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Jos Luis Farias
Nacionalidad:
Cuba
E-mail:
Biografia

LA SIEMPRE FRESCA NADA

Aquel que critica o rechaza el juego, ya está en el juego.
Maurice Blanchot

Hacia mi centro borrado por las lluvias
crece el espacio de la arcilla;
sobre las ruecas de la escritura
caen las bocas de jade,
se muda la risa de las estatuas votivas
y mi retorno va ululando
las voces natales que no me reconocen.
Amanezco sin cuerpo y ya no percibo el laberinto;
demasiado cerca brilla el molde vacío
del nombre más olvidado como jaula.

Por encima de mis cuadrantes: mucha niebla.
La paz no existe;
sin embargo, aún puedo adivinar ciruelos
y espectros danzantes que se pierden
con mi rostro a cuestas.
Daría mi próxima luz por rescatarlos,
pero ni sus tambores suenan ya
ni yo conservo la espiga del llamado;
en sus calderillos van las mieses,
otra vez ajenas como soles.

II

Cambió de ejes la encina;
pastan, en subterráneos circos, los abuelos reyes;
allí sustituyen a las fieras que faltan.
Hay un pozo donde se alza mi linterna,
¿es una luz que duerme o una hoz sin martillo
para restaurar alas y anular el combate?

Alguien escribe consignas inútiles:
negro sobre negro;
alguien que colecciona muros derribados
y ventiscas de bolsillo.

Ya soy otro mundo,
pero no sé como levantarme sin error
ni con qué pánico es propicio aquí descascararse.
Creo haber roto ya varias clepsidras
—¿otra vez el tiempo y sus espías?—;
estar en la estación y en el tren, al unísono,
y entonces seguir la ruta de la sed;
parecen dos cielos, pero es sólo el océano
recién nacido y blanco, todavía sin peces:
el desastre se ignora.

III

¿Estará Dios escuchándome,
o es un antiguo ruido en la memoria?

No puedo asegurar si vivo
o si es de nuevo mi sueño contra el suelo;
no hallo mis manos ni la extensión donde mi aliento gira
ni mi ungido cadáver en la nieve;
pero veo pasar viejas mariposas:
con claridad se suceden
y aunque son pocas no puedo contarlas;
me miran sin verme
y continúan y se pierden y regresan,
siempre unas pocas, y nunca puedo contarlas.

Este sereno imposible debería hacerme feliz:
esa veda es ahora lo que es mío.
Pero la cifra también me ha sido retirada,
y eso es todo.

LOS DEVORADORES DE LOTOS

Lejos del pozo y de las humedades dulces,
quedan las grutas alumbradas de los que no regresan;
sobreabundan los lotos y empieza la muerte.

Lejos del trébol de cinco hojas
que es la infancia con sus sombras largas,
se pierden el sueño y la memoria
y llueven de punta los cuerpos sagrados
ya mudos, sin lúnulas tibias; ya sin tiempo
ni luces triangulares que dilaten el milagro,
el orden que no se repite.

Lejos de la higuera y del kerotakys,
los devoradores de lotos pisan una primavera
de sólo hielos y de fauna afásica
que vuela bajo, con alas de doble filo.

Lejos del tejido inicial que nombra nada y centro,
cerca de la sola materia esencial que entrevió Aristóteles,
se oscurecen las monedas y el Sol pierde su curso
de papel de arroz, piel adentro, donde sobreabunda lo vacío
la santa quema de las natales cosas
y de los ojos primarios del maíz,
la nata fresca y los bronces que asoman descegando.

Lejos del cáliz de Lulio, del jardín, del oso y de las madres,
las brújulas colapsan y el diluvio empieza.
Nave tras nave, cada punto devora légamos y tórtolas.
Los dormidos signos se dislocan en los comunes planos
donde pasta el ciervo que prenuncia
los perfiles que acorazan lo divino.

Lejos de los árboles que humean, sueño afuera,
y de los ídolos hechos para envejecer en su cáscara,
paren su caída los lotófagos.
Su harina es ácida y los inmoviliza
sobre ruedas ajenas al cifrado de los bosques.

Los ángeles pierden su sostén y el silencio nace:
el círculo nunca llega a ser esfera en esas cuerdas.
Nadie queda con rumbo sobre los ajenos trigales.
¡Es tan fácil destejerse!
Junto al oro de Manheim, demasiado lejos del sol de los peces,
aflora el hijo de la mascarada,
allá en la noche del nombre.

Donde el tiempo está enfermo,
cada aguja halla el pajar donde será mejor olvidada.

Lejos del laberinto se secan miel y leche, y junto a los odres
ya no quedan fuegos para roer la intemperie
donde se ejercitan boca abajo santos y demonios
¾Odiseo lo sabe y también Moisés.
Fuera del eje de palabra y semilla,
Dios es un simple dragón que se ahoga tragando su cola
con San Jorge memorizando números irracionales
en sus entrañas, a medianoche, en rincones que le ignoran.

Nada que a fondo alumbre lo más vivo
sobrevive más allá del fértil espejismo
de las variables fórmulas del sacrificio.

Por estas causas los devoradores de loto
no recobran el sueño ni la crisálida.
Entre sus manos, como un pequeño tigre de barro,
se les ha roto la luz.

Sellado el tokonoma y anulado el rumor de las ceibas,
la nada se desborda.

Down Town, New York, primavera del 2000

SIEMPRE JAMÁS

Cansado de sacrificios virtuales,
el misionero rompe su tabla
y entra desnudo de hábitos
en el arca sin color, la de los lúcidos.

El agua es hoy el recipiente; y los cuencos,
un líquido para cegar rincones.
El seguro vientre de febrero
nos acoge en el más fresco laberinto.
Para volver a la fuente artesa, al Ur,
a la recién nacida Alejandría, y regresar,
es necesario romper la ribera donde nadie empieza
y reposar los días imprevistos de cara a los $3>$3>les,
al oficio de Zózimo, restaurado en lo hondo del granero.

Nuestro es el reino del olvido, como las higueras dobles.
La red es levantada y en su interior estamos todos.
Es preciso transcribir al silencio vivo de una lengua muerta
¾palmo a palmo¾, cada ruta, los ojos del cemí,
los frutos del azufre y hasta el último grano del desierto.

Cría tus máscaras y tendrás tu provisión de dioses
con tus mangas de viento contra el tiempo.
Haz con tu pellejo bien salado y tus mandolinas de Cremona
una hoguera fría para recalentar lo ausente.
Y si en la trastienda un cuervo roe tus relojes y tu herencia,
ve y pregúntale cómo es el mundo de los vivos.
Él imitará la calma arisca de los zorros blancos y te dirá
con la voz de todos, voz de barro sin aliento:
¾«Es como la noche dentro de un tonel de manzanas podridas».
Conservarse intacto es la clave.
Y aunque no sepas cómo manejarla, haz que resuene
día y noche; no importa si envejeces
o si te sientes como piedra en vuelo,
con las alas ¾todas¾ bien adentro;
o si al sembrar naranjos la tierra te dé a cambio sus raíles de punta.
Es sólo un juego, un largo juego para inmortales.

Siente que más allá del resorte fabuloso del fin, hay otra piel,
aún más tuya, resistente a cualquier exceso de amenazas.
Y el cuervo te dirá, por último, para empezar de nuevo:
¾ «Evermore...»
Como el juguete de un visir que recoge sus cardos
bien contados sobre mucha nieve;
esa nieve siempre ajena y entrañable
como todo lo vivo, como todo lo muerto: como lo posible.

Ya puedes respirar porque ya puedes volver,
y la carne del retorno es inviolable.
Los muchos Hermes son testigos, y también Novalis,
Keats y Horus con su caleidoscopio de arenas cocidas
que gira sobre una balanza entre pináculos.

«Siempre jamás», «evermore», «aere perennius»..., dicen Horacio,
El cuervo, las campanas, los agrimensores, mis trasabuelos
Alfonso décimo y el tío de Mahoma, la Malinche y los súcubos.

Comienza el juego de lapidaciones.
Triunfa el espejismo con los aguaceros de mayo
y en cualquier punto se gana un origen.
El salto es la vía. No hay refugio ni último recodo.

«Evermore»,
grazna el cuervo y no olvida.
«Siempre jamás: āmēn...»,
cantan los dioses y vuelven a olvidar.

TODO ES INTEMPERIE
A Tarkovski, a Rubliev

Los frutos negros están servidos. La cesta es frágil
como las alas de los serafines que en torno vigilan indecisos.
Sus manos tantean los alrededores del centro de mesa
esbozando una tenue circunferencia.
No saben si al probarlos ganarán la otra pureza
o la impenetrable fe que armó el olvido,
con sus jueces en ciernes, tras siete y más sellos por abrirse.
El más sabio ¾o el más impaciente¾ se inclina hacia los frutos
y tantea las interiores superficies de tan extraño riesgo.
Se creen inexpertos para el sacrificio.
En eso consiste su inocencia.
Parecen codiciar la renuncia, pero algo más severo les impulsa;
sus bocas están cerradas y sus posturas reflejan el frío insólito
de los reflejos que manan desde lo no manifestado
hacia el definitivo nombre inaccesible.

La esfera ya está a punto.
Los trajes blancos comienzan a chamuscarse,
a murmurar el doble enigma que los define,
tras la forma y el número, como puro cambio
hacia arquetipos siempre inconclusos.
Un poco más de horas y de fe y se habrán abierto,
como flores de cerezo, todas las claves.

No hay dónde ocultarse. Todo es intemperie.
Cualquier paso es un primer salto,
el nacimiento y el olor de las especias.
Ya nadie barrerá las hojas doradas a la entrada de los templos
ni en los valles oscilarán las noches del conjuro
de hierbas maceradas río abajo. No existe ya el ángulo difícil
que trastrueca el paisaje súbito de la milenrama
y de las tres monedas en el hambre ritual
que acomoda en su justo eje el grano de trigo.

Capa sobre capa se descubre el primer rostro de Dios,
con sencillez, por entre líneas de aceite y de pigmentos
que aglutinan las curvaturas de lo irrevelado
hasta dejarle asomar por entre el tejido de las antiguas aguas.
La imagen es la única certeza, el artificio de la salvación.

Vida y muerte funden sus ruedas.
Lo más nuevo es lo más viejo;
lo más distante, lo más próximo.
Y ninguna posibilidad queda dispersa ,
sin hilar sus discos ni rodar,
por encima de catedrales y legiones,
sus contadas piedras,
entre las que el padre y el hijo buscan la del sacrificio.

La prueba comienza en cada resplandor de la mano de Dios
en el cuchillo de Abraham a punto de derramar su corte.

En la entraña de los hielos, la primavera avanza
hasta romper las causas del laberinto
y es propicio atravesar, diluyéndonos, las grandes luces.

Aguarda y vuela, que ya el verbo ha reencontrado su raíz.
La fe bulle intacta en el fondo de los tarros de leche,
y otra vez el incienso busca su ruta entre las cúpulas.

La Habana Vieja, otoño del 1999

CORRERÍA

Detrás de las murallas, lo inarticulado se despierta.
La escritura imposible ya se anima en los tinteros sellados.
Escucha desde tu insilio las voces quebradas
en el eco disperso entre espejismos.
Es preciso dejarlo todo en su sitio sin lugar, el paraíso: su roce quema.
Pero el escriba se aparta y recibe también lo bien negado,
algo que lo salva para estar en pie
cuando lleguen los misioneros no entrevistos.
Aunque la nave de los locos, en silencio, varada en las nieves,
no bastará para convencerlos.

La escasa claridad permite los hallazgos.
Los ojos dentro del fuego pierden su función;
el sabio en el plasma es ciego, y demasiado todo:
quien nació para descifrar lo incompleto no resiste plenitudes.
No importa cuántos mundos asomen entre tú y el origen,
entre la palabra blanca y tu cuerpo, río de fragmentos
de múltiple reverso. Nadie puede obrar la señal
que se anima y crece en lo inexpresable.
Es justo correr, entonces, en contra del tiempo
y desecar las mieles hasta formar un puente.

Mientras sueñes el despertar, nada queda perdido;
recordarás la música de la matriz con perfección
y recogerás los frutos de la lluvia.

A escondidas, cada signo halla su voz primera
y emite su temblor sin agotarse.


El Cerro, La Habana, verano del 1999

EL MONTE Y LA DONCELLA

Yo, que sé tan poco descifrarte como tan mal recuerdo
la fisonomía de los carpinteros sardos que agotaron
entre 1810 y 1890 sus horas extrañas, me tiendo
bajo la percudida seda que es el cielorraso de nuestro circo
para domar idiotas y pactar con el fénix.

Pero tú, con tu botella de miel en temporada de flores amargas,
no rompas el velo de mis criptogramas.

Es peligroso ver sólo líneas curvas y anémonas secas
donde se ha echado a dormir un mirmecoleón de tres meses,
el gato de Kippling o, simplemente Odradek,
ese hijo menor de Franz, el de todas las casas.

El Cerro, La Habana, verano del 1999

Biografía:
José Luis Fariñas
[El Cerro, La Habana, 1972]. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Poemas suyos figuran en antologías de las universidades de New York, New Orleans, México y Zaragoza; entre estas, en la Antología de la poesía judeo-latinoamericana de S. Sadow & Isaac Goldemberg, Hostos Review, New York City University, 2006, y en la Antología de la poesía Centroamericana y del Caribe, G. Impaglione y G, Mulas, Isola Nera, Cerdeña, 2006. Narraciones suyas fueron antologadas por Salvador Redonet en Novísimos narradores cubanos, Universidad de Zaragoza, 1999 y en El ánfora del Diablo, Letras Cubanas, 2000, título reeditado por la UNAM. Incluído en el Author Index de literatura cubana de The City University of New York [CUNY]. Consulting Editor de The Contemporary Who’s Who del American Biographical Institute. Ensayos suyos han sido publicados en La Gaceta de Cuba. Su cuaderno de poemas en prosa Incuria, Ediciones \'Z\', La Habana, l993, fue traducido al inglés y al holandés. La Gaceta de Cuba, UNEAC, le otorgó la Beca de Creación Prometeo de Poesía en su edición del 2002. Ha publicado en revistas especializadas de Cuba, Estados Unidos, México, Argentina, España y Holanda. Ha recibido premios y menciones nacionales como poeta y narrador. Prepara El oro de los muertos para Ediciones UNION, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y Pan de crisis para la Editorial Letras Cubanas. Pintor y dibujante. Graduado con Título de Oro en \'San Alejandro\', cursó estudios en el Instituto Superior de Arte de 1991 a 1995. Obras pictóricas suyas suyas figuran en museos de Colorado, Pittsburg y Denver. Ha realizado veinticinco exposiciones personales y setenta y seis colectivas. Ha impartido talleres y conferencias en universidades y museos de New York, Colorado y Pennsylvania. En 1995 obtuvo la medalla del Premio de Reconocimiento NOMA, UNESCO, de ilustración. Incluido en The Contemporary Who’s Who 2005. Obras suyas figuran en las colecciones privadas de de John Le Carré, Steven Spielberg, Carlos Weil, Jay D. Hyman, Anne Arne McDonald, Silvio Rodríguez, Thiago de Mello, Aitana Alberti y Chucho Valdés. Ha sido jurado en certámenes nacionales.

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