12 Jan 2026
Frente a los acontecimientos recientes ocurridos en Venezuela, y en particular ante el secuestro del presidente Nicolás Maduro, en tanto poetas —y, sobre todo, poetas del mundo— no podemos permanecer indiferentes. Nos corresponde asumir una posición clara, firme y solidaria.
Hace veinte años fundé el Movimiento Poetas del Mundo con la convicción profunda de que la palabra debía imponerse, de que los poetas teníamos —y tenemos— algo que decir y hacer en los asuntos de la humanidad. En innumerables intervenciones sostuve que los conflictos debían resolverse a través del diálogo; que el diálogo se construye con la palabra; que la palabra es la materia prima del arte poético; y que, precisamente por ello, los poetas debíamos intervenir en estos asuntos. Hoy, sin embargo, todo parece encaminarse hacia la imposición de la fuerza. En ese plano, confieso que no sé bien qué papel podemos jugar.
Estoy consternado. Estoy conmocionado.
Creo, con profunda convicción, que estamos ante algo radicalmente nuevo: un quiebre histórico, un cambio de paradigma, la gestación de un nuevo orden mundial. Todo parece dirimirse entre unas pocas grandes potencias, hoy encarnadas por figuras como Trump, Putin y Xi Jinping. En este tablero geopolítico, la Unión Europea queda relegada; son los grandes quienes se reparten el mundo. Nadie sabe realmente qué se dijo ni qué se acordó, por ejemplo, en el encuentro entre Putin y Trump en Alaska.
Mientras tanto, el planeta da señales evidentes de agotamiento. El calentamiento global —o cambio climático— ha dejado de ser una advertencia para convertirse en una realidad casi incontrolable. Los recursos naturales se agotan, la población mundial crece sin medida y la Tierra parece no poder sostenernos más. Se habla incluso de la necesidad de reducirla. Algunos creen que se ha intentado hacerlo mediante virus; la pandemia habría sido uno de esos intentos fallidos, y no faltan quienes sostienen que ya se trabaja en versiones más “perfeccionadas”.
Nosotros ya estamos grandes. No sé qué mundo les tocará vivir a las nuevas generaciones, pero tengo la certeza de que nada volverá a ser como antes.
Mucho podría cambiar —o al menos mitigarse— si la población mundial despertara y reaccionara. Pero esa reacción parece improbable: la gente ha perdido la capacidad de análisis crítico, está adormecida, y ese adormecimiento no es casual.
Todo ocurre a una velocidad vertiginosa, como en una espiral que nos arrastra sin darnos tiempo para comprender el sentido profundo de los cambios. La inteligencia artificial, por ejemplo, ya lo está transformando todo, y ese “todo” permanece en manos de los poderosos que gobiernan el mundo desde las sombras.
Tal vez soy demasiado pesimista. Pero así es como hoy veo las cosas.
Ojalá las compañeras y los compañeros poetas puedan iluminar este panorama con una mirada más esperanzadora, con una palabra capaz de abrir, una vez más, una grieta de luz.