacer y en verdad no importa,
porque el Hada Verde ya me posee.
Enloquéceme otra vez con solo tu mirada.

Pasión esdrújula

A Félix Álvarez Sáez, in memoriam

Ven, amor: abrázame, y muérdeme
Toma mis labios y bésalos, déjalos entumecidos
Ven y apriétame. Déjame sin hálito
Cíñete a mí, envuélveme con el cíngulo de tu abrazo
Cógeme por donde quieras y arrebátame
Quedo, muéstrame la senda que conduce al éxtasis
Sé el súcubo que en silencio me alitera balbuceos, poseyéndome
Suntuosa en tus caricias estreméceme sin pleonasmos
Albérgame luego en el húmedo templo de tu vientre
Entonces déjame entretejerme con tus brazos, desgárrame de amor
Y susúrrame cosas, desflora mis oídos con epítetos inefables
Así, escancia el vino de mi amor y llévame contigo exangüe y trastornado, alterotélico.

biografia:

Sociólogo [Arequipa, 1952], autor en otros ámbitos del conocimiento, cuando dejó de buscar a la Poesía ésta lo encontró o, al menos, eso pretende.

marodriguezsosa@gmail.com

 

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